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Identidad y Comunidad

Naturaleza y génesis del sistema

Laureano Luna*



La naturaleza del gigantesco entramado político, económico y social dominante, que llamamos "Sistema", viene definida en buena medida por sus fundamentos ideológicos y estos, a su vez, dependen básicamente de su concepción del hombre. Y la que sostiene el Sistema es una concepción abstracta, irreal, una concepción que implica la substitución del hombre real por una invención racionalista: el Sistema concibe al hombre como yo puro. Dicha invención parte de la filosofía de Descartes, en el siglo XVII, más tarde se convierte en ideología social con los pensadores de la Ilustración y comienza a realizarse con las revoluciones burguesas de finales del siglo XVIII (la americana y la francesa). Así pues, podemos decir que de la Ilustración y la Revolución proviene la sustancia intelectual del Sistema.

Esta concepción racionalista del ser humano como yo puro implica despojar al hombre de sus determinaciones naturales (edad, sexo, raza...) o histórico-naturales (etnia, cultura, tradición, religión, lengua...). El hombre así concebido carece de vínculos con su comunidad (el Pueblo), con su entorno natural (la Naturaleza) y con la realidad sobrenatural o divinidad (Dios/es). Este hombre rechaza su finitud y se considera como absoluto.

Una vez que el ser humano ha sido despojado de sus determinaciones, que hacían de él un ser real y finito, aquellas son reemplazadas por atributos transcendentales, básicamente tres: ese hombre descarnado es considerado "igual" (sin diferencias entre sí), "libre" (sin dependencias con respecto a su Pueblo, a la Naturaleza y a Dios) y "supremo" (sin sujecciones, es decir, por encima del Pueblo, de la Naturaleza, de Dios). De estos atributos surgen todos los grandes ismos del Sistema. Así de la "igualdad", surgen el igualitarismo y el universalismo, y de la "libertad", el individualismo. Del tercer atributo, la "supremidad", surgen el antropocentrismo radical (el hombre como centro del universo, medida de todas las cosas...), el materialismo (pues, si el hombre se ve a sí mismo como ser supremo, todo lo demás estará por debajo y en ese nivel está sólo la materia: Dios y toda realidad espiritual quedan fuera de su "ángulo de visión" y, por tanto, ignorados) y el economicismo (que es una concreción importante del ismo anterior: si todo es materia, toda actividad se reducirá a aquella que regula la vida y el bienestar materiales, esto es, a la economía).

De todo lo anterior se desprende la naturaleza del Sistema, y todo lo anterior constituye el fundamento filosófico de la ideología del Sistema, del conjunto de ideas que lo describen, lo explican y lo justifican, y que podrían sintetizarse así: "todo estatuto político, o sea, toda forma social ordenada no debe tener en cuenta las determinaciones finitas del hombre ni sus vínculos con la Naturaleza o con Dios, porque —según la filosofía del Sistema— el hombre no los tiene". Las actuales Constituciones de los países occidentales están en perfecta consonancia con esta fórmula, que podría incluso servirnos como criterio para definir posiciones: cualquier movimiento, ideología, pensamiento, partido o persona que coincida con aquella fórmula, se sitúa ipso facto dentro del Sistema, y quien no la comparta estará fuera de sus límites. Pero veamos cómo hemos llegado hasta aquí, cómo ha ido desarrollándose este pensamiento a lo largo de la historia hasta nuestros días, para entender mejor su naturaleza.



Génesis del Sistema

Adelantábamos al principio que los fundamentos filosóficos del Sistema partían del siglo XVII con el racionalismo de Descartes, pero podríamos descubrir sus "precedentes históricos" muchos siglos antes, concretamente, en la Antigüedad. Así es, ya el dualismo de la metafísica griega, siglo VI aC., disocia la realidad en dos mundos: el inteligible (real, intemporal, infinito) y el sensible (aparente, temporal, finito). Parménides caracteriza al ser como inmutable, único, eterno y permanente —se le considera el fundador de la ontología—, niega el movimiento y crea el concepto de apariencia.

Un segundo precedente histórico lo hallamos en el derecho romano: legislar para los hombres y las comunidades tan diversos del Imperio, y la necesidad práctica de simplificar los conflictos legales que generaban, condujo a una abstracción del concepto de hombre. También encontramos en el antinaturalismo judío otro precedente de la Antigüedad, pues estos, a diferencia de sus pueblos vecinos, que sacralizaban la Naturaleza, poseían un concepto abstracto y transcendente de la divinidad. Freud dirá de ellos que nunca llegaron a un equilibrio entre lo intelectual y lo natural.

