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15/05/2006
José Javier Esparza
El Forum Deusto ha organizado este ciclo de intervenciones bajo un título muy sugestivo: arte y parte en la sociedad del espectáculo. Y, ciertamente, pocas formas de comunicación hay más vinculadas a la sociedad del espectáculo que la televisión, puesto que es precisamente la televisión la que garantiza la permanente puesta en escena de la sociedad ante sí misma. La sociedad-espectáculo sería impensable sin la televisión; la televisión no tendría gran sentido, tal y como la conocemos, fuera de una sociedad del espectáculo.
Ahora bien, la televisión no es sólo un espejo, ni tampoco es sólo un medio de comunicación, sino que por sus características técnicas y por el proceso de producción de sus mensajes puede también ser concebida como una forma de arte, de creación. La cuestión que yo quisiera discutir con ustedes no es a qué podemos llamar "arte" y a que podemos llamar más bien "técnica"; ese tipo de discusiones entra ya en el terreno de lo bizantino, a pesar de lo cual todos podemos ponernos de acuerdo en que el Partenón de Atenas es arte y en que una vivienda de protección oficial, normalmente, no lo es. No, la cuestión que yo quisiera plantearles a ustedes es más bien esta otra: en el entorno de la sociedad del espectáculo, un entorno donde la televisión es protagonista, ¿qué posibilidades le quedan abiertas al medio televisivo como creación, como arte de comunicación? ¿Es posible hacer arte desde la televisión? En sus líneas básicas, la producción televisiva difiere poco de la cinematográfica. Sin embargo, ¿por qué todos estamos dispuestos a considerar que el cine es un arte y, por el contrario, pocos defenderán que la televisión también lo es? ¿Acaso será por la condición esencialmente efímera de sus productos? ¿Es la televisión un arte de usar y tirar? Pero si la televisión es el medio por antonomasia de la sociedad del espectáculo, ¿estaríamos viviendo entonces en una sociedad de usar y tirar? ¿Y eso no es una forma institucionalizada de nihilismo? ¿Es entonces la televisión aquella forma artística que correspondería al nihilismo colectivo? ¿Y puede no serlo? ¿Puede aspirar la televisión a crear una forma propia de arte que apunte a perdurar? ¿Y no es eso contradictorio con los propios fundamentos de la sociedad del espectáculo? En fin, de esto se trata.
¿Qué es la "sociedad del espectáculo"? El lugar del arte.
Empecemos, si ustedes me lo permiten, por el principio: la sociedad del espectáculo. Porque esta fórmula, "sociedad del espectáculo", resume muy bien, a mi juicio, el tipo de sociedad en que vivimos; al menos, en una de sus dimensiones. No diría yo que nuestra sociedad pueda ser definida exclusivamente como "sociedad del espectáculo": podemos definirla también como "sociedad de mercado", en la medida en que no cabe ya imaginar ni un solo sector de la actividad social que escape a la regla de la transacción y a las leyes de la oferta y la demanda; igualmente podríamos definirla como "sociedad del conocimiento", en la medida en que nunca había habido tanta cantidad de información a disposición de tanta cantidad de gente (otra cosa es la calidad de esa información, pero eso no refuta el empleo de la susodicha etiqueta); del mismo modo, nuestra sociedad podría ser definida como "sociedad de la opinión", porque nunca había sido tan determinante la cantidad de asentimiento ciudadano para guiar el proceso de la decisión en los asuntos públicos. Pues bien: nuestra sociedad, además de una sociedad de mercado, del conocimiento, de la opinión y de otras muchas cosas más, es también una sociedad del espectáculo, tal y como previó, hará pronto cuarenta años, el "situacionista" francés Guy Débord.
¿Por qué nuestra sociedad es una sociedad del espectáculo?
Porque vivimos en una sociedad en la que la puesta en escena se ha convertido en principio rector de todas las cosas de la vida, y especialmente de la vida pública. La sociedad del espectáculo es aquella en la que el grado de poder o de influencia (o simplemente, de existencia) de personas, grupos o acontecimientos viene determinado por su capacidad para convertirse en espectáculo. En este tipo de sociedad, estrechamente ligado a la aparición de los grandes medios de comunicación audiovisuales, una persona o un hecho sólo cobran auténtica existencia (existencia social) si logran presentarse como espectáculo, como puesta en escena, como acontecimiento. Por eso a nadie –sea una empresa, sea un partido político, sea un escritor- se le ocurre salir a la palestra pública sin una previa estrategia comunicativa. Y también por eso los actores y los showmen televisivos han ocupado el lugar de los intelectuales en la plaza pública –algo que Débord no previó-, mientras los políticos prestan una atención ya no instrumental, sino prioritaria, a la escenificación del poder –o del contrapoder.
La sociedad del espectáculo está íntimamente ligada a la dinámica del mercado, que viene a ser su motor colectivo. Continuamente pasan ante los ojos de los ciudadanos-espectadores nuevas atracciones que desfilan a golpe de talonario. Nadie que hoy aspire verdaderamente al poder puede dejar de poner su óbolo en los platos del dinero y de la comunicación de masas, que se han convertido en fuerzas no sólo autónomas, sino también ajenas al control colectivo, porque ya no hay contrapoder que compense su influencia. Y esta dinámica se ha apoderado también del arte: hoy no hay exhibición artística que no quepa ser concebida como espectáculo en el sentido más estricto del término. Ya no se trata de que la obra sea expuesta para que el espectador la mire; lo que prevalece ahora es la organización de exposiciones con capacidad de convocatoria pública, y las obras se someten a ese imperativo.
Esta es una de las razones por las cuales la obra de arte ha ido derivando hacia el concepto de "instalación" o de "performance": el protagonista ya no es la obra, la creación concreta, material, ese objeto, sino que ahora el protagonismo es para su puesta en escena, para la exhibición pública.
Hace pocos años, un artista mejicano –me disculparán que no recuerde el nombre: a veces la capacidad de olvido es un mecanismo de defensa; incluso puede que ni siquiera fuera mejicano- había concebido la idea de hacer que cien indigentes degollaran otros tantos pollos vivos frente al estanque del Retiro, en Madrid. Eso formaba parte de la programación de un conocido centro de arte de la capital. Creo que es un perfecto ejemplo de lo que aquí estoy defendiendo: el objetivo de este género de manifestaciones –y todos ustedes saben que no se trata de un caso aislado- no es mostrar un objeto, sino organizar una puesta en escena. Y cuanto más exitosa sea la puesta en escena, esto es, cuanto más público atraiga el espectáculo, más fácil le resultará al "artista" encontrar sponsor para su próxima manifestación.
Sinteticémoslo en la siguiente fórmula: en la sociedad del espectáculo, el arte deja de reposar sobre el objeto artístico para pasar a hacerlo sobre la exhibición, sobre la puesta en escena, al margen del objeto expuesto e incluso sin que sea necesario que éste exista –un contenedor vacío también es exhibición, y también tenemos ejemplos recientes de ello.
He puesto deliberadamente ejemplos extremos para hacer más gráfica mi idea sobre cuál es el lugar del arte en la sociedad del espectáculo. Vemos que se trata de un lugar, por así decirlo, acosado –acosado por la propia obligación de dar espectáculo.
Pero esto no quiere decir que la sociedad del espectáculo sea incapaz de generar un arte propio que, además, suscite la aprobación estética de la mayoría de las personas. Creo que el ejemplo eminente es el cine. El cine es la matriz artística específica de la sociedad del espectáculo. Y por este camino llegaremos a interpelar a la televisión como arte singular.
El cine como arte propio de la sociedad del espectáculo
Permítanme antes una consideración previa. La sociedad del espectáculo, para existir como tal, exige la previa satisfacción de un requisito técnico ineludible: la posibilidad de llegar a las masas. Las "masas" no quiere decir "mucha gente", ni tampoco "gente muy bruta", sino que aquí entendemos este término en el sentido que le ha dado la tradición sociológica: un tipo de público indiferenciado y anónimo, equivalente en cualquier parte, con independencia de su estatuto cultural o social, también al margen de sus aspiraciones individuales. Hay una sociedad de masas allá donde es posible representarse el cuerpo social como un todo homogéneo, anónimo e indistinto. Ya sabemos que las sociedades occidentales se fueron convirtiendo en sociedades de masas entre mediados y finales del siglo XIX, y que el proceso de industrialización terminó consagrando el concepto a lo largo del siglo XX, en la medida en que su resultado fue la homogeneidad de las características culturales, sociales, religiosas, políticas y económicas de las sociedades modernas. Pues bien: es justamente esa sociedad de masas la que reclama un tipo concreto de espectáculo, un tipo nuevo de puesta en escena.
Un espectáculo cortesano al estilo de la Francia o la España del siglo XVII, por ejemplo, no era propio de la sociedad del espectáculo, ni tampoco de la sociedad de masas: cuando la corte barroca pone en escena el orden social a través de una compleja matemática coreográfica, lo que está haciendo es proveerse de un discurso estético propio, autónomo, de afirmación de sí misma. El pueblo que lo ve a través de los barrotes del jardín regio puede disfrutar con el espectáculo, como disfruta cuando el lujo de la carroza real surca las calles, pero sigue siendo una escenografía autosuficiente. Y lo mismo ocurre cuando la fiesta no es cortesana, sino abierta al pueblo, como sucedía en la fiesta cívica popular o en el rito religioso del barroco. Para empezar, estos espectáculos acontecen de una sola vez, no son puestas en escena permanentes; además, corresponden a unas coordenadas sociales y culturales muy específicas, incardinadas en una comunidad concreta, no en una sociedad universal e indiferenciada. Quiero decir con esto que el espectáculo social no es lo mismo que la sociedad del espectáculo. Y que una sociedad del espectáculo requiere como paso previo que sea técnicamente posible servir espectáculo a todo el mundo y en todo momento; que no pare la música.
En efecto, el tipo de espectáculo que corresponde a la sociedad de masas es distinto del espectáculo social clásico. Ante todo, exige que sea extensible al mayor número posible de personas. Y eso requiere, a su vez, que existan medios técnicos de reproducción masiva, lo cual es una novedad de primer orden en la historia de la cultura. Hay un texto clásico de Walter Benjamin sobre este asunto: La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica. La cuestión es esta: desde el momento en que la obra de arte pasa a reproducirse masivamente (por ejemplo, a través de la fotografía), su impacto gana en extensión y pierde en profundidad. "El aura de la obra de arte se atrofia", dice Benjamin. Así, por ejemplo, podemos imaginar la conmoción de un ciudadano del siglo XVIII ante la visión de un Cristo de Mena, visión que seguramente ha ido precedida de un largo viaje en busca de esa talla; pero, inversamente, conocemos bien la familiaridad, incluso la indiferencia de cualquiera de nuestros conciudadanos ante los cientos de miles de estampitas que reproducen hoy ese mismo Cristo. Pues bien, lo mismo ocurre con el espectáculo artístico: ha entrado en la época de la reproductibilidad técnica. Así el espectáculo de viejo estilo –por ejemplo, el teatro- pierde ascendiente en beneficio de otro género de espectáculo ya expresamente concebido para ser reproducido técnicamente. Es el caso del cine.
Walter Benjamin decía que el cine es la manifestación por excelencia del arte en la época de su reproductibilidad técnica. Nosotros diremos aquí, y por las mismas razones, que el cine es la disciplina artística más específica de la sociedad de masas y de la sociedad del espectáculo. Una película puede ser reproducida y vista tantas veces como uno desee y ante tantas personas como se quiera, tanto más desde el momento en que hay soportes nuevos que multiplican hasta el infinito su reproductibilidad. Además, en su propio proceso de elaboración entran ya las exigencias de la sociedad de masas, porque se trata de historias concebidas para un público universal, homogéneo e indiferenciado. Pero, ojo, no por ello deja de ser arte. Digo más: creo que es la forma contemporánea de arte por antonomasia.
Casi todo el mundo está de acuerdo en que el cine es un arte. El séptimo arte. Y, en tanto que arte, una de sus principales virtudes reside en que el soporte de la imagen móvil sonora permite integrar muy diversas disciplinas artísticas. Por ejemplo, en el gran cine encontramos aquella composición de imágenes y de colores que constituye la médula de la pintura; no es un azar que grandes maestros del cine como Kurosawa pintaran antes sus encuadres como acuarelas destinadas a cobrar movimiento, y esa es también la razón por la cual un buen director de fotografía resulta esencial para una película, en la medida en que sabrá incorporar adecuadamente imagen y color al soporte físico correspondiente. Pero encontramos también en el cine el esfuerzo escenográfico del teatro, que crea un espacio destinado no sólo a ser marco de una acción, sino también a comunicar al espectador un sentimiento permanente. Encontramos igualmente, desde luego, la voluntad narrativa de la literatura bajo una forma técnica específica que es el guión, esto es, el relato adaptado al lenguaje cinematográfico. Y encontramos, por supuesto, la música; aunque sea un asunto sujeto a discusión, somos muchos los que pensamos que la gran música contemporánea, la que alcanza a comunicar plenamente belleza al oyente, está precisamente en el cine, y basta pensar en las partituras de John Barry (Memorias de África, Bailando con lobos, Cotton club), Randy Edelman (El último mohicano) o la de Jean-Claude Petit para el Cyrano de Rappenau.
De manera que, en muchos sentidos, el cine es el soporte más adecuado para la obra de arte total en la edad contemporánea, del mismo modo que en el siglo anterior, para Wagner, lo había sido la ópera. Eso no quiere decir que cualquier película consiga el propósito: el talento sigue siendo un requisito indispensable. Pero esto sí quiere decir que, hoy, la cantidad de medios y recursos que está a disposición del creador facilita el camino.
Con todo esto quiero subrayar, muy particularmente, que el soporte de la imagen móvil, a pesar de lo que sostiene un cierto discurso nostálgico, no está reñido con el concepto clásico de arte, sino todo lo contrario: ofrece una plataforma material excelente para empujar la comunicación artística hasta donde el talento del cineasta sea capaz de escalar. Si películas como Blade Runner, de Ridley Scott, pueden convertirse en "películas de culto" es justamente por su capacidad para comunicar plásticamente imágenes y sentimientos con una profundidad insuperable. Pongo este ejemplo a título personal, pero cualquiera de ustedes podrá aportar sus propios ejemplos. Naturalmente, como ocurre en todas las artes, también en el cine hay obras menores, composiciones destinadas a satisfacer un rápido consumo, y no faltan las obras deleznables, aquellas que podemos considerar como urgentemente prescindibles. Esto, en todo caso, no afecta al cine como soporte artístico: todos estamos de acuerdo en que hay un cine que merece el calificativo de gran arte y otro que, aunque técnicamente sea arte, no merece mayor consideración. Pero ese mal cine no es peor que cualquiera de las miles de novelas olvidadas e ignoradas del siglo XIX a cuyos oscuros autores nadie recuerda ya. La existencia de obras frustradas no refuta la cualidad de una disciplina artística.
Recapitulemos: ya hemos visto que estamos en una sociedad del espectáculo, que esa sociedad genera su propio tipo de arte y que ese tipo específico de arte es el cine o, más extensamente, la imagen móvil sonora como plataforma de expresión. Vayamos ahora a un desarrollo lógico de estos planteamientos: el papel que la televisión ocupa en este nueva época del arte.
El problema de la televisión
En la televisión, en principio, debería regir el mismo criterio técnico que en el cine: su soporte es también la imagen móvil sonora; su principio técnico es el mismo que el del cine, aunque sean diferentes los procesos de elaboración de la obra. Nada impide, en fin, que el creador de productos para la televisión derrame su talento en la composición plástica de imágenes y colores, en la creación de espacios habitados por la matemática de la escenografía, en la confección narrativa del guión televisivo, en la música que acentúa y subraya la comunicación entre el autor y el espectador. Y sin embargo, ¿por qué apenas somos capaces de recordar una sola obra televisiva de la que sea posible decir que es una obra de arte? Haciendo memoria, en nuestro país podríamos rescatar algunos títulos, muy pocos. Por ejemplo: La cabina, de Antonio Mercero. Nadie negará que La cabina, por la profundidad de su relato, por la interpretación de los actores y por el sugestivo carácter de su puesta en escena es una obra de arte.
Citemos otro ejemplo muy reciente: la versión de Escrivá sobre Arroz y tartana, de Blasco Ibáñez. ¿Pero esto es propiamente televisión, o es más bien cine –cine en pequeño formato? Para el espectador, la diferencia es prácticamente inapreciable. Y para el autor, tampoco es una diferencia decisiva. Este obstáculo lógico lo vamos a encontrar permanentemente en el terreno de los telefilmes, las TV movies, las películas para televisión: desde un punto de vista estético, es difícil tomar pie en estas obras para decidir de manera nítida que la televisión es arte. Y sin embargo, es el único ejemplo claro de arte en la televisión.
El panorama se hace más negro si uno enciende la televisión a cualquier hora del día. Veremos puestas en escena estrepitosas de sujetos que se gritan atrocidades para solaz del público, veremos espacios de carácter informativo que convierten en espectáculo la vida (y, más frecuentemente, la muerte) de los puntos más alejados del planeta, veremos relatos cuya profundidad o cuya elaboración apenas alcanza el grosor de un cabello… Veremos, en fin, un montón de cosas que, ciertamente, no sólo no son arte, sino que, además, difícilmente podrían serlo. ¿Es posible hacer arte en un informativo? Esta pregunta recuerda aquellos chistes sobre la imposibilidad de bailar la música del telediario. Y sin embargo, nadie negará que en toda puesta en escena narrativa, incluso si se trata de un reality-show, pueden comparecer elementos propiamente artísticos. ¿Por qué no somos capaces de reconocerlos en la mayor parte de la producción televisiva?
Bien: de entrada, hay que señalar que nunca es bueno pedirle peras al olmo. Y es que la mayor parte de la producción televisiva no se contempla a sí misma como una obra de arte. Por así decirlo, la dimensión artística no entra en el orden prioridades de un realizador, de un guionista, de un director o de un periodista en la mayor parte de los productos televisivos. Esto es así porque la televisión no es tanto un arte como una técnica –una técnica puesta al servicio de diferentes formas de comunicación, entre las cuales puede figurar la comunicación artística, o puede que no. Lo veremos mejor si mantenemos la comparación con el cine.
Inicialmente, en efecto, el cine tampoco era tanto un arte como una técnica puesta al servicio de una forma de comunicación: las primeras películas son simples retratos de escenas costumbristas, una cámara que se quedaba abierta ante el mundo y grababa directamente lo que allí aconteciera, como hoy haríamos con nuestra cámara doméstica de vídeo. No es hasta los años veinte del siglo pasado cuando podemos empezar a hablar de vocación artística de la cinematografía, y eso sin perder de vista que la mayor parte de la producción de la época son historietas de carácter cómico. Por otro lado, el cine seguirá siendo hasta los años cuarenta una técnica puesta al servicio del género informativo o del género documental. Algunas piezas de estos géneros pueden ser consideradas propiamente como obras de arte por su concepción, por sus aspiraciones y por su confección –esa fue, por ejemplo, la gran aportación de Leni Riefenstahl al cine documental-, pero la inmensa mayoría de estas obras no difieren mucho, desde el punto de vista de su cualidad estética, de un reportaje periodístico con imágenes en movimiento. El cine empezó a ser considerado un arte cuando tuvo expresamente tal vocación: nombres como Renoir o Clair son decisivos en este aspecto. Y así el cine, aunque siguió siendo una técnica de comunicación informativa hasta muy entrado el siglo XX, pudo legítimamente reivindicar para sí, al mismo tiempo, el estatuto de séptimo arte.
La televisión no es un género, sino una técnica.
Pues bien, el camino de la televisión es semejante, pero con la importante salvedad de que aún no ha reivindicado título alguno, sino que, por el contrario, sigue considerándose a sí misma, ante todo, como un soporte técnico: el soporte de la visión a distancia. En este sentido, cuando hablamos de producción televisiva estamos englobando bajo un solo epígrafe a una multitud de géneros que, en realidad, poco tienen que ver entre sí.
Es televisión, evidentemente, la información en imágenes: los informativos, los "telediarios", son televisión en estado puro, pero, desde el punto de vista de su concepción, están sometidos a unas leyes que son las mismas de la información en general, la que leemos en los periódicos o escuchamos en la radio. El espacio que la televisión informativa deja a quien quiera hacer "arte" es sumamente reducido: no va más allá de la pulcritud en la redacción de los textos y de la creatividad en el montaje de las imágenes. El espacio para la creatividad se amplía cuando hablamos de la información en gran formato: el género documental, también cuando se trata de programas divulgativos.
Aquí el realizador puede permitirse lujos que son propiamente artísticos. Sin embargo, el concepto de este tipo de televisión no es en modo alguno artístico: la elaboración del mensaje está subordinada a su objetivo informativo o divulgativo. Alguno de esos mensajes puede alcanzar cumbres estéticas ciertamente estimables, pero nadie aceptaría un programa divulgativo que sacrifique esa finalidad, su finalidad, a la mayor belleza de la composición. Y no hay más.
También es televisión el programa de simple entretenimiento. Pero tampoco es arte. En esta familia encontramos, por ejemplo, el socorrido espectáculo de variedades apuntalado sobre las actuaciones de intérpretes de la canción o de cualquier otra disciplina. Como ocurre en el género informativo, aquí el campo para la creatividad artística del profesional de la tele es limitadísimo: no va más allá de una realización vistosa. Más aún: en este género, la autonomía de la televisión como lenguaje específico queda enteramente subordinada a un lenguaje principal que es el del artista que actúa, el cantante que ejecuta sus números sobre el escenario, por ejemplo. Conste que, con frecuencia, detrás de las cámaras encontramos a profesionales de excepcional valor, gentes que aplican a su función técnica –una función, por otro lado, en absoluto sencilla- una maestría verdaderamente encomiable. Bajo ningún concepto quisiera que de mis palabras pudiera nadie deducir un menosprecio cualitativo a ese trabajo.
Sencillamente, sostengo que eso no es arte –porque está sometido a una finalidad cuyo criterio rector no es nunca la creación. Y el mismo criterio cabe aplicar a todos aquellos programas cuya función es poner en escena la realidad social más cotidiana a través del debate, la tertulia o, simplemente, el ruido: no hay en ellos espacio para voluntad artística alguna.
Sin salir del género del entretenimiento, en los últimos años hemos asistido al surgimiento de un subgénero nuevo: la creación, desde la televisión, de mundos autónomos, ajenos a la realidad física exterior, ajenos a la realidad no televisiva. Aquí podemos incluir eso que nosotros hemos llamado intimity-show y que los productores llaman "telerrealidad": se coge a sujetos de carne y hueso, se les arranca de su circunstancia personal y social concreta y se los inserta en una narración preconcebida cuyo contexto es tan variado como la supervivencia en una isla desierta, la seducción sexual, la adquisición de una vivienda o la simple exhibición de la propia privacidad. No negaré que tras todo este montaje hay un cierto aliento creativo superior, algo así como una vocación de construir realidades nuevas. Lo que pasa es que, desde mi punto de vista, se trata de un aliento creativo perverso, maligno, algo así como la mano siniestra del Doctor Mabuse que, en las películas de Fritz Lang, manipula a unos individuos que, para esa mente enferma, son ya sus criaturas. El intimity, la "telerrealidad", no carece de elementos que es posible interpretar como arte: la construcción –previa o sobrevenida- de un relato, la selección de un dramatis personae a partir de seres reales y no ficticios, la administración de emociones en el espectador, también el proceso selectivo de las imágenes sobre cada avatar narrativo… Pero, desde una perspectiva propiamente estética, estos elementos artísticos no difieren de los que podemos hallar en las películas pornográficas, donde también hay una técnica narrativa visual puesta al servicio de una exhibición directa del objeto, al servicio de un proceso de exposición en el que deliberadamente se ha procedido, como primer paso, a demoler aquel aura que antes caracterizaba al objeto artístico.
El único género en el que la televisión no es sólo un instrumento, sino que puede considerarse como una disciplina artística propiamente dicha, es el género de la narración audiovisual, la ficción, las series. Este género es perfectamente comparable a lo que la narrativa representa dentro del mundo literario. Como en la narrativa literaria, también en la narrativa televisual hay obras de fuste y obras menores, piezas memorables y otras que caen rápidamente en el olvido. Desde el culebrón de tercera clase hasta la gran telenovela sentimental, desde la serie menor de carácter cómico o simplemente grotesco hasta el gran relato coral, hay una amplia escala que da testimonio de cómo la televisión puede convertirse en un arte específico. Apartemos, por las razones antes descritas, a los telefilmes: éstos no son tanto televisión como cine, y la organización de sus secuencias narrativas está cortada por el patrón cinematográfico: una historia cerrada, autónoma, con principio y final en un solo bloque. El patrón televisual es distinto: la historia se prolonga varias semanas (trece o veintiséis), cabe reconstruir el argumento sobre la marcha, el relato debe adaptar su ritmo a las pausas publicitarias y, además, el creador está obligado a tratar cada capítulo al mismo tiempo como parte y como todo. La teleserie asume de entrada todas esas exigencias, y con ello adopta un lenguaje propio, específico. Pues bien, yo estoy convencido de que es posible hacer brotar arte de ese lenguaje.
La teleserie como arte televisivo.
Fíjense ustedes en todo lo que hace falta para poner en marcha una serie de televisión. Primero hace falta una idea, es decir, qué se quiere contar. Después se requiere poner esa idea por escrito, esto es, un relato. Además hay que adaptar el relato al ritmo televisivo, o sea, no sólo a su interpretación por actores, sino también al sistema de pausas y reanudaciones que la televisión impone. El relato, evidentemente, ha de ser interpretado, para lo cual hacen falta actores. Estos actores no funcionan solos, sino que necesitan un director, el cual no sólo ha de velar por la buena puesta en escena de la historia, sino que también debe guiar el trabajo de los intérpretes. Todo el conjunto debe desarrollarse en el interior de espacios determinados, espacios que normalmente son mucho más reducidos que los del cine, no sólo por razón de su extensión cuantitativa, sino también por motivos presupuestarios, y que sin embargo deben ser lo suficientemente elocuentes para impresionar al espectador. También hace falta una música: aquí no cabe una banda sonora al estilo de la pantalla grande, sino que la música cumple una función de reclamo, de atractivo, también de seña de identidad, y por eso la apuesta fundamental es la música de apertura de la serie, la que sirve de fondo al enunciado del título y de los intérpretes, porque en esos dos minutos debe comunicar al espectador la conveniencia de que permanezca delante de la pantalla. Concurren también otras artes que no tienen por qué ser menores: el grafismo de los rótulos, el montaje de secuencias visuales en un estilo hermanado con el de la publicidad, a base de impactos breves y directos… Pues bien: todo eso, y algunas otras cosas más, tiene que concurrir en la elaboración de una teleserie. ¿Hay o no hay razones para pensar que la televisión puede ser un arte?
Naturalmente, esto es el paisaje general. Después, cada cual pintará las cosas con colores de distinto valor. Habrá series que nos parecerán excelentes por el trabajo de sus intérpretes, aunque su historia sea de una insoportable trivialidad. Habrá otras que merecerán la mejor calificación por su ritmo narrativo, aunque su escenografía renquee. Otras, en fin, aportarán una puesta en escena de gran lujo para camuflar un argumento insustancial.
Como en toda disciplina artística, habrá creaciones estimables y habrá otras desdeñables. Esto, como es sabido, no depende tanto del género que se trabaje como del trabajo en sí mismo y del talento de quien lo ejecuta. Y el talento es el menos igualitario de los dones de Dios.
Sentado esto, supongo que todos podremos estar de acuerdo en que una buena serie para televisión es una obra de arte, con los mismos títulos con que puede serlo una buena película para la pantalla grande. Si ustedes me fuerzan, una buena serie es más arte que una mala película: en cualquier episodio de CSI o de 24 – o de Hospital central, por poner un ejemplo español- hay más arte que en Torrente, el brazo tonto de la ley. Y sin embargo, ¿por qué nos resulta, por lo general, tan difícil reconocer el carácter artístico de las producciones para televisión? Porque hay que decir que esto es así: cuando uno dice "arte", lo que se le viene a la cabeza es Leonardo, Velázquez o Bernini, no Bruckheimer o Mercero. ¿A qué se debe esto? ¿A qué se debe que los productos para televisión nos parezcan, en el mejor de los casos, un arte de usar y tirar, que puede sorprender o incluso emocionar una semana, pero que son rápidamente olvidados a los pocos meses?
Yo creo que esto se debe a buenas razones: para empezar, todos somos testigos de cuán rápidamente evoluciona el formato de la serie televisiva, hasta el punto de que un producto que hace diez años hizo furor, hoy nos resulta vetusto, como aceleradamente envejecido; además, el producto televisivo está sometido a la violenta presión de la competencia ya no diaria, sino minuto a minuto, de manera que no hay posibilidades materiales de dejar que una historia se desarrolle por sí misma; en tercer lugar, la televisión, precisamente por ser el escaparate privilegiado de la sociedad del espectáculo, se rige por leyes de condición extremadamente efímera (el imperio de lo efímero, como decía Lipovetsky hablando de la moda), unas leyes que imponen, ante todo, la permanente renovación de unos productos que son muy rápidamente no sólo consumidos, sino también consumados, de inmediata extinción. Es todo esto lo que hace que, a mi juicio, sea imposible aplicar al producto televisivo aquel carácter de perdurabilidad que por definición hay que atribuir a la obra de arte y que en el cine todavía tenía vigencia. Si ustedes me lo permiten, me gustaría detenerme brevemente en cada uno de esos factores: la rápida evolución de los formatos narrativos, la presión de la competencia extrema y las leyes del "imperio de lo efímero".
Los límites del arte en televisión.
La evolución de los formatos televisivos es un hecho que cualquiera puede constatar en todos los terrenos: en el informativo, en el del entretenimiento y, por supuesto, también en el narrativo. Veamos ejemplos que a todos nos resultarán familiares. En su día, el serial de Ibáñez Serrador Historias para no dormir nos pareció excelente, y ciertamente lo era; pero hoy lo revisitamos y lo primero que advertimos es que eso no parece tanto televisión como teatro puesto en escena. Otra serie de gran relevancia en la historia de la televisión en España fue Crónicas de un pueblo, dirigida por Antonio Mercero; hoy nos resulta pedestre, primaria. Hablando de Mercero –un autor al que yo tengo en gran estima-, citemos otros dos éxitos históricos: Verano azul y Farmacia de guardia; la historia de la televisión en España no puede escribirse sin mencionar estas dos obras, pero hoy nadie se atrevería a programar unas historias así, tanto por la candidez de sus planteamientos argumentales como por la lentitud de su puesta en escena. Estoy citando deliberadamente ejemplos de producciones que sin duda alguna pueden ser consideradas obras de arte –de arte televisivo. Desde el punto de vista técnico, estético y ético, se trata de obras de gran nivel. Sin embargo, apenas han soportado el paso de los años.
La perdurabilidad es una seña de identidad del arte. El paso de los años ennoblece las obras de Chaplin, llena de espiritualidad a las de John Ford e incluso realza al spaghetti-western de Sergio Leone. Por el contrario, ese mismo paso del tiempo aniquila al arte concebido para televisión. Viejas grandes series americanas como Ironside, El fugitivo o Bonanza, hoy nos evocan alguna era geológica anterior.
Se me podrá objetar que estoy proponiendo obras realizadas hace más de veinte años, lo cual inevitablemente tiene que confirmar mi presunción de que los formatos televisivos cambian demasiado deprisa. Pero fijémonos en obras mucho más recientes, obras que supusieron una importante innovación narrativa en la producción para televisión, y veremos que han envejecido a ojos vista.
Por ejemplo, la serie de Chris Carter Expediente X. Las primeras dos, tres temporadas fueron fascinantes y cualquier espectador, incluso los poco proclives a la sugestión de lo paranormal, tenían que reconocer que ahí había una forma nueva de contar las cosas.
Sin embargo, la cuarta y la quinta temporada resultaron ya rutinarias, repetitivas, casi "viejas", y ello a pesar de que el planteamiento general del producto apenas había cambiado. Al final, a Expediente X sólo seguían enganchados, precisamente, los espectadores proclives a la temática paranormal.
Otro ejemplo: la serie Twin Peaks, de David Lynch. Su barroquismo formal y el carácter onírico del relato revolucionaron la narrativa televisual. La revolución duró apenas un par de años.
Otro ejemplo más: las grandes historias policiales de Steven Bochco, Canción triste de Hill Street y Policías de Nueva York. La primera, que fue una revelación, envejeció al tercer año. La segunda nació ya vieja. Bochco probó fortuna después con Murder One. No sólo probó fortuna –y la tuvo-, sino que además empleo recursos narrativos nuevos –nuevos y muy buenos. La primera tanda de episodios fue maravillosa y dejó a la audiencia con la boca abierta. La segunda ya no despertó mayor interés.
Lo más asombroso es que la innovación prosigue, que siempre es posible seguir aportando novedad, y además novedad cualitativamente estimable. Recientemente hemos visto dos productos –uno de ellos, aún en pantalla- que también han supuesto importantes innovaciones estéticas y narrativas en el arte televisivo. Uno de esos productos es la serie CSI, patroneada por Jerry Bruckheimer, que, por su manera de entender la luz y el color, y por su modo aséptico de acercarse a las temáticas más escabrosas, se ha ganado la admiración de público y crítica. El otro producto es la serie 24, de Surnow y Cochran, que apostó por algo tan tremendo como la narración en tiempo real (cada minuto de relato televisivo es un minuto en la historia de los protagonistas) e incorporó además unos extraordinarios efectos de encuadres simultáneos. La serie 24 fue igualmente alabada por la crítica, aunque su recepción por el público resultó más fría. Sin embargo, ahí está la constatación de que es posible seguir innovando.
En España hemos tenido muy pocos ejemplos de audacias innovadoras. Quisiera citar, no obstante, el caso de la serie Policías, de Factoría de Ficción, cuya novedad estribaba sobre todo en un uso muy personal de la cámara y del montaje. Desde mi punto de vista, Policías ha sido uno de los mejores productos de la televisión española en un plano artístico. Pero no hay que olvidar que jamás gozó de un abrumador respaldo del público.
Este pequeño recorrido que acabamos de hacer a través de la producción televisiva reciente tiene una sola finalidad: demostrar con ejemplos por todos (o por casi todos) conocidos que la televisión está sometida a un proceso de innovación narrativa muy rápido; no sólo constante, sino también constantemente acelerado, de manera que los estilos se hacen viejos al día siguiente de haber triunfado. Esa velocidad de vértigo impide al espectador guardar memoria artística (esa memoria con la que recordamos a Balzac, a Dumas o a Galdós) de las historias que la tele le ha contado. En cierto modo, el creador de obras para la televisión ha de aceptar de antemano que su destino va a ser como el de la flor del cerezo: belleza de un día.
He mencionado antes un segundo factor que interfiere en la cualidad artística de los productos para televisión: la presión de la competencia, una presión que ya no se vive semana a semana, ni siquiera día a día, sino minuto a minuto, en la guerra con otro producto de la competencia por captar la mayor parte de un mercado publicitario necesariamente limitado. Hoy, en efecto, una serie de televisión ya no puede considerarse a sí misma como una historia autónoma, sino que su despliegue está relacionado con una franja horaria determinada en la que otros canales emiten otros productos, y en la que ha de comparecer un número determinado de anuncios publicitarios que permitan a la cadena considerar que el producto es rentable. Esa rentabilidad se mide segundo a segundo en función de una variable que se llama cuota de pantalla, ese share que tanto obsesiona a los programadores: el porcentaje de espectadores que en ese momento ve cada canal. En el terreno que nos ocupa, que es el de la creación, esa presión del mercado significa una sola cosa: si una historia no es capaz de mantener el interés sostenido de más del 20 por ciento de la audiencia desde el primer momento, esa historia estará condenada a desaparecer.
Quiero hacer una salvedad importante: aquí no se trata de denunciar al mercado, ni mucho menos de censurar el hecho de que el creador de historias tenga presente al público. Desde el principio de la historia del arte, todo creador quiere, ante todo, comunicar su obra al prójimo; el público es imprescindible en el proceso de la creación. Y parece bastante saludable que uno, al concebir una historia, se pregunte cómo hacerla para ser bien entendido y, si es posible, para ser muy aplaudido. El factor comercial forma parte del mismo proceso: la publicidad acudirá de manera casi inevitable al producto, a la historia que consiga llegar al público.
Ahora bien, en la televisión actual esta lógica se ha llevado hasta unos extremos tan insensatos que han terminado por invertir el proceso: ya no se imagina uno la historia y luego estudia cómo contarla al público, sino que ahora las productoras estudian a qué público han de llegar para recaudar publicidad y, en función de eso, conciben la historia. Asistimos así al nacimiento de historias sectoriales o sectorializadas en las que, venga o no a cuento, tiene que haber un matrimonio joven, un abuelo, unos pocos niños, bastantes adolescentes, ocasionalmente un disminuido y preferiblemente un inmigrante, de manera que el productor o el agente comercial, cuando vaya a un canal, pueda vaticinar que tales o cuales sectores del público van a seguir la historia en cuestión, lo cual es inmediatamente traducido en familias de anuncios comerciales. Por poner un ejemplo paródico, esto es como si Cervantes, antes de escribir Don Quijote, hubiera acudido a ver a un sponsor comercial y le hubiera dicho: "Mire usted, se me ha ocurrido que podríamos hacer una historia situada en La Mancha, para explotar publicitariamente el mercado de los vinos de Valdepeñas, donde apareciera una venta o posada, lo cual interesará a Paradores Nacionales, y que entre los personajes tuviera, además, un canónigo, un bachiller y un barbero, para tocar a las casas comerciales de productos de clerecía, juventud estudiantil y ramo esteticién. Y además podemos sacar a un vizcaíno, para contratarle anuncios al BBVA, y hacer un capítulo en Barcelona, para que nos dé publicidad el Forum de las Culturas". Esto es una perversión completa del proceso creativo.
Y es también una manera como cualquier otra de limitar la creatividad, que desde ahora queda constreñida, mutilada desde su misma concepción, en función de finalidades estrictamente comerciales.
Las víctimas de este planteamiento son aquellos productos que, por mantener un estilo narrativo clásico, de interés progresivo, son incapaces de enganchar un buen porcentaje en su estreno y se ven sacudidos de un lado a otro de la "parrilla" hasta su extinción final. Un ejemplo elocuente es el de la serie El pantano, en Antena 3: un producto quizá no fulgurante, pero sí de muy buen corte, que terminó naufragando como a su título corresponde.
Pero, además, ese fenómeno de la comercialización previa de la creación despliega efectos letales sobre la variedad y riqueza de las narraciones. Porque, con contadas excepciones, termina llevando a que todo el mundo quiera hacer la misma serie. En España tenemos muy buenos ejemplos de ello. Nuestra industria audiovisual, y esto es de justicia reconocerlo, ha experimentado unos progresos asombrosos en materia de series de ficción: hoy en nuestro país se hacen series que se cuentan entre las mejores del mercado internacional y que incluso se exportan, como ocurrió con Médico de familia. Pero la presión de la competencia comercial, esto es, la certidumbre de que todos juegan en el mismo campo, con un sólo balón y en una sóla portería, está conduciendo a que todos apuesten por el mismo corte de producto: una historia costumbrista bajo formato de comedia coral, superpoblada de personajes seleccionados mediante el mismo proceso de "casting" (el de la correspondencia con los sectores de consumo antes mencionados) y donde el relato evoluciona en función de las reacciones del público. Los Serrano, Aquí no hay quien viva, Casi perfectos o Mis adorables vecinos son, ciertamente, historias distintas, pero, en realidad, todos están contando las mismas historias. Y eso ocurre incluso con productos de personalidad temática más acusada, como Siete vidas, o sin personalidad en absoluto, como Ana y los siete.
Yo no responsabilizaría de ello tanto a los creadores como a los productores, es decir, a quienes diseñan la estrategia para que el producto "funcione" comercialmente. Y responsabilizaría también a los programadores de las cadenas, que han demostrado con creces su incapacidad para aguantar en pantalla una historia y esperar a que el espectador se adhiera a ella. Para conseguir que la creación venga avalada por el éxito, se apuesta por el éxito al margen de la creación. El resultado es una creación exitosa, sin duda, desde el punto de vista comercial, pero extremadamente plana (extraplana) desde el punto de vista artístico.
Naturalmente, si todos los creadores juegan a lo mismo, si todas las historias que nos cuentan son, en el fondo, la misma historia, nadie puede seriamente esperar que el espectador conceda a esos relatos la perdurabilidad que caracteriza a la obra de arte. Al contrario, en nuestra televisión la historia se ve, el espectador asiente, la sigue, la adquiere como hábito y, cuando termina, la sustituye por otra que le va a llenar exactamente la misma necesidad –la necesidad, en el fondo, de verse a sí mismo.
No sería justo si eludiera mencionar las excepciones. Hay productos que se atienen a un entorno temático y lo sostienen durante años: El comisario, Hospital central, Cuéntame, por ejemplo. No siempre alcanzan cumbres estéticas razonables, pero hay que reconocerles la voluntad de crear historias autónomas, incluso aunque en lo técnico –y, a veces, en lo artístico- queden por debajo de esos otros productos, las comedias costumbristas de corte coral. En todo caso, creo que el diagnóstico general es evidente para cualquier espectador que siga con ánimo frío las evoluciones de nuestras series: todas se parecen cada vez más; todas se olvidan cada vez más rápido.
En mi enumeración de los límites de la creatividad artística en televisión había citado un tercer elemento: el imperio de lo efímero, es decir, esa dinámica enloquecida que nos lleva a consumir novedad tras novedad hasta extinguirla en un solo movimiento. Quisiera detenerme un poco en ella para cerrar el círculo de mi intervención, porque, en efecto, aquí es donde más gráficamente se percibe que la televisión es hoy, en la mayor parte de los casos, un arte de usar y tirar. Y es que no sólo la televisión sufre este sino: en el cine, la mayor parte de la producción es de usar y tirar; en la literatura, las librerías están llenas de libros de usar y tirar; incluso en las artes plásticas es cada vez más común encontrar piezas concebidas para una exposición concreta que después desaparecen sin deja rastro.
Vivimos en una sociedad que ha hecho del consumo no ya un hábito, no ya una obligación, sino una auténtica patología: el consumo de la novedad es una fiebre que se ha apoderado de prácticamente todos los terrenos, tanto en la producción industrial como en la producción cultural. Hoy la mayor parte de la producción cultural no supera el estatuto efímero de la canción del verano, concebida para sonar un par de meses, llenar faltriqueras y deshacerse después en el aire. Que las creaciones para televisión sufran la misma suerte no es sino de una lógica aplastante: al fin y al cabo, la televisión es el medio de lo efímero por antonomasia. ¿Quién se acuerda de aquel señor que gritaba "Quién me pone la pierna encima"? Sin embargo, llenó horas y horas de emisión.
Estos tres elementos, que yo he examinado separadamente, en realidad están estrechamente relacionados entre sí. El imperio de lo efímero empuja a los públicos a una sed de novedad que sólo se sacia no mediante el consumo, sino, propiamente, mediante la consunción de una obra tras otra. Esto lleva a los creadores a una carrera cabalmente épica en pos de la innovación, que es arte siempre nuevo. Pero lleva también a los productores a instalarse en las posiciones más seguras, aquellas que han demostrado su capacidad para resistir la competencia minuto a minuto, aunque sea a costa de la perpetua reiteración. Y todo esto, en definitiva, es la sociedad del espectáculo. Una sociedad en la que la televisión, en buena medida, queda obligada a ser arte de usar y tirar –y otras muchas veces, a no ser arte en absoluto.
¿Esto es bueno o es malo? Sinceramente, no lo sé. Pero es lo que hay. Y lleva tanto tiempo siendo así, y esta dinámica parece tan instalada en la entraña misma del sistema, que, sinceramente, me veo poco inclinado al lamento. Quizá bastaría con repetir aquellas palabras con las que Arnold Gehlen cierra su impresionante estudio sobre la sociología y la estética de la pintura moderna: "A la postre, no se puede tener todo: veinte kilos anuales de dulces y cosas para mascar, saciedad, confort, despreocupación y espacio para reivindicaciones, libertad y derecho a voto generalizados, vacaciones y una larga vida. Quien después de todo ello reclamase, además, ‘cultura’ sería demasiado humano: ni bueno, ni malo, sino insaciable".
Quizá.
[Deusto, 13 de Mayo de 2004]
Francis Parker Yockey
Este individualismo orgánico fue formulado en constituciones escritas y en una literatura político-literaria. Es típico del espíritu de esta literatura la Declaración de Independencia. Como fragmentos de Realpolitik [54] este manifiesto de 1776 es magistral; apunta al Futuro, y abraza al Espíritu de la Epoca del Racionalismo, que era entonces predominante en la Cultura Occidental. Pero, en el siglo XX, la parte ideológica de esta declaración es simplemente fantástica; "Declaramos que estas verdades son evidentes por sí mismas: que todos los hombres son creados iguales; que todos son dotados por su creador de derechos inherentes e inalienables; que entre éstos se encuentran la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad; que para asegurar estos derechos, se instituyen los gobiernos entre los hombres, derivándose sus justos poderes del consentimiento de los gobernados; que cuando una forma de gobierno es contraria a estos fines, el pueblo tiene derecho a alterarlo o abolirlo, instituyendo un nuevo gobierno, que base su fundamento en unos principios y organice sus poderes de forma tal que sea la más efectiva para asegurar su seguridad y felicidad". Y continuó diciendo, refiriéndose a la Guerra de Secesión entonces en curso: "... nos encontramos comprometidos en una gran guerra civil, para demostrar que esta nación, o cualquier nación así concebida y así dedicada, puede sobrevivir".
Esta ideología continuó hasta mediados del siglo XX, e incluso después de la Primera y la Segunda Guerra Mundiales cuando predominaba una perspectiva totalmente diferente e incompatible, fue ofrecida al territorio de origen de la Civilización Occidental como un modelo a ser imitado. Sólo el éxito material, enteramente fortuito, que sonrió a las armas americanas, hizo posible que esta ideología sobreviviera en el decurso de un siglo que la había superado y, no porque es un instrumento para dividir y desintegrar a Europa, debe ser examinada aquí esta arcaica ideología.
La Declaración de Independencia está saturada del pensamiento de Rousseau y Montesquieu. La idea básica, como en todo el Racionalismo, consiste en establecer la ecuación de lo que debiera ser con lo que será. El Racionalismo empieza por confundir lo racional con lo real, y termina por confundir lo real con lo racional. Este arsenal de "verdades" sobre la igualdad, derechos inalienables e inherentes, refleja el espíritu crítico emancipado, sin respeto por los hechos y la tradición. La idea de que los gobiernos son "instituídos" con un propósito utilitario, para satisfacer una demanda de hombres "iguales", y que esos hombres "iguales" dan su "consentimiento" a una cierta "forma" de "gobierno", y luego la suprimen cuando ya no sirve para este propósito, es pura poesía racionalista, y no corresponde a ningún hecho que haya ocurrido alguna vez en parte alguna. La fuente del gobierno es la desigualdad de los hombres: esto es un hecho. La naturaleza del gobierno es un reflejo de la Cultura, la Nación, y la etapa de desarrollo de ambos. Así, cualquier nación puede tener una de las dos posibles formas de gobierno: un gobierno eficiente o un gobierno deficiente. Un gobierno eficiente lleva adelante la Idea de la nación, y no la "voluntad de las masas", ya que ésta no existe si la dirección es eficiente. El liderazgo se hunde, no cuando "el pueblo" racionalmente decide abolirlo, sino cuando tal liderazgo llega a un grado de decadencia que se socava a sí mismo. Ningún gobierno, en ninguna parte, esta "fundado" en "principios". Los gobiernos son la expresión de instintos políticos, y la diferencia de instintos entre los distintos pueblos es la fuente de la diferencias en su práctica del gobierno. Ningún "principio" escrito afecta la práctica del gobierno en los más mínimo, y para lo único que sirve es para enriquecer el vocabulario de las disputas políticas.
