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Identidad y Comunidad

El Sorelismo en España

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RAMIRO LEDESMA Y ÁNGEL PESTAÑA: EL SORELISMO EN ESPAÑA


En este número pretendemos dar a conocer la figura de Ángel Pestaña y la posición de Ramiro Ledesma ante éste y la CNT. Pestaña era un sindicalista de gran honradez, entregado a la causa obrera; lo que coincide con el pensamiento nacional-revolucionario. Pero ¿sólo era un revolucionario?, ¿le faltaba lo nacional?. Ya le dijo Ramiro: «¡Hay que entrar en lo nacional! ¡Hay que luchar por España y por su salvación, único medio de luchar por la salvación de todo el pueblo!». Pero, ¿llegó Pestaña a dar este paso?. Quizás si la Guerra Civil hubiese estallado más tarde la historia hubiese sido otra.
Este número comenzaremos con una pequeña biografía de Ángel Pestaña, seguida de la presentación que aparece en la página web TREINTA (KAINEUS) dedicada a los treintistas y que pertenece a la RED VÉRTICE (http://www.red-vertice.com/). Para terminar con textos de Ramiro sobre Pestaña, la CNT y algunos sobre el nacional-sindicalismo.


ANGEL PESTAÑA

Nació junto a Ponferrada en un hogar obrero. Sus padres se separaron y él quedó con su padre. Con él trabajó en las minas de Vizcaya y Santander hasta que murió cuando Pestaña tenía 14 años. Pestaña llevó una vida profesional muy variada ejerciendo de peón, maquinista...Su primer contacto con el movimiento obrero fue en Vizcaya con los anarquistas. Fue detenido por primera vez en 1905 tras una protesta en Sestao. Pasó a Francia y a Argel donde trabajó como relojero. En 1909 comenzó a colaborar con tierra y libertad. En 1914 volvió a España (a Barcelona). Entre 1915 y 1916 se lanza Pestaña a la arena pública y se consagra como periodista, primero en medios específicamente anarquistas y luego cenetistas. En 1916 fue nombrado administrador de Solidaridad Obrera y en 1918 director del mismo. En 1916 fue secretario de la Confederación Regional del Trabajo de Cataluña. En el Congreso de Sants de 1918 mostró cierta reticencia respecto de los sindicatos Únicos. Seguí manifestaría una misma actitud. Ambos se convierten en la personificación directiva de la C.N.T. y con frecuencia Pestaña es preferido por los sectores más radicales, aunque sus coincidencias de posturas vayan haciéndose crecientes. En 1920 Pestaña va a Alemania y a Rusia. Escribió 3 folletos sobre Rusia que contribuyeron a cortar el entusiasmo que en los medios cenetistas había despertado desde sus inicios la revolución soviética. Como fue detenido en Milán estas publicaciones no vieron la luz hasta 1921-1922.

Olvidando antiguas discrepancias su colaboración ahora con Seguí es cordial y sincera, con una identificación absoluta en lo que respecta a los objetivos. El primero de éstos era la independización del anarcosindicalismo de los sectores procomunistas que se habían hecho con su dirección. Desde mediados de 1921 un giro hacia posiciones sindicalistas es apreciable y se ve facilitado por la ausencia de Andrés Nin y Maurín. En 1922 en Zaragoza se proclamó la separación de la CNT y el Komintern.

Pestaña que insistirá en la condenación del pistolerismo sindical, dos meses después de la conferencia de Zaragoza sufrió un atentado en Manresa que casi le cuesta la vida. En Marzo de 1923 Seguí fue asesinado. A este le sigue inmediatamente una nueva crecida en los sectores más radicales en el seno de la CNT.

Con la dictadura de Primo de Rivera la primera declaración pública de la CNT es de espectativa y promesa tácita de neutralidad (las autoridades gubernamentales no persiguen a los sindicatos sólo les exigen la publicidad en sus actuaciones, en su administración y en su economía. La reacción en el seno del anarcosindicalismo es inmediata y plural. Para los sectores más proclives al empleo de la violencia la situación merece un inmediato pase a la clandestinidad. Pestaña y Peiró, cuyas posturas parecerán muy semejantes hasta 1927, se rebelan “contra aquellos individuos, sea quienes fueren y se llamen como les plazca, que a falta de condiciones para trabajar y actuar a la luz del día, prefieren imponer el terror por medio de amenazas, de golpes de audacia y de exhibiciones de pistolas”. Aunque ambos se siguen declarando anarquistas, Pestaña defiende con mayor nitidez el principio de independencia e incluso de neutralidad sindical. El enfrentamiento entre las dos tendencias se hace cada vez más agudo.

Los sindicalistas acaudillados por Pestaña y Peiró editarán Solidaridad Proletaria y practicarán una revisión del tradicional anarcosindicalismo español desde la óptica de rechazo de métodos violentos, la defensa del sindicalismo y la vuelta a la legalidad. Las tesis de los que ya entonces empezaban a ser definidos como “pestañistas” insistían de nuevo en la legalización de los sindicatos confederales y se expresaron a partir de 1926 en el semanario Vida Sindical. Se muestra partidario de una cierta intervención en la política, en esta línea de actuación inicia la posterior evolución de Pestaña cuando crea el Partido Sindicalista.

El sector más partidario de la violencia creaba la FAI, que habría de establecer la trabazón entre la organización sindical y el movimiento anarquista específico. La FAI nacía con el propósito de marginar a Pestaña.
En 1928 se constituye el grupo Solidaridad en el que militarán los dirigentes sindicalistas más conocidos y entre ellos, por algún tiempo también Peiró. Éste cuando vio amenazada la pureza del ideario cenetista se separó del grupo que como es lógico constituye también un precedente del Partido Sindicalista.
La legalización de los sindicatos fue un hecho en Abril de 1930. Para dar contenido ideológico a la reconstrucción de la CNT a base de criterios puramente sindicalistas, el grupo Solidaridad creó las revistas “Acción” y “Mañana”; también reaparecerá en la misma línea “Solidaridad Obrera”. La propuesta sindicalista de Pestaña en estos momentos parte de la necesidad de rechazar una clandestinidad que aúpa a individuos de mentalidad inferior y de que el anarquismo deje de ser lo que ha sido hasta ahora. Pestaña puede ser ya definido más como un puro sindicalista que como un anarcosindicalista. Su interés por la política se vuelve creciente.

El advenimiento de la segunda República se produce cuando Pestaña por un lado es cada vez más reformista y al mismo tiempo goza de un prestigio que le hará convertirse en secretario interino de la CNT. El congreso de 1931 en Madrid es una verdadera ofensiva contra la postura de Pestaña. El enfrentamiento se hará cada vez más grave en los meses sucesivos cuando la FAI convierta en realidad su propósito de ejercer una verdadera gimnasia revolucionaria. Pestaña y el grupo sindicalista condenan las “precipitaciones excesivas”. La expresión más significativa de esta oposición por parte de los círculos sindicalistas al creciente poder de la FAI se encuentra en el llamado manifiesto de los 30, cuyo contenido es un violento ataque contra el concepto “pelicurero” de la revolución que practicaban los faístas.

En 1932 la derrota del sector sindicalista se hizo patente. Ya en 1931 perdió el control de Solidaridad Obrera. En Marzo de 1932 perderá la secretaría de la organización confederal y en Diciembre será expulsado del sindicato. La polémica ideológica dentro de la CNT adquirió gran fuerza. Cuando la FAI propugne la consigna del exterminio contra los treintistas éstos responderán que por cada uno de ellos que caiga caerán diez de los faístas.

La expulsión de los líderes sindicalistas de sus puestos de poder en el seno de la CNT obligó a éstos a crear una organización vinculada a la defensa del sindicalismo. Así surge en 1933 la Federación Sindicalista Libertaria de oposición a las tendencias preponderantes en el movimiento cenetista por entonces. La FSL tendrá como órgano Sindicalismo, sustituto de Cultura Libertaria, que había expuesto las tesis sindicalistas en los meses precedentes y animará la vida de los sindicatos de oposición de la CNT. En 1934 la FSL se convierte en el Partido Sindicalista. Pestaña no logró la colaboración ni de Peiró, ni de Juan López, ni de Eleuterio Quintanilla, quienes por su postura sindicalista se hubiera esperado que le siguieran.

En Febrero de 1936 el Partido Sindicalista obtuvo dos escaños (Pestaña por Cádiz y Pavón por Zaragoza), al mismo tiempo en la CNT triunfaba la FAI. Con la Guerra Civil, Pestaña vuelve a la CNT y muere en 1937. Durante la contienda criticó duramente la infiltración comunista en los puestos claves de la administración y del ejercito.
Sobre los contactos de Pestaña con José Antonio Primo de Rivera en los meses anteriores al 18 de Julio Ximenez de Sandoval en su libro “José Antonio. Biografía apasionada”(Editorial F/N) decía: Encauzada la propaganda jonsista hacia los núcleos obreros puramente sindicalistas, pareció inminente varias veces el ingreso en nuestros Sindicatos de lo elementos apartados de la C. N. T., al unirse ésta a los terroristas de la F. A. I, acaudillados por Angel Pestaña. José Antonio que no llegó a hablar nunca directamente con este líder auténticamente obrero, sentía vivas simpatías por su persona, en la que reconocía cualidades poco comunes de honradez y convicción revolucionaria. Los últimos días de Pestaña y la actuación en el Madrid rojo de su Partido Sindicalista, donde ingresaron cientos de camaradas nuestros, demuestran la buena visión de José Antonio. Sin embargo, por razones que ignoro, nunca hablaron directamente ni se pudo realizar la fusión de ambos sindicalismos. Quien sí había estado al habla con él antes de nacer la Falange y quien animaba a José Antonio a captarle era Julio Ruiz de Alda. No me ha sido posible averiguar por qué no hablaron nunca José Antonio y Pestaña. Como me consta que José Antonio lo deseaba, pienso si la entrevista se frustraría por temor de Pestaña o por la actuación de intermediarios poco hábiles o de mala fe.
Nota de la 3ª edición – en un artículo titulado “La verdad entera”, publicado en Arriba por Miguel Primo de Rivera, se decía que el fichero de la Falange que revisó por última vez a principios de 1936, protegido por la palabra “reservadísimo” y con una nota “para prestar la más consciente colaboración”, había otro nombre: Angel Pestaña (18 de Julio de 1961).


¿Qué es «Treinta»?

«Treinta» es un anexo de «Kaineus» y tiene, entre otros objetivos, el de recuperar la memoria del líder obrero Ángel Pestaña Núñez (1888-1937) y difundir las claves de la corriente sindicalista revolucionaria conocida como "treintismo"; esto es, la alternativa que, opuesta al aventurerismo irresponsable de la Federación Anarquista Ibérica (FAI) en el seno de la Confederación Nacional del Trabajo (CNT), trató de conformar en la España de la década de los años treinta una fuerza de izquierda de amplia base obrera, resueltamente anticapitalista y con una irrenunciable componente nacional.