Luego, ya en la Edad Media, reconocemos lo que podríamos denominar "etapas previas", dentro de las cuales, situaríamos a Descartes. Una primera la define el paradigma del hombre natural, según el cual, existe una única naturaleza —essentia— común a todos los hombres. En esta época se extiende un primer igualitarismo y universalismo de corte religioso (cristiano). Siglos más tarde, con el descubrimiento de América (1492) cae aquel paradigma del hombre natural, que había dominado durante toda la Edad Media y surge lo que podríamos llamar el ideal "euro-igualitarista". En efecto, el descubrimiento de un nuevo continente poblado por seres tan distintos llevó a los europeos a plantearse si los indígenas americanos eran "humanos"... Y, ¿cómo salvar el igualitarismo frente a esas evidentes diferencias naturales y culturales? Pues, otra vez se recurrió al dualismo: deben existir dos dimensiones de la naturaleza humana, una extrínseca, que hace a los hombres aparentemente desiguales, y otra intrínseca, que los hace realmente iguales, y, por lo tanto, la desigualdad de los hombres es sólo coyuntural, responde a grados de desarrollo histórico distintos, debido a factores ambientales. El europeo entonces llegó a la siguiente ingenuidad: "puesto que en el fondo, intrínsecamente, todos los hombres son iguales a nosotros, los europeos, hay que civilizar —o sea, europeizar— a los que aún no han alcanzado nuestro grado de desarrollo" (este argumento eurocéntrico dominará la mentalidad y la política europea hasta su relevo, tras la IIGM, por el "ideal americano").

Y así llegamos a la figura de Descartes, fundador del racionalismo moderno. Para este filósofo, matemático y físico del siglo XVII el alma ya no vivifica el cuerpo, el hombre es pura autoconciencia. Con el "pienso, luego existo" Descartes despoja al ser humano de su cuerpo y de su entorno, que se regirán mecánicamente, para convertirlo en pensamiento solo y en el fundamento único de la realidad.

La madurez histórica del Sistema comienza a finales del siglo XVIII con la Ilustración y las primeras revoluciones burguesas. En 1789 se pronuncia la "Declaración universal de derechos del hombre y del ciudadano". Se establece el fundamento de la Modernidad y surge el actual concepto de individuo a que se reduce el ser humano. Aquí ya vemos los rasgos propios de la concepción del mundo del Sistema, pero, aún tendrá que superar otra dificultad: ¿cómo se fundamenta la sociedad, un todo ordenado, estructurado y sometido a leyes, desde el "individuo"? Y será la teoría contractualista (Hobbes, Rousseau) la que explique que los individuos, iguales y libres, establecen contratos entre sí por simple conveniencia egoísta: el contrato político da como resultado la "democracia" mayoritarista (se sigue el interés de la mayoría) y el contrato económico establece los libres mercados. Luego, se irá pasando de la teoría filosófica a la praxis política y social, de las ideas a las instituciones, hasta ir perfilándose como proyecto global. Este proyecto global de la Modernidad consiste en materializar al hombre abstracto, hacerlo real. Puesto que el hombre real no es lo que aseguran las teorías, hay que aplicar los medios para que acabe siéndolo. Es decir, se debe perseguir, primero, la igualación del hombre a todos los niveles (psico-sexual, racial, cultural, religioso...) y, segundo, la emancipación del hombre respecto del Pueblo, de la Naturaleza y de Dios.

Pero este proyecto no avanza sin dificultades. La sociedad sometida al Sistema soporta graves injusticias y tensiones sociales. En la Europa industrial hay más explotación y miseria que en la feudal. Sin embargo, en lugar de detenerse, el Sistema radicaliza su proyecto y lo desarrolla en dos versiones: la liberal, siguiendo un modelo jurídico y buscando realizarse a través del mercado, y la comunista, siguiendo un modelo económico y buscando realizarse a través del Estado. Liberalismo y comunismo son dos variantes de una misma concepción moderna, burguesa, del hombre, que se materializan a lo largo del siglo XIX y principios del XX y que se instalan geográficamente en el mundo como ideas dominantes a partir de 1945 con la Conferencia de Yalta.

Esta situación dura hasta la década de los 90, cuando acontece el colapso de la Unión Soviética y sus países satélites en Europa. A partir de entonces el proyecto del Sistema seguirá sólo la vía del liberalismo, dejando al margen los escasos residuos de comunismo. Así tenemos en la actualidad un único modelo político, la "democracia" liberal, y un único modelo económico, el capitalista. El proyecto, extendido ahora a todo el planeta, lo llaman "globalización" y aspira a homogeneizar la humanidad, reducirla a un único mercado mundial y dominar técnicamente la Naturaleza. En definitiva, busca el bienestar material del hombre (de algunos hombres).

Esto es lo único que se mantiene vigente: "Lo único que queda es el tranquilo y progresivo desarrollo del capitalismo". Palabras de Bush, en la línea de Fukuyama y su "final de la Historia" como progreso social. Y la realidad —que sigue resistiéndose a los planes del Sistema— se irá "adecuando" merced a la acción de múltiples corrientes de pensamiento, nuevos ismos, y modas disolventes: desde el clásico feminismo hasta los homo-, uni-, bi-, trans-, sexualismos, desde el colonialismo estadounidense hasta el mundialismo y lo mestizo y multicultural, desde el humanitarismo "solidario" y las inofensivas ONGs hasta el sincretismo new age y las sectas destructivas, desde las libertades individuales hasta la aldea global y la globalización, desde la ingeniería genética y el genoma hasta el gnosticismo y la indiferencia religiosa. Todo sea por el Sistema...



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(*) Nota de la redacción: el presente artículo se basa en un ciclo de conferencias impartido por el filósofo L. Luna a principios de los 90, extractado y adaptado para su publicación en ETHNOS2000.
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