Esto es tan verdadero para América como para cualquier otra unidad política que haya existido en cinco milenios de historia de las Grandes Culturas. Contrariamente a cierto sentimiento mesiánico existente en América, ésta no es completamente singular. Su morfología y su destino pueden leerse en la historia de otras colonias, en nuestra Cultura, y en otras anteriores.
En la Declaración de Independencia, la referencia al gobierno cuyo propósito es asegurar la "seguridad" y la "felicidad" de la población es una tontería racionalista. Gobernar es el proceso de mantener en forma a la población para la tarea política, la expresión de la Idea de la Nación.
La cita de Lincoln refleja todavía la época del Racionalismo, y en la Europa de entonces aún se podía sentir y comprender tal ideología, pues aún cuando Estado, Nación y Tradición continuaban existiendo en Europa — aunque debilitados — siempre hubo resistencia a las ideologías racionalistas, fueran de la variedad de Rousseau, de Lincoln, o de Marx. Ninguna nación fue nunca "dedicada a una proposición". Las naciones son creaciones de una Gran Cultura, y en su última esencia son ideas místicas. Su llegada, sus individualidades, su forma, su marcha, todo, constituyen reflejos de altos desarrollos culturales. Decir que una nación está "dedicada a una proposición" es reducirla a una abstracción que puede ser plasmada en una pizarra para una demostración en una clase de Lógica. Esto es una caricatura de la Nación-Idea. Hablar de tal manera de una Nación es insultarla y rebajarla: nadie moriría nunca por una proposición lógica. Si tal proposición — que más allá de ser proclamada "evidente" — no es convincente, la fuerza armada no conseguirá que lo sea.
La palabra "libertad" es uno de los principales tópicos de la ideología americana. La palabra sólo puede ser definida negativamente como liberación de algún freno. Ni siquiera el más furibundo ideólogo americano aboga por una total libertad con respecto a cualquier forma de orden, y paralelamente, ni la más estricta tiranía ha deseado jamás prohibirlo todo. En un país "dedicado" a la "libertad" los hombres fueron sacados de sus casas bajo amenaza de la cárcel, fueron declarados soldados y mandados a las antípodas como medida de "defensa" tomada por un gobierno que no pidió el "consentimiento"de sus masas, sabiendo perfectamente que tal "consentimiento" habría sido rehusado.
En el sentido práctico, la libertad americana significa libertad ante el Estado, pero es obvio que esto es mera literatura, toda vez que nunca hubo un Estado en América, ni tampoco se sintió la necesidad de que existiera. La palabra libertad es, pues, meramente un concepto en una religión materialista, y no representa nada en el mundo de los hechos americanos.
En la ideología americana es también importante la Constitución escrita adoptada en 1789, como resultado de la labor de Hamilton y Franklin. Su interés por ella era práctico, ya que su idea consistía en unificar las trece colonias en una sola unidad. Como unión en sí no hubiera podido ser descrita como un gobierno, sino más bien como una anarquía reglamentada. Las ideas de la Constitución estaban inspiradas sobre todo en los escritos de Montesquieu. La idea de la "separación de poderes", particularmente, se debe a este teorizante francés. De acuerdo con dicha teoría, los poderes del gobierno son tres: legislativo, ejecutivo y judicial. Como todo el cristalino pensamiento racionalista, esto se vuelve oscuro y confuso cuando se aplica a la vida Real. Estos poderes sólo pueden separarse en el papel, pero no en la Vida. Nunca estuvieron realmente separados en América, aunque la teoría pretenda que sí lo estuvieron. Con la irrupción de una crisis interna en la tercera década del siglo XX, todo el poder del gobierno central fue abiertamente concentrado en el ejecutivo, y pronto se encontraron teorías para abonar este hecho, que continuó llamándose "separación".
Las diversas colonias conservaron la mayoría de los poderes que les interesaban: el poder de darse sus propias leyes, mantener una milicia y conducirse en estado de independencia económica con respecto a las otras colonias. La palabra "estado" ("State") fue escogida para designar a los componentes de la Unión y esto condujo a nuevas confusiones en el pensamiento ideológico, toda vez que las formas estatales europeas, en las cuales el Estado era una Idea, fueron tomadas como un equivalente de los "estados" americanos, los cuales eran, sobre todo, unidades territoriales económico-legales, sin soberanía, finalidad, destino, ni propósito.
En la Unión no había soberanía, es decir, ni siquiera la contrapartida legal de la Idea-Estado. El gobierno central no era soberano, como tampoco lo era ninguno de los gobiernos estatales. La soberanía estaba representada por el acuerdo de dos tercios de los estados y el legislativo central, o sea, dicho en otras palabras: una abstracción pura. Si hubieran habido cincuenta, o cien millones de eslavos, o incluso de indios, en las fronteras americanas, hubiera habido una noción diferente acerca de esas cosas. Toda la ideología americana presuponía la situación geopolítica de América. No habían potencias vecinas, ni poblaciones hostiles, fuertes, numerosas y organizadas. No habían peligros políticos... sólo un amplio territorio semi-vacio, apenas ocupado por salvajes.
También fue importante en la ideología americana el sentimiento de universalidad expresado en el citado discurso de Lincoln. A pesar de que la Guerra de Secesión no tuvo nada que ver con ninguna clase de ideologías y, en cualquier caso, la exposición razonada y legalista de los Sudistas era más consecuente que la idea Yanki. Lincoln se sintió obligado a inyectar una ideología en esa Guerra. El oponente no podía ser, simplemente, un rival político, que buscaba lograr los mismos poderes que el Yanki; debía ser un enemigo total, resuelto a destruir la ideología americana. Este sentimiento informó todas las guerras americanas a partir de entonces: todo enemigo político fue considerado ipso facto como un oponente ideológico, aún cuando el enemigo en cuestión no mostrara interés alguno en la ideología americana.
En la época de las guerras mundiales, esta tendencia a mezclar las ideologías con la política se extendió a escala mundial. La potencia que América escogía por enemiga era, forzosamente, enemiga de la "libertad", la "democracia", y todas las demás palabras, mágicas pero sin sentido, de la misma categoría. Esto condujo a extraños resultados. Cualquier potencia luchando contra la que América había gratuitamente escogido como enemiga se convertía ipso facto en una potencia amante de la "libertad". Así, la Rusia de los Romanoff y la Rusia Bolchevique fueron potencias amantes de la "libertad" en su momento.
La ideología americana llevó a América a considerar como aliados a países que no devolvieron el cumplido, pero el ardor americano no se enfrió por ello. Esta clase de política sólo puede ser considerada en Europa como adolescente y en verdad, toda pretensión de que los problemas y formas del siglo XX pueda ser descritos de acuerdo con una ideología racionalista del siglo XIX es , inmadura o, para decirlo más claramente, tonta.
En el siglo XX, cuando el tipo de ideología racionalista ya había sido descartado por la avanzada Civilización Occidental, la universalización americana de la ideología se volvió mesianismo: la idea de que América debe salvar al mundo. El vehículo de la salvación debe ser una religión materialista en la que la "democracia" tome el lugar de Dios, la "Constitución" el de la Iglesia, los "principios de gobierno" el de los dogmas religiosos, y la idea de la libertad económica el de la Gracia de Dios. La técnica de la salvación consiste en someterse al dólar o, en último caso, someterse a las bayonetas y a los altos explosivos americanos.
La ideología americana es una religión, tal como lo fue el Racionalismo del Terror francés, del Jacobinismo, de Napoleón. La ideología americana es contemporánea de ellos, y ellos están muertos. Tan completa e internamente muertos como lo está la ideología americana. Su principal utilidad en la actualidad — 1948 — reside en dividir a Europa. El elemento Michel europeo se aprovecha de cualquier ideología que prometa "felicidad" y una vida sin esfuerzo ni energía. De este modo la ideología americana no sirve más que para un propósito negativo. El Espíritu de una época pasada no puede proporcionar ningún mensaje a una época que la sigue, pero puede negar la nueva época e intentar retrasarla, distorsionarla y apartarla de su ámbito vital. La ideología americana no es un instinto, ya que no inspira ninguno. Es un sistema inorgánico, y cuando uno de sus dogmas molesta, es rápidamente descartado. Así, la doctrina religiosa de la "separación de poderes" fue expulsada de la lista de dogmas sagrados en 1933. Anteriormente, el dogma sagrado del aislamiento había sido abandonado en 1917, cuando América intervino en una Guerra de Occidente que no le concernía ni afectaba en absoluto. Resucitado después de la Primera Guerra Mundial, fue nuevamente descartado en la Segunda Guerra Mundial. Una religión política que de tal manerca enciende y apaga sus doctrinas sobrenaturales, no resulta convincente, ni desde un punto de vista político, ni desde un punto de vista religioso. La "Doctrina" de Monroe, por ejemplo, hizo saber, a principios del siglo XIX, que todo el hemisferio Occidental era una esfera de influencia imperialista americana. En el siglo XX, esto se convirtió en el estatuto especial de una doctrina esotérica, para uso doméstico, mientras que el dogma externo era llamado "política de buena vecindad".
La ideología de un pueblo no es más que vestimenta intelectual. Puede corresponder — o no — al instinto de ese pueblo. Una ideología puede ser cambiada de un día para otro, pero no el carácter de un pueblo. Una vez que éste ha sido formado, es definitivo e influencia a los acontecimientos más que a estos a él.
21/03/2006
Introducción En el presente trabajo puede encontrar los principios básicos el cooperativismo, la clasificación de este que se divide en 7 principios, libre acceso y adhesión voluntaria, control Democrático, distribución de excedentes en proporción a las operaciones, limitación de intereses al capital, neutralidad política y religiosa venta al contado, fomento de la educación y obras sociales.
En el presente trabajo puede encontrar los básicos el , la clasificación de este que se divide en 7 , libre acceso y adhesión voluntaria, Democrático, de excedentes en proporción a las , limitación de intereses al , neutralidad y religiosa al contado, fomento de y obras sociales. A sí mismo o solo eso sino además podemos ver lo que es la empresa como fuente de ocupación, la Fuentes de financiamiento los tipos de acciones preferentes y participantes, los prestamos fiduciarios o hipotecarios los tipos de bonos.
Esto con el fin de saber de que forma se puede presentar el capital esto es mas usado en las empresas y entre gobiernos, como ejemplo podemos citar: Los eurobonos en Guatemala comprados por el presidente Alfonso Portillo y vendido en su mayor cantidad al IGSS, estos bono serán cobrados por el IGSS al gobierno con los interés correspondientes.
1. Libre Acceso y Adhesión Voluntaria: La cooperación es la expresión económica de la democracia y, por consiguiente, la libertad individual es el jefe de su funcionamiento social.
2. Control Democrático:
Las asociaciones cooperativas se rigen mediante las más limpias y depuradas normas democráticas: libre manifestación de la voluntad de cada persona con igual valor a la de los demás; un hombre, un voto con absoluta independencia del capital, ya que este es servidor y nunca amo; y autonomía frente al Estado, con las únicas limitaciones que la moral y la ley imponen para proteger los intereses de la comunidad.
3. Distribución de Excedentes en Proporción a las Operaciones:
Este principio llamado de Howart, es la esencia de la cooperación en cuanto es afirmación del sentido de servicio solidario y negación de lucro, señalando la diferencia entre las asociaciones cooperativas y las sociedades civiles y mercantiles. Los excedentes obtenidos, vale decir la diferencia entre el precio de costo y el precio de venta, se distribuyen en proporción a las operaciones efectuadas y no en proporción al capital invertido. A mayor gasto, mayor ahorro.
4. Limitación del Interés al Capital:
Las asociaciones cooperativas para su formal desarrollo y eficiente funcionamiento social requieren capital. Empero en ellas éste no ejerce el dominio absoluto que tiene en las sociedades mercantiles, en las cuales la distribución de beneficios se hace en proporción al mismo sin tener en cuenta a la persona, sino que es un simple servidor al que se le paga con interés limitado.
5. Neutralidad Política y Religiosa:
Con el objeto de mantener siempre la unidad entre los miembros de las cooperativas se ha establecido ese principio. El cooperador tiene completa libertad de pensar y opinar en las órdenes políticas y religiosas pero es conveniente que sus creencias no sean llevadas al seno de la asociación, para evitar que el apasionamiento pueda desviar el objetivo o provocar choques entre personas, quebrando la unión.
6. Venta al Contado:
El crédito es siempre un factor negativo en el sistema cooperativo. Compromete los medios económicos y frena el desarrollo de la asociación l limpiar o paralizar sus actividades. Quien compra al contado, compra más barato y puede ahorrar contribuyendo a la prosperidad y estabilidad económica de la asociación.
7. Fomento de la Educación y Obras Sociales:
Esta es la regla de oro de la cooperativa: educar y servir, con el objeto de elevar el nivel de vida espiritual y material de los miembros de la comunidad.
El buen éxito y el amplio desarrollo alcanzado por el movimiento cooperativo en todas las naciones se debe al estricto cumplimiento de estos principios:
Las empresas de servicio público: Se llaman servicios públicos a aquellos que presta el estado y que satisfacen necesidades colectivas. En estas actividades económicas por lo general se limita la competencia con la finalidad de prestar un servicio más eficiente y más barato. La razón de esta peculiaridad es porque dichas empresas requieren una fuerte inversión y explotan factores escasos o descubrimientos técnicos de gran especialidad. En otras palabras, porque si se dejara libre a la iniciativa privada su explotación, tendría que operarla en condiciones monopolísticas.
El servicio público, se caracteriza por su utilidad y muchas veces por el grado de necesidad, razón por la cual garantiza un crecido número de usuarios lo cual generalmente implica una fuerte inversión.
Por las razones anotadas anteriormente, es que el propio Estado toma a su cargo la operación de esta clase de servicio. Sin embrago, esto no imposibilita la alternativa de que El Estado las confiera por concesión a la iniciativa privada, para que ésta la opere. En nuestro país, encontramos ejemplos de esta clase:
- Ferrocarriles Internacionales de Centro América;
- Empresa Eléctrica de Guatemala, S.A.; y
- Compañía de Agua del Mariscal.
La concesión de servicios públicos de esta naturaleza, conlleva para el Estado, La obligación de velar por el estricto cumplimiento de la concesión, especialmente en lo que se refiere a tarifas del servicio que se encuentra operando bajo estas condiciones.
EL COOPERATIVISMO 1.- ¿Qué es el Cooperativismo?
El cooperativismo es una herramienta que permite a las comunidades y grupos humanos participar para lograr el bien común. La participación se da por el trabajo diario y continuo, con la colaboración y la solidaridad.
1.- ¿Qué es el ?El es una herramienta que permite a las comunidades y humanos participar para lograr el bien común. La participación se da por diario y continuo, con la colaboración y la . 2.- ¿Cuáles son los valores del cooperativismo?
El cooperativismos, como movimiento y doctrina, cuanta con seis valores básicos. Estos son:
El cooperativismos, como y doctrina, cuanta con seis básicos. Estos son: I. Ayuda Mutua.
II. Responsabilidad.
III. Democracia.
IV. Igualdad.
V. Equidad.
VI. Solidaridad.
3.- ¿Cuáles son los principios del Cooperativismo?En el presente trabajo puede encontrar los básicos el , la clasificación de este que se divide en 7 , libre acceso y adhesión voluntaria, Democrático, de excedentes en proporción a las , limitación de intereses al , neutralidad y religiosa al contado, fomento de y obras sociales. El es una herramienta que permite a las comunidades y humanos participar para lograr el bien común. La participación se da por diario y continuo, con la colaboración y la .El cooperativismos, como y doctrina, cuanta con seis básicos. Estos son:
Como complemento de los valores señalados, los principios básicos del cooperativismo son siete: I. Membresía abierta y voluntaria.
II. Control democrático de los miembros
III. Participación económica de los miembros.
IV. Autonomía e independencia.
V. Educación, entrenamiento e información.
VI. Cooperación entre cooperativas.
VII. Compromiso por la comunidad.
4. - ¿Qué es una cooperativa?
La cooperativa es una forma de organizar empresas con fines económicos y sociales, donde lo importante es trabajar en común para lograr un beneficio. Se diferencia de otro tipo de empresa en que es más importante el trabajo de los asociados que el dinero que aportan. 5.- ¿Cuál es el objetivo final del cooperativismo?
El cooperativismo busca desarrollar al HOMBRE, con el valor de la cooperación, de la igualdad, de la justicia, del respeto y del trabajo conjunto.6.- ¿Cuál es el símbolo o emblema del cooperativismo?
El símbolo del cooperativismo son dos pinos de color verde oscuro, sobre un fondo amarillo, encerrados en un círculo también verde. Los pinos significan inmortalidad, constancia y fecundidad, también la necesidad del esfuerzo común. El círculo significa la unión y la universalidad del cooperativismo. El fondo amarillo representa sol, que es la fuente de la vida para el hombre.7.- ¿Cuál es la bandera del cooperativismo?
La bandera tiene siete franjas horizontales con los colores del arco iris. Dichos colores representan todas las banderas del mundo. Es un símbolo de la solidaridad de todas las personas y todas las naciones.LA EMPRESA COMO FUENTE DE OCUPACIÓN. Uno de los factores que intervienen en la producción es el factor humano o factor de trabajo. Es indudable que la participación de este factor en la producción viene a constituir uno de los móviles del progreso económico.
La organización de los negocios conlleva la utilización de los diversos factores de la producción, y entre ello el factor humano. El desarrollo de las grandes y medianas empresas demanda de la comunidad, los trabajadores necesarios y especializados para desarrollar su actividad de producción. Por esta razón es muy importante que el Estado promueva e impulse el desarrollo educativo de un país con la finalidad de preparar el personal que demandará la empresa en su desarrollo. Los países poco desarrollados encuentran a menudo la demanda de personal especializado que no puede suplir por falta de centros de adiestramiento vocacional adecuado.
Determinación del tipo de sociedad que conviene a una empresa, de acuerdo con las necesidades del medio y los que se persiguen:
Una vez determinado el plan de organización que más convienen a la nueva empresa, queda por determinar el tipo de sociedad mercantil que conviene a la misma. No hay ninguna forma de organización de empresas conocida, hasta ahora que se adopte a todos los tipos de negocios.
En síntesis todas tienen determinados ventajas y desventajas que es necesario evaluar en el momento de la organización.
O sea que nadie, querría invertir su dinero sin antes saber la clase de negocios que se va a organizar, cómo va a funcionar, el lugar en que se va establecer, posibilidad de éxito que se tenga, y en fin, todo aquello relacionado con su organización en general.
Establecido lo anterior, veamos qué tipo de sociedad mercantil se adoptará para financiar el capital necesario. Para ello, habría que entrar analizar el medio en que va a desarrollarse en sus actividades, las necesidades de capital y los fines que se persiguen.
Si el medio en que se va establecer la nueva empresa es económica y comercialmente desarrollada, donde no existen prejuicios contra determinados tipos de sociedades, tales como en las accionadas, el problema queda reducido a determinar el tipo de sociedad según las necesidades y fines que se persiguen.
Una cosa distinta será si el medio es poco desarrollado y existe un desconocimiento casi completo de los tipos de sociedades por acciones.
En éste caso el problema se complica, pues si las necesidades de capital son muy diferentes a la colocación de acciones, se podrá recurrir a los préstamos en los centros colectiva o la empresa individual.
El promotor deberá considerar una serie de factores en el momento que planifica la organización, con el objetivo de dar a la empresa que organiza, la forma o estructura adecuada para su desenvolvimiento.
Entre otros, es necesario considerar los siguientes:
- Facilidad de constitución;
- Posibilidades de reunir fondos necesarios;
- La responsabilidad de los socios o partícipes;
- En quien reside la autoridad y la responsabilidad dela dirección;
- Estabilidad que ofrece para la aplicación;
- Qué facilidades ofrece para la aplicación;
- Legislación que afectará a la empresa; y
- Grado de fiscalización que ejercitará al Estado.
FUENTES DE FINANCIAMIENTO.
Dentro de la organización económica que impera en el mundo occidental, las fuentes de financiamiento están representadas por las personas e instituciones que son capaces de proveer el capital para el financiamiento de las empresas. En general estas personas o instituciones se denominan inversionistas, las cuales desean invertir su capital en empresas que les produzcan el máximo rendimiento o dividendo. Por lo general, la inversión se canaliza al sistema bancario, donde inversionistas profesionales o pequeños ahorrantes depositan sus capitales con la finalidad de que estos sean colocados en las empresas, en forma de préstamos o créditos, o bien directamente destinado a la compra de valores como sucede con los bancos de inversión.
El financiamiento tiene dos grandes fuentes: el capital propio y el capital prestado. El primero proviene de los propios inversionistas o socios de las empresas, y el capital prestado se obtiene del sistema bancario o instituciones especializadas en financiamiento de empresas.
Cuando se trata de la empresa individual generalmente el promotor es el propietario de la empresa quien provee el capital invirtiendo sus fondos privados en la misma.
En las empresas colectivas existe una identidad o relación directa entre los promotores y socios de la empresa, de manera que el financiamiento se produce o se origina por la relación de socios y promotores, generalmente los promotores interesan a un grupo de socios quienes proveen el capital de la empresa.
El caso de la empresa de responsabilidad limitada es más o menos semejante al de la colectiva, diferenciándose en que la aportación de los socios deberá efectuarse previa a su funcionamiento, ya que la legislación exige la aportación del 25% del capital antes de iniciar sus operaciones.
La experiencia indica que en los casos de la empresa individual la colectiva y la de responsabilidad limitada no requiere grandes sumas de capital para desarrollar sus operaciones, lo cual permite que la capitalización se desarrolle o este a cargo de los socios inversionistas. Existen excepciones en aquellas empresas que adoptando las formas de organización indicadas, requieren fuertes montos de capital para organizarse.
En las empresas accionadas o sociedades anónimas, el capital está constituido por el valor de las acciones emitidas, el cual se integran con emisiones de bonos y obligaciones que complementan la capitalización.
Las características que reviste la empresa accionada, por constituir una de las formas de organización de la empresa moderna cuyo objetivo es la capitalización de fuente de monto de capital para emprender actividades de producción importantes, amerita una explicación amplia de las variadas formas de acciones, bonos, obligaciones que dicha empresa emita, con el objeto de hacer atractivo por el inversionista la inversión de su capital.
El capital de las empresas accionadas como se ha dicho, estará representada por las acciones emitidas, las cuales pueden ser comunes y ordinarias, y preferentes o privilegiadas. Los derechos que confieren las acciones a sus tenedores son las siguientes:
- Derecho de propiedad en el patrimonio indivisible de la sociedad;
- Derecho de la trasferencia de la acción;
- Derecho de percibir dividendos;
- A inspeccionar los libros de la empresa;
- A suscribir los aumentos del capital;
- A voto en las asambleas generales; y
- A participación en el capital y las reservas y en caso de liquidación.
Se llama valor nominal de la acción, al valor que la empresa establece para cada acción, la cual va escrita en el título respectivo. En algunas oportunidades las empresas emiten acciones sin valor nominal.
ACCIONES PREFERENTES Son aquellas que además de gozar de los derechos o privilegios inherentes alas acciones comunes, tienen ciertas prorrogativas, en cuanto al activo o en cuanto al dividendo.
Preferencia en Cuanto al Activo.
Significa que las acciones en caso de disolución tienen preferencia en el reparto del activo con preferencia a otras acciones.
Preferencia en Cuanto a Dividendo.
Significa que tiene derecho a percibir un tipo determinado de dividendo de las ganancias o utilidades, antes de asignar el dividendo de las acciones no preferentes y comunes.
ACCIONES PARTICIPANTES Y NO PARTICIPANTES.
Acciones preferentes sin participación son aquellas que según los términos de su emisión, reciben un dividendo preferente de tipo estipulado y nada más, y el dividendo restante sea cual fuera, para las acciones ordinarias.
Acciones preferentes con participación son aquellas que perciben un dividendo preferente de tipo estipulado y después comparten con las demás acciones el resto de los beneficios declarados dividendos. El tipo de participación puede ser simple, inmediata o especial.
Participación Simple.
Es un sistema por medio de la cual las acciones preferentes reciben un primer dividendo de un tipo señalado, y luego un segundo dividendo es repartido entre las acciones ordinarias, hasta llegar al mismo tipo de ser posible; y si después de ambos repartos queda un sobrante se distribuye por igual las acciones preferentes ordinarias.
Participación Inmediata.
Es este sistema las acciones preferentes perciben un dividendo estipulado, y luego el resto se distribuye por igual entre las acciones preferentes y ordinarias sin abonar a estas un dividendo especial alguno. En otras palabras, las preferentes gozan dos repartos.
Participación Especial.
Este sistema no es único y tiene diversas modalidades, por ejemplo, se da a las referentes un 6% del dividendo, luego lo mismo a las acciones ordinarias; luego a las preferentes un 4% y a las ordinarias un 2%; así sucesivamente hasta agotar el excedente.
ACCIONES ACUMULATIVAS Y NO ACUMULATIVAS.
Con el objeto de hacer atractiva la inversión en acciones preferentes a veces se establece que las acciones de un dividendo estipulado, el cual se acumula en los años malos, o sea cuando la empresa no tiene utilidades; en otras palabras en un año que la empresa tiene utilidades suficientes, se cubre los dividendos que se acumularon, a estas acciones se les llama acumulativas. Por el contrario a veces se establece que a las preferentes no se les pagará dividendos en períodos en que no hay utilidades, a estas acciones se les llama no acumulativas.
ACCIONES AMORTIZABLES
Acciones preferentes amortizables, son aquellas que las sociedades pueden amortizarlas o rescatarlas de sus poseedores en condiciones y términos naturalmente establecidos en la escritura social.
ACCIONES CONVERTIBLES
Son aquellas que son canjeables a voluntad del propietario, por otros valores convenidos. La conversión a diferencia de la amortización depende del tenedor o poseedor del título.
ACCIONES PREFERENTES PROTEGIDAS
Algunas compañías con el objeto de garantizar o proteger el dividendo, establecen que cada año antes del reparto del dividendo a las ordinarias, un monto determinado para el fondo de reserva destinado a pago de dividendos de las acciones preferentes protegidas, hasta alcanzar determinado monto, con el objeto de pagar los dividendos de dichas acciones aún en los años en que no haya utilidades.
ACCIONES DE FUNDADOR, PROMOTOR Y ADMINISTRADOR.
Estas acciones se establecen por la escritura social, están destinadas a los fundadores o promotores por sus servicios prestados, generalmente se establece que solo pueden percibir dividendos cuando la sociedad haya alcanzado un período de prosperidad.
ACCIONES GARANTIZADAS
Son aquellas cuyo dividendo esta garantizado por otra compañía distinta de la emisora por lo general la que utiliza el capital de esta última. Por ejemplo las compañías de ferrocarriles arriendan con frecuencia o explotan la propiedad de otras empresas, y estas como parte del pago garantizan el pago de dividendos.
OTROS TIPOS DE ACCIONES.
Acciones condicionadas, acciones ultra preferentes, acciones sin voto, y acciones con derecho de voto.
CAPITAL PRESTADO.
El capital prestado es obtenido de diversas fuentes de financiamiento, ya sea que las empresas lo soliciten a bancos o instituciones de crédito especializadas en esta clase de operaciones o a inversionistas por medio de la emisión de bonos y obligaciones.
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PRÉSTAMOS FIDUCIARIOS E HIPOTECARIOS.
La fuente más conocida de capital prestado esta representada por el sistema bancario. Son estos los que otorgan préstamos fiduciarios en los cuales la garantía descansa sobre la solvencia económica, la reputación y la honorabilidad de los empresarios. Otras veces los bancos prestan con garantía hipotecaria de los terrenos, edificios, instalaciones y eventualmente sobre el equipo o maquinaria de la empresa, tomando en este caso la modalidad de préstamo prendario.
Generalmente los préstamos fiduciarios se utilizan para proveer de capital de trabajo, ya que tienen corta duración, es decir que son a corto plazo; por el contrario los préstamos hipotecarios se utilizan para realizar inversiones y su duración es de largo plazo.
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PRESTAMOS HIPOTECARIOS Como su nombre lo indica son los prestamos cuya garantía es hipotecaria , es decir se reciben en garantía bienes inmuebles como viviendas o terrenos. Existen varios tipos, préstamos hipotecarios , según su destino: 1. Compra de vivienda 2. Compra de terreno 3. Compra de terreno y construcción de vivienda 4. Mejoras de vivienda 5. Liberación de hipotecas( Vivienda, terreno o ambos) 6. Consumo Compra de vivienda Compra de terreno Compra de terreno y de vivienda Mejoras de vivienda Liberación de hipotecas( Vivienda, terreno o ambos) Consumo - El monto máximo a financiar es hasta 80% de valor de garantía cuando son los casos del 1 al 5.
- Cuando el préstamo es para consumo hipotecario se toman en una relación préstamo garantía máxima hasta un 70%.
- La relación cuota ingreso para préstamos hipotecarios es hasta un 30% del sueldo.
- Para los préstamos de: Compra de vivienda, Compra de terreno, Compra de terreno y construcción y Mejoras de vivienda ,se pueden redescontar con fondos RAP, FONAPROVI.
- Para liberación de hipotecas únicamente se redescuenta con fondos RAP
PARA QUE LAS PERSONAS PODAMOS ACCEDER A LOS FONDOS RAP DEBEMOS SER COTIZANTES DEL REGIMEN. LOS FONDOS DE FONAPROVI PUEDEN ACCEDER TODA PERSONA QUE NO POSEA VIVIENDA. REQUISITOS LIBERACIÓN DE HIPOTECA 1. Apertura de cuenta de Ahorro con esta Asociación. 2. Fotocopia de Escritura de Hipoteca del Inmueble. 3. Certificado del Registro de La Propiedad, del Gravamen del Inmueble. 4. Constancia de la Institución o persona con quien esta hipoteca el inmueble. En la misma deberá de contener: a) Saldo de la Deuda b) Aceptación de Liberación de Gravamen c) Generales de la persona quien comparece en el acta de liberación. d) Formato de Actas de liberación (En Algunos Casos) Saldo de la DeudaAceptación de Liberación de GravamenGenerales de la persona quien comparece en el acta de liberación. Formato de Actas de liberación (En Algunos Casos) 5. Constancia de empleo o estados financieros debidamente autorizados, si es el caso. 6. Fotocopia de documentos personales. 7. Avaluó del inmueble. 8. Croquis de Ubicación de la Propiedad. 9. Referencias Comerciales y/o Bancarias. 10. Recibo de Bienes Inmuebles. 11. Recibos de Servicios Públicos de la Propiedad (Agua, Luz y teléfono) 12. Solicitud de crédito llenada y firmada. Constancia de o debidamente autorizados, si es el caso. Fotocopia de personales. Avaluó del inmueble. Croquis de Ubicación de la Propiedad. Referencias Comerciales y/o Bancarias.Recibo de Inmuebles. Recibos de Servicios Públicos de la Propiedad (, y ) Solicitud de llenada y firmada. COMPRA DE VIVIENDA 1. Apertura de cuenta de Ahorro con esta Asociación. 2. Fotocopia de escritura Publica de la Propiedad 3. Constancia de Registro de la Propiedad de que el bien inmueble este libre de Gravamen. 4. Fotocopia de Documentos personales del comprador y vendedor. 5. Constancia de empleo o estados financieros recientes. 6. Avaluó del Inmueble. 7. Promesa de venta debidamente Autenticada. 8. Referencias Comerciales y/o Bancarias 9. Recibo de bienes de Inmuebles. 10. Croquis de Ubicación de La Propiedad. 11. Recibos de Servicios Públicos (agua, Luz y teléfono) 12. Constancia de Catastro de No poseer Bienes. 13. Solicitud de crédito llenada y firmada. CONSTRUCCIÓN DE VIVIENDA 1. Apertura de la Cuenta de Ahorro con esta Asociación 2. Fotocopia de Escritura Publica del Terreno. 3. Constancia del Registro de la Propiedad de que el terreno esta libre de Gravamen. 4. Planos de construcción de la Vivienda 5. Presupuesto de Construcción. 6. Permiso Municipal de Construcción. 7. Fotocopia de Documentos Personales del Solicitante. 8. Constancia de catastro de no poseer Bines Inmuebles 9. Avaluó del Inmueble. 10. Croquis de Ubicación del Terreno. 11. Referencias Comerciales y/o Bancarias 12. Recibo de Bienes Inmuebles 13. Recibo de Servicios Públicos (agua, Luz y Teléfono) 14. Croquis de Ubicación de la Propiedad. 15. Solicitud de crédito debidamente llenada y firmada |
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Otro tipo de capitalización utilizado por las empresas es la emisión de bonos, los cuales se emiten con garantía hipotecaria de algún activo de la empresa o garantizándolos con el activo total de la empresa.
La característica esencial de los bonos es facilidad de reunir capital para la empresa, porque se distribuye entre un mayor numero de inversionistas, con el cual se logra una participación inmediata y suficiente para las necesidades de la empresa. Generalmente, el sistema bancario sirve de vehículo para la colocación de los bonos. En toda emisión de bonos debe hacerse constar, denominación, objeto y domicilio de la empresa; importe de la emisión, tipo de interés; lugar y fecha de pago, etc. Los bonos pueden ser nominales o al portador. El tenedor de un bono es acreedor de la empresa que lo emite y por consiguiente recibe un interés especificado en el titulo del bono. Un bono no representa parte de la propiedad de la empresa . Concepto de bono
de bonode bono "Las obligaciones son títulos de crédito que incorporan una parte alícuota de un crédito colectivo constituido a cargo de una sociedad anónima. Serán considerados bienes muebles, aun cuando estén garantizadas con derechos reales sobre inmuebles"
Los bonos son certificados que se emiten para obtener recursos, estos indican que la empresa pide prestada cierta cantidad
de dinero y se compromete a pagarla en una fecha futura con una suma establecida de intereses previamente, y en un periodo determinado
Cuando un inversionista compra un bono, le esta prestando su dinero ya sea a un gobierno, a un ente territorial, a una agencia del estado, a una corporación o compañía, o simplemente al prestamista.
Es un instrumento a través del cuál el "emisor" se compromete a devolver en una fecha determinada el monto recibido en préstamo del "inversor" y a retribuir dicho préstamo con una cantidad periódica en concepto de "intereses".
2. Características generales de los bonos
Cuando la empresa realiza una emisión de bonos debe tener en cuenta los siguientes aspectos:
Características De Conversión
Este permite que el acreedor convierta los bonos en cierto número de acciones comunes. El acreedor convierte su bono solamente si el precio de mercado de la acción sobrepasa el precio de conversión. Esta característica se considera atractiva por parte del emisor y del comprador de bonos corporativos.
Opción de compra
La opción de compra se incluye en casi todas las emisiones de bonos, esta da al emisor la oportunidad de amortizar los bonos a un precio establecido de su vencimiento. En ocasiones el precio de amortización varía con el transcurso del tiempo, disminuyendo en distintas épocas definidas de antemano.
El precio de amortización se fija por encima del valor nominal del bono para ofrecer alguna compensación a los tenedores de los bonos redimibles antes de su vencimiento. Generalmente la opción de compra es ventajosa para el emisor ya que le permite recoger la deuda vigente antes de su vencimiento. Cuando caen las tasas de interés, un emisor puede solicitar para redención un bono vigente y hacer otra emisión de un nuevo bono a una tasa de interés más baja, por ende cuando se elevan las tasas de interés no se puede ejercer el privilegio de amortización, excepto para cumplir con requerimientos del fondo de amortización.
Para vender un bono amortizable, el emisor debe pagar una tasa de interés más alta que la de emisiones no amortizables de riesgo igual. La opción de compra es útil para forzar la conversión de bonos convertibles cuando el precio de conversión del título esté por debajo del precio del mercado.
La opción de compra se incluye en casi todas las emisiones de bonos, esta da al emisor la oportunidad de amortizar los bonos a un precio establecido de su vencimiento. En ocasiones el precio de varía con el transcurso del , disminuyendo en distintas épocas definidas de antemano.El precio de se fija por encima del valor nominal del bono para ofrecer alguna compensación a los tenedores de los bonos redimibles antes de su vencimiento. Generalmente la opción de compra es ventajosa para el emisor ya que le permite recoger la deuda vigente antes de su vencimiento. Cuando caen las , un emisor puede solicitar para redención un bono vigente y hacer otra emisión de un nuevo bono a una más baja, por ende cuando se elevan las no se puede ejercer el privilegio de amortización, excepto para cumplir con requerimientos del fondo de amortización.Para vender un bono amortizable, el emisor debe pagar una más alta que la de emisiones no amortizables de igual. La opción de compra es útil para forzar la conversión de bonos convertibles cuando el precio de conversión del título esté por debajo del precio del . Cupones De Compra
Los "warrants" o cupones de compra forman parte de los bonos como garantía adicional, para hacerlos más atractivos para compradores en perspectiva. Un cupón de compra es un certificado que da a su tenedor el derecho a comprar cierto número de acciones comunes a un precio estipulado.
Los "warrants" o cupones de compra forman parte de los bonos como garantía adicional, para hacerlos más atractivos para compradores en perspectiva. Un cupón de compra es un certificado que da a su tenedor el derecho a comprar cierto número de acciones comunes a un precio estipulado. Comercialización Y Venta
Las principales emisiones de bonos se pueden hacer de dos maneras, por colocación directa o por ofertas públicas
La colocación directa de bonos implica la venta de una emisión de bonos directamente a un comprador o a un grupo de compradores, usualmente grandes instituciones financieras tales como compañías de seguros de vida o fondos de pensión. Las emisiones de bonos de colocación directa no difieren en forma significativa de un préstamo a largo plazo y virtualmente no tienen mercado secundario.
Como los bonos se colocan directamente con los compradores, no es necesario es registro de la emisión en la comisión de valores de bolsa. Las tasas de interés de bonos que se colocan directamente son ligeramente superiores a la de emisiones públicas similares, ya que evitan ciertos costos administrativos y de suscripción.
Las principales emisiones de bonos se pueden hacer de dos maneras, por colocación directa o por ofertas públicasLa colocación directa de bonos implica la venta de una emisión de bonos directamente a un comprador o a un de compradores, usualmente grandes instituciones financieras tales como compañías de de vida o fondos de pensión. Las emisiones de bonos de colocación directa no difieren en forma significativa de un préstamo a largo plazo y virtualmente no tienen secundario.Como los bonos se colocan directamente con los compradores, no es necesario es registro de la emisión en la comisión de valores de bolsa. Las de bonos que se colocan directamente son ligeramente superiores a la de emisiones públicas similares, ya que evitan ciertos administrativos y de suscripción. Ofertas públicas
Los bonos que se venden al público los colocan generalmente los bancos inversionistas que están en el negocio de vender valores corporativos. El banco inversionista recibe del emisor la compensación por el servicio y su comisión es un porcentaje del monto principal estipulado previamente por las partes. Los bonos que se emiten en ofertas públicas se deben registrar en la comisión de valores de bolsa.
El precio al cuál se ofrecen estos bonos difieren a menudo de la tasa establecida o del cupón de bonos, si otros instrumentos de deuda-riesgo similar producen en el momento una tasa de interés más alta que la tasa de cupón de bono, éste tiene que venderse con descuento, es decir por debajo de su valor nominal, pero si la tasa ésta por debajo de la tasa del cupón del bono, este se vende con prima, o sea con un valor mayor al nominal.
Los bonos que se venden al público los colocan generalmente los bancos inversionistas que están en el negocio de vender valores corporativos. El inversionista recibe del emisor la compensación por el servicio y su comisión es un porcentaje del monto principal estipulado previamente por las partes. Los bonos que se emiten en ofertas públicas se deben registrar en la comisión de valores de bolsa.El precio al cuál se ofrecen estos bonos difieren a menudo de la tasa establecida o del cupón de bonos, si otros instrumentos de deuda- similar producen en el momento una más alta que la tasa de cupón de bono, éste tiene que venderse con descuento, es decir por debajo de su valor nominal, pero si la tasa ésta por debajo de la tasa del cupón del bono, este se vende con prima, o sea con un valor mayor al nominal. Forma De Emisión
Formas:
Las obligaciones podrán ser nominativas, a la orden o al portado y tendrán igual valor nominal, que serpa de cien quetzales o múltiplos de cien.
Las obligaciones podrán ser nominativas, a la orden o al portado y tendrán igual valor nominal, que serpa de cien quetzales o múltiplos de cien. Nominativo:
Son aquellos títulos en los que se indica el nombre de la persona determinada como su titular. Es esta la única persona facultada para exigir el cumplimiento de la obligación documentada. Sin embargo, este título puede circular a través de la cesión de créditos.
Son aquellos títulos en los que se indica el nombre de la persona determinada como su titular. Es esta la única persona facultada para exigir el cumplimiento de la obligación documentada. Sin embargo, este título puede circular a través de la cesión de . Requisitos y forma de pago
Generalmente es ordinaria directa, en cupones que comprenden capital e intereses, insertos en el mismo documento, con vencimiento iguales y sucesivos, salvo el último cupón que puede ser diferente. En el caso de los bonos convertibles en acciones, lo usual es que la amortización sea en una sola cuota al vencimiento
Amortización de un Bono:
Corresponde a la cancelación total (única vez al vencimiento) o parcial de la deuda (en fechas predeterminadas),
Corresponde a la cancelación total (única vez al vencimiento) o parcial de la deuda (en fechas predeterminadas), Cupón:
Es el monto que paga un bono en cada período en concepto de renta y/o amortización. Los bonos están formados por uno o varios cupones que representan los diferentes pagos que va hacer el bono a lo largo de su vida.
Es el monto que paga un bono en cada período en de renta y/o amortización. Los bonos están formados por uno o varios cupones que representan los diferentes pagos que va hacer el bono a lo largo de su vida. Clasificación de los bonos
Los bonos pueden ser públicos y mercantiles. Los primeros son emitidos por el Estado o por las municipalidades con el objeto de reducir el medio circulante, o bien para realización de obras publicas. Los bonos mercantiles son emitidos por las empresas y su objeto es obtener capital de las inversionistas.
Atendiendo el objeto que los bonos deben llenar, se dividen así:
Que son emitidos con la finalidad de adquisición de activo fijo.
Por la garantía pueden dividirse en:
- Bonos de Obligación Preferente:
Son los que se emiten con la garantía en la primera hipoteca.
Por la forma de amortización y pago:
Son emitidos a un plazo determinado, pero pueden ser llamados anticipadamente a rendición a voluntad de la empresa.
Extinción de los Bonos.
Representando los bonos una deuda de la empresa frente a terceros, las formas de extinguir los bonos se determinan: conversión, refundición, y rendición.
Conversión
Consiste en cambiar un bono por otro, generalmente mas atractivos para su poseedor.
Consiste en cambiar un bono por otro, generalmente mas atractivos para su poseedor. Re Fundición:
Consiste en la extinción de una emisión y su canje por otra de distinta naturaleza, generalmente se hace con el sentimiento de tenedor de bono.
Consiste en la extinción de una emisión y su canje por otra de distinta , generalmente se hace con el sentimiento de tenedor de bono.La opción de compra se incluye en casi todas las emisiones de bonos, esta da al emisor la oportunidad de amortizar los bonos a un precio establecido de su vencimiento. En ocasiones el precio de varía con el transcurso del , disminuyendo en distintas épocas definidas de antemano.El precio de se fija por encima del valor nominal del bono para ofrecer alguna compensación a los tenedores de los bonos redimibles antes de su vencimiento. Generalmente la opción de compra es ventajosa para el emisor ya que le permite recoger la deuda vigente antes de su vencimiento. Cuando caen las , un emisor puede solicitar para redención un bono vigente y hacer otra emisión de un nuevo bono a una más baja, por ende cuando se elevan las no se puede ejercer el privilegio de amortización, excepto para cumplir con requerimientos del fondo de amortización.Para vender un bono amortizable, el emisor debe pagar una más alta que la de emisiones no amortizables de igual. La opción de compra es útil para forzar la conversión de bonos convertibles cuando el precio de conversión del título esté por debajo del precio del .Los "warrants" o cupones de compra forman parte de los bonos como garantía adicional, para hacerlos más atractivos para compradores en perspectiva. Un cupón de compra es un certificado que da a su tenedor el derecho a comprar cierto número de acciones comunes a un precio estipulado.Las principales emisiones de bonos se pueden hacer de dos maneras, por colocación directa o por ofertas públicasLa colocación directa de bonos implica la venta de una emisión de bonos directamente a un comprador o a un de compradores, usualmente grandes instituciones financieras tales como compañías de de vida o fondos de pensión. Las emisiones de bonos de colocación directa no difieren en forma significativa de un préstamo a largo plazo y virtualmente no tienen secundario.Como los bonos se colocan directamente con los compradores, no es necesario es registro de la emisión en la comisión de valores de bolsa. Las de bonos que se colocan directamente son ligeramente superiores a la de emisiones públicas similares, ya que evitan ciertos administrativos y de suscripción.Los bonos que se venden al público los colocan generalmente los bancos inversionistas que están en el negocio de vender valores corporativos. El inversionista recibe del emisor la compensación por el servicio y su comisión es un porcentaje del monto principal estipulado previamente por las partes. Los bonos que se emiten en ofertas públicas se deben registrar en la comisión de valores de bolsa.El precio al cuál se ofrecen estos bonos difieren a menudo de la tasa establecida o del cupón de bonos, si otros instrumentos de deuda- similar producen en el momento una más alta que la tasa de cupón de bono, éste tiene que venderse con descuento, es decir por debajo de su valor nominal, pero si la tasa ésta por debajo de la tasa del cupón del bono, este se vende con prima, o sea con un valor mayor al nominal.Las obligaciones podrán ser nominativas, a la orden o al portado y tendrán igual valor nominal, que serpa de cien quetzales o múltiplos de cien. Son aquellos títulos en los que se indica el nombre de la persona determinada como su titular. Es esta la única persona facultada para exigir el cumplimiento de la obligación documentada. Sin embargo, este título puede circular a través de la cesión de . Corresponde a la cancelación total (única vez al vencimiento) o parcial de la deuda (en fechas predeterminadas),Es el monto que paga un bono en cada período en de renta y/o amortización. Los bonos están formados por uno o varios cupones que representan los diferentes pagos que va hacer el bono a lo largo de su vida.Consiste en cambiar un bono por otro, generalmente mas atractivos para su poseedor.Consiste en la extinción de una emisión y su canje por otra de distinta , generalmente se hace con el sentimiento de tenedor de bono. Para ver el gráfico seleccione la opción ¨Bajar trabajo¨ del menú superior
Rendición.
Consiste en el pago del bono a su vencimiento o antes, si está estipulado en la emisión que pueden ser llamados a redención por sorteo.Obligaciones.