Ángel Pestaña fue, junto a Ramiro Ledesma —nacional-sindicalista—, Andreu Nin y Joaquín Maurín —nacional-trotskistas—, una de las escasas figuras auténticamente revolucionarias de la España del siglo XX. Miembro del ala maximalista de la CNT en su juventud, irá decantando su discurso y su actuación con el transcurso de los años hacia posiciones más pragmáticas, lo que le llevará a fundar los Sindicatos de Oposición —Federación Sindicalista Libertaria— y, sobre la base de éstos, el Partido Sindicalista (PS). De extracción social muy humilde, relojero de profesión y autodidacta, llegó a ser director del diario anarco-sindicalista Solidaridad Obrera —Barcelona—, diputado por Cádiz en las elecciones generales de 1936 y uno de los miembros fundadores del Frente Popular.
El "treintismo" tuvo especial importancia en Barcelona y su cinturón industrial, Valencia, Alicante, Cartagena y algunas zonas de Andalucía, sobrepasó la cifra de 69.000 militantes y llegó a contar con órganos de expresión como Sindicalismo, Cultura Libertaria, Combate y El Combate Sindicalista.

Paradójicamente, lejos de calar en la izquierda española, en general, y en la CNT, en particular —donde se le ha considerado siempre de forma despectiva como "reformista" o "político"—, el "treintismo" tuvo su proyección tardía en la década de los setenta en facciones radicales del nacional-sindicalismo, tales como el Frente Sindicalista Revolucionario (FRS) y, con posterioridad, la llamada Falange Española de las JONS (Auténtica). A principios de 1977, empero, durante el período de la transición democrática, llegó a refundarse el PS, hubo una episódica presencia electoral en las elecciones generales de 1979 e incluso se editaron algunos ejemplares de El Sindicalista.
«Treinta», la denominación de este anexo, hace referencia al número de firmantes —entre ellos Pestaña— del llamado "Manifiesto de los Treinta", redactado a finales de agosto de 1931 y en el que no sólo se ponen de manifiesto las diferencias sustanciales con el "concepto caótico e incoherente de la revolución" de los dirigentes extremistas de la FAI, sino que prefigura cuáles deben ser las claves de una transformación radical de la sociedad como consecuencia de la acción de un "movimiento arrollador del pueblo en masa, de la clase trabajadora, caminando hacia su liberación definitiva".

Lejísimos ya del marco social, económico, político y cultural de los años treinta y en un tiempo en el que el concepto de "clase obrera" apenas si queda una vaga sombra en unos sindicatos domesticados por los aparatos partitocráticos y el poder ejecutivo, el "treintismo" se nos muestra como una estrategia —claramente influida por el sorelismo francés, superadora del racionalismo decimonónico y sustancialmente comunitarista— por la conquista de la justicia social abierta y sustancialmente antitético del cínico igualitarismo de fachada, tanto del liberalismo de la época, como del marxismo en sus diversas variantes. Con la inclusión en la red de «Treinta», quienes hacemos posible «Kaineus», estamos seguros de contribuir no sólo una necesaria reparación histórica, sino de aportar elementos para la disidencia frente al "pensamiento único"; esto es, el instrumento predilecto del rabioso y anestesiante neocapitalismo dominante.


PESTAÑA

Profecía admirable de Ángel Pestaña

La democracia burguesa, dijo a un periódico este gran camarada sindicalista, no tiene ya nada que hacer. Esa es nuestra creencia desde el primer día, y por eso somos antiliberales y antiburgueses. Las palabras de Pestaña demuestran también que los sectores del proletariado son más sensibles que otros para percibir la verdad social y política de estos tiempos, y viven en más cercano enlace con la eficacia del siglo XX que los núcleos burgueses de la izquierda, de la derecha y del centro.

Ángel Pestaña habla en nombre de una fuerza obrera de indudable vitalidad. Y con afanes revolucionarios absolutos. Su verdad es legítima frente a la concepción mediocre que hoy triunfa, de burgueses arcaizantes que adoran las ideas, los gestos y los mitos de sus abuelos.

España sólo se salvará rechazando la blandura burguesa de los socialdemócratas y encaminando su acción a triunfos de tipo heroico, extremista y decisivo. Es necesario que lleguen a nosotros jornadas difíciles para utilizar frente a ellas las reservas corajudas de que dispone el pueblo hispánico en los grandes trances.

Las fuerzas sindicalistas revolucionarias se disponen a encarnar ese coraje hispánico de que hablamos y a actuar en Convención frente a los lirismos parlamentarios de los leguleyos. Hay, pues, que ayudarles. En esta batida fecunda contra los pacatos elementos demoliberales de la burguesía, les corresponde el puesto de honor y la responsabilidad de dirigir el blanco de las batallas. Todos los grupos auténticamente revolucionarios del país deben abrir paso a la acción sindicalista, que es en estos momentos la que posee el máximum de autoridad, de fuerza y de prestigio. A ella le corresponden, pues, los trabajos que se encaminen a la dirección de un movimiento de honda envergadura social. No a las filas comunistas, que venden a Moscú su virginidad invaliosa. El sindicalismo revolucionario está informado por un afán fortísimo de respetar las características hispanas, y debe destacarse como merece este hecho frente a las traiciones de aquellos grupos proletarios que no tienen otro bagaje ideológico y táctico que el que se les da en préstamo por el extranjero.

La democracia burguesa nos lleva a algo peor que a la catástrofe. Nos conduce a un período de ineficacias absolutas. Parece que hay derecho a pedir que nuestro pueblo entre en el orden de vigencias que constituyen la hora universal. Un régimen liberal burgués es la disolución y el caos. Si la sociedad capitalista no tiene suficiente flexibilidad y talento para idear e imponer un anticapitalismo como el que nosotros pedimos, debe desalojar los mandos y entregar sin lucha sus dominios a las nuevas masas erguidas que los solicitan. Pues, ¿qué se cree? Sería, desde luego, muy cómodo que los que discrepamos de modo radical de las estructuras vigentes nos aviniéramos a una discusión parlamentaria y libre. ¡Oh, la libertad!

La declaración escueta y terminante de Pestaña, negando beligerancia y posibilidades a la pimpante democracia burguesa de que disfrutamos, nos llena de optimismo y de alegría. Por fin, será posible articular en España una acción eficaz que busque dar en el blanco exacto.

Nosotros ayudaremos al sindicalismo revolucionario, y lo proclamamos, hoy por hoy, el único capacitado para dirigir un ataque nada sospechoso a las instituciones mediocres que se agruparán en torno a la política demoliberal de los burgueses.
(«La Conquista del Estado», n. 13, 6 - Junio - 1931)


Nosotros decimos al grupo disidente de la C.N.T., a los treinta, al partido sindicalista que preside Angel Pestaña, a los posibles sectores marxistas que hayan aprendido la lección de octubre, a Joaquín Maurín y a sus camaradas del bloque obrero y campesino:

Romped todas las amarras con las ilusiones internacionalistas, con las ilusiones liberal-burguesas, con la libertad parlamentaria. Debéis saber que en el fondo ésas son las banderas de los privilegiados, de los grandes terratenientes y de los banqueros. Pues toda esta gente es internacional porque su dinero y sus negocios lo son. Es liberal, porque la libertad les permite edificar feudalmente sus grandes poderes contra el Estado Nacional del pueblo. Es parlamentarista, porque la mecánica electoral es materia blanda para los grandes resortes electorales que ellos manejan: la prensa, la radio, los mítines y la propaganda cara.

Cantando, pues, las delicias del internacionalismo, de la democracia, de las libertades, fortalecéis en realidad los poderes de los privilegiados, debilitáis las posiciones verdaderas de todo el pueblo y entregáis a éste indefenso en manos de los grandes poderes capitalistas, de los grandes terratenientes y de los banqueros. Frente a ese formidable peligro, nosotros os decimos nuestra consigna:

¡Hay que entrar en lo nacional! ¡Hay que luchar por España y por su salvación, único medio de luchar por la salvación de todo el pueblo!

Nosotros creemos esto con firmeza y esta creencia es en realidad lo que nos sostiene en pie. Queremos el concurso de todo el pueblo para que ponga sobre sus hombros la tarea de hacer de España una gran Patria libre y justa y así desalojaremos de esa tarea a la reacción, a los falsos patriotas de las grandes rentas y a todos los especuladores que hacen de España y de su servicio una trinchera para sus privilegios.

Ahí queda nuestra palabra, dirigida a todos los españoles, pero especialmente a los grupos antes aludidos y citados.
(«La Patria Libre», n. 3, 2 - Marzo - 1935)


CNT

Los Consejos obreros en las fábricas

Es legítimo el afán interventor de los obreros en la marcha de las industrias. Ahora bien, el hecho de que asuman una función de esa índole les obliga al reconocimiento de unas finalidades económicas, a cuyo logro cooperan con sus decisiones y estudios. Porque es inútil engañarse: mientras predomine la economía capitalista, cuyo fin último no trasciende de los intereses de un individuo o de un trust, los Consejos obreros carecen de sentido. Comienzan a poseer un vigoroso carácter en cuanto la economía adquiere una modalidad sistemática, de Estado, sujeta a una regulación nacional, a una disciplina. A esto equivale una intervención superior, estatal, en las economías privadas, que al dotar a éstas de una casi absoluta seguridad de funcionamiento, les arrebata a la vez el libre arbitrio en las decisiones industriales.

Los Consejos obreros son entonces colaboradores eficaces de los fines económicos a que están adscritas las correspondientes industrias. Por eso, los únicos países donde actualmente alcanzan eficacia unos organismos así son Italia y Rusia. En Italia, los Sindicatos obreros viven en el orden oficial del Estado fascista, y su misma existencia les vincula a la prosperidad de los fines económicos que el Estado reconozca. En Rusia, esa interdependencia es aún más patente.

Pero el problema en España no es de este género. El régimen político de nuestro país impide, hoy por hoy, que los obreros reconozcan y se identifiquen de un modo total con la articulación económica. Les importa, por el contrario, que se acelere el proceso capitalista y sobrevengan coyunturas favorables. De ahí que los Consejos obreros tuvieran una mera función de avance social, como reivindicaciones de clase, y no aquella otra más fecunda de auxiliar un sistema económico articulado en una disciplina nacional.

De ahí que Solidaridad Obrera, periódico de la gran fuerza sindicalista, adscribiese los Consejos obreros a misiones de orden interior, solución de conflictos, corrección de abusos, etc. En su número de 24 de abril ampliaba, sin embargo, la influencia de estos organismos, señalándoles como campo de acción todas las cuestiones que se relacionen de alguna manera con la producción. Estudio de los mercados, estadísticas de precios, organización del trabajo, etc.