Otra de las fuentes de capitalización de las empresas, consiste en la emisión de obligaciones, que generalmente se realizan con garantía hipotecaria del activo de la empresa. La modalidad más interesante consiste en las obligaciones denominadas cedulas hipotecarias, que fraccionan el valor total de una hipoteca.
Otra de las de capitalización de las empresas, consiste en la emisión de obligaciones, que generalmente se realizan con garantía hipotecaria del activo de la empresa. La modalidad más interesante consiste en las obligaciones denominadas cedulas hipotecarias, que fraccionan el valor total de una hipoteca. OTRAS FUENTES DEL FINANCIAMIENTO EXTERNO.
Existen fuentes de financiamiento internacional de carácter bancario; se trata de instituciones bancarias internacionales cuyo propósito es estimular la producción de los países en vías de desarrollo. Entre otras pueden mencionarse las siguientes:
Existen internacional de bancario; se trata de instituciones bancarias internacionales cuyo propósito es estimular la producción de los países en vías de desarrollo. Entre otras pueden mencionarse las siguientes:
- Banco internacional para la reconstrucción y fomento (BIRF)
- Banco de importación y exportación (EXIBANK)
- La corporación internacional financiera (CIF)
- Banco internacional e desarrollo (BID), y otros
Disolución – Fracasos; Auditoria Interna.
La disolución ocurre en aquellas empresas constituidas en personas jurídicas. Se entiende por disolución al fenecimiento o muerte de la persona jurídica.
La disolución ocurre en aquellas empresas constituidas en personas jurídicas. Se entiende por disolución al fenecimiento o de la persona jurídica. Una sociedad mercantil, puede disolverse por las causas siguientes:
- Por mutuo acuerdo de los socios que la integran;
- Por fenecimiento del plazo estipulado para su existencia.
- Por retiro de uno de los socios.
- Por quiebra de la sociedad (perdida del 50% del capital social);
- Por fallecimiento de un socio.
- Por concluir el objetivo por el cual se constituyo; y
- Por quiebra de uno de los socios; que la integran.
Auditoria Interna.
La auditoria interna: es un elemento del control interno, siendo su principal función, la de evaluar y fiscalizar los demás medios de control.
La auditoria interna: es un elemento del , siendo su principal , la de evaluar y fiscalizar los demás de control. Lo anteriormente expuesto, nos indica que pesa sobre el auditor interno, una gran responsabilidad, debido a que su función como tal lo obliga a:
- Vigilar si los bienes de la hacienda son adecuadamente controlados y contabilizados
- Si los egresos han sido debidamente autorizados.
- Si se observan las normas de procedimientos vigentes: y
- Si las cuentas y sus estados periódicos presentan un cuadro imparcial de las operaciones
Los demás elementos de control interno, son puestos en conocimiento del personal a través de organigramas de organizaciones con planes contables y reglamentación interna.Control Interno.
Un sistema de control interno, puede definirse como la coordinación del sistema de contabilidad y de los procedimientos de empresas, de tal manera que el trabajo de un empleado llevando a cabo sus labores delineadas en una forma independiente, compruebe continuamente el trabajo de otro empleado hasta determinado punto que pueda involucrar la posibilidad de fraude o errores.
Un sistema de , puede definirse como la del sistema de y de los de empresas, de tal manera que de un empleado llevando a cabo sus labores delineadas en una forma independiente, compruebe continuamente el trabajo de otro empleado hasta determinado punto que pueda involucrar la posibilidad de o errores. Son elementos constituidos de control interno; los siguientes.
- Organizacional estructural.
- Procedimiento de trabajo.
- La contabilidad de registros.
- Informes.
- Estándares de rendimiento; y
- Auditoria Interna.
CONTROL CONTABLE DE UNA EMPRESA Organización de la contabilidad de una empresa.
Organización de la de una empresa. La organización del sistema de contabilidad, cuando se trate de empresas pequeñas, con frecuencia es factible, que ciña estrechamente a principios estandarizados, los cuales con mínimos ajustes pueden emplearse en diversas clases.
En cambio las medianas y grandes empresas, se tropezará con la complejidad, la especialización y por consiguiente, con la estructuración de un sistema de medida.
Se hace necesario, para la implantación de un sistema de contabilidad, la especialización y por consiguiente, con la estructuración de un sistema a la medida.
Con lo anteriormente expuesto, se comprueba el principio de aplicación del elemento constituido del control interno ORGANIZACIÓN ESTRUCTURAL.
La creación de una organización y la delegación de responsabilidades son sin duda alguna, requisitos inmediatos de control.
Lo cual obedece a que una organización depende en último término de sus componentes individuales, la asignación de cargo brinda la oportunidad de colocar a cada gente en el lugar en donde sus aptitudes podrán rendir el máximo individual y colectivo consideradas. Esta separación de las funciones encierra el germen de un control mejor de un desenvolvimiento de trabajo más adecuado.
Las computadoras personales constituyen una herramienta muy importante el registro de las operaciones diarias que realiza las empresas en la actualidad.Sistemas de Contabilidad.
Se entiende por sistema, el conjunto ordenado de principios y reglas coordinadas entre si, sobre determinada materia.
Como consecuencia en el aumento del comercio y la ampliación de la industria se ha impuesto la necesidad de establecer normas de la contabilidad, de las diferentes empresas que las llevan a cabo.
Como sistemas de contabilidad, aplicados a las diferentes empresas, pueden citarse:
- Sistema de partida simple:
- Sistema de partida doble;
- Sistema de pólizas;
- Sistemas de comprobantes; y
- Sistema de inventario perpetuo, etc.
En la practica, puede determinarse que no existe ningún sistema fijo de los enumerados anteriormente, pues como es de conocimiento de los estudiosos de la materia, la partida doble es el sistema universalmente usado, aunque no siempre se adapta a las exigencias de la empresa.
Pero como es natural, en todo el sistema de contabilidad bien planificado, debe obtenerse un máximo de información como un mínimo de esfuerzo. En tales circunstancias, para obtener los mejores resultados debe recurrirse a diversos procedimientos que tiendan a simplificar el trabajo. Y en esta actividad, como en tantas otras de la vida moderna las maquinas brindan una buena oportunidad para lograr eficacias y rapidez.
EL REGLAMENTO INTERNO DE LA EMPRESA De acuerdo que para el efecto determinara la legislación laboral guatemalteca:Reglamento Interno de trabajo es el elaborado por el patrón de acuerdo con las leyes, reglamentos, pactos colectivos, y contratos vigentes que lo afectan, con el objeto de precisar las condiciones obligatorias a que deben sujetarse, el patrono y sus trabajadores, con motivo de la ejecución o prestación concreta del trabajo.
Como es natural por innecesario no se incluirán en el reglamento las disposiciones contenidas en la ley.
La Ley, establece que todo patrono que ocupen en su empresa permanentemente diez o más trabajadores, queda obligado a elaborar y poner en vigor su respectivo reglamento interior de trabajo.
Así mismo, todo reglamento interior de trabajo debe ser aprobado previamente por la inspección de trabajo; debe de ser puesto en conocimiento de los trabajadores con quince días de anticipación.
A la fecha en que va a comenzar a regir, deberá imprimirse en caracteres fácilmente legibles y se ha detener constantemente colocado, por lo menos en dos de los sitios más visibles del lugar de trabajo, en su defecto a de suministrarse impresa en un folleto a todos los trabajadores de la empresa de que se trate.
Las disposiciones que contienen el párrafo anterior deben observarse también para toda modificación derogatoria que haga el patrono del reglamento interior de trabajo.
Lo mismo que, este reglamento comprenderá las reglas de orden técnico y administrativo necesarias para la buena marcha de la empresa; las relativas a higiene y seguridad en las labores, como indicaciones para evitar que se realicen los riesgos profesionales e instrucciones para prestar los primeros auxilios en caso de accidentes, y en general todas aquellas otras necesarias para la conservación de la disciplina y el buen cuidado de los bienes de la empresa. Además debe contener:
- Las horas de entrada y salida de los trabajadores o periodos de descanso durante la jornada;
- El lugar y el momento en que debe comenzar y terminar las jornadas de trabajo.
- Los diversos tipos de salarios y las categorías de trabajo a que correspondan;
- El lugar, día y hora de pago;
- Las disposiciones disciplinarias y procedimientos para aplicarlas. Es entendido que se prohíbe descontar suma alguna de salario de los trabajadores en concepto de multa y de la suspensión del trabajo, sin goce de salario, no puede decretarse por más de ocho días, sin antes haber oído al interesado y a los compañeros que este indique.
- La designación de las personas del establecimiento ante quines debe presentarse las peticiones de mejoramiento o reclamos en general y la manera de formular unos a otros.
- Las normas especiales pertinentes a las diversas clases de labores, de acuerdo con la edad y sexo de los trabajadores y las normas de conducta, presentación y compostura personal que estos deben guardar, según lo que requiera la índole del trabajo.
CONCLUSIÓN Como conclusión podemos decir que las asociaciones cooperativas se rigen mediante las más limpias y depuradas normas democráticas: libre manifestación de la voluntad de cada persona con igual valor a la de los demás; un hombre, un voto con absoluta independencia del capital, ya que este es servidor y nunca amo; y autonomía frente al Estado, con las únicas limitaciones que la moral y la ley imponen para proteger los intereses de la comunidad.Y que la forma movimiento de las empresas se rige mas que nada por documentos los cuales son percibidos o concedido, en caso de las acciones, al vender una acción estamos dando una parte de la empresa al comprador, lo cual lo hace propietario de ella.
(Monografía de Mario Flores)
27/01/2006
Robert de Herte
En la era de la modernidad, la política ha sido pensada de manera esencialmente institucional o contestataria de la institución. El poder central era el objetivo de las prácticas y las luchas políticas. Cuando los descontentos eran demasiado numerosos, asistíamos a movimientos de cólera, e incluso insurrecciones. Hoy se asiste a su implosión. Hoy no nos movilizamos, nos desentendemos. No solamente sucede que los poderes oficiales son cada vez más impotentes, sino que la abstención no deja de progresar. Por muy "cercanos al pueblo" que pretendan estar, los políticos se esfuerzan en vano por asegurar de forma patética su apuesta por la "transparencia", sus programas ya no interesan a nadie.
Aquellos que no comprenden que el mundo ha cambiado se sienten desolados. Ven desaparecer algo que era considerado ya como familiar a sus vidas y constatan una sensación de ruptura. Confunden el fin de un mundo, el suyo, con el fin del mundo. Olvidan que la historia está abierta, y que aquello que es superado anuncia nuevas recomposiciones. Como la ola, dice Michel Maffesoli, que avanza mientras parece recular.
No hay que confundirse de cara a este movimiento de "reacción", al interpretarlo como una "deserción" de tipo clásico. Se trata en verdad de una nueva "secesio plebis". Como a imagen de un individuo, cuando su cuerpo ya no sigue a su voluntad. Pero aquí, hablamos del cuerpo social. Dentro de este movimiento de sedición instintiva, el cuerpo social se desvincula de la consciencia de la institución, del poder estatal. No se reconoce más en lo instituido, en la clase política. No es que se haya vuelto indiferente a todo. Solo es que ha comprendido que la verdadera vida esta fuera de ahí.
Esta dinámica es desconcertante puesto que, contrariamente a lo que estamos acostumbrados a ver, no tiene un fin pre-establecido. No está guiado por vastas teorías, no se fija grandes objetivos a conseguir. Las grandes nociones abstractas (patria, clase, progreso, etc) a la luz de los que habíamos querido cambiar el mundo para hacerlo mejor, tuvo por efecto convertirlo en peor, de forma que hoy se nos aparecen como vacíos de sentido. La Historia (con mayúscula) se ha retirado del escenario en beneficio de las historias particulares, al igual que las grandes epopeyas en beneficio de las narraciones locales. Después de quince siglos de doctrinas que pretendieron decir como el mundo debía de ser, volvemos a la idea de que el mundo debe ser entendido tal y como es. No hay que temer este movimiento, de este funcionamiento a la vez opaco y prometedor.
La mundialización, que constituye actualmente el marco de nuestra historia, no es menos paradójica. Por un lado, es unidimensional, por lo que parece provocar por todos los lados la extinción de la diversidad bajo todas sus formas. Por otro, supone una fragmentación inédita. De esta manera, restituye la posibilidad de un modo de vida "auto-político", fundado sobre la auto-organización a todos los niveles, y además la posibilidad de un tipo de práctica democrática que se había vuelto impracticable dentro de los grandes conjuntos nacional-unitarios.
La acción local permite ciertamente vislumbrar un retorno a la democracia directa, de tipo orgánico y comunitario. Una democracia de este tipo, tiene en cuenta tanto el momento de la deliberación como el de la decisión, e implica sobre todo una importante participación. Se basa también en las nociones de subsidiariedad y reciprocidad. Subsidiariedad: que las comunidades puedan en lo posible decidir por sí mismas aquello que les concierne, y que no deleguen a un nivel superior más que la parte de poder que ellas mismas no puedan ejercer. Reciprocidad: que el poder de decidir otorgado a algunos esté acompañado del poder dado a todos de controlar a aquellos que deciden. Esta forma de gestión responde a la definición de poder dado por Hannah Arendt, no como un contrato, sino como un poder de hacer y de actuar juntos. Vuelve a pensar la política a partir de la noción de autosuficiencia, buscando crear las condiciones para esta autosuficiencia a todos los niveles: familias ampliadas o recompuestas, comunidades vecinales, de ciudades y de regiones, comités locales, sistemas inter-comunales, ecoregiones y mercados locales.
La Revolución de 1789, al consagrar los derechos del individuo independiente de toda pertenencia comunitaria, ha pretendido poner fin a un sistema de asociacionismo, al que reprochaba hacer de "cortina de humo" entre el individuo y el Estado soberano. Rousseau no era ni mucho menos hostil al régimen asociativo, del que Tocqueville hizo tras él uno de los útiles de la libertad. En el siglo XIX, el modelo de representación no ha dejado competir en lugar del de asociación. "La idea proudhoniana de federalismo, recuerda Joël Roman, fue explícitamente propuesto en oposición a la representación política, y el naciente movimiento obrerista se encontrará ligado en primer término a la noción de asociación". Este modelo ha inspirado mas tarde experiencias muy diversas (concejistas, comunitarias y cooperativas). Estamos viendo como renace en nuestros días, con un nuevo rostro.
La noción de comunidad está directamente ligada al de la democracia local. Al mismo tiempo que una realidad humana inmediata, la comunidad es un instrumento de creación del imaginario social. Es a partir de ésta que es posible hoy recrear lo colectivo. La dimensión colectiva asocia a aquellos tienen una causa por alzar en común: pertenecen a mi comunidad aquellos que, en la vida diaria, se enfrenta a los mismos problemas que yo. Poner el acento sobre las comunidades significa rehabilitar las "matrias" carnales, concretas, frente a la patria abstracta, inmensa, anónima y lejana. Este re-enraizamiento dinámico, abierto, no significa una regresión, un cerramiento o una sustitución. Privilegia las nociones de reciprocidad, de ayuda mutua, de solidaridad con lo próximo, de intercambios de servicios y de economías paralelas, de valores compartidos. La resistencia a la homogeneización planetaria no podrá operarse más que a nivel local.
Pensar globalmente, actuar localmente: ésta es la clave de la micro-política. Se trata de terminar con la autoridad y la expertocracia que nos vienen dados desde arriba, dictando desde lo alto de la pirámide las reglas generales, así como con una sociedad donde la riqueza aumenta al mismo ritmo que se desagrega el vínculo social. Contra la mentalidad de asistencia y el Estado-Providencia, se trata de trabajar por la reconstrucción de los vínculos de reciprocidad, la resocialización del trabajo autónomo, la aparición de nuevos "nichos" sociales y la multiplicación de "nudos" en el seno de las "redes" asociativas. Se trata de hacer reaparecer al "hombre habitante" por oposición al hombre que no es más que productor y consumidor. Se trata de colocar lo local en el centro, y lo global en la periferia. Retorno al lugar, al paisaje, al ecosistema, al equilibrio. ¡ La verdadera vida está por fuera del sistema !
[Revista Elements, primavera 2001]
18/10/2005
Alain de Benoist
[Traducción: Santyago Rivas]
"Entre el socialismo proudhoniano o blanquista y el socialismo marxista, existe un desacuerdo más grave que una simple querella política o una rivalidad de escuela. Son dos temperamentos los que se enfrentan, más aun: dos concepciones de la vida las que se oponen".
El sujeto ha sido tratado, especialmente, por Camile Bouglé (El socialismo francés, 1932), Máxime Leroy (Los precursores franceses del socialismo, 1948) y, sobre todo, por Robert Aron (Los socialistas franceses frente al marxismo, 1974).
El libro de Robert Aron, resultado de una investigación de cuarenta años, se presenta como una historia de la cuestión social, desde la "prehistoria del proletariado" hasta la actualidad.
El antiguo régimen distinguía dos grandes sectores de producción: la pequeña industria organizada en corporaciones y en cuerpos de oficios, cuyos miembros disponían de una cierta independencia, y las grandes fábricas, estrechamente vinculadas a la autoridad real. La Revolución hizo desaparecer a las unas y a las otras. Al mismo tiempo, la semana fue ampliada a diez días, y los trabajadores no disponían mas que de tres días de reposo al mes. Antes de 1789, disfrutaban, por media, de 84 por año.
"La ley Chapelier, en 1791, abolió las corporaciones, sometiendo las instituciones obreras a la tutela del Estado. En el nombre de la libertad, se gestaba una nueva forma de opresión".
Al alba de la era industrial, el "socialismo francés" hizo su aparición con Babeuf (1760-1797). Enseguida vinieron Saint-Simon, Fourier, Leroux, pensadores generosos, utópicos, de imaginación desbordante o calenturienta, según se vea.
Las víctimas de la Comuna de París de 1871
Los teóricos de la segunda generación, Blanqui (1805-1881), Louis Blanc (1811-1882), Constantin Pecqueur (1801-1887), son hombres de coraje e invención. Pero no son políticos. "Ignoraban –escribe Robert Aron–, por evoluciones oscuras, tortuosas o divergentes, que un pensamiento debe evolucionar antes de insertarse en la práctica".
Abarcando todos los problemas desde el principio, planificaron al detalle inmensos edificios teóricos, de forma inmutable y perfecta, en el esfuerzo por construir una doctrina que nada podría mermar. Fourier declara: "Nos enfrentamos a 5.000 años de malentendidos entre el Creador y la criatura". "Dios es el mal" afirma Proudhon. Pero Pierre Leroux comenta: "Creíamos que todo edificio religioso debería desaparecer porque logramos probar la caducidad del sistema católico. Si este se derrumba, la religión no desaparecerá del mundo, solamente se transformará".
Aron dedica su libro "A los comuneros de 1871, víctimas de la reacción versallista y de la falsificación marxista".
El suceso fue, en efecto, decisivo. Lejos de ser un movimiento "premarxista", la Comuna fue "una revolución inflamada por el patriotismo, hostil a la centralización estatal, y en la cual Marx y Engels, conjugando sus esfuerzos con la burguesía versallista, desearon su fracaso para asegurar la hegemonía de su doctrina en el socialismo naciente".
En el comité del movimiento insurreccional no figuraban más que tres marxistas, frente a una inmensa mayoría de blanquistas y proudhonianos.
Las contradicciones de la época encontraron su ilustración simbólica en el rostro trágico del insurgente Louis Rossel, fusilado a la edad de 27 años. Edith Thomas escribió sobre él: "Rechazado por los admiradores de la Comuna, que le abandonaron, odiado por los herederos de Versalles, de los que se mofaba, Rossel no pertenece más que a su sola persona. Esa es su grandeza" (Rossel, 1967).
En 1866, Karl Marx describía con estas palabras a los obreros parisinos: "Obreros de lujo, sobreasalariados, felices, sin duda, de pertenecer a la vieja basura. Ignorantes, vanidosos, pretenciosos, babosos, inflados de énfasis". El 20 de julio de 1870, en las vísperas de la guerra, declara: "Los franceses tienen necesidad de una buena paliza". Todo se explica cuando Marx precisa: "La preponderancia alemana en Europa transportará el centro de gravedad del movimiento obrero de Francia a Alemania. Esto significará, al mismo tiempo, la preponderancia de nuestra teoría sobre la de Proudhon".
Robert Aron divisa en Marx el "defecto metafísico", que consiste, como en Descartes, en creer que "las leyes de la mecánica son las mismas que las leyes de la naturaleza". Pero la verdad no es de naturaleza intelectual. El intelecto se contenta con poner el orden que más le conviene en los hechos naturales constitutivos de la realidad. Antes de ser construido, el mundo es percibido –y el modo en que se percibe determina el modo en que se construye.
Sorel y Proudhon
Los dos principales adversarios de Marx son dos franceses: un saboyano P.J. Proudhon, y un normando, Georges Sorel. Precursor del federalismo y de la "revolución europea", Proudhon propone un nuevo equilibrio de fuerzas sociales. Oponiendo "una dialéctica de la vida a la dialéctica de la muerte, a lo que se reduce en definitiva el sistema marxista" define el socialismo como la aplicación del antiguo axioma suum cuique, "a cada uno lo que le corresponde" –según su capacidad (Memorias de un revolucionario). En 1850, escribe: "El hombre es ante todo un animal guerrero: es por (medio de) la guerra que se manifiesta en lo sublime de su naturaleza". En sus Cuadernos, precisa: "Aquello que los pueblos de la Edad Media odiaron por instinto (el amor al dinero y el cultivo de la vida muelle), yo también lo odio con reflexión, irrevocablemente".
Louis Dimier, quien fuera uno de los profesores del Instituto de la Acción Francesa (y que, a iniciativa de Georges Valois y Henri Lagrange, fue incluido en el "Círculo Proudhon", quizás el primer grupo que unió a militantes socialistas y nacionalistas), le cita en 1907 entre sus Maestros de la contrarrevolución durante el siglo XIX.
Teórico de la "violencia proletaria", que le parece "algo muy bello y muy heroico", Georges Sorel concebía el socialismo como una "filosofía de las costumbres". Contesta la división de la sociedad en clases y brama contra los "intelectuales parisinos" del movimiento obrero.
"El sindicalismo revolucionario –escribe–, debería asemejarse a los ejércitos napoleónicos, en donde los soldados realizaban proezas extraordinarias a sabiendas que seguirían siendo pobres".
En 1840, los niños de diez años trabajaban de 12 a 14 horas por jornada en los telares industriales. Era la época del "capitalismo salvaje". En la actualidad, en Occidente, el nivel de vida del mayor número es, de lejos, es más elevado. De este modo, en adelante, la cuestión implica menos la cantidad como la calidad de la existencia.
Cada vez que ha capturado el poder, el "socialismo" ha tenido que renegar de sí mismo, cuando no se transforma en un "panzercomunismo" (según la expresión de Pierre Teruel). El Estado soviético, que debería "automarchitarse" para dar lugar a la ciudad fraternal, se convirtió en el más frío de los monstruos fríos, en la "gran cachiporra" de la que hablara Lenin en El Estado y la revolución.
En 1933, Robert Aron y Arnaud Dandieu habían constatado: "Cuando el orden ya no es orden, es necesaria la revolución. Y la única revolución que consideramos es la revolución del orden" (La revolución necesaria).
El 17 de mayo de 1846, dos años antes de la aparición del Manifiesto comunista, Proudhon escribía a Karl Marx: "¡No podemos ejercer de líderes de una nueva intolerancia! Acojamos, alentemos todas las protestas. Mancillemos todas las exclusiones y todos los misticismos. Con esta condición yo entraría en vuestra asociación. De otro modo, no".
Y fue no. Y la querella todavía permanece.
Por Pablo Guerra.
Introducción.
La historia de las ideas está plagada de hechos muy curiosos, y el desarrollo del comunitarismo como nueva perspectiva teórica no escapa a ello. Para muchos, el debate más apasionante en el mundo de los intelectuales a partir de los años setenta, es el que enfrenta a liberales por un lado y comunitarios por otro. Es así que desde entonces se han publicado numerosos textos resumiendo las principales ideas en cada bando. Esos textos han pasado a ser de uso habitual e incluso imprescindible en reuniones de trabajo, congresos académicos, cátedras universitarias, o por parte de profesionales e intelectuales deseosos de encontrar referencias inspiradoras para el delicado trabajo político y/o propositivo. Lo curioso, y hasta cierto punto paradójico, es que todo ese inusual dinamismo académico e intelectual contemporáneo, se basa no tanto en formulaciones teóricas absolutamente originales, sino fundamentalmente en proposiciones respaldadas en argumentos, ideas, posturas y escuelas de pensamiento, originadas y desarrolladas décadas o incluso siglos atrás.
Por lo tanto, quienes quieran conocer y entender el verdadero sentido y mensaje del comunitarismo contemporáneo, no debieran ignorar la complejidad de sus fuentes y marcos de interpretación. Para decirlo con otras palabras: la mera lectura de autores anglosajones en estas materias, es una lectura sesgada o al menos insuficiente. De allí la necesidad de incorporar otras fuentes y marcos interpretativos, sobre los que hemos insistido en numerosas ocasiones y sobre los cuáles volveremos en estas páginas.
Nuestro punto de partida teórico es el llamado "comunitarismo sensible" que Etzioni defendiera en sus clásicos "The Moral Dimension" (1988) y "The New Golden Rules" (1991); y que diversos profesores iberoamericanos divulgáramos entre otros, en el monográfico sobre comunitarismo, publicado por Arbor, y el de socioeconomía, publicado por Anthropos, ambos compilados por el catedrático y experto español, José Pérez Adán, y publicados en el 2000.
Este discurso comunitarista creemos deberíamos distanciarlo, aunque no tajantemente, del comunitarismo filosófico que representan entre los más notorios, hombres como Taylor, Sandel o Walzer. El nuestro es un comunitarismo más sociológico, que como demostraremos en este artículo, hunde raíces en otros comunitarismos del pasado muy caros al acervo doctrinario de numerosas corrientes del pensamiento latinoamericano o muy relevantes para numerosas experiencias de este continente, como es el caso del personalismo comunitario de Mounier, o del comunitarismo de Buber; o para ir más atrás en el tiempo, del comunitarismo que pretendía romper con la racionalidad capitalista de la sociedad (Gemmenschaft), tal como expusieran varios clásicos, entre ellos el más notable, Ferdinand Tönnies. Sin embargo comparte con los filósofos comunitaristas, su carácter marcadamente anti-individualista, rescatando la clave de personas insertas en comunidades, y de comunidades consideradas también como sujetos históricos con derechos y deberes.
Justamente una noción sobre el pensamiento comunitario del tipo que proponemos, está teniendo una presencia significativa en América Latina. Es así que los textos de Etzioni y de otros comunitaristas como José Pérez Adán han tenido ya una buena acogida entre diversos medios académicos e intelectuales del continente. Por otro lado, al igual de lo ocurrido en América del Norte, donde el discurso comunitarista tiene un fuerte impacto en el sistema político, en América Latina, el comunitarismo ha comenzado también a ser considerado por la clase política. En concreto, la Organización Demócrata Cristiana de América (ODCA), a influjos de su Presidente, el chileno Gutemberg Martínez, ha promovido la constitución de reuniones especiales para dar cuenta de estas nuevas propuestas (ancladas en referentes doctrinarios anteriores) donde convergen la filosofía política y las ciencias sociales. Finalmente, también se han constituido en los últimos años, foros de comunitaristas en nuestro continente, con presencia significativa en Perú, Colombia, México, Argentina y Uruguay, entre otros países.
En ese marco de creciente interés latinoamericano por las elaboraciones de la Plataforma Comunitaria, resulta fundamental detenernos en algunos asuntos de particular importancia para darle mayor sentido en este sur del mundo. Es así que proponemos partir de dos ideas fundamentales, a saber: (1) el comunitarismo contemporáneo, si bien tiene origen anglosajón, hunde raíces en numerosas fuentes de pensamiento con influencia en los acontecimientos latinoamericanos; (2) la agenda teórica comunitaria puede y debe leerse en clave latinoamericana; para ello es necesario profundizar en ciertos aspectos estructurales menospreciados por la literatura del norte. Veamos más detenidamente estos asuntos.
El comunitarismo contemporáneo, si bien tiene origen anglosajón, hunde raíces en numerosas fuentes de pensamiento con influencia en los acontecimientos latinoamericanos.
Desde las ciencias sociales hacemos referencia a lo comunitario al menos desde dos puntos de vista muy distintos que llamaremos en esta ocasión, puntos de vista macro y micro social.
El concepto de lo comunitario desde el punto de vista macro social es el que nos ocupa fundamentalmente en esta obra. Sus autores fundacionales son Weber y Tönnies, sobre cuya influencia nos hemos extendido en otra oportunidad2. Más acá en el tiempo, debemos incluir a quienes han desarrollado teoría en el marco de la Communitarian Network.
En su The Moral Dimension: Towards a New Economics de 1988, Etzioni desarrolla un complejo concepto de lo comunitario, justamente desde un punto de vista macro social, que nos aproxima más bien a una entidad orgánica, a un "nosotros" de normas, valores y principios, que funcionaría como soporte privilegiado de toda acción individual. El individuo, de esta manera, se comprende en relación a su medio, pero a diferencia de las concepciones totalitarias, existe una especie de tolerancia social, de donde emerge la importancia de lo consensual no solo en materia de derechos, sino también de deberes.
En La Nueva Regla de Oro, de 1991, señalaría que el paradigma de lo comunitario implica entonces una delicada combinación de orden social y autonomía.
Los comunitaristas, de esta manera, se separan radicalmente de la concepción liberal acerca de los vínculos entre individuo y sociedad; existiendo entonces un notable acercamiento teórico con ideas que tuvieron mucha influencia en los años de postguerra: nos referimos a las contribuciones fundamentalmente, entre otros, de Mounier y Maritain, ambos de mucha influencia en Latinoamérica, continente quizás más abierto entonces a las propuestas culturales francesas que a las propuestas surgidas en Norteamérica, una tendencia que comienza a revertirse con ese proceso de norteamericanización, que algunos todavía confunden con la globalización.
Mounier, por ejemplo, sentenciaba en su Manifeste au Service du Personalisme de 1936, que el liberalismo había impuesto la visión de
"un individuo abstracto, buen salvaje pacífico y paseante solitario, sin pasado, sin futuro, sin vínculos, sin carne, provisto de una libertad sin norte, ineficaz juguete embarazoso con el que no se debe dañar al vecino y que no se sabe como emplear si no es para rodearse de una red de reivindicaciones que le inmovilizan con mayor seguridad aún en su aislamiento. En tal mundo, las sociedades no son más que individuos agigantados, igualmente replegados sobre sí mismos, que encierran al individuo en un nuevo egoísmo y le consolidan en su suficiencia..." .(9)
En el plano propositivo, y luego de repasar el valor de la Persona y los vínculos del yo - nosotros que retomaría luego Etzioni, comprueba la imposibilidad de fundar la comunidad esquivando la persona, de donde surge su concepto de comunidad personalista, o dicho de otra manera, una persona de personas.
En íntima conexión con los planteos de los modernos comunitaristas continuaba señalando:
"Si fuese preciso dibujar su utopía, describiríamos a una comunidad en la que cada persona se realizaría en la totalidad de una vocación continua fecunda, y la comunión del conjunto sería una resultante viva de estos logros particulares. El lugar de cada uno sería, en ella, insustituible, al mismo tiempo que armonioso con el todo. El amor sería su vinculo primero, y no ninguna coacción, ningún interés económico o vital, ningún mecanismo extrínseco. Cada persona encontraría allí, en los valores comunes, trascendentes al lugar y al tiempo particular de cada uno, el vínculo que los religaría a todos" . (10)
Maritain, por su lado, llega al concepto de comunidad luego de distinguir filosóficamente el individuo de la persona, y de señalar que "por naturaleza" la persona exige vivir en sociedad. Pero, lo importante y sustancial de su análisis es que el fin de esta sociedad no es el bien individual, sino el bien común; distanciándose por tanto de la visión individualista que destruye la sociedad, y de la totalitaria que destruye la dimensión personalista. Llegamos entonces a una conceptualización de lo comunitario como aquello relacionado al bien común, en el marco de un "humanismo integral".
En América Latina, continente inspirado en los valores culturales de estilo barroco a diferencia de la modernidad positivista que caracterizaría al mundo anglosajón, estas ideas tuvieron un impresionante eco y a su vez fueron fuente de inspiración propias, sobre todo en las corrientes humanistas cristianas. Las primeras obras del teólogo de la liberación, el P. Gustavo Gutiérrez, por ejemplo, estuvieron muy influidas por estas visiones comunitarias, también presentes en otros teólogos pertenecientes a diversas iglesias cristianas. Es así que los escritos surgidos en el marco de la primera reunión de teólogos latinoamericanos (Petrópolis, 1964), toman como referencia entre otros, a Mounier, Maritain y Teilhard de Chardin. Las ideas de estos grandes del pensamiento mundial, serían leídas en clave de “liberación” por parte de quienes están obligados a “ver” un continente básicamente católico pero sumido en la miseria, a “juzgar” a la luz de los valores del Evangelio, y a actuar en consecuencia.
En el plano político, no se puede ignorar la influencia de estas primeras ideas comunitarias, en el pujante movimiento demócrata cristiano de los años sesenta. Uno de los discípulos más reconocidos de los citados autores franceses, ha sido sin duda el arquitecto y sociólogo uruguayo, Juan Pablo Terra. En su clásico libro "Mística, Desarrollo y Revolución" de 1969, basa su análisis propositivo, en dos grandes pilares: el ideal democrático y el ideal comunitario. Este último, consiste fundamentalmente "en la idea de convivir compartiendo, por una consciente aceptación fraternal. Ese convivir y compartir, supone poner en común los derechos sobre muchas cosas, manejar, administrar, usar y gozar muchas cosas fraternalmente, sin tuyo ni mío". Recalca luego, que lo comunitario es básicamente un modo de relación entre personas, más que de relaciones con las cosas, en alusión al fenómeno muy discutido en la década del sesenta sobre la propiedad, que en este caso prefiere el autor manejar sin dogmas, admitiendo la necesidad de una pluralidad de combinaciones posibles.
De manera que lo que comparten estos autores al hacer mención a lo comunitario es una mirada "macro social" en el entendido que privilegian el conjunto de los atributos sociales, dirigiendo sus miradas a un proyecto de cambio más general ("Sociedad Comunitaria" vs. "Sociedad Individualista", etc), ya sea de connotaciones conservadoras ("vuelta al pasado", como sugiere por momentos Tönnies), ya sea de corte progresista, como claramente se presenta en los autores contemporáneos citados.
Una segunda lectura es la que se puede hacer desde una mirada más micro sociológica: en tal sentido consideraremos técnicamente comunidad, a aquella unidad de organización social caracterizada por una unión basada en fundamentos afectivos, emotivos y tradicionales, en el marco de una relación que pretende mediante relaciones consensuales legitimar las normas fundamentales de convivencia.
Así como desde el primer punto de vista (macrosocial) podemos hablar de “sociedad comunitaria”, desde el punto de vista micro social, más bien corresponde hablar de “experiencias comunitarias” en lo social, cultural y económico.
En América Latina es muy clara la existencia de cierta continuidad entre ambas miradas: la noción de “sociedad comunitaria” en el continente es fruto de numerosas experiencias comunitarias que le han dado soporte, desde las culturas nativas, hasta la importancia de las instituciones familiares, de ayuda mutua y reciprocidad que actualmente son visibles; así como de numerosas experiencias concretas de carácter comunitario en el plano socioeconómico o inclusive pastoral (recordemos el origen de las Comunidades Eclesiales de Base, impulsadas por la II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en Medellín de 1968).
América Latina debería definir su propia Plataforma Comunitaria.
A pesar del éxito que han tenido los autores comunitaristas del primer mundo en nuestro continente, así como de la pertinencia de los principales ejes del debate comunitarismo vs. Liberalismo, lo cierto es que los latinoamericanos deberíamos corregir ese mal hábito de “consumir” acríticamente las elaboraciones teóricas surgidas en contextos de abundancia y postmaterialismo, ciertamente distantes a nuestra realidad. Para ello asoman como proféticas las advertencias que ya sobre mediados del Siglo XX hacía el sociólogo Gino Germani bajo los conceptos “efecto demostración” y “efecto fusión”.
En tal sentido, veremos a continuación algunos aspectos fundamentales del comunitarismo del primer mundo que creemos pertinentes para nuestro tercer mundo latinoamericano, y luego ensayaremos el hincapié que deberíamos realizar en aras de una perspectiva más latinoamericanista sobre los temas que nos convocan.
A nuestro criterio, la crítica hacia la modernidad individualista que dio origen a las primeras versiones comunitaristas, tienen significativa validez para el caso latinoamericano, sobre todo cuando esa crítica tiene como referencia no tanto a liberales de inspiración neokantiana, interesados en buscar los vínculos necesarios entre los principios liberales y el sentido de la justicia (Rawls, Dworkin, etc.), sino fundamentalmente a los abanderados de un liberalismo e individualismo extremo, representado por los seguidores de Frederick Von Hayek, que en esta parte del mundo se conoce como neoliberalismo. Justamente estos neoliberales han sido promotores de una noción de sociedad absolutamente mercantilizada donde muy poco papel le toca jugar al Estado, o a las normas y comportamientos morales y virtuosos de los actores.
En los últimos años del Siglo XX hubo en América Latina, un proceso de avance de ese liberalismo radical, con mucha incidencia en las dimensiones culturales, sociales y económicas de nuestros países. En palabras del ex presidente chileno, Patricio Aylwin:
“El tipo de sociedad y de cultura que prevalece en nuestros días, al menos en el mundo occidental, es un sistema de convivencia humana cuyo eje central es el mercado. De las “economías de mercado” –sin duda las más eficientes para crear riqueza, pero injustas para distribuirla- estamos pasando a “sociedades de mercado”, en las que prevalece una cultura materialista y economicista en la que el “tener” vale más que el “ser” y, consiguientemente, las personas se convierten en esclavas de las cosas.
Esto ocurre paralelamente a un proceso de creciente individualismo: de la afirmación de la libertad individual como el valor más importante, que lleva a las personas a ser hostiles a cualquier clase de regulaciones –ya provengan del Estado, de tradiciones culturales y aún de lazos familiares-, se pasa a una especie de egocentrismo que las induce a vivir preocupadas sólo de si mismas y de su entorno más cercano, indiferentes a lo que ocurra en el mundo y hasta en su propio país, a menos que afecte a sus intereses personales.
Consecuencia y expresión de este fenómeno son el egoísmo, el consumismo y la competitividad prevalecientes. La preocupación por nuestra propia vida nos torna indiferente a los dolores ajenos. Aunque las noticias de catástrofes suelen conmovernos, rara vez nos interesamos por la suerte de la gente pobre que vive en nuestras vecindades... No puedo ocultar que eso es algo que me escandaliza”3.
Las respuestas a estas tendencias no se hicieron esperar, comenzando a operar con fuerza nociones tendientes a proponer alternativas a las visiones liberales - individualistas. Es así que Guillermo León Escobar se pregunta si hubo cambios de valores en Latinoamérica. La respuesta es positiva, argumenta el intelectual colombiano:
“permanecen, sin duda, los postulados éticos de libertad, de justicia, de equidad –sustituyendo la igualdad- y de solidaridad, pero esos postulados se veían ayer con el catalejo del liberalismo y no son pocos los que hoy profesan mirándolos a través del catalejo de la comunidad o de la sociedad civil nacientes, lo que entrega claramente dos formas de vivirlos en la dimensión personal y social. Esto permite, por ejemplo, que existan –como en verdad existen- en el ámbito de la cultura política dos discursos: el continuado de la tradición liberal y el discurso “social” que lee de manera diferente tales postulados”4.
Es así que en nuestro continente han surgido numerosas y valiosas experiencias comunitarias surgidas en el seno de su dinámica sociedad civil. A manera de ejemplos, podemos citar en materia rural, las importantes movilizaciones de los pueblos indígenas, sobre todo luego del levantamiento de Chiapas en 1994. A nivel urbano, entre otras, son de rescatar las iniciativas surgidas a nivel popular en Argentina, luego del estrepitoso derrumbe del modelo neoliberal en Diciembre del 2001.
También tiene plena validez para el caso latinoamericano el llamado a apostar fuerte por las instituciones familiares. Numerosos estudios en los últimos años vienen señalando cuáles son los cambios más significativos en la materia, a saber:
Mayor diversidad en los tipos de familia, producto de una mayor amplitud en los estilos de vida.
Transformaciones demográficas, orientadas fundamentalmente a reducir significativamente la relación pasivo/activo.
Cambios en los roles sociales: mayores roles femeninos y caída del modelo de “aportante único”.
Aumento de la jefatura de hogar femenina.
Heterogeneidad de las estructuras familiares por tipos y etapas de ciclos familiares.
Visibilidad de la violencia intrafamiliar.
Persistencia del reparto tradicional del trabajo doméstico5.
Como se puede observar, es posible discernir cambios positivos y otros negativos desde el punto de vista comunitario. Es así que aparecen como mayormente preocupantes, aquellas tendencias que rompen con cierta valoración social y cultural hacia la familia en nuestro continente, representando fuertes cambios comportamentales dirigidos más bien hacia los modelos de desarraigo típicos de los países materialmente más avanzados. Resulta paradigmático en ese sentido, la reducción de los hogares multigeneracionales y el aumento en el número de hogares unipersonales. Estos últimos han crecido en todos los países latinoamericanos, salvo Panamá, y ya representan en algunos países como Argentina y Uruguay, más del 15% de los hogares6. La jefatura de hogar femenina en hogares pobres e indigentes, por otra parte, es uno de los indicadores más negativos desde el punto de vista comunitario: se trata por lo general de hogares habitados por muchos niños donde no existe la figura paterna y donde –por tanto- una madre o abuela se hace cargo de todas las tareas inherentes al mantenimiento del hogar. La expansión de este tipo de hogar es una de las muestras más claras, así como de mayores consecuencias negativas, del individualismo machista.
En otros términos, los principales problemas detectados por la CEPAL en la materia son la violencia intrafamiliar, el desempleo y la desintegración familiar. Esta última es entendida fundamentalmente como la destrucción de proyectos familiares por medio de la separación o divorcio. Obviamente que la crítica comunitarista a este fenómeno es puramente sociológica (no nos interesan en esta ocasión los casos individuales). UNICEF, ha llamado la atención en tal sentido, acerca de los vínculos entre la felicidad y la integración familiar, destacando que una de las variables que influye de manera más decidida en la expresión del sentimiento de felicidad o infelicidad lo constituye la presencia de ambos padres en el hogar.
En un Informe titulado “La voz de los niños”, destaca que la prevalencia de felicidad de los niños que viven con ambos padres es del 74% en América Latina contra el 83% en la Península Ibérica. Para los niños que viven sólo con la madre, la prevalencia desciende al 62% y al 75% respectivamente, descendiendo aún más entre los niños que viven sólo con el padre (62% y 67% respectivamente).
“La ausencia del padre en la familia, notablemente superior en América Latina (29% contra 11% de la Península Ibérica), junto al menor porcentaje -arriba mencionado- de niños viviendo con ambos padres, que expresan un sentimiento de felicidad, podrían llevar a pensar que lo que los niños latinoamericanos reclaman no es la presencia física de los padres en el hogar sino su presencia afectiva y activa en la vida de los niños. En un período de cambios profundos en la composición de las familias, estos datos, más que a conclusiones definitivas, llevan a formular nuevas preguntas sobre las nuevas formas de vida familiar en las sociedades contemporáneas”.
En relación al problema de la violencia, el Informe es contundente al señalar que
“la complejidad de los cambios en las relaciones familiares se ve reforzada por la presencia de la violencia y las conductas agresivas en el hogar. Esta constituye una variable de alto impacto en escenarios, públicos y privados, de la vida social. De nuevo, una diferencia significativa se plantea entre las dos regiones, con una mayor violencia presenciada por los niños latinoamericanos en sus hogares (26% contra 16% de la Península Ibérica)”7.
La misma centralidad en una agenda latinoamericana es visible con respecto al rescate que hace el comunitarismo norteamericano y europeo sobre el rol de la educación formal, y más específicamente hablando, de las escuelas, consideradas en sí mismas como agentes indispensables en la formación del carácter y de la educación moral de los niños.
En América Latina, sin embargo, la situación es muy delicada al menos por dos razones. En primer lugar por la escasa porción del gasto público que se dirige a la educación, lo que lleva a una reducida atención, pero por sobre todas las cosas a márgenes menores de calidad (al decir de Borón, el problema no consiste en el acceso a la educación, sino en el acceso a la buena educación: “Si bien la matrícula se ha incrementado con mucha rapidez en los últimos treinta años, por otra parte, con esa misma rapidez se ha visto erosionada la calidad: la enseñanza de la lengua, matemáticas y ciencias deja mucho que desear en muchos lugares”)8. Es así que en latinoamericana solo el 45% de los niños declaran asistir a la escuela para aprender, según datos de UNICEF.
En segundo lugar, por la irrupción en los últimos años de nuevos paradigmas organizacionales que ven a la escuela no tanto como una institución para formar en valores cívicos y solidarios (como se la comprendió, por ejemplo, con el surgimiento de las primeras reformas educativas populares sobre principios del Siglo XX), sino más bien como puente entre las familias y el mercado de trabajo. Es así que en los años noventa proliferaron los técnicos que defendían un sistema educativo funcional a los intereses de los circuitos económicos. Desde este punto de vista, un sistema educativo eficiente es aquel que nutre a sus integrantes, de las habilidades necesarias para ingresar con éxito al mercado laboral.
También es significativo el llamado que hacen los comunitaristas en el sentido de profundizar la participación política de los ciudadanos. En América Latina, una de las deudas pendientes es la escasa cultura cívica de sus ciudadanos, y la peor inercia al respecto de los Estados, que poco hacen para llevar el poder hacia la ciudadanía. Es así que en muchos de nuestros países, la mayoría de la población ya no cree en algunos de los principales mecanismos e instituciones democráticas. Las encuestas de opinión pública en 17 países de América Latina, muestran que en tan solo 3 de ellos, el grado de satisfacción con el funcionamiento de la democracia es similar al de los países de Europa Occidental. A un nivel general, sólo el 37% de los latinoamericanos se siente conforme con sus democracias, contra el 53% en los países de la Unión Europea9.
Para muchos, esta especie de abandono de cierta posición optimista ingenua acerca del alcance de las democracias en nuestros países, es desencadenante de una serie de reflexiones tendientes a dotar de nuevos retos la configuración democrática del continente. Es así que el comunitarismo se ve revalorizado en los últimos años, cuando se insiste en la necesidad de incorporar el discurso republicano y valorativo en estas cuestiones.
A nivel de las prácticas, han surgido además, desde la recuperación democrática, en los años ochenta, aunque con más acento a partir de los noventa, algunas experiencias positivas tendientes a acercar los mecanismos democráticos y cívicos al común de la gente, como ser el programa de presupuesto participativo desarrollado por el Estado de Río Grande do Sul, en Brasil, entre otras iniciativas orientadas con sentido de descentralización y participación popular.
Otro de los asuntos centrales en el discurso comunitarista de buen recibo en el continente es el vinculado al fortalecimiento de los tejidos sociales, uno de los temas predilectos por parte de Robert Bellah, quien se ha encargado de hacer notar la importancia de la activación ciudadana en los EUA. De esta manera, una de las principales líneas de reflexión al amparo del pensamiento comunitarista tiene que ver con el tercer sector, esto es, aquellas organizaciones de la sociedad civil que fomentan mecanismos de participación y acción ciudadana con perspectiva pública.
En este sentido, los latinoamericanos tenemos mucho que mostrar de positivo. En los últimos años hemos constatado a lo largo y ancho del continente, un notable brío de distintas experiencias de organizaciones sociales y populares tendientes a satisfacer necesidades desatendidas ya sea por un Estado cada día menos benefactor, ya sea por un mercado que raramente se interesa por aquello que no tenga rédito económico. De esta manera, nuestros países han sido escenarios de prácticas comunitarias que han ido fortaleciendo lo que numerosos autores llaman “capital social”, y que nosotros preferimos denominar factores comunitarios (o factor C, al decir de Luis Razeto).
Es así que adquieren particular interés desde nuestra óptica, las diversas experiencias de economías solidarias que hemos trabajado extensamente en América Latina, donde se muestra cómo la propiedad compartida, la autogestión, los valores comunitarios, la solidaridad, etc., permitieron el desarrollo humano de notables casos: los Talleres Solidarios y la Fundación Solidaridad en Chile; el modelo de desarrollo local cooperativo de San Gil, en Colombia; las Ferias Cooperativas y las Asociaciones de productores de Barquisimeto; el sistema productivo local de la Villa El Salvador de Lima; o de Maquita Cuschunchic de Ecuador; la organización económica de diversas comunidades indígenas del continente; los asentamientos del MST en Brasil; o diversas experiencias de comunidades cristianas, etc. En todos los casos, se observa claramente cómo la solidaridad pasa a “activarse” también en el plano económico con resultados alentadores a la vista.
El éxito demostrado por estas y otras experiencias solidarias inclusivas, ha llevado a que fueran rescatadas no solo por sectores de corte alternativo, sino además por los propios organismos internacionales, caso del Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo, quienes le han estado prestando mucha atención a estos fenómenos en los últimos años: el GrameenBank de Mohamed Yumus con innumerables experiencias similares distribuidas en todo el continente, así como la Villa el Salvador de Lima, las Ferias Populares de Barquisimeto, o el presupuesto participativo en Porto Alegre son solo algunas de las experiencias que figuran como modelos a imitar en varias obras de los citados organismos multilaterales.
Muy vinculado a este fenómeno de la participación ciudadana, surge a nuestro criterio un último elemento central en el discurso comunitarista, que adquiere particular importancia en América Latina: nos estamos refiriendo al fenómeno de la corrupción. El Prof. Etzioni señalaba en oportunidad de una conferencia brindada ante numerosos políticos demócrata cristianos del continente, que “allí donde la corrupción es un hecho duradero, no están dadas las condiciones básicas para que una sociedad sea plenamente comunitaria”10. Pues bien, si como dice el último Informe de la organización Transparencia Internacional, América Latina es el continente más corrupto del mundo, entonces se estaría muy lejos de ese objetivo.
Los datos en la mayoría de nuestros países son elocuentes. En el Perú, por ejemplo, 75% de sus ciudadanos cree que la corrupción persistirá en ese país, a pesar de estar iniciados 240 procesos judiciales por presuntos actos de corrupción cometidos durante el gobierno de Fujimori, quien exiliado en Japón habría huido con 180 millones de dólares pertenecientes a las arcas públicas.
En Colombia, por su lado, además de la corrupción manejada por los “señores de la droga”, una encuesta realizada por el Banco Mundial, revelaba que el cincuenta por ciento de los contratos de privados con el Estado "se pagaron con sobornos".
En Argentina, mientras tanto, el Ministro de Economía que hiciera famoso el “milagro” argentino de la convertibilidad (Domingo Caballo), ha comparecido a la justicia junto al ex presidente Carlos Menem (1989-1999) quien permaneció en prisión domiciliaria por seis meses en 2001, acusado de tráfico ilegal de armas y lavado de dinero.
Menem también enfrenta una causa judicial iniciada el año pasado por haber recibido supuestamente once millones de dólares del gobierno de Irán para que ocultara la presunta participación de ese país en el atentado contra una mutual judía en 1994 en Buenos Aires, en el que murieron 87 personas.
Lamentablemente los anteriores no son casos aislados, ya que en buena parte del resto de los países aparecen presidentes, ex mandatarios y funcionarios involucrados en procesos por corrupción, siendo los más notorios Hugo Banzer (Bolivia), los paraguayos Luis González Macchi y Juan Carlos Wasmosy, Rafael Callejas de Honduras, Leonel Fernández de República Dominicana y Oscar Alemán, de Nicaragua, todos gobernantes recientes, que no solo no supieron o no quisieron luchar contra la corrupción generalizada, sino que además, habrían participado activamente en un juego que continúa desgastando aún más las bases más esenciales de una vida comunitaria.
Ahora bien, una verdadera y legítima plataforma comunitarista en Latinoamérica debería hacer hincapié no solo en los asuntos comunes con el resto del mundo, sino además en los propios. En tal sentido, quisiéramos remarcar la necesidad de incorporar y poner el acento en los asuntos pendientes desde el punto de vista de un proyecto equitativo.
Lamentablemente América Latina recibe un nuevo milenio con viejos dramas sociales. El número de personas pobres, en constante crecimiento, asciende a más de 220 millones, estando 90 millones en situación de pobreza extrema. Esos números representan según la CEPAL, aproximadamente al 44% de la población total.
La pobreza y la pobreza extrema conviven en nuestro continente con la opulencia de unos pocos. Es así que el nuestro se considera el continente más inequitativo del mundo. Según el Banco Interamericano de Desarrollo, mientras que el coeficiente Gini en materia de distribución de los ingresos ronda entre 0,30 y 0,35 en Europa, en América Latina se ubica en torno a 0,50. Por lo demás, como señala el citado informe del BID, “el problema no muestra señales claras de mejoramiento”. Si los años setenta manifestaron un mejoramiento, éste se vio fuertemente afectado en la llamada “década perdida” de los ochenta, para no registrar cambios visibles en la última década del milenio11.
Pues bien, en ese marco de creciente pobreza e inequidad, no es viable pensar en condiciones duraderas para crear una buena sociedad, tal como la reflexionan los teóricos del norte, esto es, haciendo hincapié en la necesidad de crear un orden moral que pueda convivir en difícil equilibrio, con las libertades individuales. Justamente nuestra posición es que América Latina ha hecho hincapié en los asuntos del orden y de las libertades, empujando hacia un segundo plano la necesidad de incorporar los valores de justicia y solidaridad. Un ejemplo muy ilustrativo en tal sentido nos lo da el Prof. Sanin S.J., cuando nos recuerda, por medio de las divisas de los escudos de Colombia y Chile, cuán lejos llegaron las ideas del liberalismo y del positivismo, y qué escaso impacto han generado las ideas de solidaridad12. El escudo de Colombia, por ejemplo, dice “libertad y orden”, en tanto el de Chile, que reza “por la razón o la fuerza”, representa lo mejor del modelo del siglo de las luces. El de Brasil, por su parte dice “Orden y Progreso”. En ningún caso, al igual de lo sucedido con el resto de las cosas en nuestro continente, la justicia, la equidad, o la solidaridad se hicieron presentes con la fuerza y centralidad con que se manejaron los conceptos positivistas y liberales desde el siglo XIX.
Etzioni es consciente de esa deuda pendiente en América Latina, al señalar que “no se puede tener una comunidad si la mitad de la gente está viviendo con limusinas, casas lujosas y la otra mitad vive en abierta pobreza”13. A pesar de ello, es evidente que los escritos comunitaristas del norte atienden con mucha oportunidad los aspectos morales y culturales, pero al costo muchas veces de desatender mayormente los aspectos estructurales de la sociedad, algo que desde una Latinoamérica cada vez más pobre e inequitativa, no podemos soslayar o dejar en un segundo plano.
Habida cuenta de este obstáculo objetivo que representan los viejos problemas sociales de América Latina, se vuelve entonces imperioso poner el acento en cómo resolver esos dramas de inequidad desde un paradigma comunitarista, como primer paso para sentar las bases hacia una buena sociedad.
Vayan en tal sentido dos desafíos y propuestas diferenciales con respecto al resto de los paradigmas, especialmente con respeto al paradigma liberal, hoy hegemónico o al menos mayoritario en el discurso académico.
Uno de los desafíos consiste, al decir de Polanyi, en volver a imbricar (embedded) la economía a los valores sociales, tanto en el plano teórico como en el plano de las prácticas concretas. Efectivamente, somos de la idea que el discurso económico y sus prácticas se han ido desligando del marco social en el que supieron estar insertos hasta al menos buena parte del siglo XVIII. Se constata en tal sentido, el desarrollo de una teoría económica desconocedora del manejo filosófico, sociológico e incluso ético, sobre todo desde la irrupción de las teorías marginalistas primero, y de las teorías neoclásicas luego. Ello ha estado unido a crecientes prácticas económicas concretas de nuestros tiempos, caracterizadas por las distancias manifiestas con respecto a las normas y valores morales más comúnmente desarrollados por las distintas comunidades.
Otro de los desafíos tiene que ver con la correcta teorización de las principales categorías económicas empleadas en nuestro lenguaje socioeconómico. Al hacerlo, ciertas polémicas tan actuales, como las del tipo “más mercado o más Estado”, nos resultarán mal planteadas. Más bien propugnamos una visión de multiplicidades de lógicas y racionalidades económicas que dan origen a un “mercado determinado” (concepto gramsciano con antecedentes ricardianos), que será más o menos democrático y más o menos justo, según se expresen algunas manifestaciones, a saber: la satisfacción de las necesidades humanas, también concebidas integralmente; y la presencia, en forma equilibrada, de al menos las tres grandes lógicas que creemos existen en la actividad económica contemporánea: la capital individualista, la pública estatal, y la perteneciente a la sociedad civil organizada con criterios solidarios.
La realidad de nuestro continente, sin embargo, es la de un mercado determinado que lejos de acercarse al paradigma de mercado democrático y justo que proponemos, está haciendo avanzar la lógica capital individualista -causa y efecto a la vez, de lo que podemos llamar una cultura neoliberal adveniente-, por sobre la lógica pública estatal y la lógica solidaria.
En resumen, un paradigma de mercado democrático y justo (sobre cuyas características no nos podremos detener en esta ocasión), con intervención equilibrada de los tres sectores, en el marco de una economía subsumida a los valores sociales, creemos son propuestas y desafíos realmente significativos para el moderno comunitarismo desde perspectivas socioeconómicas que tengan como referente, en este caso, la particular realidad de nuestro continente latinoamericano.
Presentación
Por Chantal López y Omar Cortés
Georges Sorel (1847 - 1922), uno de los principales impulsores de la corriente del sindicalismo revolucionario, fue considerado, a principios del siglo XX, como un atrevidísimo teórico que, uniendo las concepciones de Marx, Proudhon y Bergson, alcanzó gran notoriedad.
Entre sus obras más conocidas, podemos resaltar, Reflexiones sobre la violencia escrita en 1908, y, Materiales para una teoría del proletariado, escrita en 1919.
Para desgracia de este filófoso político, sus concepciones terminarían siendo reivindicadas por las corrientes fascistas, y Georges Sorel acabaría siendo magnificado por Benito Mussolini y sus camisas negras.
Sin embargo, el ideario de Sorel despertó nuevamente intéres durante los finales de la década de 1960 en la corriente anarcomarxista, puesto que su deseo por unir los conceptos de Proudhon y Marx en la síntesis del sindicalismo revolucionario, se convierte en fehaciente prueba de ello.
Nadie sabe para quien trabaja, podría ser uno de los epitafios que caerían de maravilla sobre este filósofo que auguraba un nuevo mundo.
En el ensayo que aquí publicamos, Sorel desglosa, de manera resumida, su teoría del sindicalismo revolucionario, así como los elementos que, en su opinión, le dan solidez, siendo uno de ellos el famoso concepto de la huelga general, arremetiendo, paralelamente, contra las corrientes del socialismo parlamentario.
Para terminar diremos que, de ninguna manera, deben ser desechados apriorísticamente sus análisis y opiniones, por las simpatías que despertaron en la corriente fascista, sino, antes bien, deben ser motivo de constante reflexión por parte de todas y todos los interesados en la filosofía política.
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El sindicalismo revolucionario
Me he preguntado con frecuencia si no debía insistir en las cuestiones que había tratado, de una manera demasiado breve o demasiado superficial, en el Porvenir socialista de los Sindicatos -aprovechándome de las experiencias ocurridas desde 1897 y de los conocimientos más extensos que he adquirido de los principios del socialismo, -para dar una exposición más clara, metódica y profunda del movimiento sindical. Siempre me ha detenido la extraordinaria amplitud de los problemas que se me presentaban, cuando me ponía a reflexionar sobre estas cosas; por otra parte, estos últimos años han sido singularmente ricos en hechos imprevistos, que han venido a hacer vanas las síntesis que parecían mejor establecidas. Cuando se cree haber hallado un sistema que abarca convenientemente las comprobaciones que se juzgan más importantes, un estudio más detallado o un incidente fuerzan a abandonar todo.
No estamos aquí en presencia de fenómenos pertenecientes a géneros clásicos, de fenómenos que todo trabajador serio pueda vanagloriarse de poder observar correctamente, definir con exactitud, explicar de manera satisfactoria, utilizando principios aceptados en la ciencia. Los principios faltan aquí en absoluto; es, por lo tanto, imposible llegar a describir con precisión y claridad; a veces, hasta hay que temer un excesivo rigor de lenguaje, porque estaría en contradicción con el carácter fluente de la realidad y ese lenguaje engañaría. Debe procederse por tanteos, probar hipótesis verosímiles y parciales, contentarse con aproximaciones provisionales, para dejar siempre la puerta abierta a correcciones progresivas.
Esta impotencia relativa debe parecer muy despreciable a los grandes señores de la sociología, que fabrican, sin el menor cansancio, vastas síntesis que abarcan una seudohistoria del pasado y un futuro quimérico; pero el socialismo es más modesto que la sociología.
Mi folleto es uno de estos tanteos. Cuando lo escribí, en 1897, estaba muy lejos de saber todo lo que sé hoy; por lo demás, me proponía un fin bastante restringido: llamar la atención de los socialistas sobre el gran papel que podían estar llamados a desempeñar los sindicatos en el mundo moderno. Veía que había muchos prejuicios contra el movimiento sindical y creía que este estudio contribuiría a disipar algunos; para conseguir mi fin, debía tocar muchas cuestiones más que profundizar ninguna.
En aquella época, la idea de la huelga general era odiosa para la mayor parte de los jefes socialistas franceses, y yo creí prudente suprimir un capítulo que había consagrado a mostrar la importancia de esta concepción. Desde entonces, han ocurrido grandes cambios: en 1900, cuando reedité mi artículo, la huelga general ya no era considerada como una simple insania anarquista; hoy es sostenida por el grupo del Mouvement Socialiste. Más de una vez, Jaurés ha dado a entender que era partidario de este modo de concebir la revolución (1); esto ha sucedido cuando ha necesitado el apoyo de los sindicalistas, pero luego ha rechazado esa utopía, que no conviene a los ricos accionistas de su periódico, a los dreyfusistas de la Bolsa ni a las condesas socialistas. Lo que debe atraer nuestra atención es que Lagardelle y Berth, a quienes nadie, en el mundo socialista, gana en talento, en saber y en abnegación, han llegado, mediante la observación y la reflexión, a defender la huelga general; gracias a esto, se han convertido en Francia en los representantes más autorizados del sindicalismo revolucionario.
Quizá no está lejano el momento en que no se encuentre mejor medio de definir el socialismo que por la huelga general; entonces se verá claramente que todo estudio socialista debe hacerse sobre las direcciones y cualidades del movimiento sindical.
En la tesis de la huelga general hay que señalar tres propiedades importantes:
1º En primer lugar, expresa de un modo infinitamente claro, que el tiempo de las revoluciones políticas ha terminado, y que el proletariado se niega a dejar constituir nuevas jerarquías. Esta fórmula no sabe nada de los derechos del hombre, de la justicia absoluta, de las constituciones políticas y de los parlamentos; no niega pura y simplemente el gobierno de la burguesía capitalista, sino también toda jerarquía más o menos análoga a la burguesía. Los partidarios de la huelga general aspiran a hacer desaparecer todo lo que había preocupado a los antiguos liberales: la elocuencia de los tribunos, el manejo de la opinión pública, las combinaciones de partidos políticos. Esto sería, desde luego, el mundo al revés; pero ¿no ha afirmado el socialismo que quería crear una sociedad enteramente nueva? Más de un escritor socialista, demasiado alimentado por las tradiciones de la burguesía, no llega, sin embargo, a comprender tal locura anarquista; se pregunta lo que podría venir después de la huelga general: sólo sería posible una sociedad organizada conforme al plan mismo de la producción, es decir, la verdadera sociedad socialista.
2º Kautsky afirma que el capitalismo no puede ser abolido fragmentariamente y que el socialismo no puede realizarse por etapas. Esta tesis es ininteligible cuando se practica el socialismo parlamentario: cuando un partido entra en una asamblea de deliberación, es con la esperanza de obtener concesiones de sus adversarios; y la experiencia muestra que, en efecto, las obtiene. Toda política electoral es evolucionista, aun admitiendo que muchas veces no obliga a transigir sobre el principio de la lucha de clases. La huelga general es una manera de expresar la tesis de Kautsky de un modo concreto; hasta ahora, no se ha dado ninguna fórmula que pueda llenar el mismo oficio.
3º La huelga general no ha nacido de reflexiones profundas sobre la filosofía de la historia; ha surgido de la práctica. Las huelgas no serían más que incidentes económicos de una importancia social mínima, si los revolucionarios no interviniesen para cambiar su carácter y convertirlas en episodios de la lucha social. Toda huelga, por local que sea, es una escaramuza en la gran batalla que se llama la huelga general. Las asociaciones de ideas son aquí tan simples que basta indicárselas a los obreros en huelga para hacer de ellos socialistas. Mantener la idea de guerra, hoy que tantos esfuerzos se hacen para oponer al socialismo la paz social, parece más necesario que nunca.
Los escritores burgueses, acostumbrados a catalogar las escuelas filosóficas y religiosas por medio de algunas fórmulas breves, conceden una importancia mayor a los axiomas que se leen a la cabeza de los programas socialistas. Con frecuencia han pensado que, criticando estas oscuras declaraciones y demostrando que están vacías de sentido reducirían el socialismo a la nada. La experiencia ha mostrado que tal método no conduce a nada y que el socialismo es independiente de los supuestos principios defendidos por sus teóricos oficiales. Yo compararía a éstos con los teólogos. Un sabio católico, Eduard Le Roy, se pregunta si los dogmas de su religión suministran algún conocimiento positivo sobre algo (2); promulgados para condenar determinadas herejías, parece que se habría conseguido mucha más claridad si se hubiesen limitado a simples negaciones. Los Congresos socialistas, asimismo, harían bien en decir que rechazan ciertas tendencias que se manifiestan en los partidos; si adoptan otro sistema, es porque sus axiomas son de tal modo vagos que puede aceptarlos todo el mundo.
Se afirma con frecuencia que es menester organizar al proletariado en el terreno político y económico para conquistar el poder, con objeto de reemplazar la sociedad capitalista por una sociedad comunista o colectivista, He aquí una fórmula magnífica y misteriosa que puede entenderse de muchas maneras; pero la más sencilla de todas las interpretaciones es la siguiente: provocar la formación de asociaciones obreras, propias para crear la agitación contra los patronos; hacerse el abogado de los obreros cuando están en huelga y pesar sobre las administraciones públicas para que intervengan en favor de los trabajadores; hacerse nombrar diputado con el apoyo de los sindicalistas (3), y usar de su influencia, bien para que obtengan algunas ventajas los electores obreros, bien para que se den puestos a algunos hombres influyentes del mundo trabajador (4); en fin, lanzar de vez en cuando algún discurso resonante sobre las bellezas de la sociedad futura. Esta política está al alcance de todos los ambiciosos, y no exige que se entienda nada de socialismo para practicarla: es la de Augagneur y demás diputados socialistas que no han querido seguir en el partido socialista.
En mi opinión, no debe concederse la menor importancia a toda esta literatura. Los jefes oficiales del partido socialista se parecen, con harta frecuencia, a marinos de agua dulce a quienes el azar hubiese lanzado al gran mar y que navegasen sin saber hallar su camino en un mapa, reconocer las señales y tomar precauciones contra las tempestades. Mientras estos presuntos jefes meditan sobre la redacción de axiomas nuevos, acumulan vanidad sobre vanidad, y creen imponer su pensamiento al movimiento proletario, se encuentran sorprendidos por acontecimientos que todo el mundo espera, fuera de sus conciliábulos de sabios, y quedan estupefactos ante el menor incidente parlamentario (5).
Al mismo tiempo que los teóricos oficiales del socialismo se mostraban tan impotentes, unos hombres ardientes, animados de un sentimiento de libertad, de vigor prodigioso, tan ricos en amor al proletariado como pobres en fórmulas escolásticas, y que sacaron de la práctica de las huelgas una concepción clarísima de la lucha de clases, lanzaban el socialismo por la nueva vía que empieza a recorrer hoy (6).
El sindicalismo revolucionario turba las concepciones que se habían elaborado maduramente en el silencio del gabinete; marcha, en efecto, al azar de las circunstancias, sin cuidarse de someterse a una dogmática y dirigiendo más de una vez sus fuerzas por caminos que condenan los sabios. ¡Espectáculo desalentador para las almas nobles que creen en la soberanía de la ciencia en el orden moderno, que esperan la revolución de un vigoroso esfuerzo del pensamiento, y se imaginan que la idea dirige el mundo desde que éste se ha librado del oscurantismo clerical!
Es muy probable que se hayan perdido muchas fuerzas a consecuencia de esta táctica que, según ciertos intelectuales, merece el nombre de bárbara; pero también se ha producido mucho trabajo útil. Según prueba la experiencia superabundantemente, la revolución no posee el secreto del porvenir y procede como el capitalismo, precipitándose por todas las salidas que se le ofrecen.
El capitalismo no ha salido malparado de lo que se ha llamado su ceguera y su locura: si la burguesía hubiese escuchado a los hombres prácticos, sabios y morales, se habría horrorizado ante el desorden que creaba con su actividad industrial, habría pedido al Estado que ejerciese un poder moderador y habría seguido por una senda conservadora. Marx describe en términos magníficos la obra prodigiosa que ha sido realizada sin plan, sin jefe y sin razón: Como nadie lo había hecho antes que ella, ha mostrado de qué es capaz la debilidad humana. Ha creado otras maravillas que las pirámides de Egipto, los acueductos romanos y las catedrales góticas: ha realizado otras campañas que invasiones y cruzadas. (7).
La burguesía ha actuado revolucionariamente y contra todas las ideas que los sociólogos se forman de una actividad potente y capaz de alcanzar grandes resultados. La revolución se ha fundado en la transformación de los instrumentos de producción, hecha al azar de las iniciativas individuales; pudiera decirse que ha obrado según un modo materialista, ya que nunca la ha guiado la idea de los medios a emplear para conseguir la grandeza de una clase o un país. ¿Por qué no podría seguir el mismo camino el proletariado y marchar hacia adelante sin imponer ningún plan ideal? Los capitalistas, en su furor innovador, no se ocupaban lo más mínimo de los intereses generales de su clase o su patria; cada uno de ellos consideraba únicamente el mayor beneficio inmediato. ¿Por qué los sindicatos han de subordinar sus reivindicaciones a altos intereses de economía nacional y no se han de aprovechar todo lo posible de sus ventajas cuando las circunstancias les son favorables? El poder y la riqueza de la burguesía se basaban en la autonomia de los directores de empresa. ¿Por qué no se ha de basar la fuerza revolucionaria del proletariado en la autonomía de las rebeliones obreras?
En efecto, el sindicalismo revolucionario concibe su papel de esta manera materialista, calcada en cierto modo sobre la práctica del capitalismo. Saca partido de la lucha de clases, como el capitalismo lo había sacado de la concurrencia, empujado por un vigoroso instinto de producir una acción mayor de lo que permiten las condiciones materiales. Los individuos que se precian de conocer la ciencia social y la filosofía de la historia, se muestran muy desconfiados al ver manifestarse instintos tan indisciplinados; se preguntan, con una inquietud a veces cómica, adónde conducirá semejante barbarie; se preocupan de prever las reglas que el proletariado deberá adoptar cuando las fuerzas difusas de la revolución se concentren, se organicen y tengan necesidad de órganos reguladores. Hay en toda esta actitud de los doctos infinita ignorancia.
No he de recordar a los compatriotas de Vico lo que este gran genio ha escrito sobre las condiciones en medio de las cuales se producen los ricorsi, estos sobrevienen cuando el alma popular vuelve a estados primitivos; cuando todo es instructivo, creador y poético en la humanidad. Vico encontraba en la Edad Media la ilustración más firme de su teoría; los comienzos del Cristianismo serían incomprensibles si no se supusiese, en los discípulos entusiastas, un estado análogo al de las civilizaciones arcáicas. El socialismo no puede aspirar a renovar el mundo si no se forma de la misma manera.
No nos asombra, pues, ver a las teorías socialistas caer unas después de otras, mostrarse tan débiles cuando el movimiento proletario es tan fuerte; entre ambas cosas no hay más que un lazo artificial. Las teorías han nacido de la reflexión burguesa (8); se presentan, por lo demás, como perfeccionamientos de filosofías éticas o históricas, elaboradas en una sociedad que ha llegado, desde hace mucho, a los grados más altos de intelectualismo; estas teorías nacen, pues, ya viejas y decrépitas. A veces dan la ilusión de una realidad que les falta, porque expresan con fortuna un sentimiento accidentalmente unido al movimiento obrero y se deshacen tan pronto como ese accidente desaparece. El sindicalismo revolucionario que no toma nada del pensamiento burgués, tiene, en cambio, el porvenir abierto ante sí.
El sindicalismo revolucionario encarna, a la hora presente, lo que hay en el marxismo de verdadero, de profundamente original, de superior a todas las fórmulas: a saber, que la lucha de clases es el alfa y omega del socialismo; que no es un concepto sociológico para uso de los sabios, sino el aspecto ideológico de una guerra social emprendida por el proletariado contra todos los jefes de industria; que el sindicato es el instrumento de la guerra social.
Con el tiempo, el socialismo sufrirá la evolución que le imponen las leyes de Vico: deberá elevarse por encima del instinto y hasta puede decirse que esto ha comenzado ya; el marxismo rejuvenecido y profundo que defienden en Francia Lagardelle y Berth, en Italia valerosos escritores, en medio de los cuales brilla Arturo Labriola, es ya el producto de tal evolución. La sabiduría y profunda inteligencia de estos jóvenes marxistas, se manifiestan en que no pretenden anticiparse al curso de la historia y tratan de comprender las cosas a medida que se producen.
Yo quisiera llamar ahora muy brevemente la atención sobre algunas de las dificultades más graves que presenta el sindicalismo revolucionario.
a) Hemos partido de la idea de que el sindicalismo persigue una guerra social, pero se nos objeta que la guerra no puede ser considerada, a la hora presente, como el régimen normal de los pueblos civilizados; la guerra no es más que un incidente y todos los esfuerzos de la gente razonable tienden a hacer este incidente más caro y menos temible. ¿Por qué no introducir la acción diplomática en la guerra social, para conseguir la paz?
Hay una gran diferencia entre la guerra de los Estados y la de las clases. Ninguna potencia aspira ya a la monarquía universal, todas fundan su política en un ideal de equilibrio; de este modo, los conflictos se hacen muy limitados y la paz puede resultar de concesiones recíprocas. El proletariado, en cambio, persigue la ruina completa de sus adversarios y determina la noción de equilibrio por la propaganda socialista; las huelgas no pueden originar una verdadera paz social.
Cuando los sindicatos se hacen muy grandes, les ocurre lo mismo que a los Estados: los estragos de la guerra son entonces enormes, y los directores vacilan en lanzarse a aventuras. Muchas veces los defensores de la paz social han confesado que desearían que las organizaciones obreras fuesen muy poderosas para que de este modo estuvieran condenadas a la prudencia. Así como entre los Estados estallan a veces guerras de tarifas, que terminan por lo general en tratados de comercio, del mismo modo, el establecimiento de acuerdos entre grandes federaciones patronales y obreras, podría poner término a los conflictos sin cesar renacientes. Estos acuerdos, como los tratados de comercio, tenderían a la prosperidad común de los dos grupos, sacrificando algunos intereses locales. Al mismo tiempo que se hacen prudentes, las federaciones obreras grandes llegan a considerar las ventajas que les procura la prosperidad de los patronos y a tener en cuenta los intereses nacionales. El proletariado se ve así arrastrado a una esfera extraña a él, se transforma en el colaborador del capitalismo; la paz social parece próxima a convertirse en el régimen normal.
El Sindicalismo revolucionario conoce esta situación tan bien como los pacificadores y teme las centralizaciones fuertes; actuando de una manera difusa, puede mantener en todas partes la agitación huelguística: las guerras largas han engendrado o desarrollado la idea de patria; la huelga local y frecuente no cesa de rejuvenecer la idea socialista en el proletariado, de fortalecer los sentimientos de heroismo, de sacrificio y de unión, y de mantener siempre viva la esperanza de la revolución.
b) Se ha hecho observar que las antiguas revoluciones no han sido pura y simplemente guerras, sino que han servido para imponer sistemas jurídicos nuevos. ¿A qué puede tender la nueva revolución social?
Ya he dicho que las fórmulas teóricas oficiales del socialismo son muy poco satisfactorias; mas si se parte de la idea sindicalista, se ve uno naturalmente conducido a considerar la sociedad bajo un aspecto económico: todas las cosas deben reducirse al plano de un taller que marcha con orden, sin perder el tiempo y sin dejarse guiar por el capricho.
Si el socialismo aspira a transportar a la sociedad el régimen del taller, nunca se concederá bastante importancia a los progresos que se hacen en la disciplina del trabajo, en la organización de los esfuerzos colectivos, en el funcionamiento de las direcciones técnicas. En las buenas costumbres del taller está evidentemente la fuente de donde saldrá el derecho futuro; el socialismo herederá no sólo los instrumentos que hayan sido creados por el capitalismo y la ciencia que haya nacido del desarrollo técnico, sino también los procedimientos de cooperación que a la larga se habrán constituído en las fábricas, para sacar el mejor partido posible del tiempo, de las fuerzas y aptitudes de los hombres.
Estimo, en consecuencia, muy lamentables ciertos consejos que se han dado, más de una vez, a los obreros para desperdiciar el trabajo; el sabotaje es un procedimiento del antiguo régimen y no tiende en modo alguno a orientar a los trabajadores en el camino de la emancipación. En el espíritu popular quedan aún numerosas supervivencias lamentables de este género, que el socialismo debía hacer desaparecer.
c) Es evidente que en una sociedad las relaciones de los hombres no pueden estar reguladas únicamente por la guerra; en nuestros países democráticos, sobre todo, infinitas complicaciones hacen imposible mantener el estado de guerra en todos los dominios. Examinemos sumariamente los principales terrenos en los cuales se efectúa la unión:
1° Cuando se habla de la democracia, hay que preocuparse menos de las constituciones políticas que de lo que ocurre en las masas populares: la difusión de la prensa, la pasión con que el público se interesa por los acontecimientos y la influencia que la opinión pública ejerce sobre los gobiernos; he aquí lo que debemos tener en consideración. Todo lo demás, es secundario o no sirve sino de auxiliar a esta organización de la voluntad general. La experiencia enseña que la clase obrera no es la menos ardiente en tomar partido sobre cuestiones que no tienen ninguna relación con sus intereses de clase: leyes que tocan a las libertades, resistencia que determinadas Ligas oponen a los abusos, política exterior, anticlericalismo. Ha podido, pues, decirse que la democracia borra las clases. Más de una vez, los jefes de los partidos socialistas han tratado de encerrar al proletariado en el círculo de un magnífico aislamiento; pero las tropas no han seguido mucho tiempo a sus jefes. Las más sabias proclamas sobre el deber de los trabajadores resultan letra muerta cuando la emoción es demasiado viva. El asunto Dreyfus es bastante reciente para que sea necesario insistir.
2° Los Parlamentos no cesan de hacer leyes para la protección de los trabajadores; los socialistas se esfuerzan por conseguir que los tribunales inclinen su jurisprudencia en un sentido favorable a los obreros; la prensa socialista trata en todo momento de conmover a la opinión burguesa, apelando a los sentimientos de bondad, de humanidad, de solidaridad; es decir, a la moral burguesa. Los antiguos utopistas que esperaban una reforma social de la benevolencia o de las luces de los capitalistas mejor informados, han sido motivo de befa; y hoy parece que el socialismo recobra la vieja rutina y que solicita la protección de la clase que, con arreglo a su teoría, es la enemiga irreconciliable del proletariado. Los radicales hacen avances en el sentido de la legislación social, con la esperanza de que desaparezcan ciertos estados agudos que constituyen, en su opinión, la única razón de ser del socialismo. Los católicos sociales siguen el mismo camino, porque exigen de los ricos el cumplimiento del deber social.
Los socialistas no se han dado aún exacta cuenta de lo que produce esta política (9): no parece dudoso que haya tenido por consecuencia desarrollar el espíritu pequeño-burgués en muchos hombres elevados a puestos de responsabilidad por la confianza de sus compañeros.
3° El proletariado moderno está sediento de instrucción. La Iglesia ha creído que podría conquistar una gran influencia sobre su espíritu mediante la escuela; el Estado, en Francia, le disputa a la Iglesia con encarnizamiento la clientela obrera. Empero, se tendría una idea muy inexacta de la influencia ideológica de la burguesía, si nos atuviésemos a las estadísticas escolares; el proletariado está bajo la dirección de una ideología extraña, gracias al libro sobre todo. Muchas veces se ha deplorado que no haya una buena literatura socialista; pero en Francia, por lo menos, esta literatura es prodigiosamente débil y Ia gran prensa socialista está en manos de burgueses que hablan sin pies ni cabeza de todas las cosas que ignoran.
Cuando se reflexiona sobre estos hechos, se ve uno obligado a reconocer que la fusión de las clases sociales por los católicos sociales y los radicales, no es quizá una quimera tan absurda como pudiera pensarse de primera intención: no sería imposible que el socialismo desapareciese por un fortalecimiento de la democracia, si el sindicalismo no estuviera ahí para oponerse a la paz social. La experiencia porque acabamos de pasar en Francia de gobiernos deseosos de dar amplias satisfacciones a la clase obrera, no es bastante para hacer pensar que estas tentativas, por hábiles y audaces que sean, puedan vencer las dificultades que el sindicalismo revolucionario opone a la paz social; a medida que la democracia avanza, los sindicalistas han alzado el tono de la lucha y el resultado más seguro de esta experiencia parece ser el siguiente: que el instinto de guerra se ha fortalecido en la misma proporción en que la burguesía ha hecho concesiones en vista de la paz.
En mi estudio de 1897 había examinado el sindicalismo de un modo abstracto; quería en aquella época mostrar la gran variedad de recursos que contiene. Mas para estudiar a fondo el sindicalismo revolucionario actual, habría que limitarse a examinar lo que ocurre en un solo país. Las tradiciones nacionales constituyen un elemento considerable en la organización obrera y esta verdad, que nunca se repetirá bastante, aparece aquí con una claridad particular.
No sé si me engaño, pero se me antoja que Italia ofrece un terreno singularmente favorable a la extensión del nuevo socialismo. Posee hoy algunos de los mejores representantes de la doctrina revolucionaria, quizá los que a la hora presente la defienden con mayor autoridad; tiene órganos concebidos con un espíritu excelente, desde el punto de vista socialista, como la Avanguardia y el Divenire. Sería interesante indagar si toda la historia italiana no es el soporte de este movimiento.
El instinto de revolución total es antiguo en Italia y ha podido adoptar aspectos muy distintos; hoy, presta a la idea de huelga general una popularidad que no tiene en los demás países. El espíritu local permanece vivo, y el sindicalismo, por consiguiente, tal vez no está tan amenazado por el burguesismo de las grandes Federaciones como en Francia. La lucha de clases pudiera muy bien tomar en Italia sus formas más espléndidas, y el progreso del sindicalismo italiano deberá ser seguido con atención por todos los socialistas.
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Notas
(1) En el Congreso de París, en 1900, había votado en favor de la moción favorable a la huelga general, según el informe analítico oficial; pero, según la copia estenográfica, se habría abstenido.
(2) Eduard Le Roy: Qu'est-ce qu'un dogme? pp. 17-18. I (Tomado de la Quinzaine del 15 de Abril de 1906).
(3 En el Socialiste del 14 de septiembre de 1902, se quejan de que el secretario del sindicato ferroviario y los individuos más sobresalientes de esta asociación hayan trabajado, durante las elecciones, por los candidatos gubernamentales.
(4) En el Socialiste del 24 de febrero de 1901, se ve que el secretario de la Bolsa de Trabajo de Limoges, ha sido nombrado, gracias a la protección de Millerand, para un empleo de 5700 francos por año.
(5) Nada iguala la ingenuidad de nuestros socialistas imaginándose que Millerand no aceptaría una cartera ministerial, sino después de la revolución social, cuando todo el mundo, en la Cámara, sabía que corría tras de un ministerio.
(6) A este renacimiento del socialismo estará ligado, en Francia, el nombre de Fernand Pelloutier, que ha tomado una parte tan activa en la organización de las Bolsas del Trabajo, y que ha muerto antes de haber visto el resultado de la obra a que se había consagrado en cuerpo y alma.
Para muchos socialistas oficiales, Pelloutier fue solamente un oscuro periodista; ¡de tal modo ignoran la verdad sobre el movimiento obrero! El pobre y abnegado servidor del proletariado murió en un estado de miseria en 1901.
(7) Manifiesto comunista.
(8) Exceptúo aquí qué hay de esencial en el marxismo.
(9) Generalmente, los socialistas llaman a la legislación social derecho obrero; error análogo a aquél en que habrían incurrido los autores antiguos si hubiesen llamado derecho burgués al conjunto de reglas relativas a las relaciones que existían entre los señores feudales y los campesinos; la legislación social está fundada en la noción de sangre. Debería llamarse derecho obrero a las reglas que se refieren a todo el cuerpo de trabajadores, y que pueden, perfeccionándose, convertirse en el derecho futuro.
03/09/2005
Vicente Verdú
En los mall, el tiempo no existe. En estos templos del comercio, ningún reloj debe distraer la pulsión consumista.
Concebidos como galaxias de iluminación perenne, los centros comerciales desempeñan en la cultura de nuestro tiempo la función múltiple de un paraíso sin Dios, un ámbito sin tiempo, una estancia absoluta o sin referencias. El centro comercial es el punto central del entretenimiento y su éxito más alto consiste en promover la fantasía de haber dejado de existir en alguna parte sin llegar a morir nunca. Con su hilo musical que no alcanza a ser música, con su ambientación que no alcanza a ser clima, con su horario interminable, este espacio bruñido es la metáfora del viaje feliz a ningún destino, la vacación perfecta.
Frente al escenario de la ciudad laboral, el centro comercial actúa como un paraje donde se reproduce incesantemente el universo de la vacación, recinto donde el tiempo nunca adquiere una dimensión de castigo y las sensaciones actúan en el sentido de la seducción, la oferta, el halago, la recompensa y nunca de la penitencia, el castigo, el deber. Las calles de los centros comerciales son circuitos orientados al entretenimiento o al placer, tal como se trata que suceda en las vacaciones. El mayor centro comercial del mundo, el West Edmonton, en Canadá, ocupa un terreno equivalente a 100 campos de fútbol y su estructura cubierta alberga, según Jeremy Rifkin (La era del acceso)1 al mayor parque de atracciones del mundo, el mayor parque acuático del mundo, un campo de golf, 800 tiendas, 11 grandes almacenes, 110 restaurantes, una pista de patinaje sobre hielo, 13 clubes nocturnos y 20 cines (ver recuadro).
El primer mall abierto fue proyectado en 1924 por J. Nichols, en Kansas City y se convirtió en el prototipo de los que se inauguraron después de la Segunda Guerra Mundial, con su arquitectura mediterránea, sus fuentes de azulejos y sus balcones de hierro forjado. En la actualidad, en todos los centros comerciales cunden las fuentes y las cascadas, las plantas tropicales, los enlosados marinos, los horizontes de mármol, las melodías de moda. Una red de correlaciones entre la vacación y el centro comercial alivia la desesperanza de un tiempo reglamentado.
En los centros comerciales no hay relojes, no existe la impaciencia del tiempo productivo. A la profundidad espacial de la naturaleza libre, el mall responde con una cavidad iluminada sin principio ni fin, articulada como una cinta de Moebius. En su interior el tiempo se pulveriza y todo lo que queda es sustancia espacial amenizada.
El estadounidense medio, explica el sociólogo William Kowinski en The malling of America, visita un centro comercial cada diez días y pasa allí más de una hora y cuarto; la razón que más a menudo arguye para realizar esta peregrinación es el deseo de “entretenimiento”. De hecho, se habla de los centros comerciales del futuro como de “destinos de entretenimiento” en los que la gente se deshace del peso de la identidad. Al centro comercial de Minessota Mall of America, hasta hace poco el mayor del mundo, acuden cada año más de 45 millones de visitantes con excursiones organizadas incluso desde Australia y el lugar se ha convertido en una suerte de recinto sagrado al estilo de los que trataba Mircea Eliade. Atrae a la manera de La Meca o el Vaticano, a donde es preciso acudir al menos una vez en la vida.
Ser trabajador es la parte prosaica de la existencia, pero ser consumidor es su parte más potencialmente poética o simbólica. Mientras en el trabajo común se reclama ser realista y pragmático, el consumo estimula todos los sueños. Incluido, por tanto, el sueño de la salvación: la liberación del espacio y del tiempo.
Nada parece acechar contra ese mundo amurallado; su realidad se encuentra cercada por servicios de seguridad y vigilada por la multiplicación de las videocámaras. La misión de los arquitectos y diseñadores, escribe otro sociólogo, Peter Hemingway, ha consistido en ofrecer “un sueño acaramelado donde se pueda comprar, jugar y experimentar sin necesidad de salir al exterior; y donde se pueda cambiar de experiencia como de canal de televisión siendo la tarjeta de crédito el ábrete sésamo para todo”.
Altavoces, videocámaras, magnetoscopios y monitores participan de un entramado que tiene como objetivo presentar un universo que ha alcanzado la total autonomía. Entre sus muros puede ser primavera independientemente de la gran nevada callejera, otoño al margen de la temperatura estival a la intemperie. El tiempo carece de valor real y es sólo un signo o pretexto de la moda. Sus diferentes parcelas pueden parecer Tailandia, el Tirol, China o Canadá, porque su espacio se ha convertido en un universo travestido como lo es, en síntesis, el mundo del paraíso. En Scottsdale (Arizona) el Borgata reproduce al aire libre del desierto el pueblo toscano de San Gimignano y en Connecticut, el Olde Mistic Village es el duplicado de la calle principal de una localidad de Nueva Inglaterra a principios del siglo XVII. La cultura de la copia, propia de la sociedad global, se emparenta con el centro comercial en su estrategia de hacer desaparecer la topología y la cronología. En la ceremonia inaugural del mall canadiense de West Edmonton, uno de sus promotores, Nader Ghermezion, dijo: “Nuestro proyecto significa que ya no tenéis que ir a Nueva York, París, Disneylandia o Hawai. ¡Os lo podemos ofrecer todo aquí!”.
Todo lo allí reunido, mimetizado, es réplica de lo mejor de todos los mundos, es selección global de lo mejor de lo global. Si cualquiera de los pequeños comercios de la ciudad debe escoger su lugar más conveniente en el mapa urbano de acuerdo con unos mandatos de la historia y de la geografía, el centro comercial prescinde de la historia espacial y de toda la historia. La inspiración de su emplazamiento obedece sólo a la velocidad con que se puede acceder a él.
El mismo centro se renueva y cambia de fisonomía sin cesar, en un proceso de presente continuo o en un sortilegio por el cual elude la dureza de la muerte. El centro comercial se comporta así como un espacio extraorbital: alveolo o esfera de alto poder en el imaginario social, tan alto en el simbolismo social y político que los terroristas buscan asestar un golpe directo contra la paz cuando eligen el centro comercial como objetivo. Con su bomba en él atentan contra la síntesis contemporánea del sueño ciudadano. En esta “nave espacial” se han condensado todos los elementos benévolos y ociosos de la gran ciudad. El mundo del trabajo, de la enfermedad o de la represión ha sido extirpado de ella, y sólo queda el ocio ungido, la facultad de comprar.
Independiente, extraorbital, sin limitación horaria, sin cárceles, aromatizado, tropicalizado, abrillantado, el centro comercial remeda el país perfecto. La mañana se intercambia con la tarde, los domingos con los lunes, China por Argentina, Roma por Nueva York, los artículos abundan y no dejan de renovarse en una rueda de progresión constante mientras se exhiben como objetos óptimos. Ante ellos, el visitante es invitado a participar en esta copiosidad como si se zambullese en el mar de las vacaciones. Comprar, sumergirse, desaparecer, olvidarse, olvidar, se confunde con la última pasión de nuestro tiempo.
1. La era del acceso - La revolución de la nueva economía, Paidós, 2000.
Cuando Pedro Kropotkin regresó a Rusia después de la revolución, Lenin concibió la esperanza de atraerlo a la causa bolchevique, para lo cual le demostró amistad y respeto. En los primeros momentos, como la mayoría de los anarquistas rusos, Kropotkin abrigó algunas esperanzas sobre la decencia de los bolcheviques, pero bien pronto, a la par que los demás compañeros, pudo apercibirse de lo infundadas que fueron aquellas esperanzas. Y así, alarmado por el giro dictatorial que tomaba la Revolución en manos de los comunistas autoritarios, escribió a Lenin las siguientes consideraciones:
“Viviendo en el centro de Moscú, no puede conocer usted la situación verdadera del país. Tendría que encontrarse en provincias, en estrecho contacto con las gentes, participando de sus anhelos, sus trabajos y sus calamidades: con los hambrientos –adultos y menores-, soportando los inconvenientes sin fin que se presentan incluso para proveerse de una miserable lámpara de petróleo... Y las conclusiones a que llegaría, podrían resumirse en una sola: la necesidad de abrir el camino hacia unas condiciones de vida más normales. Si no, esto no tardará en conducirnos a una sangrienta catástrofe. Ni las locomotoras de los aliados, ni la exportación de granos, de algodón, lino, cobre u otras materias de las cuales tenemos gran necesidad, podrán salvar a la población.
“Hay, en cambio, una verdad: aunque la dictadura de un partido constituyese un medio útil para combatir al régimen capitalista –de lo que dudo bastante-, esa misma dictadura es completamente nociva en la creación de un orden socialista. Necesariamente, el trabajo tiene que hacerse a base de las fuerzas locales, y eso, hasta ahora, ni ocurre ni se estimula por ningún lado. En su lugar, se encuentran a cada paso individualidades que no han conocido nunca la vida real, y cometen los mayores errores, ocasionando la muerte de millares de personas y arruinando regiones enteras.
“Sin la participación de las fuerzas locales, sin la labor constructiva de abajo a arriba, ejecutada por los obreros y todos los ciudadanos, la edificación de una nueva vida es imposible.