Nos adherimos, desde luego, a la petición de que se establezcan los Consejos obreros. Nosotros propugnamos un cambio social radicalísimo en la estructura del Estado, que lleva consigo, naturalmente, reformas de esta índole. Pero sometidas a un orden de totalidad que les asegure eficacia y grandeza.
(«La Conquista del Estado», n. 9, 9 - Mayo - 1931)


En España existe una organización obrera de fortísima capacidad revolucionaria. Es la Confederación Nacional del Trabajo. Los Sindicatos únicos. Han logrado la máxima eficiencia de lucha, y su fidelidad social, de clase, no ha sido nunca desvirtuada. Ahora bien: su apoliticismo les hace moverse en un orden de ideas políticas de tal ineficacia, que nosotros -que simpatizamos con su tendencia social sindicalista y soreliana- lo lamentamos de veras. Pero la realidad desviará su anarquismo, quedando sindicalistas netos. De aquí nuestra afirmación de que la burguesía liberal que nos gobierna tiene ya un enemigo robusto en uno de sus flancos. Lo celebramos, porque los Sindicatos únicos representan una tendencia obrerista mucho más actual y fecunda que las organizaciones moribundas del socialismo
(«La Conquista del Estado», n. 11, 23 - Mayo - 1931)


Unos minutos con el camarada Álvarez de Sotomayor, de los Sindicatos Únicos

La fuerza revolucionaria hay que buscarla donde la haya. Por fin, en nuestro país sonó la hora de que la Revolución circule, y hay que saludar a los estrategas animosos dondequiera que estén.

Nosotros nacemos a la vida política con entusiasmo revolucionario, felices de que coincidan nuestras preferencias de acción con las necesidades actuales de nuestro pueblo.

Los Sindicatos Únicos -la Confederación Nacional del Trabajo- movilizan las fuerzas obreras de más bravo y magnífico carácter revolucionario que existen en España. Gente soreliana, con educación y formación antipacifista y guerrera, es hoy un cuerpo de combate decisivo contra el artilugio burgués.

Cuando llegue el momento de enarbolar las diferencias radicales, nosotros lo haremos; pero mientras tanto, los consideramos como camaradas, y en muchas ocasiones dispararemos con ellos, en afán de destrucción y de muerte, contra la mediocridad y la palidez burguesas.

Aquí está Álvarez de Sotomayor, explicándonos la estructura interna de sus organizaciones sindicales. Hombre joven, de pocas ideas, las precisas, justas y firmes como músculos.

-La realidad inmediata -nos dice- es el Sindicato. La pujanza radical de éste nace de que la clave y raíz de la vida humana la constituyen los hechos económicos. El Sindicato es la entidad única que puede enfrentarse con las exigencias de la producción y del consumo.

-Los Sindicatos son apolíticos, ¿no?

-En efecto. Pero tenga en cuenta que eso de «política» es un concepto de la civilización capitalista, y somos apolíticos en tanto somos anticapitalistas y antiburgueses.

-Pero mientras la sociedad y el Estado capitalistas imperen...

-¡Ah! Los Sindicatos no colaboran con él. He ahí su carácter apolítico. La no colaboración con el Estado capitalista. Frente a frente. Le diría a usted más: un Estado frente a otro Estado.

-Sin relaciones diplomáticas.
-En absoluto.

-¿Y los Sindicatos darán la batalla al Estado? ¿Es uno de sus objetivos la suplantación del Poder actual?

-Indudablemente. Nuestras ideas nos permiten una incautación absoluta, total, del país. Formaremos cuadros de combate, armados, que den la batalla y consigan la victoria del proletariado. Es claro que preocupa e interesa a los Sindicatos ese triunfo.

-Una vez dueños del Poder, ¿no surgirían dificultades insuperables? Ustedes no son comunistas; por tanto, no les sirve ni seguirán la experiencia rusa.

-No creemos en esas dificultades. Los Sindicatos aseguran y garantizan la producción, y eso basta. Todo lo demás es pura y fácil consecuencia.

-¿No habrá tiranía del Sindicato?

-No. Imposible. Sus funciones no son coactivas sino en lo que afecta a la organización económica. Desde que alguien traspasara la frontera, no tendría más remedio que ingresar en un Sindicato. Es el único medio de que tuviese derecho a garantías de seguridad de subsistencia. Pues formando parte de un Sindicato, el de un ramo cualquiera, daría una prueba de su cooperación a una tarea productiva. En cambio, fuera de un Sindicato, el hombre, el trabajador, no ofrecería garantía ni valor alguno a la sociedad. Ahora bien, finaliza la intervención del Sindicato cuando se trata de otras cuestiones que las económicas. El hombre, pues, será libre.

-Sí, claro. El hombre es libre, pero dentro del Sindicato. Si en vez de Sindicato ponemos Estado, nos encontraremos con el fascismo.

El camarada Álvarez de Sotomayor se sonríe, y niega. Hemos de continuar el diálogo en otra ocasión. Pues se precisan, como se ve, muchas aclaraciones. Y con toda cordialidad las haremos. Uno y otro.
(«La Conquista del Estado», n. 11, 23 - Mayo - 1931)


Congreso extraordinario de la C.N.T.

1919-1931

Junto al mundo que muere tenemos la compensación y el júbilo del mundo que nace.

Desde el 10 de diciembre de 1919, cuando la C.N.T., después de un período álgido de luchas y triunfos, se remansó un poco en el Congreso del Teatro de la Comedia de Madrid, antes de lanzarse como una pantera sobre el capitalismo español, hasta ahora -mes de junio del año 1931 republicano-, ha transcurrido mucha historia. Cayeron militantes audaces y valerosos. Surgió la estúpida Dictadura de don Miguelito. Hubo cárceles y destierro para el Sindicato Único. Vinieron las dictablandas de Berenguer y Aznar. Llegó la republiquita medrosa y burguesa, con su cortejo de frailes, banqueros y generales. Por encima de tales mostrencos sucesos, ha crecido y se ha granado la nueva generación hispánica, que es muy nacional y muy revolucionaria, que viene acuciada por Europa, y que pretenderá imponerse a la Europa cobarde, parlamentaria y ramplona.

Nosotros tropezamos ahora mismo con el casi millón de adheridos a la C.N.T., con el fenómeno sindicalista, y entonces nuestro interés más fecundo converge en las faenas de su Asamblea actual. Vamos forzosamente a buscarla y a comprenderla y a interpretarla con ojos amigos. Trae cerca de medio millar de delegados de los cuatro puntos cardinales de la Península; trae la fiebre ibérica por la creación y el ensueño futuros; trae los enormes problemas de la Tierra, de la Sindicación forzosa y del porvenir del país. Viene repleta de denuedo y de afán juvenil.
Hemos de estar junto a la C.N.T., en estos momentos de inmediata batalla sindical, en estos instantes de ponderación de fuerzas sociales. Así creemos cumplir con nuestro deber de artífices de la conciencia y de la próxima y genuina cultura de España.
(«La Conquista del Estado», n. 14, 13 - Junio - 1931)


Nos unimos a los sindicalistas para sabotear la farsa electoral
(«La Conquista del Estado», n. 15, 20 - Junio - 1931)


El predominio de los anarquistas en la C.N.T.

No nos asusta ni nos pasma la actuación espectacular de la F.A.I. Desde el primer número venimos exaltando la necesidad de la violencia para toda política joven y española de hoy. Creemos que la revaloración de nuestro país dependerá de una temperatura cálida, de una serie de actuaciones enérgicas y heroicas. Pero la violencia que aquí se defiende ha de ir controlada por un plan, por una rigurosa intervención de los supremos intereses hispánicos; y nunca podrá ser la solitaria, cobarde -quien después de disparar huye- y desparramada puntería del pistolero. Por otra parte, tampoco quedamos estupefactos y perplejos ante la apostura estrafalaria e inactual de los anarquistas.
Hombres medianamente normales y de ningún modo contemporáneos. Que se anudan con frecuencia en el cuello una chalina y que acostumbran a nutrir su cerebro con residuos de don Ramón de Campoamor y candideces de artículo de fondo de 1885.

Sin embargo, lo cierto es que esta gente tan anacrónica y energuménica se ha adueñado por sorpresa de los mandos de una Central obrera de la importancia de la C.N.T. y, por lo tanto, forzosamente ha de gravitar sobre el porvenir de España. El resultado de la reciente Asamblea regional de Sindicatos únicos catalanes, ha dado la victoria a Alaiz, a García Oliver y a Durruti; es decir, a la fracción más irresponsable y al mismo tiempo la que mejor maneja las trampas y los ardides de entre bastidores, a los que saben amañar -como ha acontecido ahora- un ruidoso triunfo político. Lo cual es una paradoja tragicómica, puesto que ellos presumen a cada instante de su apoliticismo y de su estrategia opuesta a las trapisondas de las pandillas burguesas. Claro es que en el fondo no son otra cosa que una extremosidad pequeño burguesa, y esta condición suya nos explica sus contradicciones y sus absurdos, tanto teóricos como prácticos.

Constituyen el último grado de la sandez demoliberal, el pantano a donde desembocan todos los desenfrenos del individuo, del pequeño ciudadano de los derechos inalienables y soberanos. Una prueba de tal suposición nos la presenta su actitud sobre el problema religioso. Y esta vez se empeñan, junto con el comunismo, en no querer lo que les conviene. A pesar de los consejos de un Sorel o de un Lenin -nada sospechosos de agentes de la reacción-, nuestros anarquistas y comunistas caminan del brazo de la burguesía radical, masónica, por la senda del anticlericalismo, olvidando o despreciando sus propias reivindicaciones. Por ejemplo, cuando se discutió en las Constituyentes el artículo acerca de la propiedad, nadie, ningún comunista ni anarquista, se preocuparon de organizar mítines y manifestaciones de protesta. Seguramente, para su opinión, aquello no interesaba a las masas. Pues bien; la mayor parte de la masa de trabajadores -la C.N.T.- será conducida en adelante por un criterio tan mezquino y tan poco coherente como el representado por Alaiz y compañía. Desde este momento denunciamos esta desviación pequeño burguesa de la C.N.T., que la llevará fatalmente a la dispersión y a la derrota. ¡No son los hombres de mente liberal o superliberal quienes han de regir el mundo! Mucho más eficaces para la C.N.T. han sido los viejos militantes: Pestaña, Peiró, Clará, etc., que en los años de verdadera batalla sindical y societaria consiguieron construir un organismo potente y robusto. La única meta constructiva, creadora de los anarquistas de la F.A.I., afirman los interesados, será el comunismo libertario. Nosotros conocemos muy bien cuánto valen esas dos palabras: NADA. Sabemos que se forjaron en Francia como transacción con los marxistas con el fin de permanecer en sus sindicatos. El anarquismo se confesaba comunista -aunque comunista libertario- para satisfacer algunas exigencias socializantes de sus enemigos y que lo dejarán vivir en paz.