“Una obra semejente podría ser acometida por los soviets, por los consejos locales. Pero Rusia, hay que decirlo, no es ya una república soviética sino de nombre. La influencia y el poder de los hombres del partido, que son frecuentemente advenedizos en el comunismo –los devotos de la idea están, sobre todo, situados en el centro-, han aniquilado la influencia verdadera y la fuerza de aquellas instituciones prometedoras: los soviets. Ya no hay soviets, repito, sino comités del partido que hacen y deshacen en Rusia. Y su organización adolece de todos los males del funcionarismo.
“Para salir del desorden actual, Rusia tiene que volver al espíritu creador de las fuerzas locales, que, se lo aseguro, son las únicas capaces de desarrollar los factores de una vida nueva. Y cuanto antes se comprenda, mejor será. Las gentes se dispondrán a aceptar más fácilmente las nuevas formas de organización social. Pero si la situación actual se prolonga, la misma palabra socialismo se convertiá en una maldición, como ha ocurrido en Francia con la idea igualitaria durante los cuarenta años que siguieron al gobierno de los jacobinos.
Pedro Kropotkin
Dimitrov, 4 de marzo de 1920.
Tomado de la Enciclopedia Anarquista, editada en 1971 en México D.F. por el grupo Tierra y Libertad.
17/07/2005
Alain de Benoist
[Traducción de C. G.]
"Los defensores de todo tipo de régimen gustan decir que el suyo es una democracia" escribió George Orwell (1). Este no parece ser un fenómeno reciente. Guizot remarcaba en 1849: "tan poderoso es el atractivo de la palabra democracia, que ningún gobierno o partido desea existir sin inscribir esta palabra en su bandera." (2) Esto es mas cierto hoy que antes. No todos son demócratas, pero todos pretenden serlo. No existe ninguna dictadura que no se considere como una democracia. Los antiguos países comunistas del Este de Europa no solo se describían como democráticos, según sus constituciones; (3) sino que se presentaban como las únicas democracias reales frente a los democracias "formales" de Occidente.
La casi unanimidad del uso de la palabra democracia da un contenido moral y casi religioso a la noción de democracia, que impide cualquier discusión. Muchos autores han reconocido este problema. Así, T.S. Eliot declaro en 1939: "Cuando una palabra adquiere un carácter universalmente sagrado . . . como hoy lo tiene la palabra democracia, yo comienzo a preguntar, si, por todo lo que intenta significar, aún significa algo?" (4) Bertrand de Jouvenel fue mas explícito: "la discusión sobre la democracia, los argumentos a su favor o en su contra, muestran frecuente un grado de vacío intelectual, porque no esta claro sobre lo que se discute." (5) Giovanni Sartori agrego en 1962: "La democracia podría ser definida como un nombre grandilocuente para algo que no existe." (6) Julien Freund decía, en un tono similar: "Declararse demócrata significa poco, porque uno puede ser un demócrata en una forma contradictoria: ya sea en la forma de los norteamericanos y los ingleses, o como los comunistas congoleños, cubanos y del Este de Europa. Es perfectamente natural que bajo tales circunstancias yo rechace ser un demócrata, porque mi vecino podría ser un simpatizante de las dictaduras mientras que invoca para si la palabra democracia" (7)
Así podemos ver que la propagación universal del termino democracia no contribuye mucho a la clarificación del significado de la democracia. Por lo que, indudablemente, necesitamos ir mas allá.
La primera idea que necesita ser abandonada, una idea aún mantenida por algunos, es que la democracia es un producto especifico de la era moderna, y que la democracia corresponde a un "estadio superior" en la historia de los regímenes políticos. (8) Eso no parece substanciado por los hechos. La democracia ni es mas "moderna" o "evolucionada" que otras formas de gobierno. Gobiernos con tendencias democráticas han existido a lo largo de la historia. Notamos que la perspectiva lineal usada en ese tipo de análisis puede ser particularmente engañosa. La idea del progreso, cuando es aplicada a un régimen político, parece vacia de significado. Si uno subscribe ese tipo de razonamiento lineal, es fácil avanzar el argumento del carácter "auto-evidente" de la democracia, que según los liberales, aparece "espontáneamente" en el plano político así como el mercado coincide "espontáneamente" con la lógica de la oferta y la demanda. Jean Baechler nota: "Si aceptamos la hipótesis de que los hombres, como especie animal, aspiran espontáneamente a un régimen democrático que les promete seguridad, prosperidad y libertad, debemos también concluir que en el momento en que esos requisitos hayan sido cumplidos, la experiencia democrática emerge automáticamente, sin necesitar siquiera el marco de las ideas." (9)
¿Cuales son exactamente esos "requisitos" que producen democracia en la misma forma que el fuego causa el calor? Ellos deben ser sujetos a un cuidadoso examen.
A diferencia de Oriente, el despotismo absoluto ha sido siempre raro en Europa. Ya fuese en la Roma antigua o en la Iliada de Homero, en la India vedica, o entre los hititas, uno puede observar la existencia de asambleas populares, militares o civiles. Usualmente, en las sociedades indoeuropeas los reyes eran electos; de hecho, todas las antiguas monarquías fueron, en primer lugar, monarquías electivas. Tácito relata que entre los germanos, los jefes eran elegidos tomando en cuenta su valor, y los reyes según su origen noble (reges ex nobilitate duces ex virtute sumunt). En Francia, por ejemplo, la corona fue tanto electiva como hereditaria. Fue solo con Pipino el Breve que el Rey fue elegido dentro de la misma familia, y solo fue después de Hugo Capeto que el principio de primogenitura fue adoptado. En Escandinavia, el Rey era electo por una asamblea provincial; y esa elección tenia que ser confirmada por las otras asambleas nacionales.
Entre los pueblos germánicos la practica del "escudamiento" o alzar al nuevo rey en los escudos de sus soldados, estaba muy extendida. (10) El sacro emperador romano también era elegido y no debe ser negada la importancia de los electores de príncipes en la historia de Alemania. Fue solo con el comienzo del siglo doce que en Europa la monarquía electiva dio lugar a la monarquía hereditaria. Hasta la Revolución Francesa, los reyes gobernaron con la ayuda de parlamentos que poseían considerables poderes ejecutivos. En casi todas las comunidades europeas era el status de hombre libre que confería derechos políticos al ciudadano. Los "ciudadanos" eran miembros constitutivos de comunas populares libres, que, entre otras cosas, poseían sus propias constituciones municipales, y los gobernantes soberanos eran rodeados por consejos en el proceso de decisión. Es más, la influencia de la ley de la costumbre en la practica judicial era un índice de la "participación" popular en la definición de las leyes. En pocas palabras, no se puede decir que las viejas monarquías europeas estuvieran exentas de legitimidad popular.
El parlamento mas antiguo en Europa, el althing, la asamblea federal de Islandia, cuyos miembros se reunían anualmente en el paraje inspirador de Thingvellir, apareció en el 930 D.C. Adam von Bremen escribió en 1076: "Ellos no tienen rey, solo las leyes." El thing o parlamento local, designaba tanto una locación como a la asamblea donde los hombres libres con iguales derechos políticos se reunían en una fecha fija para legislar e impartir justicia.(11) En Islandia, los hombres libres disfrutaban de dos privilegios inalienables: el derecho a portar armas y a tener una plaza en el thing. "Los islandeses," escribe Frederick Durand "crearon y experimentaron lo que podríamos llamar en una analogía sugestiva pero incierta una Hellas nórdica, es decir, una comunidad de hombres libres que participaban activamente en los asuntos de su comunidad. Esas comunidades eran bien cultivadas y productivas intelectualmente, y, además, estaban unidas por lazos basados en la estima y el respeto." (12)
"La democracia escandinava es muy antigua y podemos trazar sus orígenes a la era vikinga", observa Maurice Gravier.(13) En todo el norte de Europa esta tradición "democrática" estuvo arraigada en un fuerte sentimiento comunitario, en una propensidad a "vivir juntos" (zusammenleben), que constantemente postulo la primacía del interés común por encima del individual. Tal democracia, típicamente, incluía una cierta estructura jerárquica, que explica porque deberíamos describirla mejor como una "aristo-democracia." Esta tradición, basada también en el concepto de asistencia mutua y en un sentido de responsabilidad común, permanece viva en muchos países hoy, por ejemplo, en Suiza.
La creencia en que el pueblo era originalmente el poseedor del poder fue común a lo largo de la Edad Media. Mientras el clero se limito a la proclamación del omnis potestas a Deo, otros teóricos argumentaron que el poder podía emanar de Dios solo por medio de la intercesión del pueblo. La creencia en el "poder de derecho divino" debe ser vista, por consiguiente, en una forma indirecta, y no excluyente de la realidad del pueblo. Así, Marsilio de Padua no dejo de proclamar el concepto de soberanía popular; y él lo hizo así para defender la supremacía del emperador (en aquel tiempo, Ludwig de Bavaria) por encima de la Iglesia. La idea de relacionar el principio del pueblo con sus lideres fue enfatizada en la formula populus et proceres (el pueblo y los nobles), que aparece frecuentemente en los textos antiguos.
Aquí debemos recordar las tendencias democráticas evidentes en la antigua Roma,(14) las repúblicas de la Italia medieval, las comunas francesas y flamencas, las municipalidades hanseaticas y los cantones libres suizos. Notemos también el antiguo boerenvrijheid (libertades campesinas) que prevaleció en las provincias frisonas medievales y cuyo equivalente podía ser encontrado a lo largo del Mar del Norte, en los Países bajos, en Flandes, Escandinavia, Alemania, Austria y Suiza. Finalmente, es necesario mencionar la existencia de importantes movimientos comunales basados en estructuras corporativas libres, cuya función era proporcionar ayuda mutua y proseguir ciertos objetivos económicos y políticos. A veces esos movimientos chocaban con el Rey y la Iglesia, siendo apoyados por la creciente burguesía. Otras veces, sin embargo, los movimientos comunales apoyaban a la monarquía en su lucha contra los señores feudales, contribuyendo así al avance de la burguesía mercantil. (15)
En realidad, la mayoría de los regímenes políticos a lo largo de la historia pueden ser calificados como mixtos. "Todas las antiguas democracias," escribe François Perroux, "estuvieron gobernadas por una aristocracia de facto o de jure, a menos que estuviesen gobernadas por un principio monárquico."(16) Según Aristóteles, la constitución de Solon era oligárquica por su Areopago, aristocrática por sus magistrados y democrática por la composición de sus tribunales. Combinaba las ventajas de cada tipo de gobierno. Igualmente, Polibio argumenta que Roma fue, en vista del poder de sus cónsules, una monarquía electiva; respecto a los poderes del Senado, una aristocracia; y por los derechos el pueblo, una democracia. Cicero, en su De la Republica, avanza un argumento parecido. La Monarquía no necesita excluir a la democracia, como lo muestra el ejemplo de las monarquías constitucionales y parlamentarias contemporáneas de hoy. Después de todo, fue la monarquía francesa que en 1789 convocó los Estados Generales. "La democracia en el mas amplio sentido," observo el Papa Pio XII, "puede ser realizada tanto en las monarquías como en las repúblicas." (17)
La experiencia de los tiempos modernos demuestra que ni el gobierno ni las instituciones necesitan jugar un papel decisivo en la conformación de la vida social. Tipos comparables de gobierno pueden enmascarar tipos diferentes de sociedades, mientras que formas diferentes de gobierno pueden cubrir realidades sociales idénticas. (Las sociedades occidentales tienen hoy una estructura extremadamente homogénea, a pesar de que sus instituciones y constituciones manifiestan diferencias sustanciales).
Así que ahora la tarea de dar definición a la democracia parece incluso mas difícil. El acercamiento etimológico tiene sus limitaciones. Según su significado original, la democracia significa "el poder del pueblo." Sin embargo, este poder puede ser interpretado en formas diferentes. El acercamiento mas razonable, por consiguiente, parece ser el acercamiento histórico, que explica a la democracia "genuina" como el primero de todos los sistemas políticos del que los pueblos antiguos inventaron tanto su definición como su manifestación real.
El termino de democracia no apareció en el pensamiento político moderno hasta el siglo dieciocho. Incluso su mención fue esporádica, asociada frecuentemente con una connotación negativa. Antes de la Revolución Francesa, la mayoría de los mas "avanzados" filósofos fantaseaban sobre regímenes mixtos que combinaban las ventajas de una monarquía "ilustrada" y de la representación popular. Montesquieu reconoció que un pueblo podía tener el derecho a controlar, pero no a gobernar. Ninguna constitución revolucionaria declaro haber sido inspirada por principios "democráticos." Robespierre fue, de hecho, una rara persona en aquella época, porque al final de su mandato, explícitamente menciono a la democracia (lo que no contribuyo, sin embargo, al fortalecimiento de su popularidad en los años futuros), un régimen que él definió como una forma representativa de gobierno, es decir: "Un estado en el que el pueblo soberano, guiado por las leyes que son de su propia autoria, hace por si mismo lo que puede hacer bien, y por medio de sus delegados todo lo que no puede hacer por si mismo." (18)
Fue en los Estados Unidos que la palabra democracia se difundió por primera vez, notablemente, cuando la noción de "república" era enfrentada a la noción de "democracia." Su uso se volvió común a comienzos del siglo diecinueve, especialmente con el advenimiento de la democracia Jacksoniana y el establecimiento del Partido Demócrata. La palabra, entonces, volvió a cruzar el Atlántico otra vez y se implanto fuertemente en Europa, a beneficio de los debates constitucionalistas que ocurrieron en la primera mitad del siglo diecinueve. El libro de Tocqueville "Democracia en América", cuyo éxito fue considerable, hizo del termino una palabra popular.
La influencia del legado de la antigua democracia era bastante débil, pese a las numerosas citaciones, que, inspiradas por la Antigüedad, adornaron el discurso político y filosófico del siglo dieciocho. Los filósofos parecían mas obsesionados con el ejemplo de Esparta que con el de Atenas. El debate de "Esparta contra Atenas", frecuentemente distorsionado por la parcialidad y la ignorancia, enfrento a los partisanos del igualitarismo autoritario contra los dogmas del liberalismo moderado.(19) Rousseau, por ejemplo, que abominaba de Atenas, expreso sentimientos que eran rigurosamente pro-espartanos. En sus ojos, Esparta fue en primer lugar la ciudad de los iguales (hómoioi). A diferencia, Camille Desmoulins critico a Esparta, para denunciar su igualitarismo excesivo. Él ataco al girondino Brissot, ese pro-Lycurgo, "que hizo a sus ciudadanos iguales como un tornado nivela a todo aquello que destruye." Este tipo de discurso, después de todo, era algo vacío. El culto de la Antigüedad fue mantenido principalmente como una metáfora de regeneración social, como es ejemplificado por las palabras de Saint Just en la Convención: "El mundo ha estado vacío desde la caída de los Romanos; solo su memoria puede llenarlo y augurar la libertad." (20)
Si deseamos continuar con nuestro estudio de la democracia "genuina", debemos regresar otra vez a la democracia griega que a aquellos regímenes que el mundo contemporáneo designa con esa palabra.
La comparación entre democracias antiguas y modernas ha devenido en un ejercicio académico.(21) Se enfatiza generalmente que las primeras eran democracias directas, mientras que las segundas (debido a lo amplio de los territorios y las poblaciones) son democracias representativas. Por otro lado, se nos recuerda frecuentemente que los esclavos eran excluidos de la democracia ateniense, así que, pretendidamente, la idea que emergió de Atenas no era tan democrática, después de todo. Esas dos afirmaciones son bastante limitadas.
Afinada por la evolución social y política del siglo seis a.C., así como también por las reformas de Solón, la democracia ateniense inicio su trayectoria con las reformas de Cleistenes, que regreso de su exilio en el 508 a.C. Establecida firmemente en el 460 a.C., continuo existiendo por los próximos ciento cincuenta años. Pericles, que sucedió a Efialtes en el 461 a.C., dio una extraordinaria reputación a la democracia, lo que no evito que él ejerciera, por mas de treinta años, una autoridad casi monárquica sobre la ciudad. (22)
Para los griegos, la democracia era definida (23) por su relación con los otros dos sistemas: tiranía y aristocracia. La democracia presuponía tres condiciones: isonomia (igualdad ante la ley); isotimia (igualdad en derecho a acceder a todos los puestos públicos); e isegoria (libertad de expresión). Esto era la democracia directa, conocida también como democracia "cara a cara", en tanto que se permitía participar a todos los ciudadanos en la ekklesía o Asamblea. Las deliberaciones eran preparadas por el boulé (Consejo), aunque era la asamblea popular la que dictaba los decretos. La asamblea popular nominaba los embajadores; decidía sobre los temas de la guerra y la paz; preparaba expediciones militares o llevaba al fin de las hostilidades; investigaba el desempeño de los magistrados; hacia decretos; ratificaba leyes; daba o quitaba derechos de ciudadanía; y deliberaba sobre los asuntos de la seguridad de Atenas. En resumen, como escribe Jacqueline de Romilly: "el pueblo gobernaba, en vez de ser gobernado por individuos elegidos." Ella cita el texto del juramento dado a los atenienses: "Mataré cualquier palabra, acción, voto o mano que intente destruir a la democracia .... Y cualquier otra persona que lo mate la tendré en alta estima ante los dioses y los poderes divinos, porque él ha matado a un enemigo publico." (24)
La Democracia en Atenas significaba en primer lugar una comunidad de ciudadanos, es decir, una comunidad popular reunida en la ekklesía. Los ciudadanos eran clasificados según su pertenencia a un deme, una cualidad que tuvo una significancia territorial, social y administrativa. El termino démos, que es de origen dórico, designa a aquellos que viven en un territorio particular, y el territorio constituye tanto el lugar de origen como el determinante del estatus cívico. (25) El démos y el ethnos coinciden: la democracia no podía ser concebida en relación al individuo, sino solo en relación a la polis, es decir, a la ciudad en su capacidad de comunidad organizada. Los esclavos no eran excluidos del voto porque fuesen esclavos, sino porque no eran ciudadanos. Esto nos podrá parecer chocante hoy, cuando la democracia incluso ha dado el derecho al voto a los no-ciudadanos. (26)
Las nociones de ciudadanía, libertad o igualdad de derechos políticos, así como también de soberanía popular, estaban íntimamente relacionadas. El elemento mas esencial en la determinación de la noción de ciudadanía era el origen y la herencia de la persona. Pericles era el "hijo de Xantifos del deme de Cholargo." Uno tenia que nacer de una madre y de un padre ateniense para ser ciudadano. Definido por su herencia, el ciudadano (polítes) es diferente del idiótes, el no-ciudadano, una designación que pronto tomo un significado peyorativo (de la noción del individuo desarraigado nació la noción de "idiota"). La ciudadanía era así una función derivada del status, que era el fruto exclusivo del nacimiento. Ser un ciudadano significaba, en el mas amplio sentido de la palabra, tener una patria, es decir, tener una patria y una historia. Uno nace ateniense, no se convierte en uno (excepto las raras excepciones). Además, la tradición ateniense desaconsejaba los matrimonios mixtos. La igualdad política, establecida por la ley, se fundamentaba también en los orígenes étnicos comunes compartidos por todos. Solo el origen confería la politeía individual. (27)
La Democracia se basaba en el concepto del ciudadano autóctono, que relacionaba íntimamente su ejercicio a los orígenes de aquellos que lo ejercieron antes que él. Los atenienses del siglo quinto se referían a si mismos como "el pueblo autóctono de la Gran Atenas," y fue ese mito fundacional que ellos colocaban los pilares de su democracia. (28)
En griego, así como también en latín, la libertad procedía del origen de la persona. El hombre libre *(e)leuderos (eleúteros en griego) es, principalmente, quien pertenece a cierto "linaje" (en latín la palabra liberi esta relacionada con "hijos"). "Nacer de un buen linaje es ser libre," escribe Emile Benveniste. (29) Igualmente en el idioma alemán, el parentesco entre las palabras frei, "libre" y Freund, "amigo", indica que en el comienzo, la libertad sanciono una relación mutua. La raíz indoeuropea *leudh-, de la que deriva simultáneamente el liber latino y el griego eleúteros, también sirvió para designar al "pueblo" en el sentido de grupo nacional (por ejemplo, el antiguo eslavonico ljudú; el alemán Leute; que significan "pueblo" y derivan de una raíz que evoca la idea de "crecimiento y desarrollo").
El significado original de la palabra "libertad" no sugiere una "liberación", en la forma de una emancipación individual de la comunidad. En cambio, implica una herencia, que es lo único que puede dar libertad. Así cuando los griegos hablaban de libertad, no tenían en mente el derecho a romper con las obligaciones con su ciudad o el derecho a librarse de los limites a los que cada ciudadano estaba ligado. Mas bien, lo que ellos tenían en mente era el derecho, aunque también la capacidad política, garantizada por la ley, a participar en la vida de la ciudad, al voto en la asamblea, a elegir magistrados, etc. La libertad no legitimaba la secesión; en cambio, sancionaba lo opuesto: el lazo que unía a la persona a su ciudad. Esta no era una libertad-autonomía, sino una libertad para participar; no significaba un medio para alejarse de la comunidad, sino que era practicado solamente en el marco de la comunidad. La libertad significaba adhesión. La "libertad" de un individuo sin herencia, es decir, de un individuo desarraigado, estaba completamente exenta de significado.
Si asumimos que la libertad estaba ligada directamente a la noción de democracia, entonces debemos decir que la libertad significo en primer lugar la libertad del pueblo, de la cual subsecuentemente procede la libertad de los ciudadanos. En otras palabras, solo la libertad del pueblo (o de la ciudad) puede permitir la igualdad de derechos políticos e individuales, es decir, de los derechos disfrutados por los individuos en su capacidad de ciudadanos. La libertad presupone independencia como primera condición. El Hombre vive en sociedad, y como consecuencia, la libertad individual no puede existir sin la libertad colectiva. Entre los griegos, los individuos eran libres porque su ciudad lo era también.
Cuando Aristóteles define al Hombre como un "animal político," como un ser social, cuando él afirma que la ciudad precede al individuo y que solo dentro de la sociedad puede el individuo lograr su potencial (Política, 1253a 19–20), él también sugiere que el Hombre no debe ser librado de su papel de ciudadano, de persona que vive en el marco de una comunidad organizada, de una polis o de una civitas. Las ideas de Aristóteles se enfrentan al concepto del liberalismo moderno, en el que el individuo precede a la comunidad, y en el que el hombre, en su capacidad de individuo autosuficiente, es algo mas que un ciudadano. (30)
Por ende, en una "comunidad de hombres libres," los intereses individuales nunca deben prevalecer sobre los intereses comunes. "Todas las constituciones cuyos objetivos son el interés común están de acuerdo con la justicia absoluta. A diferencia de aquellas cuyo objetivo es el interés personal de los gobernantes, las cuales tienen a ser erróneas," escribe Aristóteles en Política (1279a 17sq). A diferencia de lo que podemos ver, por ejemplo, en los trabajos de Euripides, la ciudad en las tragedias de Esquilo, es descrita regularmente como una entidad comunal. "Este sentido de comunidad", agrega Moses I. Finley, "fortificado por la religión estatal, los mitos y las tradiciones, fue el origen esencial del éxito de la democracia ateniense." (31)
Agrega Finley que en Grecia, "la libertad significaba la supremacía de la ley y la participación en el proceso de toma de decisiones y no necesariamente el disfrute de derechos inalienables." (32) La ley estaba identificada con el espíritu de la ciudad. "Obedecer la ley significaba seguir la voluntad de la comunidad," observa Paul Veyne. (33) Como escribió Ciceron, solo la libertad puede abrir el camino a la legalidad: "Legum…servi sumus ut liberi esse possimus" ("Somos sirvientes de la ley para poder ser libres," Oratio pro Cluentio, 53.)
Aristóteles tiene éxito en su desenfatización del factor de igualdad, al mostrar que la libertad es el principio fundamental de la democracia (Politica, VII, 1). Para los griegos la igualdad fue solo un medio para la democracia, aunque era uno importante. La igualdad política, sin embargo, emanaba de la ciudadanía, es decir, de la pertenencia a un pueblo particular. De esto provenía que los miembros de un mismo pueblo (de la misma ciudad), independiente de sus diferencias, compartían el deseo de ser ciudadanos en la misma manera. Esta igualdad de derechos no reflejaba una creencia en la igualdad natural. La igualdad en derecho de todos los ciudadanos a participar en la asamblea no significaba que ellos fuesen por naturaleza iguales, sino en cambio, que ellos derivan de su herencia común una capacidad en común para ejercer el derecho al sufragio, que es privilegio únicamente de los ciudadanos. De hecho, no es una igualdad universal, ya que se restringe a los miembros de un pueblo particular. Como el medio apropiado a esta téchne, la igualdad permanece exterior al hombre. Este proceso, en tanto que representa la consecuencia lógica de la herencia común, es también la condición para la participación
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común. En el punto de vista de los antiguos griegos era considerado natural que todos los ciudadanos estuviesen asociados con la vida política no por virtud de sus derechos universales, sino por el hecho de su ciudadanía común. Así, la noción crucial no era la igualdad sino la ciudadanía. La democracia griega fue la forma de gobierno en la que cada ciudadano vio su libertad como fundamentada firmemente en una igualdad que le confería el derecho a libertades cívicas y políticas.
El estudio de la democracia antigua ha provocado visiones divergentes en numerosos autores contemporáneos. Para algunos, la democracia ateniense es un ejemplo admirable de responsabilidad cívica (Francesco Nitti); para otros evoca el campo de los partidos políticos "activistas" (Paul Veyne); para otros, la democracia antigua es esencialmente totalitaria (Giovanni Sartori). (34) En general, todos parecen coincidir que la diferencia entre la democracia antigua y la moderna es considerable. Curiosamente, es la democracia moderna la que es usada como criterio para evaluar la consistencia democrática de la primera. Este tipo de razonamiento es perverso. Como hemos observado, fue solo recientemente que esos gobiernos nacionales modernos que se llaman "democracias" empezaron a identificarse con esa palabra. Irónicamente, después que los observadores terminan de investigar sobre la democracia antigua y realizan que es diferente de la democracia moderna, llegan a la conclusión que la democracia antigua era "menos democrática" que la democracia moderna. Pero, en realidad, ¿porque no procedemos desde un razonamiento inverso, mas cercano a los hechos históricos? Debe ser reiterado que la democracia nació en Atenas en el siglo quinto a.C. Por consiguiente, es la democracia ateniense (indiferentemente de nuestros juicios sobre ella) quien debe ser usada como un ejemplo de un tipo "genuino" de democracia frente al cual las demás deben ser comparadas para saber si son o no democracias reales. En vista de que los regímenes democráticos contemporáneos difieren de la democracia ateniense, debemos asumir entonces que son distintos de cualquier democracia. Podemos ver como esto molesta a la mayoría de nuestros contemporáneos. En tanto que hoy todos presumen de ser demócratas perfectos, y debido al hecho de que la democracia griega no se parece en nada de aquello frente a nuestros ojos, es natural que acusen a los griegos de ser "menos democráticos"! Así llegamos a la paradoja de que la democracia griega, en la que el pueblo participaba diariamente en el ejercicio del poder, es descalificada porque no coincide con el concepto de la democracia moderna, donde el pueblo, participa solo indirectamente en la vida política.
No debería haber duda de que las democracias antiguas y las "democracias" modernas son sistemas enteramente distintos unos de otros. Incluso los paralelos que son realizados entre ellas son engañosos. Solo tienen en común el nombre, porque ambas han resultado de procesos históricos completamente diferentes.
¿Cual es la diferencia entre ambas? Seria equivocado asumir que su diferencia esta relacionada con la naturaleza "directa" o "indirecta" del proceso de toma de decisiones. La diferencia entre ellas, esta en que cada una tenia un concepto diferente del hombre y del mundo, así como también una visión diferente del lazo social. La democracia de la Antigüedad era comunitarista y "holista"; mientras que la democracia moderna es principalmente individualista. La democracia antigua definió la ciudadanía según el origen del hombre (reconociendo así las distinciones entre pueblos), y le daba la oportunidad de participar en la vida de la ciudad. La democracia moderna organiza individuos atomizados de cualquier origen en ciudadanos vistos por medio del prisma del igualitarismo abstracto. La democracia antigua estuvo basada en la idea de la comunidad orgánica; la democracia moderna, heredera en ese aspecto del Cristianismo y de la filosofía de la Ilustración, en el individuo. En ambas, el significado de las palabras "ciudad", "pueblo," "nación", es completamente distinto.
Por consiguiente, argumentar, dentro de este contexto, que la democracia griega fue una democracia directa solo porque abarcó un numero limitado de ciudadanos es una respuesta insatisfactoria. La democracia directa no necesita ser asociada con un numero limitado de ciudadanos. Esta relacionada principalmente con un pueblo relativamente homogéneo que es consciente de lo que le hace ser un pueblo distinto de los demás. El funcionamiento efectivo de las democracias griega e islandesa fue el resultado de la cohesión cultural y del claro sentido de compartir una herencia común. Mientras mas cerca estén los miembros de una comunidad los unos a otros, es mas probable que tengan sentimientos comunes, valores idénticos, y la misma forma de ver el mundo, y es mas fácil para ellos tomar decisiones colectivas sin necesidad de la ayuda de mediadores.
A diferencia, las sociedades modernas, al haber dejado de ser lugares de significado colectivo, requieren una multitud de intermediarios para existir. Las aspiraciones que aparecen en este tipo de democracia nacen de sistemas de valores contradictorios y que ya no son reconciliables con decisiones unificadas. Desde la época de Benjamin Constant (y su ensayo De la liberté des anciens comparée à celle des modernes de 1819), hemos podido medir en qué magnitud la noción de libertad ha cambiado bajo el impacto de las ideologías individualistas e igualitaristas. Por consiguiente, un retorno al concepto griego de democracia no significa nutrir la esperanza vacía de una transparencia social "cara a cara." Mas bien, significa reapropiarnos, y adaptar al mundo moderno, los conceptos de pueblo y comunidad, conceptos necesarios que han sido eclipsados por dos mil años de igualitarismo, racionalismo y de exaltación del individuo desarraigado.
Alain de Benoist es uno de los teóricos principales de la Nueva Derecha europea, el editor de Nouvelle École, y uno de los fundadores del Grupo de Investigación y Estudio de la Civilización Europea (GRECE). Él fue galardonado en 1978 con el Gran Premio de ensayo de la Academia Francesa.
Notas
1. George Orwell, Selected Essays (Baltimore: Johns Hopkins University Press, 1957), p. 149.
2. François Guizot, De la démocratie en France (Paris: Masson, 1849), p. 9.
3. Georges Burdeau observa que juzgadas por sus apariencias, y según su organización central, las instituciones de la Unión Soviética son parecidas a aquellas de Estados Unidos, y según su sistema de gobierno la Unión Soviética es parecida a Inglaterra. La démocratie (Paris : Seuil, 1966), p. 141.
4. T.S. Eliot, The Idea of a Christian Society (London: Faber & Faber, 1939).
5. Bertrand de Jouvenel, Du pouvoir (Geneva : Cheval ailé‚ 1945), p. 411.
6. Giovanni Sartori, Democratic Theory (Westport, CT: Greenwood, 1962), p. 3.
7. "Les démocrates ombrageux," Contrepoint (December 1976), p. 111.
8. Otros autores sostienen la opinión opuesta. Para Schleiermacher, la democracia es una forma política "primitiva" frente a la monarquía, que se piensa que corresponde a las demandas del estado moderno.
9. "Le pouvoir des idées en démocratie,"Pouvoir (May 1983), p. 145.
10. De forma significativa, fue con el comienzo de una investigación sobre los orígenes de la monarquía francesa que la nobleza, bajo Luis XIV, comenzó a cuestionar los principios de la monarquía.
11. La palabra "thing" que designo al parlamento, deriva de la palabra germánica que connotaba originalmente "todo lo que es agrupado junto." La misma palabra dio nacimiento a la inglesa "thing" (cosa) y al alemán "ding", que tiene el mismo significado. Parece que esta palabra designo a la asamblea donde eran discutidos los asuntos públicos, los asuntos de naturaleza general y finalmente las "cosas".
12. "Les fondements de l'État libre d'Icelande: trois siècles de démocratie médiévale," en Nouvelle Ecole 25-26 (Otoño 1974–75), pp. 68–73.
13. Les Scandinaves (Paris: Lidis [Brepols], 1984), p. 613.
14. Cf. P.M. Martin, L'idée de royauté‚ ... Rome. De la Rome royale au consensus républicain (Clermont-Ferrand: Adosa, 1983).
15. Aquí, la "democracia" como en el caso de las libertades campesinas, ya incluía demandas sociales, aunque no la "lucha de clases" (un concepto ignorado por la democracia antigua). En la Edad Media el propósito de tales demandas fue dar voz a aquellos que eran excluidos del poder. Pero a menudo sucedía que la "democracia" podía ser usada contra el pueblo. En la Florencia medieval, el conflicto social entre el "popolo grosso" y el "popolo minuto" fue particularmente brusco. Sobre esto escribe Francesco Nitti: "la razón del porque la clase obrera de Florencia se mostró tibia en su defensa de su libertad y al contrario, simpatizo con la Casa de los Medicis fue porque estaba opuesta a la democracia, que ellos veían como un concepto de la burguesía rica." Francesco Nitti, La démocratie, vol. 1 (Paris: Felix Alcan, 1933), p. 57.)
16. Esta opinión es compartida por la mayoría de los estudiosos de las democracias antiguas. Así, Victor Ehrenberg ve en la democracia griega una "forma de aristocracia alargada." Victor Ehrenberg, L’état grec (Paris: Maspéro, 1976), p. 94.
17. Mensaje de Navidad de Pío XII, 1944 : http://www.ewtn.com/library/PAPALDOC/P12XMAS.HTM
18. M. Robespierre, "On Political Morality," speech to the Convention, February 5, 1794: http://chnm.gmu.edu/revolution/d/413/
19. En este debate, ver el ensayo de Luciano Guerci, "Liberta degli antichi e liberta dei moderni," en Sparta, Atene e i `philosophes' nella Francia del Setecento (Naples: Guido, 1979).
20. Camille Desmoulins, discurso en la Convención, 31 de Marzo de 1794. Es significativo que los demócratas contemporáneos parezcan mas inclinados a favorecer a Atenas. Esparta, a diferencia, es denunciada por su espíritu "guerrero." Este cambio de discurso merece un análisis profundo.
21. Por ejemplo, el ensayo de Moses Finley, Démocratie antique et démocratie moderne (Paris: Payot, 1976), que es tanto un estudio erudito como un panfleto de gran relevancia contemporánea. El estudio es introducido por Pierre Vidal-Naquet, que, entre otros errores, atribuye a Julien Freund (ver la nota 7) posiciones que son exactamente las opuestas de aquellas mantenidas en la introducción.
22. Para citar a Tucydides: "Gracias a su carácter, lo profundo de su visión, y su desinterés sin limite, Pericles ejerció en Atenas una influencia considerable . . . En tanto que él debía su prestigio solo a medios honestos, él no tenia que recrear deshonestamente las pasiones populares. . . . En una palabra, la democracia daba su nombre; pero en realidad, era el gobierno del primer ciudadano" (Guerra del Peloponneso II, 65).
23. Uno de los mejores trabajos en este tema es el ensayo de Jacqueline de Romilly Problèmes de la démocratie grecque (Paris: Hermann, 1975).
24. Romilly, Problèmes de la démocratie grecque.
25. La palabra "démos" esta opuesta a la palabra "laós," un termino empleado en Grecia para designar al pueblo, pero con el significado de "comunidad de guerreros."
26. En Francia, el derecho al voto fue implementado solo por fases. En 1791 aún se hacia la distinción entre "ciudadanos activos" y "ciudadanos pasivos." Luego, el electorado fue expandido para incluir a todos los ciudadanos calificados capaces de pagar un numero mínimo especifico de impuestos. Aunque el sufragio universal fue proclamado en 1848, estuvo limitado a la población masculina hasta 1945.
27. Sobre la evolución de esa noción, ver ‘Politeia’ dans la pensée grecque jusqu’à Aristote (Paris : Belles Lettres, 1982) de Jacqueline Bordes.
28. Nicole Loraux interpreta la noción ateniense de ciudadanía como resultado de la "pertenencia imaginaria a un pueblo autóctono" (Les enfants d'Athéna. Idées athéniennes sur la citoyenneté et la divison des sexes [Paris: Maspéro, 1981]). El mito de Erichtonoio (o Ericteo) explica, de hecho, el carácter autóctono y los orígenes de la democracia masculina, al mismo tiempo que le da fundamentos inmemoriales a la ideología ateniense de la ciudadanía.
29. Emile Benveniste, Le vocabulaire des institutions indo-européennes, vol. 1 (Paris : Minuit, 1969), p. 321.
30. Sobre el trabajo de Aristóteles y su relación con la constitución ateniense, ver Aristotle, History of Athenian Democracy (Berkeley, CA: University of California Press, 1962) de James Day y Mortimer Chambers.
31. Finley, Démocratie antique et démocratie moderne, p. 80.
32. Finley, Démocratie antique et démocratie moderne, p. 141.
33. Veyne agrega: "el liberalismo burgués organiza barcos de cruceros en los que cada pasajero debe hacerse cargo de si mismo en la mejor manera que pueda, y donde la misión de la tripulación es solo proveer los bienes y servicios comunes. A diferencia, la ciudad griega era un barco donde los pasajeros constituían la tripulación." Paul Veyne, "Les Grecs ont-ils connu la démocratie?" Diogène, Octubre-Diciembre de 1983, p. 9.
34. Para una critica liberal de la democracia griega, ver "Les Grecs ont-ils connu la démocratie?" de Paul Veyne y Democratic Theory (ver la nota 6) de Giovanni Sartori
[Extraído por Tomislav Sunic del libro de Alain de Benoist Démocratie: Le problème (Paris: Le Labyrinthe, 1985)]
09/06/2005
Vicente Verdú
Desde 1999, en que apareció publicado en Estados Unidos un libro de la canadiense Naomi Klein, se ha ido extendiendo por Occidente como una epidemia ideológica. El título de la obra es No Logo, y pronto la editorial Paidós lo publicará en castellano. En síntesis, el libro, un tomo de 500 páginas, viene a ser un alegato contra la opresiva presencia de las grandes corporaciones, que no sólo nos invitan a comprar, sino que tratan de orientar nuestros estilos de vida, nuestros sueños, nuestros valores, nuestras maneras de ser. Las marcas no se posan ya tan sólo sobre las ropas, se han extendido como marchamos de la época por todas partes y han llegado, como es ahora fashion, a traducirse en tatuajes.
Las marcas se encuentran en los deportes hasta hacer asociar la denominación de un equipo con la impresión publicitaria de las camisetas, se extienden a los deportistas no sólo como un patrocinio adicional, sino como la única manera de ser a través de los contratos de imagen. Las marcas se encuentran aunadas a la publicidad de la invención, la música o la ciencia, las exposiciones de arte y hasta a la propagación de las sectas.
Ahora, en algunas novelas norteamericanas se contrata con el autor la aparición, dentro de la trama, de la mención a unos y otros artículos con marca y todos ellos pertenecientes a una misma agrupación. Las corporaciones, ahora tan grandes como para reunir a productos que pudieran parecer competitivos, no sólo colonizan los medios, los poseen. Dentro de los cinco grandes bloques de comunicación del mundo, desde Universal Vivendi a AOL Time Warner, hay intereses económicos que se relacionan con artículos de consumo ajenos o no al entretenimiento y que aparecen conspicuamente en sus emisiones.
Relaciones conflictivas
En No Logo se cuenta el caso de las relaciones conflictivas entre Blockbuster y la productora Paramount Films. No todas las películas se encuentran en Blockbuster y sí principalmente las de su asociado Viacom, con el que comparte una visión conservadora de la vida. Igualmente, Disney adquirió la productora independiente Miramax, que se había lanzado a aventuras extranjeras como La vida es bella, de Benigni, y convertido en la casa principal de Woody Allen. Ahora, sin embargo, Disney vigila las peripecias de Miramax tratando de que no comprometa su reputación (suyo y de la cadena televisiva ABC) ante el juicio de las familias norteamericanas. Familias norteamericanas a menudo sometidas también al monopolio oculto de grandes cadenas, como Wal-Mart o Toys 'R' Us, que prohíben a determinados proveedores servir los mismos artículos a otros almacenes o comercios pequeños que pudieran restarles clientes.
Los norteamericanos están más acostumbrados a estas colisiones y estrategias de las marcas, pero los europeos quizá no tanto. Los norteamericanos iniciaron las primeras revueltas contra las grandes marcas y almacenes en 1920 (contra A&P, contra Woolworth) y han creado ya centenares de grupos, como los canadienses, en contra del superpoder de las marcas. Los europeos están empezando ahora.
En Le Nouvel Observateur recientemente se publicaba un encendido artículo contra la proliferación de franquicias que arrasan con el pequeño comercio independiente y convierten las ciudades en ciudades seriadas, con los mismos establecimientos, los mismos restaurantes, la misma elección. Rem Koolhaas, el arquitecto actual más indiscutido, llama a estas ciudades clónicas del nuevo capitalismo 'ciudades genéricas', en contraposición a las 'ciudades históricas' que todavía conservan su carácter diferencial. Las 'ciudades genéricas' ampliarían el espacio de lo que Marc Augé definió como los 'no lugares' de nuestro tiempo: aeropuertos, autopistas, gasolineras, supermercados, hoteles, centros comerciales, que van corroyendo la identidad.
Conciencia ciudadana
Contra las cadenas, contra las marcas igualadoras y omnipresentes, contra su publicidad, han surgido algunos grupos europeos, como Publiphob o Ressistance à l'Agression. En Francia, a raíz de los despidos de Danone y Mark&Spencer, hace unas semanas ha surgido una conciencia ciudadana dispuesta a la acción y en reemplazo a otras formas de lucha política hoy desmayadas. Si en el capitalismo de producción que imperó hasta los años sesenta la fuerza de la oposición fueron los sindicatos, con el capitalismo de consumo la fuerza la constituyeron las sociedades de consumidores. Pero ahora, con el capitalismo de ficción, la batalla proviene de la opinión pública. Danone sufrió el boicoteo de sus diferentes productos hasta que aceptó revisar sus planes de despido para cerca de 600 empleados, y ya antes la opinión pública hizo rectificar la política de otras grandes empresas.
Río Tinto y Placer Dome formaron obligadamente un consorcio para procurar ayuda sanitaria a las personas que vivían junto a sus minas, y lo mismo debió realizar Royal Dutch/Shell en el sector petrolífero. Por otro lado, la firma de diamantes De Beers buscó un lifting de su imagen donando a la Organización Mundial de la Salud 2,7 millones de dólares (más de 500 millones de pesetas) destinados a erradicar la polio de Angola. Nike y Mattel se vieron forzadas a revisar las condiciones de explotación en sus factorías orientales, y Heineken abandonó Birmania a raíz de las acusaciones recibidas respecto a su apoyo a la junta militar.
Las empresas han dominado, en buena parte, a los antiguos líderes sindicales, pero se enfrentan cada vez más con los posibles rechazos y boicoteos de la opinión pública, que, de otra parte, se inclina progresivamente a no consumir tanto, no consumir logos o, finalmente, a lavar su conciencia en las compras de los comercios alternativos y comercio de precio justo.
Frei Betto
El Financial Times, de Londres, informó que la Young & Rubicam, una de las mayores agencias de publicidad del mundo, difundió la lista de las diez marcas más reconocidas por 45.444 jóvenes y adultos de 19 países. Ellas son: Coca Cola (35 millones de unidades vendidas cada hora), Disney, Nike, BMW, Porsche, Mercedes-Benz, Adidas, Rolls-Royce, Calvin Klein y Rolex.
"Las marcas constituyen la nueva religión. Las personas se vuelcan a ellas en busca de sentido", declaró un director de Young & Rubicam. Expresa además, que esas marcas "poseen la pasión y el dinamismo necesarios para transformar el mundo y convertir a las personas a su manera de pensar".
La Fitch, consultora londinense de diseño, el año pasado realzó el carácter "divino" de esas marcas famosas, señalando que, los domingos, las personas prefieren el shopping a la misa o el culto. A favor de su tesis, la empresa mencionó dos ejemplos:
desde 1991, cerca de 12 mil personas celebraron matrimonios en los parques de Disney World, y se está convirtiendo en moda los féretros marca Harley, en los cuales son enterrados los motociclistas adictos a los productos Harley-Davidson.
La tesis no carece de lógica. Marx ya había denunciado el fetiche de la mercancía. Recién en sus inicios, la Revolución Industrial descubrió que las personas no quieren solo lo necesario. Si disponen de poder adquisitivo, adoran ostentar lo superfluo. La publicidad vino a ayudar a lo superfluo para que se imponga como necesario.
La mercancía, intermediaria en la relación entre seres humanos (persona-mercancía-persona), pasó a ocupar los extremos (mercancía-persona-mercancía). Si llego a la casa de un amigo en autobús, mi valor es inferior a quien llega en BMW. Eso vale para la camisa que visto o el reloj que traigo en la muñeca. No soy yo, persona humana, que hago uso del objeto.
Es el producto, revestido de fetiche, que me imprime valor, aumentando mi cotización en el mercado de las relaciones sociales. Lo que le haría a un Descartes neoliberal proclamar:
"Consumo, luego existo". Fuera del mercado no hay salvación, alertan los nuevos sacerdotes del culto consumista.
Esa apropiación religiosa del mercado es evidente en los centros comerciales, tan bien criticados por José Saramago en La Caverna. Casi todos poseen líneas arquitectónicas de catedrales estilizadas. Son los templos del dios mercado. En ellos no se entra con cualquier traje, y si con ropa de misa de domingo. Se recorre por sus claustros marmolizados al son gregoriano posmoderno, aquella musiquita de sala de espera de un dentista. Allí dentro todo evoca al paraíso: no hay mendigos ni niños callejeros, pobreza o miseria. Con un mirar devoto, el consumidor contempla las capillas que ostentan, en ricos nichos, los venerables objetos de consumo, rodeados por bellas sacerdotisas. Quien puede pagar al contado, se siente en el cielo; quien recurre al cheque especial o al crédito, en el purgatorio; quien no dispone de recursos, en el infierno. A la salida, sin embargo, todos se hermanan en la mesa "eucarística" de McDonald's.
Ilusiones
La Young & Rubicam comparó las agencias de publicidad con los misioneros que difundieron por el mundo religiones como el cristianismo o el Islam. "Las religiones se han basado en ideas poderosas que confieren significado y objetivo a la vida", declaró el director de la agencia inglesa.
La fe imprime sentido subjetivo a la vida, objetivando la práctica del amor, mientras un producto crea apenas la ilusoria sensación de que, gracias a él, tenemos más valor a los ojos ajenos. El consumismo es la enfermedad de la baja autoestima.
Un San Francisco de Assis o Gandhi no necesitaban de un artificio para concentrase en sí y descentrarse en los otros y en Dios.
El pecado original de esta nueva "religión" es que, al contrario de las tradicionales, ella no es altruista, es egoísta; no favorece a la solidaridad, y si a la competitividad; no hace de la vida un don, pero posee. Y lo que es peor: hace como si fuera el paraíso en la tierra y manda al consumidor a la eternidad completamente desprovisto de todo los bienes que acumuló de este lado de la vida.
La crítica al fetiche de la mercancía data de hace ocho siglos antes de Cristo, conforme este texto del profeta Isaías: "El carpintero tiende la regla, lo señala con almagre, lo labra con los cepillos, le da figura con el compás, lo hace en forma de varón, a semejanza de hombre hermoso, para tenerlo en casa.
Corta cedros, y toma ciprés y encina, que crecen entre los árboles del bosque; planta pino, que se críe con la lluvia. De él se sirve luego el hombre para quemar, y toma de ellos para calentarse; enciende también el horno, y cuece panes; hace además un dios, y lo adora; fabrica un ídolo, y se arrodilla delante de él. Parte del leño quema en el fuego; con parte de él come carne, prepara un asado, y se sacia; después se calienta, y dice: ¡Oh! me he calentado, he visto el fuego; y hace del sobrante un dios, un ídolo suyo; se postra delante de él, lo adora, y le ruega diciendo: Líbrame, porque mi Dios eres tú." (44, 13-17).
De la religión de consumo no escapa ni el consumo de la religión, presentada como un remedio milagroso, capaz de aliviar dolores y angustias, garantiza prosperidad y alegría.
Mientras tanto, El tiene hambre y no le dan de comer (Mateo 25, 31-40).
03/06/2005
Laureano Luna*
La naturaleza del gigantesco entramado político, económico y social dominante, que llamamos "Sistema", viene definida en buena medida por sus fundamentos ideológicos y estos, a su vez, dependen básicamente de su concepción del hombre. Y la que sostiene el Sistema es una concepción abstracta, irreal, una concepción que implica la substitución del hombre real por una invención racionalista: el Sistema concibe al hombre como yo puro. Dicha invención parte de la filosofía de Descartes, en el siglo XVII, más tarde se convierte en ideología social con los pensadores de la Ilustración y comienza a realizarse con las revoluciones burguesas de finales del siglo XVIII (la americana y la francesa). Así pues, podemos decir que de la Ilustración y la Revolución proviene la sustancia intelectual del Sistema.
Esta concepción racionalista del ser humano como yo puro implica despojar al hombre de sus determinaciones naturales (edad, sexo, raza...) o histórico-naturales (etnia, cultura, tradición, religión, lengua...). El hombre así concebido carece de vínculos con su comunidad (el Pueblo), con su entorno natural (la Naturaleza) y con la realidad sobrenatural o divinidad (Dios/es). Este hombre rechaza su finitud y se considera como absoluto.
Una vez que el ser humano ha sido despojado de sus determinaciones, que hacían de él un ser real y finito, aquellas son reemplazadas por atributos transcendentales, básicamente tres: ese hombre descarnado es considerado "igual" (sin diferencias entre sí), "libre" (sin dependencias con respecto a su Pueblo, a la Naturaleza y a Dios) y "supremo" (sin sujecciones, es decir, por encima del Pueblo, de la Naturaleza, de Dios). De estos atributos surgen todos los grandes ismos del Sistema. Así de la "igualdad", surgen el igualitarismo y el universalismo, y de la "libertad", el individualismo. Del tercer atributo, la "supremidad", surgen el antropocentrismo radical (el hombre como centro del universo, medida de todas las cosas...), el materialismo (pues, si el hombre se ve a sí mismo como ser supremo, todo lo demás estará por debajo y en ese nivel está sólo la materia: Dios y toda realidad espiritual quedan fuera de su "ángulo de visión" y, por tanto, ignorados) y el economicismo (que es una concreción importante del ismo anterior: si todo es materia, toda actividad se reducirá a aquella que regula la vida y el bienestar materiales, esto es, a la economía).
De todo lo anterior se desprende la naturaleza del Sistema, y todo lo anterior constituye el fundamento filosófico de la ideología del Sistema, del conjunto de ideas que lo describen, lo explican y lo justifican, y que podrían sintetizarse así: "todo estatuto político, o sea, toda forma social ordenada no debe tener en cuenta las determinaciones finitas del hombre ni sus vínculos con la Naturaleza o con Dios, porque —según la filosofía del Sistema— el hombre no los tiene". Las actuales Constituciones de los países occidentales están en perfecta consonancia con esta fórmula, que podría incluso servirnos como criterio para definir posiciones: cualquier movimiento, ideología, pensamiento, partido o persona que coincida con aquella fórmula, se sitúa ipso facto dentro del Sistema, y quien no la comparta estará fuera de sus límites. Pero veamos cómo hemos llegado hasta aquí, cómo ha ido desarrollándose este pensamiento a lo largo de la historia hasta nuestros días, para entender mejor su naturaleza.
Génesis del Sistema
Adelantábamos al principio que los fundamentos filosóficos del Sistema partían del siglo XVII con el racionalismo de Descartes, pero podríamos descubrir sus "precedentes históricos" muchos siglos antes, concretamente, en la Antigüedad. Así es, ya el dualismo de la metafísica griega, siglo VI aC., disocia la realidad en dos mundos: el inteligible (real, intemporal, infinito) y el sensible (aparente, temporal, finito). Parménides caracteriza al ser como inmutable, único, eterno y permanente —se le considera el fundador de la ontología—, niega el movimiento y crea el concepto de apariencia.
Un segundo precedente histórico lo hallamos en el derecho romano: legislar para los hombres y las comunidades tan diversos del Imperio, y la necesidad práctica de simplificar los conflictos legales que generaban, condujo a una abstracción del concepto de hombre. También encontramos en el antinaturalismo judío otro precedente de la Antigüedad, pues estos, a diferencia de sus pueblos vecinos, que sacralizaban la Naturaleza, poseían un concepto abstracto y transcendente de la divinidad. Freud dirá de ellos que nunca llegaron a un equilibrio entre lo intelectual y lo natural.
Luego, ya en la Edad Media, reconocemos lo que podríamos denominar "etapas previas", dentro de las cuales, situaríamos a Descartes. Una primera la define el paradigma del hombre natural, según el cual, existe una única naturaleza —essentia— común a todos los hombres. En esta época se extiende un primer igualitarismo y universalismo de corte religioso (cristiano). Siglos más tarde, con el descubrimiento de América (1492) cae aquel paradigma del hombre natural, que había dominado durante toda la Edad Media y surge lo que podríamos llamar el ideal "euro-igualitarista". En efecto, el descubrimiento de un nuevo continente poblado por seres tan distintos llevó a los europeos a plantearse si los indígenas americanos eran "humanos"... Y, ¿cómo salvar el igualitarismo frente a esas evidentes diferencias naturales y culturales? Pues, otra vez se recurrió al dualismo: deben existir dos dimensiones de la naturaleza humana, una extrínseca, que hace a los hombres aparentemente desiguales, y otra intrínseca, que los hace realmente iguales, y, por lo tanto, la desigualdad de los hombres es sólo coyuntural, responde a grados de desarrollo histórico distintos, debido a factores ambientales. El europeo entonces llegó a la siguiente ingenuidad: "puesto que en el fondo, intrínsecamente, todos los hombres son iguales a nosotros, los europeos, hay que civilizar —o sea, europeizar— a los que aún no han alcanzado nuestro grado de desarrollo" (este argumento eurocéntrico dominará la mentalidad y la política europea hasta su relevo, tras la IIGM, por el "ideal americano").
Y así llegamos a la figura de Descartes, fundador del racionalismo moderno. Para este filósofo, matemático y físico del siglo XVII el alma ya no vivifica el cuerpo, el hombre es pura autoconciencia. Con el "pienso, luego existo" Descartes despoja al ser humano de su cuerpo y de su entorno, que se regirán mecánicamente, para convertirlo en pensamiento solo y en el fundamento único de la realidad.
La madurez histórica del Sistema comienza a finales del siglo XVIII con la Ilustración y las primeras revoluciones burguesas. En 1789 se pronuncia la "Declaración universal de derechos del hombre y del ciudadano". Se establece el fundamento de la Modernidad y surge el actual concepto de individuo a que se reduce el ser humano. Aquí ya vemos los rasgos propios de la concepción del mundo del Sistema, pero, aún tendrá que superar otra dificultad: ¿cómo se fundamenta la sociedad, un todo ordenado, estructurado y sometido a leyes, desde el "individuo"? Y será la teoría contractualista (Hobbes, Rousseau) la que explique que los individuos, iguales y libres, establecen contratos entre sí por simple conveniencia egoísta: el contrato político da como resultado la "democracia" mayoritarista (se sigue el interés de la mayoría) y el contrato económico establece los libres mercados. Luego, se irá pasando de la teoría filosófica a la praxis política y social, de las ideas a las instituciones, hasta ir perfilándose como proyecto global. Este proyecto global de la Modernidad consiste en materializar al hombre abstracto, hacerlo real. Puesto que el hombre real no es lo que aseguran las teorías, hay que aplicar los medios para que acabe siéndolo. Es decir, se debe perseguir, primero, la igualación del hombre a todos los niveles (psico-sexual, racial, cultural, religioso...) y, segundo, la emancipación del hombre respecto del Pueblo, de la Naturaleza y de Dios.
Pero este proyecto no avanza sin dificultades. La sociedad sometida al Sistema soporta graves injusticias y tensiones sociales. En la Europa industrial hay más explotación y miseria que en la feudal. Sin embargo, en lugar de detenerse, el Sistema radicaliza su proyecto y lo desarrolla en dos versiones: la liberal, siguiendo un modelo jurídico y buscando realizarse a través del mercado, y la comunista, siguiendo un modelo económico y buscando realizarse a través del Estado. Liberalismo y comunismo son dos variantes de una misma concepción moderna, burguesa, del hombre, que se materializan a lo largo del siglo XIX y principios del XX y que se instalan geográficamente en el mundo como ideas dominantes a partir de 1945 con la Conferencia de Yalta.
Esta situación dura hasta la década de los 90, cuando acontece el colapso de la Unión Soviética y sus países satélites en Europa. A partir de entonces el proyecto del Sistema seguirá sólo la vía del liberalismo, dejando al margen los escasos residuos de comunismo. Así tenemos en la actualidad un único modelo político, la "democracia" liberal, y un único modelo económico, el capitalista. El proyecto, extendido ahora a todo el planeta, lo llaman "globalización" y aspira a homogeneizar la humanidad, reducirla a un único mercado mundial y dominar técnicamente la Naturaleza. En definitiva, busca el bienestar material del hombre (de algunos hombres).
Esto es lo único que se mantiene vigente: "Lo único que queda es el tranquilo y progresivo desarrollo del capitalismo". Palabras de Bush, en la línea de Fukuyama y su "final de la Historia" como progreso social. Y la realidad —que sigue resistiéndose a los planes del Sistema— se irá "adecuando" merced a la acción de múltiples corrientes de pensamiento, nuevos ismos, y modas disolventes: desde el clásico feminismo hasta los homo-, uni-, bi-, trans-, sexualismos, desde el colonialismo estadounidense hasta el mundialismo y lo mestizo y multicultural, desde el humanitarismo "solidario" y las inofensivas ONGs hasta el sincretismo new age y las sectas destructivas, desde las libertades individuales hasta la aldea global y la globalización, desde la ingeniería genética y el genoma hasta el gnosticismo y la indiferencia religiosa. Todo sea por el Sistema...
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(*) Nota de la redacción: el presente artículo se basa en un ciclo de conferencias impartido por el filósofo L. Luna a principios de los 90, extractado y adaptado para su publicación en ETHNOS2000.
Por A. de Benoist
Se ve que la sociedad actual coloca el pluralismo al principio de sus discursos, sólo para hacerlo desaparecer cuando ha llegado a la meta. Se ve además que cierta izquierda, que ayer se enfrentaba a la sociedad burguesa y criticaba su orden moral, hoy se pone a la cabeza del reformismo político y del conformismo moral, porque sus consignas se han convertido en lugares comunes.
Esto es un fenómeno llamativo que debiera hacer reflexionar sobre el camino recorrido por la izquierda. Era necesario coraje para atacar en Sudáfrica el apartheid, para luchar en Francia con las armas en la mano contra la ocupación alemana en la segunda guerra...
Pero, ¿en qué consiste hoy ese coraje? Una resistencia contra el nazismo hoy no arriesga nada, a no ser la propia ridiculez. Y los eslóganes, que ayer podían significar para sus autores prisión o muerte, hoy son fórmulas mágicas, sortilegios productores de buena conciencia y a la vez pasajes en el mundo de los medios y las editoriales. Con ideas que sólo son expresión de la época, porque se pueden decir sin peligro, no despierta ese coraje admiración alguna.
En todos los tiempos ha habido censura y la tendencia a la intolerancia es un componente del espíritu humano. Ha habido en el pasado ideologías dominantes, y todos los gobiernos, con diferencia gradual, han saludado la oponunidad de unificar la sociedad y ahogar opiniones disconformes.
El hecho de que la censura hoy retorne, es justamente desenmascarador porque el retorno sucede en una sociedad que pretende reconocer y garantizar la libertad de expresión. El artículo 11 de la Declaración de los Derechos Humanos proclama como uno de los derechos más preciosos el libre intercambio de ideas y opiniones. En Francia la ley de libertad de imprenta del 29 de julio de 1881 establece en su primer artículo: "imprenta y librerías son libres". Pero esto ha dejado de ser verdad. Mientras en la mayoría de los países liberados del yugo soviético hay libertad de palabra, mientras en USA el First Amendment de la Constitución permite la libre expresión de todas las opiniones, la Francia actual es —junto con Alemania y otros países de la región occidental— donde la libertad de opinión está más limitada.
"No hay libertad para los enemigos de la libertad". Es una vieja coartada, que siempre ha provocado la pregunta "cómo se define la libertad, y sobre todo, quién ha de poseer la capacidad de determinar quién es el enemigo de la libertad". Cuando en el siglo XIX los socialistas revolucionarios denunciaron la explotación económica, fueron llevados ante los tribunales de justicia por incitación al odio. Hoy se hace lo mismo con aquellos que no se postran ante la ideología de los derechos humanos. Si fuéramos a creer a cierta gente, la libertad de opinión estaría limitada a las opiniones tolerables. Pero justamente más allá es donde empieza la libertad; y fueron siempre los que tuvieron que pelear por ella, por su triunfo, quienes han definido esa libertad. La libertad de opinión no tendría ningún valor si sólo la disfrutaran los que opinan aquello que cualquiera considera justo y razonable. Por ser la libertad de opinión el primer presupuesto para el libre desarrollo de las ideas y para la existencia de un debate democrático, ella sólo tiene sentido cuando hasta las opiniones más absurdas, más chocantes y más ofensivas gozan de libertad. Por la simple razón de que, si no fuera así la proclamación de ese principio de libertad de opinión hubiera sido superfluo.
La verdad es que la libertad de opinión es indivisible; ella deja de existir apenas se le colocan límites. La verdad es que la censura es insoportable, no importa que móviles persiga, no importa qué identidad posean las víctimas de esa libertad, no importa bajo qué condiciones se ejerza. No hay censura que pueda defenderse intelectualmente, y además ninguna es eficaz.
Hoy en día aquellos que condenan la censura son acusados de ser cómplices de los censurados. Esa acusación
—prácticamente una extorsión— es igualmente insufrible. Entre las ideas que hoy están prohibidas hay seguramente algunas que son absurdas o abominables.
Pero si hay opiniones abominables, entonces las leyes que las quieren prohibir son más abominables. No se trata aquí en primera línea de defender a los censurados, aquí se trata de atacar la censura. El macarthismo y el sistema soviético han desaparecido, pero siguen estando presentes los herederos de un Zadanow o de un McCarthy. Sólo que bajo Stalin o McCarthy los delatores estaban obligados a la denuncia si querían conservar su vida o su trabajo. Hoy en día vemos a delatores que realizan esa tarea sin que nada los obligue. Se llevan a la boca la expectoración de McCarthy sin que eso les produzca ningún asco. Ellos están muy ocupados confecclonando listas negras para pronunciar excomuniones y descargar anatemas.
Ellos se escandalizan por aquellas denuncias cuyas víctimas eran los judíos en la época de la ocupación alemana en Francia, pero ellos mismos, denunciando a todos aquellos que la ideología dominante pone en el Index, se comportan de la misma manera. Todo en un clima que Cornelius Castoriadis caracteriza muy bien como el "avance de la banalidad", y todo eso —obsérvese bien— bajo pretextos morales.
En la sociedad de control en que vivimos, que dispone de medios de vigilancia de la vida pública y privada que ni siquiera poseyeron los regímenes totalitarios, todos los motivos son buenos para excluir, empujar a la orilla y marginalizar. Nombro las razones más profundas de esa intolerancia: los remordimientos de conciencia de los penitentes y arrepentidos, la precariedad cultural de los incapaces de responder, de aquellos que en vez de refutar, difaman; el miedo de una nueva clase cuyos miembros ha sido elegidos hace mucho y no porque poseyeran verdaderas capacidades, sino por la "capacidad" de hacerse elegir. Sin méritos, apartados del pueblo, viven en continuo temor de perder sus puestos y privilegios. Nombro también las metas de la censura: ella quiere crear chivos expiatorios para impedir que se les pida dar razón de sus afirmaciones, para desviar la atención sobre las monstruosidades en el Sistema actual, para poner a la opinión pública una argolla en la nariz y conducirla a su gusto; para imponer una abjuración de todos los pensamientos peligrosos antes de otorgar el reconocimiento mediático y social.
Este sistema de la censura va a durar tanto como pueda. Tengo la sensación de que se va a derrumbar por su propio peso, como una consecuencia de su propia dinámica. Va a llegar un día en el cual —como ya empieza a observarse— a los delatores no les quede más remedio que denunciarse unos a otros. Pero nosotros, nosotros vámos a estar ahí. Hoy día estamos rodeados de moralistas que pretenden que nosotros gimamos por nuestra indignidad. Pero nosotros, nosotros no tenemos nada de que arrepentirnos. Por eso hay en nuestro país (*) y también en otras regiones, un grupo de intelectuales que posee el coraje de emprender una común iniciativa contra la nueva Inquisición.
Mientras vivamos seguiremos diciendo palabras divergentes, seguiremos defendiendo los derechos del pensamiento crítico. Mientras vivamos proseguiremos cooperando al trabajo del pensar. En el momento en que el conformismo se encuentra en la cúspide, se trata una vez más de apelar a la unión de los espíritus libres y los corazones rebeldes.
¡Abajo con la censura! ¡Y viva la Libertad!
—
(*) El autor se refiere a Francia, su país.
18/05/2005
Robert Steuckers
¿Por qué preguntarse sobre el pasado y la evolución del socialismo, a la hora en que retrocede electoralmente en Europa, donde no tiene ya ni proyecto político coherente ni un brazo armado protector soviético, en un momento en el que un individualismo extremo, causante de grandes catástrofes sociales, toma el relevo en las mentalidades postmodernas del "primer mundo", donde se pasa del entusiasmo yuppy al burrowing del ciudadano conectado en su pequeño mundo virtual?
Porque el socialismo, se quiera o no, permanece como un reflejo de una aspiración comunitaria. Rechazando un discurso tan banal como irreal, el hombre no es un ser centrado exclusivamente en sí mismo, en su propio egoísmo. Él es hijo de unos padres, es también nieto o nieta, hermano o hermana, padre o madre, primo, vecino, colega. En ese sentido, puede desear el bien de su grupo o los grupos en el seno de los cuales vive y actúa, y privilegiar este bien común sobre su bienestar individual. Como lo destacaron todas las grandes religiones y también los adeptos del humanismo clásico, un hombre puede sacrificar su bienestar por sus hijos, por una causa, por toda clase de motivos que superan el puro egoísmo. Su inteligencia y su memoria instintiva (dos cualidades que no son necesariamente heterogéneas e incompatibles) pueden pues postular sacrificios a futuro. El hombre no actúa solo en una perspectiva presentista, sino a menudo también a largo plazo, sobre la previsión, apuesta por un futuro propio. Al enunciar estos aspectos, que los antropólogos y los sociólogos conocen demasiado bien, nuestro objetivo es indicar lo erroneo de las teorías filosóficas o económicas que postulan, testarudas, un individualismo metodológico y que pretenden imponer en todas partes la manía contemporánea de lo politicamente correcto.
Mientras que una corriente de la ideología de las Luces, a partir del siglo XVIII, intentará introducir en la práctica política diaria este "individualismo metodologico"; otra sentará las bases de una política social, a menudo siguiendo los pasos de los "despotas ilustrados" y otras figuras más positivas de las Luces que los ideólogos a la Destutt de Tracy o los filósofos de los salones parisinos. Otros más, siguiendo a Herder y el movimiento del Sturm und Drang, propondrán una emancipación de los hombres y almas haciendo referencia a las culturas, de las emergencias culturales y literarias, donde la identidad se trasluce en toda su originalidad y su bella ingenuidad. Al criticar al individualismo metodologico de una parte del Aufklärung europeo, no obstante no rechazan todas las facetas de este Aufklärung, sino solamente las que conocieron una evolución desenfrenada, que causo una cantidad de disfunciones e impuso una ideología diagramática, que sirvio de base a un "lenguaje de algodon" (Huyghe), a un discurso que rechaza todo debate y que, finalmente, fue un precedesor de la actual "political correctness". El "lenguaje de algodon" es una concretización del Newspeak que Orwell criticó en su famosa novela "1984". Al contrario, pensamos que un doble recurso a las facetas del Aufklärung, descuidadas por el discurso dominante, permitiría recomenzar el debate y proponer a nuestros contemporáneos que están en un callejón sin salida, políticas realmente alternativas.
Las disfunciones del Aufklärung se observan en varios niveles en la historia europea de estos ultimos doscientos años:
1. En las ideologías derivadas de la "metafora del reloj", o de la "métafora dela maquina", que postulan una visión mécanicista de las relaciones sociales y politicas, donde se percibe a cada individuo como un simple mecanismo aíslado, yuxtaponible a otros mecanismos, sin filiación; el filón individualista del Aufklärung se adhèrera a esta visión metafórica y diagramática de las relaciones políticas y sociales, al rechazar la otra metáfora, emergente en la época: la del árbol, preludio del romanticismo y de las filosofías politícas orgánicas, que se impuso naturalmente según el principio de la generación;
2. En las medidas votadas por la Asamblea nacional francesa contra los sistemas corporativos, los derechos de asociación, etc; la organización hypercentralista de la nueva República, donde los alcaldes representan a París y no a las comunidades urbanas o campesinas; la introducción de un derecho individualista en toda Europa por medio de los ejércitos napoléonicos; medidas que conducirán a algunas franjas de la contrarrevolución a convertirse en los campeones de la justicia social, contrariamente a lo que afirma historiografía convencional contemporánea;
3. La llegada de la revolución industrial protegida por un derecho individualista en Inglaterra y en el conjunto del continente;
4. La elaboración de teorías económicas mécanicistas e individualistas;
5. La aparición de un "socialismo" que derivo philoso-phico-idéologicamente de un pensamiento "científico" mécanicista e individualista.
Este quíntuplo de hechos llevo al socialismo, organizado en la segunda Internacional, luego el comunismo en la tercera Internacional y finalmente el trotskismo en la cuarta Internacional, sin contar sus múltiples escisiones y disidencias, a adoptar las ideas del Aufklärung más mécanicista, maquinista y antiorgánico y a rechazar como "contra-révolucionarios" los otros lineamentos, más pragmáticos, más orgánicos o más culturales del Aufklärung emancipador. Si el socialismo se hundió, es precisamente porque cultivó una verdadera fe en esta religión mécanicista, que se creía "cientifica" y fue abatida por los golpes de la ciencia física, a partir de 1875, con el descubrimiento del segundo principio de la termodinámica, con la física cuántica, la llegada de las ciencias biológicas, etc. El socialismo sobrevivió un centenar de años al hundimiento de su "epistémologia" mécanicista.
Si el socialismo, como movimiento politico afianzado en la historia europea, se hubiere basado inmediatamente en las metáforas organicistas del pensamiento de Herder y del Romanticismo, estaría aún vivo hoy. Toda práctica política que rechace verdaderamente el individualismo metodologico debe romper con los paradigmas mécanicistas, ilustrados del siglo XVIII por las "métaforas del reloj o la maquina".
En efecto, una apuesta desde la "métafora del arbol" habría sido más democrática: porque el agente motriz de la máquina es exterior a la máquina como el déspota es exterior al pueblo a quien controla y administra. El principio motriz del árbol, su fuente de energía, su primer impulso, reside en su propia interioridad. El árbol se controla a sí mismo, su existencia vital no se debe a un agente exterior que impulsa una clave o un sistema de engranajes para hacerle moverse o "vivir". Del mismo modo, un socialismo orgánico, y no mecánico, se habría enrraizado en la historia del pueblo a quien habría controlado y habría protegido. La historia nos enseña que las oligarquías socialistas cometieron el error de separarse del pueblo, o controlar a pueblos diferentes en nombre de una muy hipotetica "solidaridad internacional", sin entender las necesidades cada pueblo. Las criticas de un Roberto Michels del Verbürgerlichung, Verbonzung und Verkalkung (aburguesamiento, hegemonía progresiva de los burocratas del partido, esclerosis) y la sátira cruel de un George Orwell en Animal Farm, donde unos cerdos se vuelven en más iguales que otros, son elocuentes a ese respecto y demuestran que los socialistas y los socialdemócratas son propensos a ese tipo de politica, es decir, que consiste en adoptar una ideología sin profundidad que los pone al margen de la mayoria de la población, relativizando automáticamente el socialismo que declaran en el discurso y que solo realizan torpemente en la práctica. La oligarquización de los partidos socialistas es un riesgo permanente que acecha al socialismo, a causa precisamente de la negativa de los "burocratas" a sumergirse en la comunidad popular, a la que declaran ineluctablemente irracional por naturaleza, pero que escapa muy a menudo al esquematismo de la razón razonante que han inscrito ellos en su bandera.
En la actualidad, los socialismos de distintas variedades se declaran herederos de la Revolución Francesa. Ahora bien, fue la revolución francesa la que suprimio los derechos de las asociaciones de artesanos, obreros, aprendices, así como de los gremios de oficio. Hizo triunfar un derecho puramente individualista contra los derechos colectivos y los enfoques diferenciados del hecho social. A lo largo del siglo XIX, los obreros intentarán restablecer las asociaciones tradicionales por medio del sindicalismo o, en Inglaterra, de una forma comunitaria de socialismo, el guild-socialism. Pero los oligarcas de los partidos socialistas existentes defendieron una ideología, sin embargo, contraria al socialismo de fachada que declaraban por otra parte. Las rupturas sucesivas, las escisiones, los cambios múltiples del discurso de las izquierdas tienen, básicamente, como motivo profundo, la negación del mécanicismo individualista de la ideología illuminista y "revolucionaria". En la actualidad, precisamente, cuando los oligarcas de los partidos, los "burocratas" de Roberto Michels, hacen muestra de un comportamiento insatisfactorio, o incluso de una complicidad con algunas redes mafiosas (como en Italia con Craxi o en Bélgica con el escandalo Cools), el malestar se traduce en una deserción del electorado de las bases y, en la cumbre, en los intelectuales, que cambian de paradigmas y, a menudo, por un retorno a la inerradicable nostalgia de la comunidad. En la actualidad, se vuelve a hablar en los cenáculos de la izquierda pensante, incluso en los Estados Unidos, de "comunitarismo". Discurso que obliga a redescubrir vínculos, ideas y valores que solamente los "contra-révolucionarios" del tiempo de la revolución francesa y de la aventura bonapartista habían analizado y/o defendido.
Generalmente, las fuentes historiograficas relativas a la contrarrevolución solo mencionan, en los autores contrarevolucionarios, una apologia del antiguo régimen y el deseo de restaurar los privilegios y a las élites administrativas y aristocráticas destronadas por la revolución. Ahora bien, son los autores considerados como "contra-révolucionarios", los que quieren restaurar las libertades y las autonomías de los trabajadores, criticando la individualización extrema de la propiedad en el derecho burgués, que triunfa a partir de 1789 y se ve finalmente codificado, lo que nunca no se había atrevido a hacer el antiguo régimen, aunque una lenta erosión de las tradiciones de solidaridad habia empezado hace cerca de dos siglos. En Francia, la desaparición de autonomías de todo tipo fue más precoz que en otras partes de Europa. Sin embargo, vario según las provincias: en el Oeste, la fiscalidad feudal es pesada, mientras que en Lyon, el Mediodía y la región parisina, prácticamente desaparecio. A vísperas de la revolución, el campesinado que constituye la mayoria del pueblo puesto que la revolución industrial aún no ha empezado y los obreros que son poco numerosos cuantitativamente en Francia, se oponen a la fiscalidad demasiado elevada del clero y el rey, pero hacen hincapié por todas partes en el mantenimiento de los bienes comunales, a libre disposición de toda la comunidad campesina. Si hay motines antes de 1789, es contra los portadores de "títulos feudales" y contra los que tienen una propiedad privada instalada sobre una antigua tierra comunal. Se podría creer pues que el campesinado francés, hostil a los privilegios de los señores feudales que usurpan las tierras comunales, simpatizo por las ideas republicanas. Pero el abanico de sus pretensiones se reitera después de la gran convulsión que sacudio a Francia: las asambleas revolucionarias prorrogan e incluso les sobrecargan de impuestos, instauran una fiscalidad de la propiedad de la tierra más pesada que bajo el antiguo régimen (noviembre de 1790). Asisten, ha escrito el historiador Hervé Luxardo, a una revolución en la revolución: la burguesía invierte el antiguo régimen en las ciudades, instala su poder que choca contra un campesinado que, poco a poco, olvida su hostilidad a los nobles porque los burgueses que se han convertido en los proprietarios de los antiguos bienes comunales, odiando a los nuevos propietarios, los "foutus bourgeois", como los llamaba un campesino rebelde de Dordogne en 1791. La rebelión de las campiñas no distingue un noble, partidario del Rey, de un burgués, adepto de las teorías de la revolución. Cuando el Estado revolucionario vende los bienes de la Iglesia, calificados de "bienes nacionales", a particulares en vez de redistribuirlos a los campesinos, los espíritus se calientan y el Oeste del país se enciende: será la insurección vendeana y bretona.
Lo peor estaria por venir, nos indica Hervé Luxardo, en diciembre de 1789, los Constituyentes suprimen las últimas asambleas populares donde votaban todos los jefes de familia para sustituirlas por municipios elegidos por los únicos ciudadanos activos, es decir, los más ricos! Esta medida habría debido poner fin a la leyenda de una revolución francesa "democrática". A partir de ese momento, estos notables, distintos de un pueblo que ya no tiene derecho a la palabra, regulan a su manera los derechos colectivos, aunque el 28 de septiembre de 1791, el poder establece un "código rural" que reduce prácticamente a nada el derecho a beneficiarse de las tierras, prados y bosques colectivos. Éstos servíran para enfrentar posibles escaseces y para satisfacer las necesidades de los propietarios privados, sobre todo en período invernal. René Sédillot, otro historiador francés crítico respecto a la revolución ha escrito: "ahora ya no está permitido a los ancianos, a las viudas, a los niños, a los enfermos, a los pobres, tomar las espigas después de la cosecha, aprovecharse de las cosechas, de recoger la paja para hacer literas, las uvas después de la vendimia, raices de las hierbas después de la henificación (...) ya no está permitido al ganado tener libre acceso a las campos". Resumidamente, los Constituyentes burgueses eliminan la única seguridad social que esas clases desamparadas tenían. Esto hará de las clases pobres, "clases peligrosas", según la terminología policial. Las campiñas ya no pueden alimentar más a todos los campesinos, causando un éxodo hacia las ciudades o hacia las colonias, provocando más tarde el nacimiento de un socialismo desesperado, agresivo.
En las ciudades, los oficios se organizaban en hermandades (maestros y compañeros) y en gremios de comercio. Los gremios de comercio organizan la solidaridad de los compañeros y hacen huelga si sus demandas no son satisfechas. El constituyente Isaac Le Chapelier prohibe el derecho a nombrar síndicos, por lo tanto de formar sindicatos, prohibiendo al mismo tiempo toda forma de asociación de los asalariados. Sédillot escribe: "La ley Le Chapelier del 14 de junio de 1791, pone fin a todo lo que quedaba de las libertades de los trabajadoress". Más tarde, el Código civil ignora la legislación laboral. El Consul de Bonaparte instaura el control policial de los obreros imponiéndoles la "libreta". Ninguna izquierda puede ser creíble si pretende simultáneamente ser heredera de la Revolución Francesa, partidaria de su ideología anti-obrera, y defensora de la clase obrera. El PS valón ignora la esencia del socialismo y de la solidaridad social cuando sus maximos representantes como Philippe Moureaux y Valmy Féaux exaltan a la "grrrrran révolución" y glorifican sin vergüenza las innombrables villanías cometidas por los sans-culottes. Toda la lucha social del siglo XIX es en realidad una protesta y un rechazo de esta ley de Le Chapelier . En términos filosóficos, la ideología mécanicista de la República Francesa de la era revolucionaria es inapropiada para garantizar las solidaridades e implica una formidable regresión social.
Los acontecimientos de la revolución francesa y la llegada de la revolución industrial en Inglaterra inducen un nuevo pensamiento económico de tipo aritmético-matématico, cuyos ejemplo mas notorio son las teorias de Ricardo. Ningún contexto ni histórico ni geográfico se tiene en cuenta y será necesario esperar el filón de la "escuela histórica" alemana, del Kathedersozialismus y el institucionalismo (en particular, americano) para reintroducir parámetros circunstanciales, históricos o geográficos, en el pensamiento económico, arruinando al mismo tiempo la idea absurda de que una única ciencia económica pueda universalmente regir y funcionar en todas las economías presentes sobre la Tierra.
En consecuencia, el socialismo es una reacción contra el Aufklärung, tal como fue interpretado por la Revolución Francesa y sobre todo por Constituyentes como Le Chapelier. En este sentido, el socialismo, en los sentimientos que le animaban al principio de su trayectoria histórica, es básicamente conservador de las libertades orgánicas, de los bienes comunales y de los métodos de organización fraternales. Este sentimiento es justo (exactamente deriva de ius, derecho). Pero si el socialismo que conocemos actualmente es un fracaso o una injusticia o una estafa, es porque traicionó los sentimientos del pueblo, de la misma forma que los revolucionarios franceses traicionaron a sus campesinos. Un socialismo motivado por un sentido histórico y orgánico, acoplado a una doctrina económica heredera de la "escuela histórica" y del Kathedersozialismus, debe tomar el relevo de un falso socialismo, descontextualizado y mecánico, liderado por doctrinas económicas aritmético-mathématicas y por una ideología francorevolucionaria.
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[Synergies Européennes, Stocker Verlag (Graz), Nouvelles de Synergies Européennes, Noviembre de 1994]
16/05/2005
(Texto de la conferencia pronunciada por Jorge Garrido San Román el 7 de
mayo de 2005 en la sede de Falange Española de las JONS de Valladolid)
EL NACIONALSINDICALISMO COMO ALTERNATIVA AL CAPITALISMO
Analizar el nacionalsindicalismo como alternativa real y posible al sistema económico capitalista requiere hacer un pequeño sacrificio: estudiar el capitalismo y sus fallos fundamentales. Esta tarea nos servirá para comprender mejor la necesidad de un nuevo sistema económico y monetario mucho más justo, un sistema que no puede ser otro que el sindicalista del que explicaré las características fundamentales. Además de esto, terminaré mi exposición apuntando una serie de ideas en un terreno totalmente inexplorado en el nacionalsindicalismo: cómo realizar una transición económica desde el capitalismo.
Para empezar se impone definir con brevedad, pero al mismo tiempo con precisión, lo que es el capitalismo. Sus defensores siempre dan de él unas definiciones que sólo resaltan los aspectos positivos del mismo y que suelen omitir los negativos. El Premio Nobel de Economía Paul A. Samuelson nos da una definición cuanto menos curiosa: “La capacidad de los individuos para poseer capital y beneficiarse de él es lo que da su nombre al capitalismo”. Ésta es la definición que nos ofrece en su universalmente conocida obra “Economía”, texto fundamental en todo el mundo y con el cual yo mismo estudié economía en la universidad. Samuelson nos plantea en su definición dos cosas que deberían movernos a la reflexión. En primer lugar nos habla de una supuesta posesión privada del capital que resulta engañosa por muchas razones: confunde la propiedad privada con la propiedad capitalista (que como veremos más adelante es esencialmente anónima); da por sentado un derecho general a la posesión del capital y a beneficiarse de él por parte de todos los individuos, lo cual poco o nada tiene que ver con la dinámica capitalista que opera precisamente en sentido contrario; etc. Se trata, pues, de un sofisma que, sin embargo, no oculta una realidad que sí es típicamente capitalista: el individualismo, el egoísmo individual como nota esencial y definidora de dicho sistema económico. Para los nacionalsindicalistas, empero, esta definición no es en absoluto aceptable por insuficiente y parcial.
El capitalismo es un sistema económico basado en la supremacía del capital, siendo el dueño de éste el titular de los medios de producción. Se trata pues de un régimen de propiedad social basado en la “sociedad anónima” que no da valor al trabajo como fuente ineludible de producción y propiedad, sino como uno más de los factores de la producción.
La base de todo ello está, por un lado, en el sistema de salariado, y por consiguiente en la relación bilateral del trabajo, y por otro, y como consecuencia lógica, en el sistema de interés.
El mercado libre se propugna como la fórmula ideal de distribución de los productos y de fijación de los precios según la ley de la oferta y la demanda, y surge “la bolsa” como lugar en el que compran y venden las acciones, obligaciones, deuda pública y divisas.
La agonía del liberalismo, especialmente tras el crack de 1929, supuso la introducción de mecanismos ajenos a la filosofía liberal (variante keynesiana), pero que se mostraron imprescindibles para apuntalar el sistema económico capitalista. Es así como se acepta el papel del Estado como un agente activo en la economía para la corrección de los desajustes.
Algunas aclaraciones necesarias
Pero llegados a este punto conviene aclarar una serie de conceptos como el de economía, así como que otros como los de capitalismo, liberalismo, neoliberalismo, libre mercado o globalización económica no son ni muchísimo menos equivalentes.
La economía, según la definición académica del ya citado Paul A. Samuelson, “es el estudio de la manera en que las sociedades utilizan los recursos escasos para producir mercancías valiosas y distribuirlas entre los diferentes individuos”. Sin embargo esta definición, por muy académica que sea, es sumamente imperfecta desde el momento mismo en que se ciñe al concepto de escasez. Es cierto que hay bienes escasos, como es el caso de los metales preciosos, pero no es menos cierto que otros bienes son abundantes (recordemos que los alimentos que se producen en el mundo, por ejemplo, no sólo son más que suficientes para alimentar a todos los habitantes del planeta, sino que incluso se destruyen excedentes para mantener los precios del mercado de los mismos dentro de ciertos límites; en este caso lo relevante no es la escasez, sino el problema de la distribución). Y no sólo eso, el profesor Samuelson (y todos los economistas que siguen sus planteamientos) sostiene que si lo relevante no fuera el concepto de escasez, los bienes serían gratuitos, lo que es a todas luces falso. Con sus ejemplos de las arenas del desierto o del agua del mar como bienes abundantes, y por ello no económicos, olvida algo esencial: un bien económico puede ser abundante e incluso ilimitado y, al mismo tiempo, ser un bien económico. Para ello basta con que el acceso a ese bien tenga ciertas limitaciones, como es el caso de la misma arena cuando se necesita para la construcción (lo que requiere su transporte, distribución, etc.) o del agua no sólo potable, sino incluso la misma marina cuando se necesita y debe ser desalada, por ejemplo. Además, ¿cómo puede decirse que los bienes ilimitados son por definición bienes no económicos? Eso significaría, por ejemplo, que las energías renovables e ilimitadas (la solar, la eólica, la maremotriz, etc.) estarían al margen de la economía, lo cual es absurdo. Además, la definición clásica de la economía no resalta como es debido un aspecto fundamental: el aumento de la productividad lleva consigo un aumento constante de la producción de bienes económicos. Y es que una cosa es la escasez y otra muy diferente las limitaciones de la producción y del acceso a los bienes, lo cual no significa que necesariamente esos bienes no existan y deban ser producidos o que sean escasos.
Respecto al liberalismo económico, tiene su origen en 1776, cuando Adam Smith publicó su libro “Investigación sobre la naturaleza y causa de la riqueza de las naciones”, donde estudia los mecanismos de fijación de precios, el funcionamiento del mercado (donde él ve la “mano invisible” que extrae un bien común del interés particular de los individuos, es decir, que del egoísmo individual –extraña virtud, la verdad, y que él reconoce como motor de la economía- surge el equilibrio que trae el bien común), etc... A él siguieron J.B. Say, quien en 1803 formuló la “ley de los mercados” que lleva su nombre y según la cual la oferta crea su propia demanda cuando los precios varían para equilibrar la demanda y la oferta agregadas, D. Ricardo (1817), J.S. Mill (1848) y A. Marshall (1890).
Estos pensadores liberales sostienen que los precios y los salarios son flexibles, por lo que la economía se desplaza muy deprisa a un equilibrio a largo plazo. Creen que los salarios y los precios flexibles eliminan rápidamente cualquier exceso de oferta o demanda y restablecen el pleno empleo y la plena utilización de la capacidad. La política macroeconómica no puede desempeñar ningún papel corrector de las perturbaciones reales, pues eso sería introducir elementos extraños que alterarían las leyes económicas, pero sí puede, mediante la política monetaria y fiscal, influir en el nivel de precios y en el PIB real.
El liberalismo tuvo una época de indudable esplendor, pero acabó degenerando en el fenómeno del capitalismo salvaje (el capitalismo en realidad es muy anterior, al menos en sus características esenciales), incumpliendo incluso sus propios principios (estaba lejos ya aquel idílico mercado libre con numerosas ofertas y demandas y pronto se tendió a la concentración de capitales y a las empresas precio-determinantes; de la misma manera, la teoría clásica del valor, que afirmaba que las medidas del valor son el trabajo –esfuerzo empleado en la producción de un bien- y el cansancio –lo que se ahorra uno con el uso de ese producto -, pronto se vio superada por la realidad de un mercado que no tenía muy en cuenta esas medidas).
De esta distinción entre liberalismo y capitalismo nace en buena medida la nuestra entre propiedad privada y propiedad capitalista. Recordemos que José Antonio Primo de Rivera consideraba que mientras la propiedad privada era un atributo elemental humano, una proyección directa del Hombre sobre sus cosas, la propiedad capitalista era exactamente lo contrario: la propiedad inhumana, anónima y explotadora de los que se llevan sin trabajar la mejor parte de la producción (los intereses, los dividendos, las rentas, etc.), utilizando el capital no como un instrumento al servicio de la producción, sino como un instrumento técnico de dominación económica que alcanza la categoría de factor fundamental de la producción, y con unos supuestos derechos propios que le elevan incluso por encima del trabajo.
En cuanto al neoliberalismo, es una tendencia actual a volver a aquellos principios del pensamiento liberal, dada la insuficiencia del sistema para encontrar soluciones a problemas de la envergadura del paro, la inflación, etc..., soluciones que no se encuentran y que se pretenden encontrar a cambio de grandes sacrificios. Se trata pues de una política económica, no de un sistema económico (como lo es el capitalista).
Respecto al libre mercado, ya hemos dicho que es una fórmula de distribución de la producción y de fijación de los precios, por lo que tanto podría haber una intervención estatal en ese mercado (regulándolo o actuando como un agente económico activo) dentro del sistema capitalista, como podría darse un modelo de mercado en un sistema no capitalista. Por ello rechazamos la tendencia que hay en muchos economistas a distinguir los sistemas económicos según sean “de libre mercado” o “de dirección central”. Eso es elevar lo que no es sino una característica más, pero no esencial, a la consideración de elemento clave diferenciador.
En cuanto a la globalización (aunque la palabra mundialización parece más correcta), no se trata sino de un fenómeno de internacionalización de la economía cada vez mayor, pero que no deja de ser un proceso comenzado hace mucho tiempo –nada novedoso pues -. Por eso resulta un poco ridículo eso de ser “antiglobalización”. ¿Qué quiere decir eso, que se está a favor de la autarquía, de una internacionalización mínima, o que se es anticapitalista? ¿Porqué no llamar a cada cosa por su nombre? Claro que los “antiglobalizadores” lo que en realidad quieren no es que las naciones sean libres e independientes, sino que se realice una globalización distinta y a su gusto. Evidentemente son personas que viven alejadas de la realidad y que en realidad le están haciendo el juego a los grandes capitalistas y a su modelo uniformador de la humanidad (lo que por otra parte tampoco parece responder a los principios democráticos que unos y otros dicen defender).
Otra aclaración fundamental que conviene tener presente es la distinción entre empresario y capitalista. El empresario es aquel que con su talento emprende y dirige un negocio, pero que no deja de ser un trabajador más. El capitalista es el que fundamenta su título de propiedad de los medios de producción en el hecho de ser el dueño del capital. El capitalista puede ser empresario al mismo tiempo (cosa muy normal), pero no siempre es así. De hecho en la economía actual es cada vez más frecuente ver a empresarios no capitalistas que actúan como meros gestores contratados por una junta de accionistas. Para nosotros el empresario es un trabajador más y es, por lo tanto, necesario para la empresa. El capitalista no.
Otro concepto que, llegados a este punto, conviene aclarar es que no hay un único tipo de crecimiento, sino al menos tres: el exponencial (es el que sigue el sistema monetario actual basado en el interés y el interés compuesto, y supone un crecimiento de magnitudes cada vez mayores), el lineal o mecánico (es un crecimiento constante) y el natural (crecimiento rápido inicial que se va desacelerando y termina estabilizándose en lo cuantitativo, aunque pueda seguir aumentando en lo cualitativo). La dinámica capitalista exige un crecimiento monetario de tipo exponencial (lo cual a largo plazo es insostenible) para poder retroalimentarse y, en cambio, el nacionalsindicalismo necesariamente tendrá que entrar en una dinámica de crecimiento económico de tipo natural.
La sociedad anónima
El progresivo triunfo del maquinismo supuso la aparición de nuevas formas de propiedad. Desplazada la propiedad privada tradicional, se hacía necesaria la aportación cada vez mayor de capital fijo para sostener la gran industria, y la sociedad individual se ve relegada a un segundo plano por la sociedad mercantil. Hay muchos tipos de sociedad mercantil:
A) Sociedad colectiva: Los socios pueden aportar trabajo o capital y su responsabilidad es personal, solidaria e ilimitada. Su capital está dividido en participaciones sociales.
B) Sociedad cooperativa: Los socios se autoemplean (cooperativas de trabajo) o se organizan para autoabastecerse de bienes o servicios (cooperativas de consumo o de servicios), bajo unos principios de organización democráticas, pudiendo ser la responsabilidad limitada o ilimitada.
C) Sociedad anónima laboral: La mayor parte de los socios son trabajadores fijos y éstos poseen la mayoría del capital, quedando la responsabilidad limitada a las aportaciones.
D) Sociedad comanditaria: Los socios sólo aportan bienes, derechos o dinero y su responsabilidad se limita a la aportación, quedando reservada la representación de la empresa sólo a los socios colectivos que responden de forma personal, solidaria e ilimitada.
E) Sociedad de responsabilidad limitada: Hay un número limitado de socios y su responsabilidad se limita a la aportación realizada.