Los anarquistas -dueños actuales de la C.N.T.- nos ofrecen la nada, siguen la trayectoria liberal, egoísta y panzuda de los políticos gobernantes. La grandeza imperial y futura de nuestra Patria nos exige que los combatamos implacablemente.
(«La Conquista del Estado», n. 22, 17 - Octubre - 1931)


Ahora bien, esa imposibilidad revolucionaria, histórica, de que las fuerzas demoliberales desplazaran al marxismo, puso ante España el peligro, notoriamente grave, de una plenitud socialista de franco perfil bolchevique. Si ello no ha acontecido aún se debe a que las etapas de la revolución española, que ha tenido que ir pasando por una serie de ilusiones populares, se caracterizan por una cierta lentitud. A la vez, porque, afortunadamente, el partido socialista no posee una excesiva capacidad para el hecho revolucionario violento, cosa a que, por otra parte, no le habría obligado aún a realizar la mecánica del régimen parlamentario y, además, que existen grandes masas obreras fuera de la disciplina y de la táctica marxistas. Por ejemplo, toda la C.N.T.
(«J.O.N.S.» n.1 - Mayo 1933)


Las organizaciones sindicales hoy existentes en España —la Unión General de Trabajadores y la C. N. T sirven, más que a los intereses de los trabajadores, a los intereses de los grupos que los utilizan, bien para obtener ventajas políticas, como los socialistas, o bien para realizar sueños vanos y cabriolas revolucionarias, como los faístas. Esa política de los dirigentes de la Unión General de Trabajadores y esa actuación, ingenuamente, catástrofe y pseudorrevolucionaría de los fístas dirigentes de la Confederación no se emplea en beneficio de los trabajadores ni siquiera en contra de la gran plutocracia, sino que hiere y perturba los intereses morales, materiales e históricos de nuestra Patria española. Por culpa de las tendencias marxistas, permanece hoy la clase obrera de nuestro país desatendida de la defensa de España, abandonando este deber a las clases burguesas, que acaparan el patriotismo, utilizándolo para sus negocios e intereses, para ametrallar a las masas, considerándolas enemigas del Estado, de la Sociedad y de la Patria, y para reducir la fuerza y el prestigio de España a la lamentable situación en que hoy la hallamos.

Las JONS creen que es el pueblo, que han de ser los trabajadores, quienes se encarguen de vigorizar y sostener la vida española, pues la mayor garantía del pan, la prosperidad y la vida digna de las masas, radica en la fuerza económica, moral y material de la Patria. Y son los trabajadores los que deben hacer suya, principalmente, la tarea de crear una España grande y rica, y no los banqueros y los capitalistas, a quienes les basta con su oro, sin que les preocupe lo más mínimo que España sea fuerte o débil, esté unida o fraccionada, cuente o no en el mundo.
Las JONS ofrecen a los trabajadores españoles una bandera de eficacia. Acogiéndose a ella se liberarán de sus actuales dirigentes y conquistarán de un modo seguro y digno, en colaboración con otros sectores nacionales, igualmente en riesgo, como los pequeños industriales y funcionarios, el derecho a la emancipación y a la seguridad de su vida económica.

Si ello no lo han conseguido todavía los trabajadores, aun disponiendo de organizaciones y sindicatos poderosos, se debe a los errores y traiciones de que les hacen objeto los grupos que los dirigen. Hay que impedir que las cotizaciones de los obreros de la U. G. T. sirvan para encaramar, políticamente, a dos centenares de socialistas, que no persiguen otro fin que el triunfo personal de ellos, dejando de ser asalariados, y sin que los auténticos obreros perciban la más mínima mejora en su nivel de vida. Y hay que impedir que la C. N. T. sea el cobijo de los grupos anarquistas que conducen esta Central obrera a la inercia y a la infecundidad revolucionaria.

No creemos nosotros, sin embargo, que convenga a los trabajadores ni a nuestro ideal Nacional-Sindicalista la creación de una Central sindical competidora de la U. G. T. y de la C. N. T. No. No debemos debilitar ni desmenuzar el frente obrero. Ahora bien, dentro de todos los Sindicatos, de la U. G. 1. y de la C. N. T. fomentaremos la existencia de «Grupos de Oposición Nacional- Sindicalista» que, democráticamente, influyan en la marcha de los Sindicatos y favorezcan el triunfo del movimiento jonsista, que será también la victoria de todos los trabajadores.

Os invitamos, pues, camaradas obreros, a fortalecer nuestro frente de lucha, bien perteneciendo a las JONS, en vanguardia liberadora y nacional-sindicalista, de carácter revolucionario y patriótico, bien formando en los «Grupos de Oposición Nacional Sindicalista», dentro de los Sindicatos hoy existentes, para una lucha de carácter profesional y diario.
(J.O.N.S. nº 7 Diciembre 1933)


Su actitud nacionalista y revolucionaria

El periódico estaba vinculado a dos consignas: era profundamente nacionalista y era profundamente revolucionario, social y subversivo. Conste que su filiación fascista se la damos ahora, al situarlo en la Historia, y, sobre todo, tanto por su posición patriótica y sindicalista de entonces como por las derivaciones finales del grupo. Pero ellos, en el periódico, nunca se llamaron fascistas ni se definieron como tales.

No hay que olvidar el momento de España en que apareció: marzo de 1931. Cuando culminaban las campañas electorales contra la Monarquía y ésta se tambaleaba radicalmente. El periódico, sin embargo, mostró en sus primeros números un soberano desprecio por la ola del republicanismo, aun sin defender, desde luego, para nada a la Monarquía agónica, basándose en que el movimiento republicano ligaba por entero su destino a las formas demoliberales más viejas.

LA CONQUISTA DEL ESTADO pretendía representar un espíritu nuevo, y tenía necesariamente que chocar con el republicanismo de 1931, en cuyas redes veía además caer a toda la juventud, generosa e inexperta. En realidad, la contraposición del periódico al espíritu predominante en los grupos triunfadores de abril era, y tenía que ser, absoluta. Pues quien recuerde sin pasión aquellas fechas -después de todo bien cercanas- advertirá que toda la propaganda del movimiento antimonárquico se hizo a base de ofrecer a los españoles las delicias de un régimen burgués-parlamentario, sin apelación ninguna a un sentido nacional ambicioso y patriótico, y sin perspectiva alguna tampoco de trasmutación económica, de modificaciones esenciales que satisfacieran el deseo de una economía española más eficaz y más justa.

Con formidable ímpetu, el periódico aceptó su destino en aquella hora, que consistía en estar frente a todo y frente a todos, dando aldabonazos para despertar una nueva conciencia juvenil, que por entonces no aparecía más que en el grupo redactor y en un centenar escaso de simpatizantes. Apenas proclamada la República, inició una oposición violentísima contra el Gobierno provisional, atacándole por su espíritu demoburgués, antimoderno, y por su indiferencia, por su insensibilidad ante los problemas históricos de signo nacional verdadero. A la vez, naturalmente, el periódico era anticomunista, si bien escrutando con toda fijeza las líneas que postulaban una salida social subversiva -por ejemplo, la C.N.T.-, en busca apasionada de coincidencias que le permitiesen enlazar con alguien sus esfuerzos.

El Gobierno provisional de la República no era capaz siquiera de conservar la adhesión entusiasta de sus mismas filas. Júzguese cómo se situaría ante él un grupo como el de LA CONQUISTA DEL ESTADO, que ambicionaba raer de toda la juventud las ilusiones liberal-burguesas, precisamente las que sustentaban y representaban aquellos gobernantes.

El periódico reflejó su profunda significación nacional y patriótica en una tenacísima y violenta campaña contra los separatistas catalanes. Y mostró asimismo sus afanes revolucionarios, su tendencia a una revolución social económica, vinculándose en muchos aspectos a la actitud de la C.N.T. y exaltando las actividades subversivas del comandante Franco.

Es importante fijar este doble perfil de LA CONQUISTA DEL ESTADO, donde radica su originalidad histórica, su carácter de primera publicación española que trata de nacionalizar el sentido revolucionario moderno, a la vez que de sustentar una bandera nacionalista sobre los intereses social-económicos de las grandes masas.

Con la C.N.T. de flanco

En el verano de 1931, la única fuerza disconforme con el Gobierno provisional, que podía representar para éste un verdadero peligro, era la Confederación Nacional del Trabajo, la C.N.T. Del 10 al 14 de junio de ese año, a los dos meses de proclamada la República, celebró la C.N.T. un Congreso extraordinario en Madrid, en el antiguo teatro de la Princesa. Muchos asignaban a ese Congreso trascendencia decisiva para la revolución. La verdad es que, efectivamente, la C.N.T. representaba entonces y polarizaba entonces la ascensión revolucionaria; pero ese Congreso se realizó de un modo atropellado, y puso a la vez al desnudo la penuria táctica de ese formidable organismo. LA CONQUISTA DEL ESTADO, cuyo norte social y nacional difería en absoluto de las directrices cenetistas, vio, sin embargo, en la C.N.T. la palanca subversiva más eficaz de aquella hora, libre asimismo de influjos bolcheviques por la oposición anarcosindicalista a la doctrina del marxismo.

En muy variadas ocasiones demostró el periódico su afán de ayudar de flanco las luchas y las consignas diarias de los sindicalistas.

Así, por ejemplo, dedicó planas enteras a las sesiones del Congreso, publicó interviús con sus líderes más destacados, etc., etc. El número de LA CONQUISTA DEL ESTADO aparecido el día 13 de junio, en pleno Congreso sindical, estaba dedicado, por mitad, a la campaña antiseparatista y a la difusión y comentario de aquella asamblea.
Los redactores del periódico tuvieron ese día la satisfacción de asistir desde uno de los pisos altos a la sesión, y ver en la mayor parte de las manos de los congresistas ejemplares de LA CONQUISTA DEL ESTADO, que se vendía a la entrada. Ese hecho fue advertido por muchos, y comentadísimo en Madrid.

El propósito táctico de enlazar por su flanco, de un modo transitorio, las luchas del grupo con las desarrolladas por la C.N.T. era, pues, una realidad. Hay que advertir que por esta época el grupo redactor inicial había quedado reducido a la mitad, y se mantenían firmes en torno a Ledesma los de mejor temperamento y más alta calidad de luchadores políticos, entre ellos, el que durante toda la publicación del periódico fue su eficacísimo secretario de redacción, Juan Aparicio.

El incremento social del periódico era evidente, y esa evidencia llegaba también a la Dirección General de Seguridad, que forzó al mismo ritmo la acción gubernativa contra el semanario.
Interferencia con la huelga telefónica

Entonces, primera semana de julio, tuvo lugar la famosa huelga telefónica, primera acometida revolucionaria que se desencadenó contra el timorato Gobierno provisional. Pudo ser, en efecto, el camino de la toma del Poder por los Sindicatos y el ensayo, a fondo, de la revolución social española. LA CONQUISTA DEL ESTADO encontró en la huelga motivo de agitación contra el pulpo capitalista yanqui, aposentado en la Compañía Telefónica. De ahí que no ahorrase esfuerzo alguno en favorecer la huelga, aun sabiendo de sobra el director que tras de ella existía un propósito y un plan subversivos para derribar al Gobierno provisional. Este, tanto por miedo a las represalias del capitalismo estadounidense como por miedo a dicha subversión revolucionaria, se encontraba nerviosísimo ante el desarrollo de la huelga.