F) Sociedad anónima: Los socios aportan cualquier derecho de contenido patrimonial y el capital, que es lo único que da derecho a la propiedad de los medios de producción, está dividido en acciones. Éstas son títulos al portador, lo que permite su fácil enajenación y el anonimato de los propietarios. Existe un capital mínimo para su constitución y los socios sólo responden de su aportación.
Las especiales características de la sociedad anónima la convirtieron en el medio ideal para la creación de las grandes empresas; con ella el hombre ya no es el propietario; ahora la propiedad es una abstracción representada por trozos de papel (las acciones), algo impersonal, sin rostro ni sentimientos.
Sin embargo, el desarrollo de la sociedad anónima ha servido también para establecer de forma cada vez más clara la separación entre los capitalistas (los propietarios de las acciones) y los empresarios (directivos, hombres de empresa contratados para gestionar y dirigir la labor empresarial). Éste es uno de los fenómenos más significativos del capitalismo moderno y confirma nuestras ideas acerca de la armonización de empresarios, técnicos y obreros, siendo todos ellos trabajadores en un mismo plano frente a los parásitos capitalistas (lo que no significa que no sea imprescindible el capital, sino sólo que éste debe ser suministrado de forma alternativa para poder cumplir su función social).
El salariado
El sistema de salariado es la base del sistema capitalista. El salario es el precio del trabajo. El trabajo se compra y se vende a un precio determinado. No es el fruto del trabajo lo que se vende, sino el trabajo en sí mismo, ya que se considera que el fruto del trabajo nunca forma parte del patrimonio del trabajador al haber comprado el capitalista su trabajo a priori. Muestra de ello es el hecho de que, aunque los resultados de la producción fueran negativos, el trabajador seguiría teniendo derecho a cobrar su salario.
Para nosotros resulta evidente que en el sistema de salariado el trabajador se vende a sí mismo. No en vano el contrato de salariado tiene su origen en el arrendamiento de esclavos romano. La cruel expresión “mercado de trabajo” no hace sino reflejar la imperante idea del trabajador como un elemento más de la producción, como un factor productivo que se compra y se vende. Por eso nosotros rechazamos tal expresión de forma rotunda y sin reservas.
Conviene aclarar que el “salariado” es el nombre de este sistema retributivo, que el “asalariado” es la persona que lo padece, y que el “salario” es la retribución propiamente dicha.
El sistema de salariado sustituyó al sistema de compañía, anterior y mucho más justo. El sistema de compañía se fundamenta en la idea de que todos los que aportan algo (capital, conocimientos, trabajo) deben ir a partes iguales tanto en pérdidas como en ganancias. Es un sistema que respeta más la dignidad humana que el de salariado, pero tiene inconvenientes como el de poner capital y trabajo en un mismo nivel y, sobre todo, que el obrero no puede esperar a que la empresa gane ni puede vivir cuando la empresa pierde.
En cuanto al sistema de salariado, los falangistas no podemos dejar de calificarlo como inmoral, disolvente y antieconómico.
Es inmoral porque el trabajador se vende a sí mismo, lo que atenta gravemente contra la dignidad humana.
Es disolvente porque establece una relación bilateral de trabajo que divide a la sociedad en dos grupos: el de los que venden su trabajo y el de los que lo compran.
Finalmente, es antieconómico porque el asalariado se siente completamente desligado de la función que realiza, del fruto de su trabajo (lo que los marxistas llaman “alienación”).
La plusvalía
La plusvalía es la diferencia de valor entre el producto manufacturado y lo que costó su fabricación (materias primas, energía, etc.). Es, en definitiva, el valor añadido o beneficio bruto (no hay que confundirlo con la tasa de ganancia, que es la relación entre la plusvalía y la composición orgánica del capital, entendiendo por tal la relación entre el capital constante y el variable), y en el actual sistema queda en manos del capitalista.
Para nosotros, en cambio, la plusvalía es fruto de la producción, y por lo tanto no es creación del capital, sino del trabajo. El capital por sí mismo no genera plusvalías. Necesita la intervención del trabajador para tener un valor añadido y por eso creemos que él es su legítimo propietario.
Sin embargo no sería correcto afirmar que nosotros queremos que esa plusvalía se abone directamente al trabajador. José Antonio, que habló inicialmente de asignar la plusvalía “al productor encuadrado en sus Sindicatos” (21-XI-35), precisó más adelante sus palabras, posiblemente influido, según el economista Juan Velarde Fuertes, por los ataques que recibe el concepto de plusvalía por parte de los economistas y por el hecho de que un sistema fiscal progresivo en relación con uno muy adelantado de servicios y seguros sociales consigue de igual modo un reparto eficaz, aunque tal afirmación resulte más que cuestionable a la vista de la realidad. Y es que, en cualquier caso, no parece muy serio un reparto de dinero líquido de esas dimensiones, con unas posibles consecuencias desastrosas para la economía (inflación, devaluación de la moneda, etc.), aunque también es cierto que las consecuencias con un sistema monetario distinto al actual podrían ser distintas, algo difícil de evaluar con rigor a priori. Por eso José Antonio, sin por ello contradecir sus palabras anteriores, precisa que “la plusvalía de la producción debe atribuirse no al capital, sino al Sindicato Nacional productor” (30-IV-36). Así esa plusvalía será administrada en beneficio directo de los trabajadores a través de su Sindicato, pudiendo ser empleado para labores de capitalización, financiación, obras sociales, etc., pero no suponiendo su reparto directo –aparte de la cantidad destinada a la retribución del trabajador, claro está-. En este sentido fue muy interesante la “Ley de Propiedad Social” de la empresa en el Perú de Juan Velasco Alvarado a finales de los años setenta del pasado siglo XX.
El cáncer del interés
El hombre, olvidando el origen y la finalidad del dinero, pronto encontró en él otra manera de vivir sin trabajar: prestar al que no tiene. Así nació la dictadura del dinero, es decir, el capitalismo financiero anónimo y explotador. Claro que en realidad nadie vive sin trabajar, ya que quien vive de tal manera lo que realmente hace es vivir del trabajo de los demás.
De poco sirvió la ofensiva que desde la Antigüedad se emprendió contra lo que se denominó “usura”. Aristóteles (quien dijo: “Hay una rama de semejante industria digna de la execración general, y es el tráfico de dinero que saca ganancia de la moneda violentando su oficio. El signo monetario fue inventado para facilitar las permutas; pero la usura lo hace productivo por sí mismo, porque así como un ser engendra otro ser, así la usura es moneda que engendra moneda. Con mucha razón se ha reputado esta especie de industria por la más contraria de todas a la naturaleza”), Platón, Cicerón, Catón, Plutarco o Séneca fueron algunos de los ilustres pensadores que la condenaron sin paliativos, lo mismo que todas las grandes religiones. Así los judíos tienen prohibida la usura entre ellos, aunque siguiendo sus preceptos sí que la pueden practicar con aquéllos que consideran enemigos. Por ello apelan siempre al versículo que dice: “Al extranjero podrás prestar a interés, mas a tu hermano no prestarás así” (Deuteronomio 23,21), así como a otros del Levítico.
Siguiendo el precepto evangélico de Jesucristo (“haced el bien y prestad sin esperar remuneración”, Lucas 6,35 –la argumentación contraria que algunos esgrimen apoyándose en Mateo 25, 14-30 carece de la solidez necesaria al comparar un mandato de Cristo con las palabras que en una parábola dice un judío que, lógicamente, se guía por las anteriores palabras del Deuteronomio-), la Iglesia condenó siempre la usura, extendiendo a toda la cristiandad la prohibición canónica -que había sido sancionada en el Concilio de Nicea (año 325)- en 443, siendo Papa León I el Magno. Hasta tal punto fue condenada esta práctica que el Concilio de Letrán (1179) dispuso con total claridad: “nosotros ordenamos que los usureros manifiestos no sean admitidos a la comunión, y que, si mueren en pecado, no sean enterrados cristianamente, y que ningún sacerdote les acepte las limosnas”. El propio Papa Alejandro III agravó la severidad de las penas llegando a dictaminar la nulidad de los testamentos de los usureros (en esa época lo relativo a la liquidación de las herencias se hallaba bajo la jurisdicción de los tribunales eclesiásticos).
Santo Tomás de Aquino (siguiendo en buena medida los argumentos de Aristóteles), en su “Tratado de la Justicia” dice que el préstamo con interés, “lo cual se llama usura”, es injusto e inmoral. Es injusto porque “se vende lo que no existe”, ya que el dinero sólo sirve “para hacer las conmutaciones”. Es por ello que “está uno obligado a restituir el dinero que ganó por usura”, ya que sólo hay que devolver tanto como se prestó. En cuanto a su inmoralidad, está claro que la usura se basa en la necesidad del prójimo, con quien hay que practicar la caridad. Por eso “quien da el interés que le exige el usurero, no lo da voluntariamente de suyo, sino presionado por la necesidad, en cuanto necesita recibir el préstamo que no le concedería quien tiene el dinero, a no ser mediante una ganancia usurera”.
En 1745 el Papa Benedicto XIV volvería a recordar la validez de esta doctrina, al igual que lo harían más tarde Pío VIII (1829-1830) y Gregorio XVI (1831-1846), pero la realidad es que se trataba de una época en la que sus condenas caían ya en saco roto. La realidad económica capitalista se iba imponiendo inexorablemente y a partir de entonces la Iglesia, que no puede permanecer ajena a dicha realidad, adapta su condena a la usura –que permanece plenamente vigente en la actualidad- de tal forma que en la práctica se permite en determinadas circunstancias y con ciertas condiciones, y siempre por razones extrínsecas al contrato (de otro modo, en un entorno capitalista como el actual un católico apenas podría desenvolverse y además, salvo que se cambiara el sistema económico, el bien común podría verse afectado si determinados grupos sociales –caso de los católicos- se automarginaran de las prácticas económicas generales), siendo principalmente las siguientes: el daño emergente (privación del prestamista), el lucro cesante (beneficios que se podrían haber obtenido invirtiendo el dinero), el riesgo posible (peligro de no poder recuperar lo prestado), la ley civil (se supone que regula el ámbito económico en orden al bien común), y la pena convencional (multa o penalización al prestatario por su morosidad notable y culpable, aunque en todo caso debe ser moderada y proporcionada a la culpa). Con estas argumentaciones la Iglesia diferencia en la actualidad el interés –que excusa, pero no justifica- de la usura, pasando ésta a ser la práctica abusiva en la exigencia de intereses.
En esta evolución, por paradójico que pueda parecer, tuvo una importancia decisiva la herejía protestante, y muy en concreto Calvino, quien consideraba que la moralidad de la exigencia de intereses dependía de las circunstancias de cada caso concreto y de cada época. Con ello abrió una puerta que ya no ha podido ser cerrada, pues su exigencia de que los intereses debían ser moderados no dejaba de ser otra apreciación subjetiva, y por lo tanto variable y opinable según las circunstancias. El primero que se decidió a traspasar la puerta que abrió Calvino fue C. Salmasius (1588-1653), quien en su obra “De la usura” defendió la idea de que el préstamo con interés es en realidad un arrendamiento de dinero y que éste es vendible, siendo su precio el que se determine por la libre voluntad de las partes.
Después de él fue William Petty quien en 1662 (“A Treatise of Taxes and Contributions”) argumentó que si alguien dispone de dinero querrá obtener con él el mismo rendimiento que el que hubiera obtenido de haberlo invertido en tierra. Con ello Petty pretendía vincular la existencia del interés a la renta de la tierra (argumento insuficiente para los falangistas, ya que también abogamos por la cancelación del pago de estas rentas). También incluyó el argumento del riesgo: cuanto más elevado es el riesgo más justificado está el interés alto como una suerte de seguro que compense los impagos.
Pero sería Turgot quien en su obra “Memoria sobre los préstamos de dinero” haría la crítica más completa a la condena del interés. Él asume los argumentos anteriores, pero añade otros que no pueden obviarse. El primero consiste en aceptar que si bien no puede exigirse la devolución de algo de valor mayor al de lo que se prestó, el valor es algo que sólo lo puede determinar la persona que libremente acepta el contrato; en segundo lugar afirma que el prestador da dinero a cambio de una simple promesa, y ese retardo debe ser compensado con el pago de un interés (esto enlaza con la idea desenterrada por Böhm-Bawerk, en su “Historia de las Teorías del Interés”, de considerar al interés del dinero como un “precio del tiempo”, ya que en realidad sólo se cobra en función del tiempo transcurrido, como si el tiempo fuera propiedad particular del prestamista); en tercer lugar Turgot sostiene que todas las cosas son susceptibles de alquiler, y no sólo aquéllas cuyo uso se diferencia de la cosa en sí misma, dado que en todos los casos el propietario cede el uso de la misma y lo recupera más tarde; en cuarto lugar, Turgot afirma que el prestatario no es el dueño del dinero hasta que no lo ha pagado (es decir, hasta que no lo ha devuelto con su correspondiente interés); y finalmente considera que el dinero que se presta y el que se devuelve no son cosas exactamente iguales, lo que justifica en base a que en tal caso no tendría sentido solicitar un préstamo.
Para los nacionalsindicalistas resulta sencilla la refutación de todas estas argumentaciones desde el momento en que proponemos un sistema económico distinto al capitalista. Los argumentos de la Iglesia que excusan –sin por ello legitimar, no lo olvidemos- el interés pierden su sentido en un entorno económico en el que el incentivo al capital sea otro (en ese contexto la exigencia de intereses atentaría contra el bien común de forma absolutamente incuestionable). Y respecto a los argumentos de Salmasius, Petty y Turgot, hay que reconocer que tienen un fundamento sólido, pero sólo en un entorno económico capitalista donde, por definición, tanto la propiedad privada como el propio dinero se han degenerado respecto a su verdadera naturaleza (a fin de cuentas los billetes no dejan de ser meros pagarés sin valor real, como luego veremos).
Para empezar es un error considerar el dinero como propiedad privada (el dinero es un bien público que emite el estado para facilitar las actividades económicas, pero en realidad no tiene apenas valor intrínseco: su valor está en los bienes reales que lo respaldan), lo que significa que una cosa es su posesión y uso, y otra su propiedad (de la misma manera que nadie puede apropiarse de una autopista o de un embalse –por utilizar un símil joseantoniano-, y mucho menos exigir a otros un precio por su uso); el argumento del riesgo tampoco parece suficiente teniendo en cuenta la exigencia de garantías reales que acompaña a los préstamos; en cuanto al precio del tiempo...¿cómo puede venderse algo así y quién es su legítimo propietario?; el argumento de que el valor de las cosas lo determina uno mismo cuando es libre, aún dándolo por válido resulta inaplicable al caso, pues está claro que quien pide un préstamo lo hace normalmente empujado por una necesidad, lo que en cierta forma le coacciona (ya José Antonio denunció esto cuando criticó las libertades formales del estado liberal); y respecto a lo de que el dinero que se presta y el que se devuelve no son exactamente iguales, tiene razón Turgot: se devuelve una cantidad mayor... Lo que se esconde detrás de este último argumento no es sino una falacia, ya que lo que realmente pretende es compilar en él la mayor parte de los anteriores argumentos.
Lo cierto es que en un entorno económico libre de intereses y con la banca nacionalizada, el dinero cumpliría únicamente el fin para el que nació, por lo que el sentido que los anteriores argumentos tienen en el sistema capitalista no sería aplicable y carecerían de sentido.
Los efectos perniciosos del interés en la economía real
Hasta aquí hemos visto como el dinero, inserto en la dinámica capitalista, se convierte en un instrumento técnico más de ejercer el dominio, tal y como denunció José Antonio (ejemplificándolo de forma magistral en su discurso del 17-XI-35), pero conviene analizar con más detalle hasta qué punto la existencia de intereses en la economía resulta un problema más que otra cosa. Veamos por qué.
Para empezar hay algunos errores muy comunes sobre el interés que conviene aclarar.
El primer error importante consiste en creer que los intereses sólo se pagan en los préstamos. Lo cierto es que en todo precio se paga un interés encubierto: el coste del capital (suele ser entorno al 50% del precio final, por lo que un sistema económico libre de intereses permitiría mantener el nivel de vida trabajando la mitad o bien trabajando lo mismo tener el doble de riqueza –siempre que sea capaz de asegurar la circulación monetaria).
También es un error creer que los intereses son iguales para todos, cuando lo cierto es que alrededor del 80% de la población paga más intereses de los que recibe, un 10% recibe ligeramente más, y tan sólo el otro 10% recibe casi todo lo que paga de más el 80% (datos de Alemania). Es el sistema de intereses lo que mantiene el proceso de concentración de la riqueza, con lo que hoy está claro que la plusvalía, cuyo origen está en la producción, se distribuye más en la fase de circulación de bienes y servicios –y cada vez en mayor medida en la del dinero-.
La especulación es la causa fundamental de que el volumen de dinero utilizado en el mundo para las transacciones sea hoy entre 15 y 20 veces mayor de lo realmente necesario para financiar el comercio internacional real.
Tampoco es cierto que las subidas salariales sean la principal causa de la inflación, pues el interés, como hemos visto, incide mucho más. No olvidemos tampoco que el Estado recurre muchas veces a la inflación para paliar sus deudas, pero a costa de ese 80% de la población que paga más de lo que recibe y que no puede invertir en valores resistentes a la inflación al mismo nivel que el 10% más rico.
Sólo el crecimiento económico exponencial logra que la mayor parte de la población soporte las deficiencias del sistema económico basado en el interés.
Ciertamente, el interés es el fundamento del actual sistema monetario, pero al mismo tiempo es también su mayor problema, ya que obliga a un crecimiento monetario de tipo exponencial. En efecto, el interés compuesto hace que el dinero se duplique a intervalos regulares (a un 1% se duplica en 72 años; a un 3% en 24; a un 6% en 12; a un 12% en 6; etc.) y eso hace matemáticamente imposible el pago continuado de intereses. ¿Cómo se soluciona esta evidente contradicción? Pues recurriendo a la injusticia social, a la expoliación de los países subdesarrollados, a la sobreexplotación de la naturaleza, a las guerras -que suponen negocios por un lado y por otro destrucción para poder volver a empezar-, a las crisis más o menos periódicas que sirven para reconducir una situación insostenible, etc.
Para acabar con todos esos problemas es necesario, pues, instaurar un nuevo sistema monetario libre de la servidumbre del interés pero que tenga otro mecanismo eficaz para garantizar la circulación monetaria y, al mismo tiempo, facilitar el intercambio de bienes y servicios, el ahorro y el préstamo algo que puede hacerse estableciendo una tasa de uso o de circulación al dinero.
Fallos del sistema económico capitalista
José Antonio, aceptando los análisis marxistas, puso en evidencia el fracaso social del capitalismo y su fracaso técnico. Las causas de su fracaso social son:
A) La aglomeración del capital, producida por la gran industria que, aparte del capital variable, necesita grandes cantidades de capital fijo (instalaciones, maquinaria, etc.), capital que sólo puede amortizar produciendo en grandes cantidades a precios muy bajos (lo que arruina las pequeñas industrias y termina por absorberlas).
B) La proletarización: la aparición del problema social, es decir, de la relación bilateral del trabajo con todo lo que eso supone de inmoral, disolvente y antieconómico.
C) La desocupación: generada por el desplazamiento del hombre por la máquina y por el fenómeno del subconsumo.
En cuanto a su fracaso técnico, las causas son:
D) Crisis periódicas: son intrínsecas al propio sistema. Sus contradicciones internas provocan la tendencia a la caída de la tasa de ganancia (la superproducción y la saturación de los mercados intensifican la competencia; el pleno empleo fortalece las reivindicaciones obreras aumentando los “costes laborales”, etc.) lo que provoca cierres y despidos (lo que a su vez supone una caída de la demanda), es decir, crisis. Sin embargo, pese a que las causas de las crisis son endógenas, las causas del crecimiento siempre son exógenas, es decir, ajenas a la propia esencia del sistema capitalista.
E) Necesidad del Estado: la insuficiencia del sistema ha hecho necesaria la intervención estatal para buscar una salida a la incapacidad de la demanda para hacer frente a la superproducción intrínseca a la naturaleza acumulativa del capitalismo. Así pronto se pasó de aquél liberalismo que no quería intervencionismo del estado a la necesidad de que éste le lanzara un salvavidas, salvavidas que está provocando la crisis fiscal del Estado que se explica en el punto N.
F) Fin de la libre concurrencia: la naturaleza acumulativa del capitalismo (causa A) tiende a poner la producción en manos de unas cuantas entidades poderosas. Esta tendencia al oligopolio hace imposible aquél libre mercado idílico de los liberales y aparecen incluso las denominadas “empresas precio-determinantes” (aquellas con un dominio tal de la oferta que pueden sustraerse de la ley de la oferta y la demanda y establecer los precios que más les interesen).
Pero hay otras muchas causas del fracaso capitalista:
G) El subconsumo: se produce cuando los capitalistas no logran vender las mercancías en sus valores de producción, dado que ésta crece más rápidamente que la demanda. En estos casos sólo hay dos opciones: o se prosigue saturando el mercado de productos que no es capaz de absorber, lo que hace caer la tasa de ganancia y provoca la crisis, o el propio sistema controla la producción, manteniendo recursos ociosos, lo que deriva en estancamiento. El subconsumo es inevitable en el sistema capitalista por serle intrínseco, y sólo se puede solucionar con un adecuado proceso de planificación.
H) La naturaleza abstracta del dinero y el cáncer del interés: el dinero ha dejado de estar respaldado por un valor real. Hoy sólo se basa en la confianza. El sistema basado en el interés, lo cual ya de entrada lastra el sistema monetario e impide que el dinero pueda cumplir con su misión, se ha visto agudizado con este proceso de desnaturalización, aunque es necesario resaltar que tampoco el patrón oro respondía a lo que tenía que ser el dinero: la plasmación monetaria de la producción real. Y es que todo lo que no sea respaldar el dinero con la producción real, es decir, con el trabajo, es un error.
I) Las patologías sociales en el interior del sistema: el sistema capitalista se basa en la presunción del comportamiento racional del hombre, pero éste se mueve muchas veces por impulsos; no consume siempre que puede; hay muchos marginados del sistema; hay mucho “consumo asistido” por el Estado; el paro estructural es ineliminable por los métodos habituales y hay una gran cantidad de asistencia social, lo cual, a largo plazo, puede acabar reduciendo profundamente el consumo y traer una tremenda crisis.
J) La burocratización del Estado: dada la complejidad de la sociedad moderna, el Estado se muestra cada vez más lento e ineficiente para legislar y gestionar adecuadamente la economía.
K) La frontera ecológica: las necesidades expansivas de la economía capitalista nos han llevado a un nivel tal de contaminación del planeta, que ya no es posible sobrepasar mucho más y que, necesariamente debe actuar como límite al crecimiento, al menos que se lleve a cabo una ambiciosa y costosísima política ecológica.
L) La mundialización de la economía: su objetivo ha sido especializar a los países pobres en determinados ramos de producción, evitando su autosuficiencia al depender de la tecnología y las manufacturas “occidentales”, al tiempo que los organismos internacionales de que se sirve el capitalismo (Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial, Organización Mundial del Comercio) obligan a esos países a unas políticas de ajuste permanentes que no sirven sino a los intereses de los más ricos. Es la nueva versión del colonialismo, sólo que más cruel, pues más de 800 millones de personas se mueren de hambre mientras se trata de limitar la producción de alimentos o, incluso, se llega a la eliminación de “excedentes” para no alterar las sacralizadas leyes del mercado. Increíble, pero cierto.
M) La injusticia social: es la consecuencia de todo lo anterior, de las desigualdades que el keynesismo ha pretendido eliminar en las economías occidentales, pero que el fenómeno de la mundialización (lo que con menos propiedad llaman algunos “globalización”) ha internacionalizado, reproduciendo aquellos problemas, en origen locales o nacionales, a nivel mundial. Es decir, que como no era posible eliminar el problema, se ha recurrido a su exportación.
N) La crisis fiscal del Estado: James O´conor ha estudiado este fenómeno partiendo de la idea de que el capitalismo es una forma de producción de suma cero (afirmación, todo hay que decirlo, sólo parcialmente correcta), es decir, que las ganancias de unos se producen a expensas de lo que otros pierden (lo que suele ser cierto en el modo de producción capitalista, aunque no en todos los casos). Así el sistema, para mantenerse, tiene que recurrir al Estado, cumpliendo dos funciones fundamentales:
1.- De legitimación: con el objeto de mantener la paz social.
2.- De acumulación: con el objeto de mantener la rentabilidad del capital.
Pero todo esto amenaza con resquebrajarse, ya que, por un lado la clase trabajadora necesita una cantidad creciente de gasto social y el Estado acaba por no poder hacer frente a esos gastos de legitimación; y por otro lado el Estado llega un momento en que ya no puede favorecer la acumulación de capital privado, cayendo los beneficios, los salarios y la inversión. Entonces se busca una salida en la colaboración aún más estrecha entre el Estado y el capital privado. Es en ese momento cuando el fenómeno de las privatizaciones supone la asunción por parte del capital privado de funciones tradicionalmente reservadas al Estado y de la realización de los grandes proyectos de infraestructuras (fenómeno de vivísima actualidad en España).
El nacionalsindicalismo
Una vez hemos examinado el capitalismo y sus principales fallos como sistema económico, llega el momento de exponer, aunque sea brevemente, la que, hoy por hoy, se presenta como la única alternativa real y total a ese sistema. No voy a exponerlo en detalle, pues ello llevaría demasiado tiempo, pero al menos sí quiero dar una completa visión de conjunto. Eso sí, en cualquier caso hay que tener en cuenta que la Revolución Económica no es sino sólo una parte de la Revolución Nacionalsindicalista, una revolución que aspira a implantar una verdadera Justicia Social, pero siempre sobre la base de la primacía de lo espiritual, que es al fin y al cabo lo que da verdadero sentido a nuestra existencia. Partiendo de ello, podríamos resumir el modelo económico nacionalsindicalista en los siguientes puntos:
- La soberanía nacional siempre será ficticia si no viene acompañada de una efectiva y real soberanía económica. Esto no es sinónimo de autarquía, sino de independencia. No se trata de dejar de comerciar ni de aislarnos del mundo, sino de poder tomar las medidas económicas y monetarias que, sin necesidad de perjudicar a los países más desfavorecidos, mejor convengan a nuestra nación. Este tipo de medidas en el sistema capitalista siempre suponen perjuicio para otros, pero entiendo que en un sistema económico sindicalista no sería así, ya que la explotación que no permitiremos aquí tampoco la vamos a practicar de cara al exterior. Otra cosa es que no permitir nuestra explotación económica pueda perjudicar a los explotadores... Recuperar nuestra soberanía económica y monetaria resulta, pues, un deber ineludible para nosotros.
- Creemos que el Hombre debe ser el eje sobre el que gire todo el sistema y, por tanto, es el Hombre la referencia obligada también en economía. La economía debe servir para mejorar la vida del Hombre, y no puede ser el Hombre el que esté al servicio de la economía, como sucede en la actualidad.
- Creemos, pues, que partiendo del Hombre, debe ser su trabajo -con su doble sentido material y espiritual- la base y el fundamento de la economía, el mayor título de dignidad social -debiendo tener preeminencia sobre los demás aspectos de la economía (capital, etc.)-, y debiendo ser considerado no sólo como un derecho, sino también como un deber social. El vago y el zángano no tienen cabida en nuestro modelo de sociedad.
- Rechazamos la propiedad capitalista: la propiedad de los bienes debe ajustarse a la lógica derivada de la doble finalidad de los mismos, individual y social. Ello nos lleva a propugnar los siguientes tipos de propiedad: individual (bienes de uso y consumo), familiar (vivienda, pequeño negocio, etc.), comunal o municipal (pastos, cotos, etc.), sindical (empresas, organismos de asistencia sociolaboral, etc.) y nacional (recursos naturales, empresas estratégicas y militares, etc.).
- El Sindicato Vertical (unitario y aglutinador obligatorio y democrático de todos los trabajadores: directivos, técnicos y obreros) será el órgano económico sobre el que se fundamentará todo el entramado económico; estará organizado por ramas de producción y con criterios geográficos (ámbitos comarcales, provinciales, regionales y nacional); así mismo tendrá el rango oficial de Órgano Autónomo del Estado y tendrá presencia en todos los órganos de participación política (y en todos los niveles), junto con las demás entidades naturales y de convivencia social que deben encauzar la verdadera (y, por lo tanto, orgánica) representación del pueblo en las instituciones.
- Los medios de producción (y la plusvalía) serán de quienes directamente los utilizan para trabajar a través del Sindicato de Empresa.
- La planificación económica del Gobierno, como norma general y salvo situaciones excepcionales, sólo puede ser indicativa, correspondiendo la planificación general de la producción al Sindicato Nacional.
- El mercado mixto (es decir, intervenido pero no dirigido) será el método de distribución de los productos (lo que limitará la planificación), aunque se estimularán las cooperativas de distribución y consumo (en ello tendrán un especial interés los propios trabajadores, por lo que es de suponer que el Sindicato pondrá un especial empeño en su promoción).
- Se nacionalizarán:
· El sistema monetario.
· Todo el sistema bancario.
· Todos los recursos naturales.
· Las empresas de interés nacional.
· Los servicios públicos.
· Los seguros.
- La política monetaria estará basada en el dinero natural (sin intereses, con tasa de uso y con respaldo basado en el trabajo y en la productividad real), lo que favorecerá la reducción de costes (en este caso del capital) y la competitividad (aparte de posibilitar una realista reducción de la jornada laboral, algo no factible en el sistema actual, pese a los avances de la técnica, por culpa de la propia dinámica capitalista).
- La capitalización de la empresa se realizará a través de las aportaciones de los propios trabajadores, de la Banca Sindical (cuyos fondos se nutrirían de la parte de la plusvalía destinada a tal fin y del ahorro de los propios trabajadores, que necesariamente se canalizarían a través de ella) y de subvenciones (en caso de situaciones económicas difíciles, por interés nacional y siempre de forma excepcional, podrían autorizarse los préstamos personales con derecho a un interés pactado y sin derecho a propiedad; los préstamos personales sólo serían lícitos en esas situaciones para ser concedidos a quienes se les hayan negado los oficiales y las subvenciones; los préstamos personales sin interés superior al IPC serían lícitos en todo caso, claro).
- Reforma Agraria sobre la base de la reordenación del campo siguiendo una búsqueda racional de unidades económicas de cultivo y suprimiendo de inmediato el pago de las rentas para, posteriormente, expropiar las tierras para asignárselas a los agricultores según cada caso (desde la propiedad individual a la sindical, pasando por la familiar y la comunal o municipal), ya que cada tipo de explotación agraria tiene sus propias características.
- Las competencias sobre protección social del trabajador serán del Sindicato Nacional, aunque el Estado estará obligado a actuar siempre de forma subsidiaria para así evitar que puedan producirse situaciones de desamparo.
- El Estado atenderá a los parados involuntarios mientras estén en dicha situación, aunque exigiéndoseles contrapartidas (realizando tareas de interés social o nacional) para no estar subvencionando el paro voluntario sin pretenderlo.
Una transición posible hacia el nacionalsindicalismo
Un tema sobre el que ningún economista que defienda el nacionalsindicalismo se ha atrevido a tratar con un mínimo de rigor, es el difícil tema de cómo realizar una transición económica desde el capitalismo. Yo modestamente me he atrevido a esbozar una serie de ideas al respecto. Espero y deseo que algún economista con más capacidad y conocimiento se atreva a recoger el guante y profundice más y mejor en tan difícil tarea. Nada me gustaría más.
Desde mi punto de vista dos son las posibilidades de transición del sistema capitalista al sindicalista: la revolucionaria y la reformista.
David Scheweikcart, en su libro “Más allá del capitalismo”, publicado en España en 1997, planteó una hipotética transición en EE.UU. hacia lo que él llama la “Democracia Económica”, y que no es otra cosa que una economía autogestionaria basada en el cooperativismo. Si bien la realidad económica de los EE.UU. y la Democracia Económica no son idénticas a la realidad española y a nuestro modelo de sindicalismo, hay grandes similitudes, por lo que su estudio, con las debidas adaptaciones, resulta muy útil.
1.- Transición reformista: Es lo que Scheweickart llama “vía lenta” y supone una transición progresiva consistente en la adopción de doce medidas fundamentales:
A) Creación de cooperativas, ya sea partiendo de cero o transformando las empresas ya existentes. No sería algo repentino, sino algo a fomentar para que se vaya generalizando poco a poco.
B) En un primer momento se aumentarían por medio de leyes la participación en la gestión y en los beneficios de las empresas.
C) Reforzamiento del papel del movimiento sindical para que actúe como motor del cambio.
D) Control social de la inversión de la siguiente forma:
1.- Sustituyendo las rentas de la propiedad como fuente de los fondos de inversión por impuestos.
2.- Obligando al capital a invertir en su región.
3.- Obligando a los inversores a dar prioridad a lo acordado democráticamente en las empresas frente a las prioridades del mercado.
E) Puesta en práctica de una política monetaria de bajos tipos de interés que beneficie a la producción y rebaje la presión de la deuda pública.
F) Establecimiento de un impuesto de uso sobre la actividad del capital (en lugar de gravar el consumo o la renta).
G) Impedir y castigar las previsibles fugas de capital.
H) Aumento progresivo de la participación obrera en la gestión y en los beneficios hasta llegar al 100% en ambos casos, pero no la propiedad. Ésta seguirá siendo de los mismos capitalistas, pero será finalmente un título sin valor ninguno.
I) Creación de una red de bancos públicos municipales o comarcales.
J) Políticas proteccionistas y reducción del comercio con el exterior, enfocando la producción hacia el interior (en otros países el sistema de salariado supone una competencia injusta).
K) Supresión progresiva del salariado.
L) Traspaso de los fondos privados de pensiones (que son ingentes sumas de dinero invertidas en los mercados de valores) a la Seguridad Social, lo que garantizaría esas pensiones y pondría en manos del Estado la propiedad de gran parte de la riqueza productiva de la nación.
A estas doce medidas parece necesario añadir otra que Scheweikcart no contempla, pero que parece necesaria como continuación lógica y necesaria de la medida E, tal y como apunta Margrit Kennedy (“Dinero sin inflación ni tasas de interés”):
M) Transformación del sistema monetario sustituyendo el interés por la tasa de uso o de circulación (el dinero libre de intereses tendría una tasa de crecimiento natural), lo que evitaría los problemas inflacionistas y la consiguiente devaluación de la moneda.
Pero esta transición reformista plantea demasiados problemas. En primer lugar tropezaríamos con la resistencia de los capitalistas, que intentarían fugarse con sus capitales y cerrar sus empresas antes de que su título de propiedad no tenga valor. Además, actualmente el movimiento sindical no tiene el vigor necesario para ser motor del cambio y no es partidario de la autogestión obrera, ya que, según ellos, acaba con la solidaridad y la conciencia de clase y supone el fin de los sindicatos tradicionales y sus prebendas.
Además este cambio progresivo en un solo país , si bien es posible, será difícil si se le añaden los demás problemas y hay hostilidad exterior. El fenómeno de la mundialización económica (lo que otros llaman “globalización”) haría necesario, antes de comenzar con las reformas, un aumento del ahorro interno, cambiar las pautas y los montos de consumo tanto privado como público y tener controlados los mercados financieros. Hay que añadir las dificultades que pueden surgir en caso de un ataque financiero desde el exterior, aunque España, en caso de hundimiento de su moneda tiene la ventaja de que vería revaluadas sus reservas de divisas (abundantes gracias al turismo), si bien este efecto sólo tiene una incidencia importante a corto plazo.
Finalmente, las políticas proteccionistas perjudican la innovación tecnológica y a los países subdesarrollados que ven reducidos sus mercados. Todo esto hace pensar a Scheweickart que, si bien es posible, tal reforma es sumamente improbable, pues ningún partido político podría concitar durante el tiempo necesario el apoyo preciso para culminarla.
2.- Transición revolucionaria: Se trataría de un cambio radical y repentino que no permita ni vueltas atrás ni frenos a causa de las dilaciones reformistas (en estas situaciones las vueltas atrás y las revoluciones a medias tienen siempre consecuencias mucho peores que cualquier otra alternativa). Debería constar de dos primeras fases, según el nivel de prioridad de las medidas, y otra de consolidación, aunque antes se haría necesaria una fase previa de preparación enfocada a garantizar el suministro necesario de materias primas, energía y alimentos (para lo cual sería preciso establecer las oportunas alianzas político-económicas con los países que pudieran asegurarnos dichos suministros), así como a aumentar el ahorro interno y las demás medidas previas ya apuntadas en el modelo de transición reformista. Después de esta fase previa de preparación ya podríamos afrontar las fases de la transición propiamente dicha.
· Primera fase (primeros días de la transición):
A) Medidas previas de control del ahorro interno y de control de los mercados financieros (bloqueo temporal de cuentas no corrientes, suspensión de las cotizaciones en Bolsa, etc.).
B) Supresión del pago de todas las rentas.
C) Autogestión inmediata de todas las medianas y grandes empresas, pero manteniendo los directivos temporalmente.
D) Nacionalización del sistema bancario y de los seguros.
E) Establecimiento de una política arancelaria proteccionista como precaución comercial.
F) Ajustes secundarios: Habría que tratar por separado las hipotecas de vivienda, las rentas de alquiler y los créditos al consumo, habría que adoptar medidas como el traspaso a la Seguridad Social de los planes de pensiones privados que dependen de ingresos accionariales; se compensaría a los pequeños accionistas y rentistas para evitar la enajenación de miles de acciones y obligaciones; etc.
· Segunda fase (siguientes semanas y meses):
A) Supresión del salariado.
B) Proceso de sindicalización de las empresas.
C) Estructuración del sindicalismo vertical y territorial.
D) Pago de indemnizaciones a los antiguos propietarios a base de los beneficios que vayan generando las empresas.
E) Posible reducción del comercio con el exterior, reduciendo las importaciones y creando nuevos hábitos de consumo si es necesario (Krugman ha demostrado en 1990 que si se redujera el comercio mundial un 50%, la renta mundial sólo se reduciría un 2´5%).
F) Creación de un impuesto sobre el uso de los activos de capital (para compensar la falta del ahorro por la supresión de los tipos de interés y para reducir la inflación).
· Tercera fase: Sería en realidad una continuación de la segunda (incluyendo el nuevo sistema monetario –medida M de la transición reformista- como continuación lógica de la medida F de la fase anterior) y culminaría con la adopción de todas las medidas necesarias para completar el sistema nacionalsindicalista.
Las consecuencias de esta transición revolucionaria en la primera fase no serían tan perniciosas como las de la reformista, pues no se da tiempo a los capitalistas a defenderse cuando aún están fuertes. Al día siguiente de la Revolución casi todos seguirían trabajando en lo mismo que antes y los directivos seguirían dirigiendo las empresas. Se seguiría fabricando y vendiendo como antes y sólo se quedarían en paro los capitalistas y los financieros. Los verdaderos efectos se empezarían a notar al final de la segunda fase, pero los instrumentos de poder y de control económico estarán ya en manos del Estado y del Sindicato. Un cambio similar al descrito Scheweickart lo ve como posible, pero no factible si no se dan unas circunstancias revolucionarias. En una democracia liberal no es posible tal perspectiva (ya se vio en la Suecia de 1976).
Lo importante es que el pueblo desee el cambio y lo apoye. Un pueblo dispuesto a producir riqueza puede salir adelante por encima de todas las dificultades que, sin duda se le opondrán.
En buena medida los problemas ya planteados se mostrarán de forma permanente, pero su incidencia será cada vez menor a medida que se superen las fases iniciales de la transición revolucionaria, pero dependería mucho de la hostilidad que puedan mostrar las demás naciones y los centros de poder económico mundial. Un hipotético bloqueo económico podría tener efectos desastrosos si incluyese a los países que nos exportan energía y materias primas.
Sería preciso enfocar la política energética hacia la autosuficiencia, especialmente desarrollando las energías alternativas, pero hay que ser consciente de que, hoy por hoy, la autarquía es inviable. Tendríamos que intentar no marginarnos totalmente del comercio internacional (pese a que en buena medida posiblemente haya que hacerlo) y optimizar los recursos nacionales. Pero, la verdad es que no es posible establecer claramente todas las consecuencias económicas de la aplicación del nacionalsindicalismo en un medio hostil. Dependería ya de cuestiones de política internacional ajenas a la propia economía, pero con indudable incidencia en ella.
Lo que no podemos cuestionar los falangistas es que la sustitución del capitalismo por un sistema económico más justo es una alta tarea moral absolutamente necesaria. Sostener otra cosa es un delito de lesa humanidad.
Jorge Garrido San Román
Valladolid, 7 de mayo de 2005
04/05/2005
Por L. Luna
Una reflexión general llevaría a la conclusión de que un sistema que fundamenta sus instituciones y formas sociales sobre una falsificación de la naturaleza humana tiene que entrar en conflicto antes o después con la realidad misma, con el orden natural de las cosas, y en virtud de ese conflicto entrar en crisis y disolverse . Una crisis así no sería, desde luego, una crisis coyuntural y transitoria del Sistema, sino una crisis estructural que podría ser la definitiva. Decimos que un sistema sufre una crisis estructural cuando los problemas a los que se enfrenta son consecuencia de la naturaleza misma del sistema y, por esto mismo, no pueden resolverse dentro de los límites del sistema. Intentaremos mostrar con claridad que el Sistema se enfrenta ya hoy con cinco frentes de problemas que constituyen otros tantos límites de su vigencia histórica, y que se enfrenta con ellos en virtud de su naturaleza misma, esto es, que se enfrenta con ellos como problemas estructurales.
1.El límite bionatural
En la medida en que el Sistema desconoce la vinculación del hombre con la naturaleza y las determinaciones naturales del ser humano, es inevitable que su proyecto entre en contradicción con la naturaleza misma humana y extrahumana, imponiéndose de este modo a sí mismo un límite que puede desglosarse en tres apartados:
a) El límite ecológico: de sobra conocido, amenaza definitivamente el proyecto capitalista.
b) El límite demográfico: el desconocimiento de la diferencia y peculiaridad de la mujer, propio del igualitarismo, así como el egoísmo, el individualismo y el materialismo de los comportamientos sociales han hecho caer los índices de natalidad provocando en todo Occidente un envejecimiento de la población que, además de ser económicamente insostenible, amenaza el futuro de nuestro pueblo.
c) El límite sanitario: en los últimos años, las enfermedades producidas por el modo de vida ("enfermedades de la civilización") han pasado a constituir una parte importante del malestar de la población y del gasto sanitario; el modelo social mismo se revela como patógeno. A ésto se añaden nuevas epidemias, como el SIDA.
Este límite viene en general provocado por la incapacidad del racionalismo del Sistema para hacerse cargo de la dimensión natural del ser humano.
2.El límite nacional
El Sistema, en la medida en que se esfuerza por la realización efectiva de la igualdad, tiende a no tolerar las diferencias entre los grupos humanos, y en la medida en que no reconoce el vínculo del individuo con su tradición, con su comunidad y con su tierra, tiende a disolver las identidades nacionales. En el Este de Europa, el régimen comunista lo intentó durante setenta años de totalitarismo igualitarista, y hoy vemos como, desaparecido el comunismo, los pueblos se levantan, a veces dramáticamente, por su identidad nacional. También el capitalismo intenta borrar las identidades colectivas, estimulando, por ejemplo, la inmigración masiva a Europa. Para el capitalismo, la inmigración sólo es un capítulo de la liberalización internacional del mercado de trabajo, que de paso le procura mano de obra abundante y barata. Pero los pueblos receptores del flujo migratorio empiezan a reaccionar contra la amenaza que éste representa para su identidad nacional. También, en el Tercer Mundo, las naciones árabes comienzan a desarrollar una poderosa conciencia nacional y religiosa.
En conjunto, parece evidente que el proyecto del Sistema se va a estrellar contra la voluntad de los pueblos de conservar su identidad.
3.El límite económico
La economía del capitalismo internacional no está sometida a una dirección política y espiritual que garantice su estabilidad y salubridad, sino que está al servicio de intereses privados de minorías financieras. Esto provoca cuatro clases de perturbaciones:
a) El desempleo: las políticas económicas destinadas a proteger los intereses financieros hacen imposible la consecución del pleno empleo en los países occidentales.
b) La inestabilidad de los intercambios internacionales, debido a la liberalización prematura de los mercados y a la especulación.
c) Los vaivenes bursátiles y las recesiones cíclicas, producidas por la especulación y el deficiente control de la economía.
d) Los imparables déficits públicos provocados por el despilfarro de las élites políticas y por las necesidades de asistencia social que supone el desempleo y el envejecimiento de la población.
Estos fenómenos, añadidos al límite ecológico, establecen un límite histórico para el modelo económico vigente.
4.- El límite espiritual
El Sistema, obligado por su contenido ideológico a desconsiderar la relación del hombre con lo espiritual, suprime uno de los elementos necesarios para el correcto funcionamiento de la vida comunitaria. De ahí se deriva una degradación de la vida colectiva que se manifiesta en desórdenes sociales como la corrupción o la criminalidad, pero también una degradación de la vida personal que se hace patente en desórdenes psicológicos como, por ejemplo, la depresión o la droga. E1 hecho de que ninguna sociedad pueda persistir sin un ambiente espiritual y moral mínimo impone también un límite histórico a este modelo social.
5.El límite político
Finalmente, el cúmulo de todos los problemas anteriores plantean a las estructuras políticas del Sistema unas exigencias a las que éstas no pueden responder. E1 sistema plutocrático y partitocrático es absolutamente incapaz de hacerse cargo de los problemas a largo plazo de la población y de resolverlos eficazmente. La ausencia de una verdadera democracia, de un verdadero debate social, el predominio de intereses particulares y la corrupción de los políticos hacen que el modelo político no esté a la altura del momento histórico. Se da así una insuficiencia política del Sistema. Esta serie de problemas, que proceden todos de las estructuras mismas del Sistema y resultan por eso insolubles dentro de sus límites, parecen demostrar que el Sistema se enfrenta a una crisis definitiva.
LA ALTERNATIVA
La alternativa no puede consistir más que en la recuperación del equilibrio mediante la inserción en el orden natural de las cosas. Durante la modernidad el ser humano ha vivido un largo exilio del que es necesario regresar. Ya en el Romanticismo alemán, Hölderlin trataba el tema del regreso a la Patria (Heimkunft), un tema que la Generación del 98 hizo suyo en España; José Antonio Primo de Rivera, influido por el 98, hablaba de la vuelta universal hacia uno mismo de cada pueblo, y Heidegger replanteó el tema de la vuelta a casa (Heimkehr). El ser humano debe reencontrar su modo de habitar en los grandes ámbitos suprahumanos o supraindividuales: la naturaleza, la historia, la divinidad. Esto no puede lograrlo más que rompiendo el marco ideológico de la concepción racionalista del hombre, es decir, reconociendo al hombre como ser actualmente finito y potencialmente infinito. Mediante el reconocimiento de la finitud humana el hombre podrá volver a considerar sus determinaciones y vínculos naturales e históricos, así como la necesidad de trascenderse hacia el infinito, hacia la divinidad, en cuyo seno podrá satisfacer su ansia de infinitud. Este es el contenido de un proyecto político de rango histórico suficiente para servir de alternativa a todas las estructuras del Sistema en crisis.