Los sindicalistas que formaban el Comité encargado de dirigir el conflicto, tenían la seguridad de que su misión histórica era servirse de él como palanca revolucionaria. A estos efectos, buscaban colaboraciones, armamentos, y recibían y aceptaban los ofrecimientos múltiples que se les hacían desde los más variados sectores, no el menor el de la misma Policía.

Pero la C.N.T. no contaba con un equipo de diez o doce hombres con capacidad de conductores ni de organizadores triunfales de la revolución, entonces ya casi madura, pues se daban las circunstancias favorables de un régimen sin constituir, ingenuo y con defensas fáciles de vulnerar por múltiples puntos. La C.N.T. no contaba más que con esa capacidad elemental y primitiva, muchas veces heroica, de sus militantes; pero sus hombres, por vicio o por defecto inexorable de la ideología anarcosindicalista, eran entonces, y lo han sido siempre, en absoluto incompatibles con una técnica revolucionaria eficiente.

El fracaso de la huelga telefónica marca el descenso o, por lo menos, la paralización revolucionaria de la C.N.T. en 1931. Muchos de sus dirigentes se convencen entonces de la impotencia cenetista para vencer al Gobierno provisional. Así lo confesaron, en la redacción del periódico, dos o tres de ellos.

Para LA CONQUISTA DEL ESTADO, dicha huelga supuso, asimismo, un grave quebranto. No de lectores ni de eficacia, que eso aumentó, sino económico y represivo. Económico, porque diversas acciones y actividades, con motivo de la huelga y de la campaña contra Telefónica, debilitaron la caja del periódico en unas cinco mil pesetas. Y represivo, porque, en vista de la violencia con que se efectuó esa campaña, enlazándola, naturalmente, con la traición del Gobierno, que favorecía de un modo lacayuno los intereses yanquis, se dispuso la Dirección de Seguridad a acabar con el semanario.

A más del encarcelamiento de Ledesma, lo que es lógico supusiese grave contratiempo, se recogía el periódico de una manera sistemática, llevándolo la misma Policía al fiscal. Cinco semanas seguidas fue procesado el director por diversos artículos, siempre relacionados con la Telefónica o con los separatistas.
(-Los orígenes: La publicación de LA CONQUISTA DEL ESTADO- «¿FASCISMO EN ESPAÑA?»)


Al regresar a Madrid, y en vísperas de reanudarse, después del verano, la acción política normal, los jonsistas se dispusieron a incrementar la extensión del Partido. En el mes de septiembre puede decirse que todos los focos de la organización estaban a punto para desarrollar una actividad intensa. Fue entonces cuando ingresó en las J.O.N.S. un grupo compacto de sindicalistas, desilusionados de la C.N.T. y deseosos de una disciplina nacional, de una bandera nacional-sindicalista.

Madrid

En Madrid, según ya dijimos, entró en las J.O.N.S. un grupo de antiguos militantes de la C.N.T. Entre ellos, algunos significados, Sotomayor, Salaya, Olalla; otros de la base, combativos, como Pascual Llorente, que luego se distinguió por su jonsismo violento, siempre amigo y partidario de la trifulca armada. La sección madrileña había adquirido el aire y la solera propios de esta clase de movimientos. La formaban estudiantes inquietos y patriotas, sindicalistas deseosos de un orden nacional firme, pequeños burgueses y empleados con una esperanza española en el corazón y profundos afanes sociales de justicia.
(-La expansión jonsista- «¿FASCISMO EN ESPAÑA?»)



NACIONALSINDICALISMO

El reconocimiento de los Soviets

España debe reconocer el Gobierno ruso. Nosotros, enemigos radicales del Estado comunista, podemos expresar esta opinión con todo vigor y autoridad. Es inútil obstruir un hecho triunfante, como es el hecho ruso, y no comprendemos qué clase de temores impide a España llegar al reconocimiento ese.

Hoy la Rusia soviética es un pueblo donde se realizan experimentos económicos y sociales de gran radio. Conviene tenerlos muy a la vista. De otra parte, se ha convertido en un Estado nacional, atento a sus preocupaciones de orden interior, y nadie cree ya que a los Soviets interese hoy otra cosa que el éxito nacionalista de su tarea. Quizá uno de los nacionalismos más fervorosos de Europa sea éste de los rusos, recluidos en sí mismos, cultivando la empresa optimista de la prosperidad rusa. Como cualquier otro pueblo.

A más de esto, en la Rusia actual se tiende a un tipo de Estado que se apartará cada día más del patrón comunista. Hay que esperar en breve que surjan las aristocracias de la revolución, las minorías inteligentes y dominadoras que con un poco de cinismo y un mucho de visión histórica se apoderen con todas las formalidades que se quieran de los medios de producción y de todos los resortes políticos del Estado.

Es el tránsito del Estado comunista incipiente que surgió con la Revolución de octubre al Estado nacional, eficaz y poderoso, que la Europa postliberal comienza a adoptar también. Véase como ejemplo el Estado fascista.
Llega, pues, la fase crítica del Estado soviético, y la dictadura de Stalin garantiza la trayectoria que señalamos.
España debe reconocer a los Soviets. Dialogar y establecer relaciones comerciales. No volver la espalda mediocremente a ese orbe por ellos descubierto.

Rusia, repetimos, ha abandonado sus sueños primeros de revolución universal y permanente. Podrá algún día superar el estadio nacionalista que hoy atraviesa y convertir sus afanes en afanes de imperio. Mas esto pertenece ya a las posibilidades legítimas de los pueblos.

España es fuerte y posee bien arraigadas sus esencias hispánicas. No creemos muy airosa su posición actual, de ser débil que vuelve la cara por no recibir contagios de los aires que llegan. No es un gran pueblo aquel que elude las dificultades, sino el que va hacia ellas y las vence.

Prometemos insistir en este punto. Deseamos y pedimos relaciones diplomáticas y comerciales con los Soviets. Y para ello daremos a nuestras notas aires de campaña.

Sólo el viejo espíritu liberal burgués puede asustarse de la presencia en Madrid de una bandera soviética. Como se asusta de las camisas negras fascistas. De todo lo que huela a eficacia y a violencia creadora.

Pero si algo sucumbe de modo definitivo en España es el viejo espíritu liberal. Los que todavía se llaman liberales, o son unos cucos que obran, desde luego, como si no lo fueran, o son unos ingenuos ateneístas.

Precisamente las polarizaciones de fuerzas que deseamos para España son las que se realicen en torno a una idea nacional, hispánica, de legítima ambición española, con todas sus consecuencias de Estado fuerte y auténtico, o bien de una idea comunistizante, desertora de los destinos de España y al margen de los valores eminentes del hombre. He aquí los dos polos. Todo lo demás, vejez, escombros y abogadismo liberal burgués.

¡Pedimos y queremos relaciones diplomáticas con Rusia!
(«La Conquista del Estado», n. 4, 4 - Abril - 1931)


Queremos y pedimos la subordinación de todo individuo a los supremos intereses del Estado, de la colectividad política.

Queremos y pedimos un nuevo régimen económico. A base de la sindicación de la riqueza industrial y de la entrega de tierra a los campesinos. El Estado hispánico se reservará el derecho a intervenir y encauzar las economías privadas.

Queremos y pedimos la más alta potenciación del trabajo y del trabajador. El Estado hispánico debe garantizar la satisfacción de todas las necesidades materiales y espirituales del obrero, así como un amplio seguro de vejez y de paro.

Queremos y pedimos la aplicación de las penas más rigurosas para aquellos que especulen con la miseria del pueblo.

Queremos y pedimos una cultura de masas y la entrada en las Universidades de los hijos del pueblo.

Queremos y pedimos que la elaboración del Estado hispánico sea obra y tarea de los españoles jóvenes, para lo cual deben destacarse y organizarse los que estén comprendidos entre los veinte y cuarenta y cinco años.
(«La Conquista del Estado», n. 5, 11 - Abril - 1931)



El Bloque Social Campesino

Nuestras organizaciones

Llevamos unos tres meses auscultando la capacidad revolucionaria de nuestro pueblo. Una certeza es indiscutible: la de que se hace preciso movilizar revolucionariamente al español de los campos. Inyectarle sentido de protesta armada, afanes de violencia. El campesino español tiene derecho a que se le «libere» del señorito liberal burgués. El derecho al voto es una concesión traidora y grotesca que no sirve absolutamente de nada a sus intereses.

Hay que legislar para el campesino.

Hay que valorizar sus economías, impidiendo la explotación a que hoy se le somete.

Hay que saciarlo de tierra y permitirle que se defienda con las armas de la opresión caciquil.

LA CONQUISTA DEL ESTADO organiza con entusiasmo su propaganda entre los campesinos. Hemos creado el «Bloque Social Campesino», que se encargará de estructurar eficacísimamente a nuestros afiliados de las aldeas. Todas nuestra fuerzas de los campos engrosarán ese Bloque, que actuará completamente subordinado a la dirección política de nuestro Comité.

En Galicia cuenta ya el Bloque con miles de campesinos entusiastas, y en breve saldrán para Andalucía los camaradas Ledesma Ramos y Bermúdez Cañete en viaje de propaganda a esa región.

Nuestro gran deseo es lanzar la ola campesina contra las ciudades decrépitas que traicionan el palpitar vitalísimo del pueblo con discursos y boberías.

Nunca con más urgencia y necesidad que ahora debe buscarse el contacto de los campesinos para que vigoricen la Revolución y ayuden con su rotunda expresión hispánica a darle y garantizarle profundidad nacional. El campesino, hombre adscrito a la tierra, conserva como nadie la realidad hispana, y tiene en esta hora a su cargo la defensa de nuestra fisonomía popular.

Nuestro «Bloque Social Campesino» tendrá una meta agraria diversa en cada región española. De acuerdo con la peculiaridad del problema en las diferentes comarcas. Si bien le informará un común anhelo de nacionalización y de entrega inmediata de la tierra a los campesinos.

Ahora bien: junto a esa meta de eficacia y de justicia en la explotación, nuestro «Bloque Social Campesino» enarbolará una plena y total afirmación revolucionaria que le obliga a colaborar con nuestras organizaciones puramente políticas en el compromiso de apoderarse violentamente del Estado.

No debe olvidarse que nuestra fuerza se ha formado con estricta fidelidad a la hora hispánica, que requiere y solicita una exclusiva actuación revolucionaria. Quien logre hoy movilizar en España el mayor impulso revolucionario, alcanzará el triunfo. No, en cambio, las voces pacifistas, de buen sentido si se quiere, que se asustan de los gestos viriles a que acuden los hombres en los decisivos momentos de la Historia.

Hay que armar a los campesinos y permitirles ser actores en la próxima gran contienda. El «Bloque Social Campesino» no pretende sólo situar ante ellos la meta de redención, sino que también educará su germen revolucionario para garantizar la victoria. A la vez, pues, que descubrirles el objetivo, lanzarlos briosa, corajuda e hispánicamente a su conquista. He ahí su enlace con la totalidad de nuestra política, de nuestra fuerza, de la que el «Bloque Social Campesino» será una filial de primer rango.
(«La Conquista del Estado», n. 14, 13 - Junio - 1931)


La semana comunista

El feudo de Bullejos

En España hay una media docena de grupos comunistas. La meta actual de todos es controlar el posible movimiento comunista de nuestro país, apoderándose de su dirección. Batallan, pues, entre sí, como podrían hacerlo los caciques de un villorrio. Eso les condena a infecundidad absoluta, y les despoja de influencia en el proletariado, que es la base de toda organización de tipo comunista.

El domingo último se celebró en Madrid la consolidación de uno de esos grupos, el ortodoxo de la Internacional Comunista, que acaudilla José Bullejos. Le distingue de otros grupos el que se le premia su fidelidad a esa Internacional con unos billetes mensuales. Representa la ciega dependencia de Moscú, la enajenación de la peculiaridad nacional, sometiendo la ruta revolucionaria a fórmulas bolchevistas.

No es tiempo aún de conocer la mecánica de estos grupos, hoy dedicados a la tarea de desprestigiarse mutuamente. No controlan el extremismo social -hoy a cargo de la C.N.T., de los Sindicatos únicos- ni el extremismo político -que realizan con toda fidelidad las organizaciones de LA CONQUISTA DEL ESTADO. No obstante, la reciedumbre comunista es de tal linaje que una inexperiencia política prolongada en los Sindicatos pueden permitirle el acceso a la dirección revolucionaria.

Estos son los sueños, al parecer, de José Bullejos, el minúsculo Stalin que ha cabido en suerte a nuestro pueblo. Su agrupación en Madrid es irrisoria y sus intervenciones se reducen a bravatas infecundas que le transmite el teléfono ruso.

En su periódico Mundo Obrero piden un Gobierno obrero y campesino, y esto, lógicamente, debía llevarles a fundirse en las organizaciones obreras y campesinas ya existentes. Pues si no cuenta con la clase obrera y campesina, ¿no es absurdo que solicite para ellas el Poder?

Desengáñese el camarada Bullejos. Su actitud en las filas revolucionarias es contraproducente, abstracta e ineficaz.

La pirotecnia de Maurín

El comunista catalán Joaquín Maurín ha dado una conferencia en el Ateneo. Tuvo momentos felices, que aplaudimos. Tuvo otros de catástrofe, que hubieran justificado incluso una agresión personal. Pierde a Maurín su baile perpetuo sobre los hechos y las cosas reales, consecuencia de un intelectualismo perturbador de perturbado. A un esquema rotundo sacrifica la rotundidad de un hecho.

Su acierto máximo consistió en plantear la necesidad de que nuestra Revolución sea eminentemente hispánica, sin copiar ni seguir las rutas ya trazadas por los revolucionarios de otros pueblos. Pero entonces, decimos nosotros, no podía ser una Revolución comunista.

Ahora bien: su crítica de lo hasta aquí hecho por la Revolución democrática fue endeble y quisquillosa, pues no se le puede ocultar a su perspicacia que en el fondo razonaba como un «pequeño burgués» herido. Maurín demostró en su conferencia una preocupación absurda por victorias de tipo democrático burgués. Así su declaración criminal de separatismo catalán que fue oída con una impavidez más criminal aun por los pollos del Ateneo. La tesis no pudo lograr mayor grado de falacia. Declaró que era preciso desunir para volver a unir. El equívoco es patente: si la unidad nacional es falsa, artificiosa, según afirman los separatistas de campanario, esa prueba de desunir para volver a unir conduciría a la separación radical. Pero si no es falsa ni artificiosa, como creemos nosotros, es absurda la protesta que hoy se mantiene. La haya hecho el Estado, la haya hecho la libre manifestación nacional, si la unidad es necesaria, discutir sobre ella denuncia tontería plenísima.

La presión de Andrés Nin

En la misma tribuna que Maurín, habló al día siguiente Andrés Nin. Sus palabras dejaron atónitos a los «pequeños burgueses» del Ateneo. Nin expuso con certerísima claridad la ruta comunista. La implacable desnudez con que presentó sus tesis, el desprecio tan exacto a las preocupaciones democráticas de la burguesía, su defensa terminante de la dictadura del proletariado, todo, en fin, contribuyó a que su conferencia ostentara un auténtico y ortodoxo carácter comunista.

El aparente paseo triunfal de la acción comunista nace de la victoria rusa. Allí, en efecto, ha surgido una eficacia política y económica frente a las impotentes democracias europeas. El brinco de Rusia la sitúa en la legitimidad de nuestro siglo, dotándola de medios robustos para conseguir los valores de esta época. Ha eliminado la bobería demoliberal e instaurado una disciplina de tal índole en la producción, que sus batallas económicas están por completo libres de peligro.

Pero es cobarde y ruin abandonar la salvación política y económica de nuestro pueblo a la hazaña de un pueblo extranjero. Las propagandas comunistas son en España traiciones imperdonables a nuestra originalidad revolucionaria.

Andrés Nin, en su conferencia, presentó con exactitud el problema: la revolución democrática es hoy puro anacronismo, y la burguesía tratará de entontecer al proletariado, señalándole como metas las libertades políticas.
Ahora bien, ¿olvidan los comunistas la posibilidad de que surja un bloque político-económico que enarbole la rota definitiva de la democracia liberal, haga por sí la revolución económica y presente a los pueblos como resorte de eficacia la grandiosa furia nacionalista?

Contra las fuerzas retrógradas demoliberales admitimos conexión y enlace con los comunistas. Pero impediremos con nuestras propias vidas que el comunismo se apodere del timón revolucionario.
(«La Conquista del Estado», n. 14, 13 - Junio - 1931)


El Estado nacional-sindicalista se propone resolver el problema social a base de intervenciones reguladoras, de Estado, en las economías privadas. Su radicalismo en este aspecto depende de la meta que señalen la eficacia económica y las necesidades del pueblo. Por tanto, sin entregar a la barbarie de una negación mostrenca los valores patrióticos, culturales y religiosos, que es lo que pretenden el socialismo, el comunismo y el anarquismo, conseguirá mejor que ellos la eficacia social que todos persiguen.

Es más, esa influencia estatal en la sistematización o planificación económica, sólo se logra en un estado de hondísimas raigambres nacionales, y donde no las posee, como acontece en Rusia, se ven obligados a forjarse e improvisarse una idea nacional a toda marcha. (Consideren esto y aprendan los marxistas de todo el mundo.)

¡VIVAN LAS JUNTAS DE OFENSIVA NACIONAL-SINDICALISTA!
(«La Conquista del Estado», n. 21, 10 - Octubrte - 1931)


Hay que abatir el actual sistema liberal-burgués, que con sus hipócritas deslealtades mantendría al pueblo en una funesta predisposición al comunismo. Las huelgas reivindicatorias nos merecen respeto, pues es la única posibilidad de actuación social que admite la fracasada economía vigente. Pero nosotros aspiramos a un régimen económico donde las huelgas sean innecesarias e inútiles, donde la producción adquiera el rango supremo de ¡servicio a la Patria! y donde el elemento prestador de trabajo no sea «a priori» un sector rebelde a los deberes
(«La Conquista del Estado», n. 23, 24 - Octubre - 1931)


La capacidad económica del Nacional-Sindicalismo

Algo hay indiscutible en nuestra época, y es la crisis capitalista. Ya hemos dicho alguna vez que esta crisis es para nosotros mas bien de gerencia capitalista. Han fracasado las estructuras de la economía liberal, indisciplinada, y también los grandes «trusts» o «cartels» que trataron de suplantarla. Pero ha de entenderse que las dificultades económicas tienen hoy un marcado carácter político y que sin el hallazgo de un sistema político es imposible toda solución duradera a la magnitud de la crisis económica.

Sólo polarizando la producción en torno a grandes entidades protegidas, esto es, sólo en un Estado sindicalista, que afirme como fines suyos las rutas económicas de las corporaciones, puede conseguirse una política económica fecunda. Esto no tiene nada que ver con el marxismo, doctrina que no afecta a la producción, a la eficacia creadora, sino tan sólo a vagas posibilidades distributivas.

Esto del nacional-sindicalismo es una consigna fuerte de las Juntas. El Estado liberal fracasará de modo inevitable frente a las dificultades sociales y económicas que plantea el mundo entero. Cada día le será más difícil garantizar la producción pacífica y contener la indisciplina proletaria. La vida cara y el aumento considerable de los parados serán el azote permanente.

El nacional-sindicalismo postula el exterminio de los errores marxistas, suprimiendo esa mística proletaria que los informa, afirmando, en cambio, la sindicación oficial de productores y acogiendo a los portadores de trabajo bajo la especial protección del Estado.

Ya tendremos ocasión de explicar con claridad y detenimiento la eficacia social y económica del nacional-sindicalismo, única concepción capaz de atajar la crisis capitalista que se advierte.
(«La Conquista del Estado», n. 23, 24 - Octubre - 1931)


Lo sindicalista: el Pan

Dos realidades inmediatas llevan hoy de la mano a los españoles a encararse con el problema de la organización social de nuestra Patria. Una, la conmoción marxista de Asturias. Otra, la crisis de trabajo, el paro obrero y la anormalidad notoria con que se desenvuelve la economía nacional.

Se trata de organizar la vida de la producción y del consumo de modo que todos los españoles útiles y capaces tengan garantizada una subsistencia normal y digna, sin entrar a saco en las economías privadas ni perturbar en el más mínimo grado la producción nacional. Basta con un Estado en línea de rendimiento, un pueblo disciplinado en su propio beneficio y unas organizaciones, unas estructuras sociales vigorosas.

En octubre hicieron crisis las organizaciones obreras de base marxista. Sus sindicatos eran nidos de agitación, trincheras al servicio de los intereses políticos de las burocracias socialistas. Parece que lo más urgente ahora es destruir hasta la más profunda raíz esas madrigueras rojas y presentar a las masas ingenuas y desilusionadas el panorama de una vida sindical a extramuros de la preocupación revolucionaria bolchevique.

Nosotros estamos convencidos de que sólo los Sindicatos nacionales, es decir, los Sindicatos obreros identificados con la ruta nacional de España y, por tanto, constituidos en sus propios defensores, pueden desarrollar entre las masas la atmósfera que se precisa para desplazar definitivamente a las organizaciones marxistas.

El problema de las estructuras sociales está ligado íntimamente a la existencia nacional de España y a la subsistencia material de los españoles. No hay posibilidad de vida económica si se carece de unos instrumentos sociales que representen y disciplinen los factores diversos que intervienen en el proceso económico. Esos instrumentos son los Sindicatos.

El Estado que en nuestro tiempo no advierta y, por tanto, no utilice a los sindicatos como poleas imprescindibles de su acción, es un Estado ficticio, enclenque y sin vigor. España, pues, necesita orientar su vida social hacia el plano de la sindicación de todos cuantos elementos intervengan de algún modo en la producción nacional. Sindicatos nacionales y obligatorios en todas las ramas. Eso queremos.

Los Sindicatos, como células reales de la vida social, son la mejor garantía contra el paro, las crisis y la anarquización de la vida económica.

Nosotros desarrollaremos gran actividad -toda la que nos sea posible- en la tarea de llevar a los españoles la convicción nuestra de que es preciso sustentar la vida de la Patria sobre bases sindicalistas, como paso a las grandes corporaciones reguladoras de toda la economía.

Es nuestra angustia por el vivir diario de los españoles, la preocupación por sus patrimonios, el afán de evitar la ruina de los pequeños industriales y labradores, el exterminio definitivo del hambre y de la miseria, lo que nos conduce a señalar y a insistir en la creación de Sindicatos amparadores, responsables y ligados de modo auténtico a los intereses de todo el pueblo que trabaja.

No concebimos el Estado y la sociedad misma sin esas formidables instituciones que son los Sindicatos, así como la necesidad imperiosa de sustraer esos organismos a toda influencia internacional y todo servicio a las grandes encrucijadas revolucionarias del marxismo.

Lo nacional y lo sindicalista, es decir, la Patria y el Pan.
(«La Patria Libre», n. 1, 16 - Febrero - 1935)


El desplazamiento de las masas

Los trabajadores españoles, traicionados por el marxismo, desilusionados de la revolución bolchevique y necesitados de defensa, deben fijar su atención en el Nacional-Sindicalismo Jonsista

Las J.O.N.S. han contraído al nacer un solemne compromiso: el de no hacer nada sin el concurso y la ayuda del pueblo laborioso. Nuestras metas han sido fijadas teniendo siempre en cuenta los intereses de las zonas españolas más extensas, y parece, por tanto, lógico que recabemos su entrada directa en las organizaciones jonsistas.
Nosotros tendemos la vista hacia el panorama social de la Patria, y encontramos en todas partes gentes y núcleos que reclaman con urgencia una bandera intrépida y justa.

Eso nos ocurre contemplando el campo español. La vida agobiante y difícil de todos los labradores, de todos los campesinos.

Nos ocurre asimismo examinando el sector numeroso de los pequeños industriales y comerciantes, que se debaten despedazados por los grandes poderes económicos y el descenso vertical de la capacidad de consumo entre las masas.

Y, por último, el mismo fenómeno, agravado y envenenado hasta el supremo límite por la insurrección marxista de octubre, aparece en todo el ancho y enorme sector social que forman los trabajadores, las grandes masas de asalariados, que han visto derrumbarse sus ilusiones últimas y se encuentran hoy en la desorientación mayor y más trágica.

En una situación así, las J.O.N.S. aspiran a ser esa bandera intrépida y justa a que antes nos hemos referido.
Y por eso decimos a todos los trabajadores:

Hay que tener el valor de una rectificación. Si no queréis que os aplasten los poderes más reaccionarios de la sociedad, debéis someter a revisión las bases de la doctrina antigua y abandonar las tácticas y los dirigentes que han fracasado.

Nosotros sabemos que los trabajadores, todos los asalariados, tienen una batalla común que dar con otros sectores de españoles igualmente numerosos y en situación crítica. Cuando el marxismo dice a los trabajadores que sólo se fijen en batallas de clase, y no consideran como suyas otras conquistas, los engaña y traiciona del modo más miserable.

Los trabajadores tienen que luchar al lado de todos los labradores y campesinos, al lado de todos los modestos industriales, funcionarios, y no para conseguir victorias políticas demoliberales o liberal-burguesas, según predicó falazmente el socialismo en 1931, sino para establecer en España un Estado de justicia; para hacer de España la Patria auténtica de todo el pueblo.

Hay una tarea común: esa de hacer de España la gran Patria histórica que siempre ha sido, la garantía suprema y segura de que no habrá en ella explotaciones sociales ni injusticias.

Y hay también un enemigo común: el que forman los especuladores, acaparadores y prestamistas, que agarrotan las economías y los patrimonios modestos.

Parece que es llegado el momento de que los trabajadores españoles más avisados e inteligentes inicien con vigor la nueva era. ¡¡¡Sobre todo, ruptura decidida y valiente con el marxismo!!! El marxismo español debe quedar definitivamente enterrado en la sepultura de sus propias traiciones, de sus ineptitudes y de sus errores.

El nacional-sindicalismo jonsista es el auténtico guía de las masas desorientadas. Venimos precisamente a ser para los trabajadores la nueva esperanza tras de la desilusión, la tristeza y la derrota. Tenemos también otra característica: la de ser profundos patriotas; la de haber descubierto que la redención de todo el pueblo está ligada a la conquista plena de una Patria fuerte, libre y enérgica.

¡Con nosotros, pues, los trabajadores! A nacionalizar la banca parasitaria; a nacionalizar los transportes; a impedir la acción de la piratería especuladora, y a exterminar a los grandes acaparadores de productos.
El nacional-sindicalismo jonsista unirá, repetimos, en un único frente a todos los labradores, pequeños industriales, funcionarios, y a todos los obreros. Es decir, unificará la acción y la eficacia de todos los españoles que trabajan, sufren y padecen.
(«La Patria Libre», n. 5, 16 - Marzo - 1935)


¿Un nacionalismo obrero español? Textos del líder revolucionario Joaquín Maurín

Aludimos en páginas anteriores a nuestra creencia de que en la entraña popular española encontrarían eco las voces nacionales. Está por hacer una llamamiento así, que ligue la defensa nacional de España, su resucitación como gran pueblo histórico, a los intereses económicos y políticos de las grandes masas. Casi por entero, como también hemos dicho antes, se encuentran éstas bajo el influjo directo de los aventureros.

En un libro reciente de Joaquín Maurín, conocido jefe revolucionario (Hacia la segunda revolución, Barcelona, 1935), hay, al lado de la hojarasca standard propia de todo autor marxista, o que se cree tal, unas magníficas y formidables incitaciones para lograr la salvación nacional española. Maurín supera el sentido clasista a que, al parecer, le obliga su educación marxista, en él aún vigente, y presenta a los trabajadores el panorama de una posible acción revolucionaria, entre cuyos móviles u objetivos figure la vigorización nacional española. Para ello invoca y convoca a los proletarios, considerándolos como el sector de la Patria mejor provisto de abnegación, capacidad y brío. No dudamos en conceder a la actitud de Joaquín Maurín importancia extraordinaria, y quizá suponga el comienzo de un cambio de frente en las propagandas a los trabajadores, que, al descubrir la ruta nacional, y al disputarla incluso a una burguesía ramplona y sin vigor, puede llevar en sí el secreto de las victorias del futuro. A continuación presento citas literales del libro mencionado e invito a que se me diga qué otro líder revolucionario de la izquierda más subversiva, como lo es Maurín, ha escrito cosas parecidas a éstas:

La Segunda República española constituye un fracaso casi espectacular, más rápido aún, más fulminante, que el de la misma dictadura de Primo de Rivera.

La burguesía española ha tenido un destino trágico. Colocada en una situación geográfica admirable, se ha visto obligada a contemplar cómo la burguesía de los otros países sumaba victorias, mientras que ella vivía raquítica, pudriéndose en la inacción (pág. 9).

La aspiración de un español revolucionario no ha de ser que un día, quizá no lejano, siguiendo su impulso actual, la Península ibérica quede convertida en un mosaico balkánico, en rivalidades y luchas armadas fomentadas por el imperialismo extranjero, sino que, por el contrario, debe tender a buscar la libre y espontánea reincorporación de Portugal a la gran unidad ibérica (pág. 40).

España tiene proporcionalmente menos población que Portugal y tres veces menos que Italia, país cuyas condiciones naturales son muy inferiores a las de España. Tomando los 132 habitantes que tiene Italia como punto de comparación con los 44 de España, se puede afirmar que la España de la decadencia ha enterrado en cada kilómetro cuadrado de terreno a 88 españoles (pág. 214).

Costa podría repetir que la mitad de los españoles se acuestan sin haber cenado. Hay una minoría que nada en la abundancia, que despilfarra, que vive espléndidamente, y una mayoría aplastante atormentada por el hambre y por la miseria. "Los que no son felices no tienen patria", había dicho Saint-Just. España -hoy- no es una patria (pág. 215).

Lo reaccionario en nuestros días sería el disolvente de España, la anti-España (pág. 224)

Un partido fascista necesita ser nacionalista rabioso, anticatólico, en el fondo, y partidario del capitalismo de Estado. El partido de Gil Robles no es nacionalista. Es agrario-católico, que es muy distinto.

El nacionalismo como fuerza, en un país como España, cuya unidad fue impuesta coactivamente por la Monarquía y la Iglesia, sólo puede alumbrarlo el proletariado (pág. 230).

La España de la decadencia, en la política internacional, se encuentra encallada entre dos escollos: Inglaterra y Francia. No puede salir de ahí. Francia e Inglaterra tienen encadenada a España desde hace largo tiempo, durante la Monarquía como en el período de la República (pág. 233).

A nuestro proletariado le corresponde llevar a cabo una tarea ampliamente nacional. ¿Estrechez nacionalista? ¿Contradicción con el internacionalismo socialista? Es posible que se pregunten los idólatras de las frases, eunucos ante la acción revolucionaria (pág. 240).

Libertadores de la juventud, atada hoy a un régimen moribundo que impide poner a prueba su fuerza expansiva, su intrepidez y su heroísmo.
La revolución no ha de ser para un partido, ni aun para una clase, sino para la inmensa mayoría de la población, que ha de considerarla como la aurora de un nuevo mundo más justo, más humano, más ordenado, más habitable, en suma (pág. 241).

El languidecimiento de la España burguesa, entre otras razones, es debido a que Inglaterra y Francia, cada una por su lado, han procurado que no resurgiera en la Península una nación poderosa, una gran potencia, que, de ocurrir, hubiera sido un rival peligrosísimo.
La monarquía absoluta, la monarquía constitucional, la dictadura y la República han seguido sin interrumpir una política internacional, no según las conveniencias de España, sino de acuerdo con los intereses de Francia e Inglaterra (pág. 247).

Los aliados naturales de España no son Francia e Inglaterra mientras estos países sean capitalistas. La línea lógica de alianzas sigue otro meridiano. Y es: Portugal-España-Italia-Alemania-Rusia. Un bloque tal sometería a Francia y a Inglaterra (pág. 248).

Ahí quedan esos textos. Nadie dudará de que respiran emoción nacional española. Maurín, aunque todavía es hombre joven, tiene una experiencia de veinte años de lucha en el movimiento obrero marxista. Aún sigue en sus filas como jefe de un partido no muy amplio, pero que dio luchadores destacados en Asturias, como el dirigente de Mieres, Manuel Grossi. El marxismo tiene en sus garras a españoles como Maurín, que sin sujeción a los lineamientos dogmáticos marxistas prestaría a España formidables servicios históricos. Pues es lo que aquí urge y falta: arrebatar la bandera nacional al grupo rabón que hoy la pasea sobre sus hombros y satisfacer con ella los anhelos de justicia que laten en la entraña de la inmensa mayoría de los españoles. Sin lo nacional, no hay justicia social posible. Sin satisfacción social en las masas, la Patria seguirá encogida.
(LOS PROBLEMAS DEL FASCISMO EN ESPAÑA «¿FASCISMO EN ESPAÑA?»)


Los jonsistas movilizan a los parados

Mientras se desarrollaban en el seno del movimiento las incidencias a que terminamos de referirnos, los jonsistas, que no agotaban su atención en seguir de cerca tales problemas, a pesar de su gran interés en ellos, se decidieron a impulsar la creación y desarrollo de Sindicatos, iniciando así la captación de los trabajadores para el Partido.

Esa tarea les corresponde por entero. Coincide, pues, con las semanas agitadas de agosto el momento en que la organización fascista inició, con éxito, la atracción de los obreros, mediante la creación de Sindicatos y la puesta en marcha de la Central Obrera Nacional-Sindicalista, filial del Partido.

A pesar de realizar los primeros trabajos en circunstancias difíciles y con poquísimos medios, los resultados fueron rápidos y fulminantes. A los quince días, los locales que el Partido había puesto a disposición de los Sindicatos eran insuficientes para contener a los trabajadores que llegaban. Estos llenaban todas las dependencias, los jardines y se acumulaban junto a las puertas de la calle. La cosa parecía milagro, pero el milagro no era otro que la actividad, el celo y la «técnica de agitación y organización» de los jonsistas.

A la vista del éxito, el Partido dedicó toda la atención posible a esos trabajos sindicales. Grupos de obreros nacional-sindicalistas, con la colaboración de los demás camaradas del Partido, iban a los barrios proletarios y repartían profusamente hojas de propaganda, invitando a todos los trabajadores a ingresar en estos Sindicatos y a abandonar la disciplina roja.

El propósito era arduo. Y más cuando culminaba la preparación revolucionaria marxista. El día 30 de agosto se produjo en Cuatro Caminos un choque violento entre los que distribuían hojas nacional-sindicalistas en esa glorieta, dirigidas a los parados, y un nutrido grupo de marxistas. Los dos bandos hicieron uso de las armas y resultó muerto uno de los dirigentes del partido comunista, Joaquín de Grado, que tomaba parte en la pelea.

Los jonsistas que dirigían los trabajos de organización sindical, decididos a obtener en el sector obrero una victoria resonante, que diese al Partido la base proletaria que necesitaba, urdieron, con audacia, un plan gigantesco de movilización de los parados.

A costa de un trabajo intensísimo, hicieron una especie de censo de todas las obras y talleres. Después de un examen técnico de las características de cada uno, procedieron a asignarles un número mayor o menor de parados, teniendo en cuenta las jerarquías profesionales.

A la vez, por todo Madrid circularon gran número de hojas y llamamientos a cuantos se encontrasen en paro forzoso, ofreciéndoles trabajo, e invitándoles para ello a inscribirse en los Sindicatos nacional-sindicalistas de la Falange de las J.O.N.S.

Los trabajadores acudieron a los locales del Partido y de los Sindicatos, en la calle del Marqués de Riscal, en número extraordinario. La Dirección de Seguridad se vio obligada a montar un servicio de orden. La calle estaba casi totalmente llena de obreros, que impedían o dificultaban la circulación.

Tal espectáculo dejó extrañado a todo Madrid, expectantes a las autoridades y atónitas a las directivas de las Centrales sindicales rojas. Nadie se explicaba qué resorte, qué varita mágica habían tocado los fascistas para que, en menos de una semana, más de 30.000 obreros acudiesen con rapidez y diligencia a sus organizaciones.

Para el día 3 de septiembre se organizó la primera irrupción de los parados en las obras. Fueron distribuidos unos diez mil volantes a otros tantos obreros de la construcción para que ese día, lunes, a las ocho de la mañana, se presentasen a trabajar en el lugar que indicaba el propio volante.

No hubo obra en Madrid, grande o chica, donde ese día no se presentasen a trabajar los parados nacional-sindicalistas. Se produjeron incidentes en gran número. En varios sitios fueron recibidos a tiros por los demás trabajadores, no por considerarles enemigos políticos o sociales como pudiera creerse, sino en nombre de un concepto de rivalidad profesional, defendiendo su propio trabajo.

No pudo continuarse la operación en días sucesivos, aun estando preparada también la movilización de otros gremios. Las autoridades lo impidieron, clausurando locales y defendiendo las obras y talleres contra la presencia violenta de los trabajadores parados.

Pero fue aquélla una magnífica jornada revolucionaria para el nacionalsindicalismo, y de la que salió con verdadero prestigio entre los trabajadores. Estos pudieron advertir que la organización fascista no era una frivolidad, una flor de artificio y engaño, nacida al calor de los patronos, sino una bandera social noble, que señalaba a los trabajadores un camino de lucha, ayudándoles y orientándoles en su batalla diaria por el Pan y la Justicia.

A mediados de septiembre, tras la agitación de los parados y de los esfuerzos para la puesta en marcha de los Sindicatos del Partido, disponían éstos de unos 15.000 trabajadores. Victoria tal, arrancada a las filas sindicales rojas en quince días, era inaudita en campos de signo antimarxista.
(La lucha por el nacional-sindicalismo «¿FASCISMO EN ESPAÑA?»)


Imperativos de una batalla en el orden sindical

Una vez que la oportunidad insurreccional pasó y que el Gobierno normalizó, puede decirse, sus resortes oficiales, el Partido no tenía más que un camino para extraer de la revolución de octubre consecuencias positivas: la captación de los trabajadores. Fue la hora de vigorizar los Sindicatos —tan oportunamente creados, como vimos, dos meses antes—, la hora de una lucha a fondo, en el terreno sindical, contra el marxismo.

Todos saben con qué angustia y con qué preocupación los dirigentes políticos y sindicales del partido socialista y de la U. G. T. creían, durante las semanas posteriores a octubre, que los cuadros de sus Sindicatos iban a ser materialmente trasplantados a las organizaciones de F.E. de las J.O.N.S. Creían de veras en una fuga arrolladora de las masas, provocada de modo inevitable si el fascismo ponía las redes de una táctica sindical inteligente. Pues recordaba la movilización de los parados, hecha en septiembre por los jonsistas, y en la que éstos demostraron gran capacidad para la agitación y la organización de los trabajadores.

Estos temores de los marxistas fueron, por desgracia, infundados. Los obreros permanecieron fieles a sus antiguas organizaciones o se retrajeron de ellas, pero no pasaron a nutrir los cuadros de los Sindicatos nacional-sindicalistas, afectos al fascismo.

Ese fracaso tenía un origen de orden político más que sindical. Evidentemente, los Sindicatos de carácter fascista no tienen por qué basarse en un riguroso sentido profesional, apolítico. Todo lo contrario. Pues les informa en el fondo un sentido de pelea y de rivalidad contra el marxismo, precisamente en lo que éste tiene de tendencia política bien marcada y clara. Sólo un partido fascista vigoroso puede dar vida a unos Sindicatos fascistas que estén asimismo dotados de vigor. Si el Partido vacila y no desarrolla una línea política eficaz y briosa, sus Sindicatos siguen igual suerte.

Y ya hemos dicho que, después de octubre, F.E. de las J.O.N.S. no demostró la decisión necesaria ni encontró su verdadero camino. Es decir, ni se decidió a la insurrección; ni luego, pasada la oportunidad de ella, pudo encontrar el secreto de las masas españolas. De hecho, hubo en el Partido una incomprensible debilidad y falta de visión para la única consigna que entonces era justa y podía tener éxito: la de hostigar y hostilizar al Gobierno Lerroux-Ceda.

Pues la desilusión y la desconfianza con que el país asistía a los modos, tanto por exceso como por defecto, con que el Gobierno desarrollaba la represión y orientaba la política liquidadora de los sucesos, era de tal magnitud que la estrategia más cándida exigía utilizarla como plataforma. Además, y ello es lógico, las masas populares tenían tal odio y repugnancia al equipo lerrouxista que cualesquiera acción iniciada con talento y brío contra él encontraba fuerte resonancia y simpatía entre los trabajadores.

Falange de las J.O.N.S. debió recoger y aprovechar esa situación de ánimo de las masas, sabiendo que la hostilidad contra el Gobierno radical-cedista, dijese lo que dijese el sector más ruin, bobo y cobarde de la burguesía nacional, era lo que menos podía parecerse a un delito de lesa patria.

De las filas marxistas al nacional-sindicalismo

Es bien conocido el hecho. Tanto en Italia como en Alemania, la expansión fascista arrebataba con frecuencia al marxismo buen número de combatientes revolucionarios. Estos descubrían el sentido social verdadero y la emoción nacionalista, profundamente popular, del fascismo. En España, donde desde hace incontable número de años sólo el izquierdismo subversivo y las organizaciones rojas aparecían como las únicas preocupadas o informadas por una inquietud social justiciera, la idea nacional, el patriotismo revolucionario, estaba del todo inédito entre los trabajadores. Esa situación favorecía que cuando dispusiese de una bandera y de una organización eficaz y limpia, se produjesen vacilaciones en un sector más o menos restringido de las filas revolucionarias.

Las J.O.N.S., en su primera época, anterior a la unificación con Falange, percibieron con optimismo cómo ese fenómeno era una esperanza real. Grupos de antiguos revolucionarios rojos se unieron a las tareas jonsistas. Todo el mundo en España asignaba al movimiento fascista como una de sus mejores perspectivas la posibilidad de nacionalizar un determinado sector obrero, desgajándolo de las organizaciones rojas. Esa tenía que ser, efectivamente, una de sus justificaciones. La forma en que nació Falange Española y su adscripción —en el sentir de las masas— a rutas de poquísima garantía popular, dificultó, por desgracia, esa meta espléndida.

La revolución de octubre era de suponer que actualizase de nuevo ese fenómeno. Tanto las enseñanzas que se podían deducir de los sucesos, como la claridad con que éstos hicieron que se dibujase en el horizonte politico-social, junto a la catástrofe marxista, la inanidad e hipocresía de las formas demoliberales, deberían producir en gran número de luchadores honrados una decisión favorable a la bandera nacional-sindicalista del fascismo.

Las esperanzas resultaron fallidas. Sólo grupos aislados procedentes del comunismo hicieron su aparición. Esto ocurrió en Sevilla, un poco en Asturias y también en la región gallega, tratándose, en general, de muy buenos militantes. Su presencia entusiasta, a pesar de la ruta impropia y tímida que cada día era más visible en el Partido, revela las enormes posibilidades que en esa dirección encontraría una auténtica actitud nacional-sindicalista.
(Octubre y después de octubre «¿FASCISMO EN ESPAÑA?»)
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