LA ESTRATEGIA
Con todo, en un primer momento, el movimiento político alternativo deberá presentarse de manera negativa: esto es, como denuncia del Sistema. Su estrategia básica consistirá, por consiguiente, en la denuncia sistemática y en la agitación de todos los problemas estructurales del Sistema que hemos mencionado al hablar de sus límites.
03/05/2005
Por Sergio Cerón
Ningún sistema ha sido más detestable que el actual que transforma todas las actividades vivientes en mercancía; amenaza, incluso, la humanidad del hombre, afirma Alain De Benoist. Según Noam Chomsky, la comunidad de las finanzas detenta el poder real y la masa ciudadana ha sido convertida en un "rebaño desconcertado" al que se domestica mediante los servicios de una clase dirigente sumisa y corrupta y la complicidad de los medios de comunicación. Monseñor Michel Schooyans, doctor en sociología y filosofía de la Universidad de Lovaina, denuncia que se está construyendo un imperio de clase que emana del consenso establecido por la internacional de la riqueza y que "nos encontramos ante la más peligrosa ideología imperialista totalitaria que ha conocido el mundo
En el numero 111 de la revista "Elements", uno de los más profundos y comprometidos pensadores europeos, el francés Alain De Benoist, alguna vez exponente de la llamada "Nueva Derecha", calificación que detesta - se opone a la dialéctica de las ideologías - se pregunta si es posible un mundo distinto al de la globalización actual. Este hombre, cuyo pensamiento rechaza la especulación metafísica y teológica, camina por el filo del paganismo y proviene de una generación originariamente influenciada por el nacionalismo con influencias fascistas, coincide en su análisis con Noam Chomsky, lingüista judío de prestigio universal, activista político de izquierda, destacado miembro del Instituto Tecnológico de Massachussets y con el sacerdote belga, monseñor Michel Schooyans, profesor emérito de la Universidad belga de Lovaina, doctor en Sociología y en Filosofía y miembro consultor permanente del Consejo Pontificio para la Familia, en enfrentar decididamente en el plano intelectual al orden imperante en el mundo de hoy.
ALDEA GLOBAL DONDE IMPERA EL LUCRO
¿En qué mundo estamos viviendo?, se pregunta De Benoist. Y responde que virtualmente no es otra cosa que una aldea global donde el progreso económico, del que se supone que todos obtendrían beneficios, encararía una ineluctable evolución hacia un modelo político: la democracia liberal representativa, de la que los Estados Unidos constituirían el modelo más acabado. Ese mundo se convertiría en un vasto mercado poblado por simples consumidores, sometidos cada vez más a un orden mercantilista.
Ese sistema está basado en la transformación de todas las actividades en mercancías. La mercancía sólo tiene valor por medio del dinero. En ese mundo de la mercancía, la ley suprema es la del lucro, legitimado por una antropología que convierte al individuo en un ser que apunta siempre a la maximización de su propio interés. La sumisión progresiva de todos los aspectos de la vida humana a las exigencias de esta lógica desestructura la cohesión social y, de tal manera, se genera una sociedad puramente comercial, en la cual los hombres que no se acoplan a ella no sólo son extraños , sino necesariamente rivales y enemigos.
Los seres humanos son considerados entonces a través de su capacidad de compra, la capacidad de generar lucro y la aptitud de producir, trabajar y consumir. Los medios de comunicación uniforman los deseos y las pulsiones, a costa de una profunda erosión de los imaginarios colectivos y de la creación de una falsa conciencia, de una conciencia alienada.
Este es el mundo en que vivimos, un mundo que ha abolido las distancias y el tiempo, en el que el capitalismo financiero no está conectado a la economía real, ya que la mayoría de los intercambios de capitales no corresponden a los intercambios de productos. En el que la economía real se desarrolla sin consideración de las fronteras, donde las pasiones se reducen a los intereses, donde el valor está reducido al precio, en el que los niños se convierten en bienes e instrumentos de consumo durable, en el que la política ha sido reducida al mínimo indispensable, en el que los detentadores del poder ya no son elegidos y aquellos que lo fueron, están reducidos a la impotencia.
OTRO MUNDO ES POSIBLE
Para paliar la miseria afectiva, el sistema usa varias estrategias. Por un lado. crea ininterrumpidamente nuevas necesidades, multiplica las distracciones y los entretenimientos, propaga la idea de que la felicidad no puede existir fuera del consumo, cuyos límites son continuamente corridos más lejos. Por otro lado, con el pretexto de luchar contra el "populismo", el "comunitarismo" o el "terrorismo", se multiplican los procedimientos de control y vigilancia. Con el pretexto de la seguridad se restringe la libertad, se instaura la democracia de las bocas cosidas.
Para quebrar la capacidad de los movimientos sociales, para disuadir a las personas de formular preguntas, para desarmar las nuevas "clases peligrosas" y hacer inoperantes sus veleidades de rebeldía, se crean enemigos omnipresentes, demonizables a gusto, se instrumentan conflictos culturales y los choques entre comunidades. Como siempre, se divide para mandar. El objetivo es instaurar la cuota de caos necesaria para reinar sin sentirse amenazados.
Ante este espectáculo siniestro, obviamente es imposible no experimentar simpatía hacia un movimiento que reclama otro modelo, en el que el mundo no sea un mercado. Este otro mundo es posible.
Sin embargo, esa simpatía debe fundarse en criterios críticos. No se trata de reprochar al movimiento antiglobalización que no existan alternativas claras que proponer contra el sistema imperante, ni exigirle que defina puntualmente objetivos cuando en principio expresa con claridad a lo que se opone, ni siquiera que sea un conglomerado heterogéneo donde se encuentran contestatarios emotivos, auténticos libertarios, los revolucionarios de siempre y lo socialdemócratas exigentes. Se trata, más bien de exigir que se anteponga la reflexión a la indignación y que se apunte a llegar hasta el fondo de las cosas.
Alain De Benoist es contundente en sus ideas:
No basta denunciar las desigualdades sociales en nombre de la justicia y de la dignidad, o apelar a las soluciones "humanas" contra la inhumanidad del orden financiero.
No es suficiente hablar de "tolerancia" para reconocer en plenitud la diversidad cultural.
No basta oponer la racionalidad ética a la racionalidad del dinero.
No basta, finalmente, decir "no a la guerra" para diseñar ante el unilateralismo americano los perfiles de un nuevo orden de la Tierra, de un orden multipolar.
DESCOLONIZAR LA IMAGINACION
Para él es evidente que el movimiento "antiglobal" no expresa ideas precisas sobre la naturaleza del hombre y sobre la esencia del político. Le falta una antropología que le permita enfrentar la globalización en nombre de los pueblos y no de las "multitudes" - de las que habla Antonio Negri - en nombre de la libertad y no de los "derechos del hombre".
Militar por otro mundo implica para el pensador francés, la ruptura de una matriz ideológica que ha llevado tanto al internacionalismo liberal como al estatalismo "progresista"
Como sostuvo Jean-Claude Michèa, "la idea de una sociedad decente o socialista, no puede basarse en el proyecto de "otra economía" o de "otra globalización", proyectos que no pueden conducir a fin de cuentas sino a un "altercapitalismo"
Ella debe fundarse, en cambio, en una relación distinta entre los hombres y la economía.
En resumen para De Benoist no se trata de corregir las injusticias de un sistema o de limitarse a un acercamiento estructural a las cosas en juego. Se trata de acabar con la dictadura de la economía, el fetichismo de la mercancía y la primacía de los valores mercantilistas. Se trata de descolonizar la imaginación. De jugar todas las bazas al advenimiento de otro mundo, que no sea solamente un paso más allá de las cosas, una visión trascendente o utópica, sino un nuevo mundo común y concreto.
¿Perspectiva revolucionaria?- pregunta a quienes vacilan ante el desafío. Y responde: "No será jamás tan revolucionaria como el sistema capitalista financiero que, en este mundo actual, ha destruido todo"
FABRICANDO EL CONSENSO
Noam Chomsky, en su ensayo "Fabricando el consenso", editado en 1993, contrapone dos conceptos de la democracia:
· Uno, es el que lleva a afirmar que en una sociedad democrática, por un lado, la gente tiene a su alcance los recursos para participar de manera significativa en la gestión de sus asuntos particulares y que los medios de información son libres e imparciales.
Una idea alternativa de democracia es la de que no debe permitirse que la gente se haga cargo de sus propios asuntos, a la vez que los medios de información deben estar fuerte y rígidamente controlados.
A juicio del autor esta concepción es la idea hoy predominante. Tiene, sin embargo, claros antecedentes históricos que se remontan a las revoluciones democráticas inglesas del siglo XVII.
La primera gran operación moderna destinada a dirigir a las masas fue realizada por el gobierno norteamericano de Woodrow Wilson, para arrastrar a una población manifiestamente pacifista a la Primera Guerra Mundial. Elegido en 1916, Wilson creó una comisión de propaganda, conocida como Comisión Creel, "que en seis meses logró convertir a una población pacifica en otra histérica y belicista que quería ir a la guerra y destruir todo lo que oliera a alemán, despedazar a todos los alemanes, y así salvar al mundo", sostiene Chomsky.
Las principales argumentaciones surgieron del ministerio de propaganda de Gran Bretaña, cuyo propósito era, como quedó reflejado al conocerse con el tiempo documentos reservados, "dirigir el pensamiento de la mayor parte del mundo"
El poder financiero y empresarial y los medios de comunicación fomentaron y prestaron un gran apoyo a esta operación, de la que obtuvieron todo tipo de provechos.
Walter Lippmann, destacado analista político y ensayista estadounidense de la primera mitad del siglo XX, expuso una teoría sobre la democracia "progresiva", por la cual se sostiene que en una democracia con un funcionamiento adecuado, los ciudadanos se agrupan en distintas clases:
· En primer lugar, los ciudadanos que protagonizan un papel activo en cuestiones relativas al gobierno y a la administración. Es la clase que analiza, toma decisiones, ejecuta, controla y dirige los procesos ideológicos, económicos y políticos, la que ejerce el gobierno de la sociedad. Sus miembros son una exigua minoría
Luego, las grandes mayorías, que tienen asignado el papel de espectadores, sometidas a la permanente y forzosa opción de los candidatos que el sistema les impone por los mecanismos de control ya mencionados, que pasan inadvertidos para quienes no tienen una especial capacidad de análisis. A estos individuos Lippmann los calificó de "rebaño desconcertado".
De ahí que, según Chomsky, la clase dominante haya protagonizado la nueva revolución en el arte de la democracia: la fabricación del consenso.
Esa clase dominante, que maneja todos los hilos de la representación hace todo lo posible por pasar inadvertida y concentra en pocas manos una enorme porción del poder social. Es la que controla las grandes multinacionales industriales y financieras.
El teólogo del sistema, Reinold Niebuhr, afirmaba que la racionalidad es una técnica, una habilidad al alcances de muy pocos: sólo algunos la poseen, mientras que la mayoría de la gente se guía por las emociones y los impulsos.
En las décadas de los años veinte y treinta del siglo pasado, Harold Lasswell, fundador del moderno sector de las comunicaciones y uno de los analistas políticos americanos más destacados, explicaba que no deberíamos sucumbir a "ciertos dogmatismos democráticos que dicen que los hombres son los mejores jueces de sus intereses particulares. Porque no lo son; somos nosotros los mejores jueces de los intereses y asuntos públicos".
MAS EFICAZ QUE EL GARROTE
En un estado que se proclama democrático no se puede apelar abiertamente a los métodos represivos usuales en los estados totalitarios o autocráticos. Los problemas de gobernabilidad no se resuelven con cachiporras o bayonetas. La solución es más sutil, más útil y, en cierto modo, más perversa. La fuerza bruta frontal es substituida por las técnicas de la propaganda o, si se prefiere ser más contundentes, por el lavado de los cerebros.
Para lograr que este mecanismo alcance toda su eficacia, es necesario que el individuo se convierta en una suerte de átomo aislado, al margen de toda institución u organización social que lo contenga y lo organice, porque en este caso podría ser algo más que un simple espectador pasivo.
Esta técnica ha resultado muy eficaz. Si observamos el mundo actual, en particular la Argentina del último medio siglo, apreciaremos que la clase especializada, colaboracionista del sistema, cumple con el entrenamiento a que ha sido sometida y que ha aceptado, para trabajar al servicio de los amos, de los dueños de la sociedad. El resto de la población es privada de toda forma de organización; los individuos capaces de pensar por sí mismos y de analizar una realidad que cuestionan, son mantenidos por el sistema al margen de todo instrumento eficaz de comunicación social. Están encerrados en una suerte de gueto intelectual, desde el cual es casi imposible influir en la mayoría de la población, alienada por los medios de comunicación gráficos y audiovisuales sometidos al control del poder financiero.
Dice Noam Chomsky que el ideal de atomizar al individuo ha sido alcanzado en gran medida gracias a la destrucción paulatina de todas las instituciones que lo albergaban y le permitían trascender en la sociedad. Sin embargo, algunas logran subsistir. En el caso de los Estados Unidos, buena parte de la actividad disidente se refugia en las iglesias, por la sencilla razón de que existen. El "rebaño desconcertado" nunca acaba de estar debidamente domesticado.
Desde la caída del Muro de Berlín, la voz más universal, conspicua y prestigiosa que asumió la crítica del sistema capitalista financiero ha sido la de la Iglesia Católica, en especial durante el gobierno de Juan Pablo II. El gran adversario moral e intelectual de la globalización ha sido el Papa polaco que se pronunció claramente contra los abusos del sistema imperante en Occidente, incluyendo la estrategia política y militar que condujo a varias guerras. No debe resultar extraño, por lo tanto, que asistamos a una sistemática campaña de erosión de la imagen de la Iglesia de Roma y de sus figuras representativas en todo el mundo. Toda la información referida a ella es cuidadosamente manipulada desde el Estado Mayor del sistema globalizador.
No por casualidad en l982, en el Simposio sobre Economía, realizado en Roma, el cardenal Joseph Ratzinger, uno de los hombres de absoluta confianza del Papa denunció a David Rockefeller como el hombre que subsidiaba a todo género de grupos protestantes que pululan en América Latina, para minar con técnicas de difusión audiovisuales y de argucias difamatorias, el ascendiente del catolicismo. El hombre de confianza de Juan Pablo II recordó ante los economistas convocados a la reunión, que ya Teodoro Roosevelt, sanguíneo y belicoso liquidador de los restos del imperio español, mediante la guerra de Cuba - justificada, ¡cuando no!, por el supuesto ataque al acorazado Maine - declamaba desde su sala de trofeos de caza que Estados Unidos no lograría dominar a la América Latina mientras ésta siguiera siendo católica. En su profética "Oda a Roosevelt", olvidada por los intelectuales y los docentes argentinos, Rubén Darío, el poeta nicaragüense que revolucionó la lengua española, denunció a principios del siglo XX al naciente y agresivo imperialismo yanqui. Al que recordó, sin embargo, que sin bien tenía todos los instrumentos del poder, sólo le faltaba uno: DIOS.
Si colocamos nuestros ojos sobre la Argentina de hoy, podemos apreciar que mientras los sectores identificados con la forma de democracia inspirada y promovida desde los centros financieros especulativos toleran y ocultan los desafueros cometidos diariamente por políticos y empresarios venales y corruptos, se observa una sistemática estrategia de destrucción de todas las instituciones capaces de albergar a los hombres y mujeres destinados a formar parte del "rebaño desconcertado". Familia, sistema educativo, sindicatos, centros de investigación científica y tecnológica, entidades de la cultura tradicional, fuerzas armadas y de seguridad, firmas de comunicación social (gráficas y audiovisuales) e industrias de viejo arraigo han sido desarticuladas, desmanteladas e incluso destruidas, enviando a la marginalidad social a grandes sectores de la clase media y de operarios calificados. Pero el mayor encarnizamiento, con la complicidad escandalosa de medios de información, políticos e integrantes del sistema judicial, se manifiesta contra la Iglesia Católica, a la que no se le perdona que defienda sus valores esenciales y permanentes y se rebele a renunciar a ellos en nombre de los derechos que se reconoce a los grupos marginales y antisociales de expresar con absoluta libertad sus reclamos y apetitos.
La estructura cultural ha sido puesta en manos de quienes se autodefinen como "izquierda progresista", convertida en brazo del imperialismo globalizador, con el papel de anestesiar, como señala Chomsky a las grandes masas populares. ¿Cómo identificarla? Sus representantes más conspicuos firman en todas las columnas de opinión, aparecen en todos los programas periodísticos, son convocados a cuantos paneles se organicen sobre cualquier tema, y figuran en los elencos de todos los premios con que el sistema proyecta la imagen de sus servidores para que el grueso del público los acepte como profetas sociales.
El resto de las mujeres y hombres pensantes, que aún luchan por su país y su gente hambreada y marginada, no integran la agenda de ningún influyente de turno. En consecuencia, pocos saben de su existencia. Como dijera Ezequiel Paz, en el siglo XIX, ..."Lo que La Prensa no publica, no sucedió".
"PIENSO, LUEGO EXISTO"
A pesar de todo esto, que diseña un panorama abrumador y pesimista, desde las entrañas de la sociedad humana brota una creciente, aunque por ahora inorgánica rebeldía, contra el orden instituido. La cultura disidente sobrevive en distintas expresiones, a veces divergentes entre sí, pero decididas a enfrentar al imperio global anglosajón. Coinciden los pensadores católicos y de otras confesiones, con los agnósticos en materia religiosa; las viejas generaciones de los luchadores de la defensa de la soberanía de los pueblos, con las juventudes iconoclastas decididas a barrer con todo, que han perdido contacto con quienes no han tenido ocasión de transmitirles sus conocimientos y sus sueños. Si bien es cierto que Dios escribe derecho con renglones torcidos, también lo es que nunca es más tenebrosa la noche que cuando a está punto de amanecer.
Las guerras se ganan en la conciencia de la gente. No tenemos derecho al pesimismo vital, cuando sabemos fehacientemente que millones de hombres y mujeres del mundo se movilizan para enfrentar a un modelo perverso. Gente que piensa y que lucha.
Como Descartes, bien podemos apelar entonces al "Pienso, luego existo" que justifique nuestra decisión de luchar.
Para lo cual debemos conocer al enemigo en todos sus aspectos. El Imperio Anglosajón y sus aliados están preocupados por la expansión demográfica del Tercer Mundo, del que dependen para importar materias primas y energía y dar salida a sus productos.
Monseñor Michel Schooyans, sacerdote belga, doctor en Sociología y en Filosofía y miembro del Consejo Pontificio para la Familia es un alto exponente intelectual de la doctrina papal contra la globalización promovida por el capital financiero.
Sostiene que los países ricos creen que su seguridad está amenazada por los países pobres, a los que es necesario controlar para no perder sus privilegios. Las empresas multinacionales aparecen aquí como un mecanismo esencial del sistema global de dominación, para lo cual "mantienen un chantaje basado en la amenaza del traslado de fábricas, en caso de considerar exorbitantes las reivindicaciones de los trabajadores locales. Organizan la competencia y, al mismo tiempo, la controlan, ya que las relaciones de competencia quedan limitadas al mundo de los trabajadores, entre los que las desigualdades de retribución constituyen, a nivel mundial, un factor de división que hay que alimentar para seguir dominando".
Se está construyendo un nuevo orden mundial de tipo corporativo, en el cual Estados Unidos se arroga el papel de liderazgo. El bloque de naciones ricas, con Europa Occidental y Japón incluidos, se esfuerza por frenar el crecimiento y la capacidad de producción de las naciones en vías de desarrollo o subderrolladas, y practicar el maltusianismo económico, basado en el control del crecimiento demográfico y vigilar la contaminación ambiental, en vista de que si en el hemisferio sur la explotación de los recursos siguiera los caminos abiertos en las naciones ricas, el planeta se encaminaría a su agotamiento. Los países del Tercer Mundo deberán aceptar, de acuerdo a ese criterio, un programa "global" y admitir que su desarrollo se haga bajo control y con el visto bueno imperial.
Al igual que se fijan límites para el crecimiento económico, se impondrán límites para el crecimiento político. Esta estrategia mesiánica se despliega desde los centros internacionales de poder, con perceptible asentamiento en Washington y Londres, con la franca complicidad de las clases ricas de las sociedades pobres.
El Imperio teme tanto a las bombas nucleares como a las bombas ecológica y demográfica.
Trata de hacer todo lo posible para que las naciones ricas en recursos naturales, desde alimentos hasta energía, no lleguen a desarrollar capacidad atómica de disuasión. La Argentina fue obligada a partir del gobierno de Alfonsín a desmantelar las instalaciones para la producción de uranio enriquecido y plutonio y a entregar el misil Condor II para su desguace en Estados Unidos; Corea del Norte e Irán integran la "Lista del Mal" y Brasil es atentamente observado por sus instalaciones que enriquecen uranio y los esfuerzos, hasta ahora fracasados, para contar con un vector que podría ser lanzado desde su base de Alcántara, situada en su zona ecuatorial.
EL MAS PELIGROSO IMPERIALISMO TOTALITARIO
Monseñor Schooyans sostiene que una minoría dominante maneja los asuntos mundiales a la cual se permite a las clases gerenciales del Tercer Mundo sumarse, con su incorporación a sociedades más o menos informales, como la Trilateral, el Club de Roma y el grupo de Bilderberg.
"Un proyecto tan global y totalizador requiere necesariamente dispositivos jurídicos y políticos apropiados. En cuanto una "elite" acepta su propia "colonización ideológica" se separa de su pueblo y pasa a ser capaz de todas las abdicaciones. A partir de entonces, puede ser utilizada como repetidor de un centro de poder de un tipo totalmente nuevo...", dice el jesuita belga.
Este imperialismo de clase asume la singularidad que no se encarna en un Estado de contornos visibles; aunque Estados Unidos aparece como su brazo armado, nadie sabe quién decide ni quién es responsable. El lenguaje parece totalmente desconectado del sujeto que lo produce, todo es anónimo, impersonal y secreto. Este discurso violenta a las personas que lo reciben, reduciéndolas a la condición de receptáculos pasivos de una verdad venida de fuera, de depositarias de un saber alienado, alienante y hasta esotérico.
Ese nuevo imperialismo carece de un "duce" o un "führer", pues los que lo controlan y promueven tienen sumo cuidado de no dejarse ver.
La doctrina más peligrosa y perversa que genera es la de la "Seguridad Demográfica". Tiene por función seducir a los que invita o fuerza a adoptarla .
"Las mujeres a las que se hace abortar y los pobres a los que se esteriliza son "programados" para que hagan suyo el punto de vista que generan los que desean su alienación...Hasta el presente - clama Schooyans - nos encontramos ante la más peligrosa ideología imperialista totalitaria que ha conocido el mundo".
El consultor de la Santa Sede expresa con libertad y contundencia conceptos que por razones de necesaria prudencia surgen con más sutileza y cautela, aunque con toda claridad, de la posición de Juan Pablo II frente a la dramática realidad que vive el mundo.
El aumento geométrico de la población de los países pobres, es un peligro tan real para el imperio que se siente obligado a aplicar la doctrina de la seguridad demográfica.
"Es así que vemos surgir una nueva medicina, una medicina del cuerpo social más que del individuo. Una medicina que consiste en administrar la vida humana como se administra una materia prima, en constituir una nueva moral basada sobre un nuevo sentido de la vida, en penetrar en la familia disociando, con una eficacia total, la dimensión amorosa y la dimensión procreadora de la sexualidad humana; en transferir a la sociedad la gestión de la vida humana, desde la concepción a la muerte; en proceder con ello a una selección rigurosa de los que serán autorizados a transmitir la vida...", prosigue el catedrático de Lovaina.
Esta ideología mesiánica y herméticamente laica, así como la moral del amo que le es inherente, exige que sus autores reprogramen a los demás hombres. Hay que programarlos física y psicológicamente, hay que planificar su producción y su educación; para ello, habrá que utilizar el hedonismo latente, y contar con la búsqueda del placer.
La utilidad es el criterio único que debe tenerse en cuenta a la hora de admitir la entrada de un ser humano a la existencia.
Al perceptible reordenamiento estratégico y económico que se vislumbra con el surgimiento de la China y la India en este siglo, el protagonismo geopolítico que pretende asumir Vladimir Putin como eventual líder del renacimiento del nacionalismo ruso y la presencia del Islam como antagonista del occidente capitalista, hemos de sumar el crecimiento de la rebelión de las conciencias en el ámbito que el Imperio Anglosajón se reserva como territorio propio. En Estados Unidos, en Europa y América Latina, se generan núcleos de hombres y mujeres que asumen su vida con sentido trascendente, tanto en lo espiritual como en lo político-social.
Esta fuerza crece y es, en el fondo, un enemigo más peligroso para el Imperio que los eventuales contendientes que pueden desplegar su creciente desarrollo económico o su panoplia termonuclear.
El hombre, cada uno de nosotros, es en la callada sabiduría de la Creación, la medida del Universo.
25/04/2005
Alberto Buela
Una tipología elemental de lo que se entiende por izquierda progresista se apoya en cuatro o cinco rasgos fundamentales.
1. - La creencia de una existencia en sí de la igualdad humana, cuando los seres humanos sólo somos iguales en dignidad, pero en sí mismos diferentes unos de otros.
2. - La igualdad humana acompañada del rechazo a toda distinción de clase, género o raza.
3. - Hostilidad a todo lo que confiere poder desde el mundo económico, llámese empresas, negocios o mercado.
4. - Desprecio a los sentimientos patrióticos y a todo aquello que huela a militarismo u orden cerrado.
5. - Buena disposición a creer en la buena fe de todos aquellos que hablan de lucha y de liberación.
6. - Sentimiento de culpabilidad por el pasado de su país si ha intervenido en guerras de conquista o colonización.
En definitiva, el intelectual de izquierda progresista tiende a repudiar el mismo orden social que le permite tiempo libre para estudiar, pensar, enseñar e incitar al cambio.
La paradoja de nuestros días es que por primera vez en la historia existe una hegemonía cultural del progresismo a escala completa, en las universidades, academias, colegios, iglesias, prensa y televisión. Pero al mismo tiempo el proletariado industrial ha desaparecido, dejando de formar parte del imaginario colectivo y la opinión popular se aleja más y más de las ideas denominadas "progresistas".
El fracaso mundial de la socialdemocracia en el poder ha hecho que este pase a manos de los ejecutores de políticas liberales en casi todo el mundo.
La hegemonía intelectual de la izquierda progresista se da en todo el ámbito de la cultura y en la creación de la opinión pública, pero el manejo de los hechos políticos y económicos está en manos de los ejecutores liberales.
El intelectual progresista a través de una hermenéutica de la sospecha siente la persecución obsesiva del poder y de la opresión del discurso tradicional, pues éste se maneja a través de la balanza equilibrada entre orden y libertad o autoridad y espontaneidad popular.
Pero, ¿cómo funciona esta hegemonía? Como un grupo de interés unido por la ideología dominante de la igualdad, que se asegura un cargo rentado en una actividad de servicios respaldada por el Estado.
El intelectual progresista de izquierda adquiere de por vida una renta estable como garantía contra el desastre social.
El obtener una renta por actividades cuyos riesgos no caen sobre sus hombros, hace que su principal preocupación sea conseguir nuevos fondos para alimentar el grupo de interés para asegurar a cada uno de sus miembros la permanencia en el cargo.
¿Cómo reacciona ante la crítica o la disidencia interna? Con el complot del silencio, sostenía Arturo Jaureche. A lo que habría que agregar: Con la demonización y la denuncia de incompetencia intelectual de aquel que piensa distinto.
La crítica a lo políticamente correcto encarnado por el progresismo paga un precio costoso. Criticarlo, sea al enquistado en las universidades como al de las Iglesias, la prensa o la televisión es perder prestigio intelectual por carecer del reconocimiento de los pares que en su mayoría guardan silencio ante el disidente.
La ideología igualitaria es tranquilizadora, se instala y se extiende suavemente en los ámbitos comentados, pero tiene un grave inconveniente la amenaza que representa el talento y la excelencia humana. El músico Salieri al no poder ser más que Mozart, le reclama al crucifijo antes de echarlo al fuego: "Tu me distes la vocación pero no los talentos". Este es el gran drama de la izquierda progresista, la esterilidad en la producción de sentido y en el orden de la investigación. La Universidad de Buenos Aires bajo el rectorado del judeo-argentino Oscar Schuberoff en estos últimos 16 años es el más claro ejemplo de lo que queremos decir: Raleó a los pocos profesores talentosos y no permitió el acceso a ningún sapiente. Hoy el descrédito internacional de la UBA está generalizado.
En el fondo es un ataque sostenido al concepto de mérito y aunque postula apoyar los estándares generales de educación y cultura, lentamente los socava. Porque no cree en la importancia de ningún criterio universal, salvo el de la igualdad de los hombres, es por ello que rechaza viceralmente la larga tradición del pensamiento tradicional que hunde sus raíces en la filosofía griega, la religión católica y el derecho romano.
Este pensamiento tradicional tan íntimamente vinculado a la vida de los pueblos occidentales y especialmente a los iberoamericanos se le torna incomprensible al intelectual progresista de izquierda, porque en las elecciones no cuenta nunca con los votos y jamás sintió el placer de participar de sus fiestas.
La ideología igualitaria lo lleva, irremediablemente, al resentimiento en la moral que tan magistralmente caracterizara el filósofo Max Scheler(1875-1928) "Propio del resentimiento es la falsificación de los valores pues como no puede ver con alegría valores superiores,(los talentos en el genio, las virtudes en el santo y las proezas en el héroe) oculta su verdadera naturaleza bajo la exigencia de igualdad. En realidad lo que quiere es la decapitación de los que poseen esos valores superiores que le indignan". (op.cit.p.188
I
EL HOMBRE
El ser humano nace de la familia, grupo social básico que constituyen sus padres y del cual recibe la vida y cuidados de toda naturaleza. Se desarrolla en el seno de una Comunidad más amplia que se constituyó a lo largo de los siglos y que le proporciona la herencia del pasado, sin la cual no se diferenciaría de la fiera: no sólo los bienes materiales, sino también y sobre todo sus caracteres biopsíquicos y la civilización y cultura de su tradición.
De ahí que el hombre sea un animal social: depende de la sociedad que le da la vida y los medios de aprovecharla plenamente, conforme con su derecho natural de individuo. Tiene, por lo tanto, la obligación, no menos natural, de aportar a la Comunidad todo lo que es capaz de darle y, eventualmente, de sacrificarse por ella.
Sólo en el marco social el ser humano se realiza plenamente, mandando si tiene las cualidades requeridas, obedeciendo si lo necesita para afirmarse en grado máximo; pero nunca aceptando pasivamente la existencia. La Comunidad no es ningún rebaño: para progresar en toda la medida de lo posible, necesita que todos sus miembros, cada uno en el lugar que su capacidad le asigna, luchen constantemente. No se transforma la naturaleza con gozadores; no se vencen los obstáculos con cobardes. El heroísmo es la virtud primera del hombre. Vivir peligrosamente es vivir como ser humano; vivir tranquilamente es subsistir como vaca destinada al matadero. Los hombres Heroicos hacen los pueblos fuertes. Y sólo los pueblos fuertes hacen la historia.
II
LA COMUNIDAD
Natural o voluntariamente, el ser humano forma parte de distintos grupos sociales y asociaciones de naturaleza diversa, cada uno de los cuales tiene su orden propio que se opone en alguna medida al de los otros y que permanecen unidos, sin embargo, por vínculos de solidaridad más fuertes que sus antagonismos. El hombre es miembro de una familia, de un taller, de una parroquia, de un club deportivo, etc., fuera de los cuales no podría ni procrear, ni producir, ni rezar, ni divertirse. Las familias agrupadas en cierto territorio constituyen un municipio; varios municipios, una provincia; varias provincias, una nación. Y lo mismo ocurre, o debería ocurrir, con los demás grupos de función común.
La Comunidad se presenta, pues, como una pirámide de federaciones diferenciadas que desempeñan cada una su papel particular en el seno del organismo social. No se trata de un mero conglomerado, sino de un conjunto unitario que nace, se desarrolla y muere como un individuo. Surgida del pasado, la Comunidad crea su historia afirmándose en el presente por adaptación a condiciones de vida siempre cambiantes y se proyecta en el futuro con una masa de posibilidades que le corresponderá a ella hacer reales o rechazar en el olvido.
Para afirmarse cada vez más, la Comunidad nacional tiene que ser dueña de su destino. Esclavizada por una potencia extranjera o proletarizada por la finanza internacional, la nación no puede sino sobrevivir, humillada y explotada. Pero tampoco puede dar lo mejor de sí misma cuando una fracción de sus integrantes la gobierna en provecho propio o explota el trabajo ajeno. No hay Comunidad nacional sin soberanía política, independencia económica ni justicia social.
III
EL ESTADO
Los grupos federados que constituyen la Comunidad no sólo están destinados a coexistir, sino también a colaborar, en el sentido preciso de la palabra, como los miembros de una familia. Tienen que desempeñar cada uno su papel particular en el seno del organismo social. Sus funciones respectivas son complementarias. No se puede concebir una harmonización de tantas actividades diversas e interdependientes sin un orden jerárquico, que implica el mando. Es ésta la razón primordial por la cual toda Comunidad posee un órgano especializado en conducción política: el Estado. A él corresponde dar a la multiplicidad necesaria de los grupos y federaciones la unidad sin la cual no habría sino el caos.
Para conducir a la Comunidad, el Estado necesita conocerla, y no sólo en su realidad presente. No puede crear la historia sin saber de dónde vienen los elementos de que dispone, o sea sin aprehenderlos en su evolución. Para poder proyectar la intención histórica de la nación, el Estado debe interpretarla y, más aún, encarnarla.
También debe dar a las fuerzas internas del cuerpo social la unidad y continuidad que no poseen espontáneamente. De los grupos, asociaciones y comunidades intermedias surgen dinamismos que constituyen la “materia prima” de la duración comunitaria. Pero tales dinamismos tienden a desgastarse en antagonismos estériles que el Estado tiene que superar, haciendo que las fuerzas hostiles concurran a la afirmación nacional.
IV
LA SUBVERSIÓN BURGUESA
A fines del siglo XVIII o principios del XIX el orden social natural fue quebrado por un fenómeno patológico cuyas consecuencias seguimos padeciendo. Grupos marginales de la sociedad comunitaria, que se dedicaban al comercio de ultramar y, clandestinamente, al préstamo a interés, se habían enriquecido sin conseguir con ello más que comodidades materiales. Aspiraban al poder y, después de un largo proceso de subversión ideológica, lograron apoderarse del Estado francés y posteriormente, por la fuerza o la propaganda, de los demás Estados del mundo occidental.
La burguesía adaptó entonces a sus necesidades las estructuras del Estado, convirtiéndolo de órgano rector de la Comunidad en instrumento de su propia dominación. Pero las “fuerzas de ocupación” estaban divididas en numerosos grupos competidores, debido a su misma naturaleza mercantil. Con el fin de que ninguno de dichos grupos pudiera desplazar a los demás, la burguesía triunfante dividió al Estado en tres poderes autónomos e hizo depender los cargos públicos más importantes de un proceso electoral individualista. Cada grupo constituyó su propio partido. Reservado, en un primer momento, a los burgueses mediante el sufragio censal, el derecho de voto fue extendiéndose paulatinamente a medida que se conseguía adoctrinar al pueblo gracias al monopolio de los medios de difusión: escuela y prensa. Si una elección daba, a pesar de todo, resultados insatisfactorios, siempre se la podía anular.
Así quebradas su unidad y su continuidad, el Estado ocupado por la burguesía era sumamente débil. No podía, pues, tolerar la existencia de comunidades intermedias poderosas, a las cuales no estaba seguro de poder imponer su voluntad. De ahí que disolviera los gremios, avasallara la iglesia y hasta, en algunos países, dividiera las provincias históricas. Su meta era convertir al pueblo organizado en una masa de individuos aislados, “nacidos expósitos y destinados a morir solteros”, como dijo Renan. Pues, por débil que fuera, el Estado burgués siempre podía dominar a un rebaño de seres humanos indiferenciados. En nombre de una Libertad mítica e irreal, la burguesía se empeño en quitar al hombre los fueros y libertades de que gozaba anteriormente en virtud de su función. Y lo consiguió en gran medida.
V
EL CAPITALISMO
Con el régimen demoliberal, el dinero se convierte en la fuente exclusiva del poder. La disolución de los gremios y la legalización del préstamo a interés eliminaban todo obstáculo al enriquecimiento mediante la explotación del hombre por el hombre: del hombre pobre por el hombre rico; del productor al parásito.
Prometiendo a los demás la libertad política, la burguesía se aseguró la libertad económica, que utilizó para anular la primera. Pues la Libertad era indivisible, absoluta para todos: para el fuerte y para el débil, para el rico y para el pobre. O sea, como dijo Julio Guesde, para el zorro y para la gallina: ¿por qué la gallina se quejaría de que el zorro se la comiera si ella tiene plena libertad de tragarse al zorro?
Con su riqueza hasta entonces inutilizada, los burgueses abrieron manufacturas y el libre artesano de antaño se convirtió en un asalariado. No fue más dueño de sus herramientas ni del producto de su labor. Se limitó a vender su trabajo al capitalista, quien fijaba el precio en función de la “ley” de la oferta y de la demanda. Claro que el obrero tenía absoluta libertad de no aceptar el trato y en consecuencia, como también lo dijo Julio Guesde, de morirse de hambre.
Así se dividió la sociedad en clases: por un lado, el conjunto de los detentadores de los medios de producción, o sea, la burguesía capitalista; por otro, el conjunto de los asalariados, o sea, el proletariado; entre las dos, el conglomerado de todos aquellos que no revistaban en ninguno de los bandos, o sea, la clase media. Otrora estamental, vale decir funcional, la estratificación de la Comunidad se hacía económica: los explotadores, los explotados y, en el medio, los que no eran netamente ni lo uno ni lo otro.
VI
EL CAPITALISMO DE ESTADO
Carlos Marx preveía, a mediados del siglo pasado, que el capital se iría concentrando en un número de manos cada vez más reducido y que la clase media sería absorbida por el proletariado. Tales predicciones no se han cumplido en el mundo liberal. Por el contrario, los dueños del capital se han ido multiplicando y las clases medias se amplían constantemente, absorbiendo a sectores cada vez más importantes de la clase obrera. La minoría burguesa, que había sabido conquistar el poder a sangre y fuego en los decenios que siguieron a 1789, evidentemente ya no era la misma. Se había ablandado con la vida fácil y se manifestaba incapaz de llegar al soñado monopolismo integral.
De repente, en 1917 y en un país, Rusia, donde el capitalismo, embrionario, aún no había logrado imponerse, una minoría insurrecta, muy semejante por su composición a los jacobinos, se adueño del poder y, a través del Estado ocupado por ella, se convirtió en el único detentador–colegiado- de los medios de producción, de difusión y de represión. A lo largo de los años, esa minoría combatiente se fue transformando en una oligarquía tecnoburocrática cerrada, que supo realizar un capitalismo perfecto, evitando los escollos del liberalismo. Fuera de ella, sólo había proletarios indefensos, cuyos sindicatos no eran sino instrumentos de poder del Estado-patrón.
Entre el capitalismo liberal y el capitalismo estatal no existía, pues, -ni existe- otra diferencia que la que procede de distintos grados de cohesión y eficacia. Tal diferencia era más marcada que hoy en vísperas de la segunda guerra mundial. Desde aquel entonces, y especialmente en los últimos años, el sistema soviético se ha ido liberalizando hasta reintroducir el lucro y la competencia entre las empresas, mientras que el sistema liberal se iba endureciendo como consecuencia de la guerra, con intervención cada vez mayor del Estado en la conducción de la vida económica.
VI Bis
EL SINDICALISMO
No se podía esperar, por supuesto, que los asalariados aceptaran pasivamente la situación que se les imponía. Muy pronto, proletarios más conscientes y más valientes que los demás empezaron a organizarse para la lucha. No constituían sino una minoría ínfima, pero dura y decidida. Con un heroísmo digno de los tiempos homéricos, como muy bien dijo Jorge Sorel, supieron interpretar a la clase obrera y alzarse contra el sistema democapitalista. Como un ejercito en guerra, en medio de la incomprensión y, a menudo, de la hostilidad de sus compañeros de miseria, subieron al asalto del Estado burgués, con la única arma de que disponían: la huelga. Arma insuficiente, ésta, por cierto. Pues los patronos, dueños del poder comunitario, recurrieron a la policía y, de ser preciso, al Ejército. El sindicalismo revolucionario, como tal, fracasó.
Paradójicamente, los héroes de la lucha de clases consiguieron, sin embargo, una serie de victorias en el terreno en que menos las buscaban. Las huelgas aisladas –pues la misma condición proletaria nunca permitió llevar a cabo los grandes proyectos de huelga general- no inquietaban sobre manera al Estado burgués, pero sí perjudicaban a los patrones contra los cuales se hacías. Para quitar a los líderes revolucionarios el apoyo de la masa de los asalariados, basta con ceder ante sus reivindicaciones materiales y aumentar un tanto los salarios. Las condiciones de vida y de trabajo de los obreros empezaron así a mejorar. No faltaron entonces dirigentes sindicalistas para pensar que más valía abandonar un combate sin esperanza y negociar con la burguesía la incorporación pacífica del proletariado al sistema vigente, a cambio de ventajas cada vez mayores. Los héroes dejaron el lugar a mercaderes que sustituyeron la lucha por el regateo y la componenda. El sindicalismo reformista no representaba ningún peligro para la burguesía. Antes al contrario, garantizaba la permanencia del régimen demoplutocrático. Entonces, los sindicatos mediatizados fueron autorizados por ley, ya meros apéndices, ruidosos pero tranquilizadores, del sistema imperante.
Con el tiempo, la clase obrera de los países más industrializados se fue aburguesando. En cuanto a sus condiciones de vida, se diferencia muy poco, hoy en día, de las clases medias. Pero sus integrantes siguen siendo asalariados, subesclavos bien alimentados. Sus dirigentes han llegado a constituir una oligarquía capitalista, no sólo la buena vida, sino también, directa o indirectamente, el poder. Son empresarios como los demás, mancomunados como los demás para la defensa del sistema.
VII
EL PODER SUPRANACIONAL
El más craso error que se pueda cometer al estudiar el mundo de hoy es el de creer que capitalismo liberal y capitalismo estatal son enemigos irreconciliables. En realidad, no pasan de competidores, como podían serlos potencias demoliberales del siglo pasado. Rivalizan por el dominio de colonias y mercados, pero se encuentran solidarias cuando el sistema común está en peligro. Lo demostró a las claras la segunda guerra mundial como también, en nuestro país, el contubernio de liberales y comunistas en 1945 y 1955.
Más aún, todo parece indicar que existe, por encima de los bloques demoplutocrático y soviético, una potencia supranacional que los maneja a su guisa. Está probado que un consorcio bancario internacional subvencionó abundantemente a Trotsky en 1917. No fue, evidentemente, un hecho accidental. La gran finanza no tiene patria, sino solamente intereses. Guerra fría y conflictos localizados no son sino episodios de mutua conveniencia, que permiten a los Estados Unidos mantener a flote su tambaleante economía y a la Unión Soviética reforzar la tensión interna sin la cual su imperios correría serio peligro de desintegrarse. Lo más probable es que quienes atienden, en Washington y en Moscú, el teléfono que une la Casa Blanca al Kremlin hablen un mismo idioma, y que este idioma no sea ni el ruso ni el inglés.
VIII
EL MOVIMIENTO REVOLUCIONARIO
No faltaron, en el siglo XIX, grupos revolucionarios que se alzaran contra el poder burgués. Pero su enfoque del problema era parcial. Unos, salidos de las clases medias, luchaban por la liberación del Estado y, a través del Estado, de la Nación. Otros, formados en el seno del proletariado, buscaban liberar a la clase obrera de la opresión capitalista. No se daban cuenta que su enemigo era el mismo: la minoría burguesa que, dueña del poder político, avasallaba la Comunidad y explotaba a los productores. A menudo, por mutua incomprensión, nacionalistas y socialistas se enfrentaban, neutralizándose, debidamente incitados al efecto por agitadores a sueldo.
Para que la revolución auténtica se hiciera factible, fue preciso que los grupos nacionalistas tomaran conciencia de la opresión capitalista que ellos sufrían exactamente como el proletariado, y que los grupos obreros tomaran conciencia del avasallamiento de la Comunidad histórica por la oligarquía burguesa. Entonces sí surgieron movimientos revolucionarios nacionales que supieron realizar la síntesis del nacionalismo y del socialismo, del espíritu de tradición y del espíritu de revolución. Negando los antagonismos anticuados, estos movimientos constituyeron verdaderos Estados supletorios que se hicieron los instrumentos de la intención directriz de sus respectivas Comunidades.
Las revoluciones nacionales de nuestro siglo se realizaron en dos estadios. El primero consistió en la liberación del Estado de la ocupación burguesa, lo que implicaba la reestructuración funcional. El segundo, en la liberación de la Comunidad y, en especial, del proletariado, de la explotación económico-social que padecían, lo que implicaba la transformación total del sistema capitalista de producción y distribución. Lo segundo era más difícil de realizar que lo primero: la historia reciente lo prueba.
IX
LA REVOLUCION NACIONAL JUSTICIALISTA
En nuestro país, el proceso revolucionario se desarrollo de un modo un tanto diferente. El golpe militar del 4 de junio de 1943 ya había liberado el Estado, con un enfoque exclusivamente político, cuando surgió el peronismo, integrado por grupos nacionalistas civiles y por la gran masa obrera. El movimiento revolucionario no se había constituido, depurado ni fogueado en la lucha. Carecía de doctrina y de cuadros y hasta, dividido en partido y gremios, de unidad orgánica. No supo endurecerse ni unificarse desde el poder. Antes al contrario, cometimos el error de permitir –y a veces imponer- la afiliación indiscriminada al partido, debilitándolo así aun más. Sólo los gremios constituían una fuerza coherente, pero incompleta por su mismo carácter clasista,
Por otro lado, la revolución nacional justicialista estalló y se desarrollo en el momento internacional más difícil. Vencida en el país, la Unión Democrática dominaba el resto del mundo con el nombre de Naciones Unidas. La presión política y militar de los aliados había sido muy seria –en algunas oportunidades, irresistible- en los años anteriores y permanecia latente. Cambiar brutalmente las estructuras políticas y económicas hubiera sido considerado una verdadera provocación, con posibles consecuencias sumamente peligrosas para nuestra misma soberanía.
El Estado justicialista tuvo, por lo tanto, que actuar dentro del marco institucional creado por la oligarquía, o sea con instrumentos inadecuados a sus propósitos. Se limitó a dar un nuevo sentido a formas caducas. En el campo político, la mayoría electoral que lo respaldaba le permitió gobernar sin suprimir el régimen de partidos. En el campo económico, el macizo apoyo de los gremios le permitió instaurar la justicia social sin destruir el capitalismo. Sólo en los últimos tiempos de nuestra primera época de gobierno, un tanto relajadas las tensiones internacionales, pudimos empezar a quitarnos la careta. Las constituciones de La Pampa y El Chaco hicieron su lugar a la representación sindical y se socializaron algunas empresas. Pero, salvo estas pocas excepciones, por lo demás incompletas, la revolución nacional justicialista se limitó a eliminar efectos de causas estructurales que permanecían, constitucional y legalmente, en vigencia. Bastó, en 1955, un intrascendente golpe insurreccional para que el régimen demoliberal volviera a funcionar como si nada, o casi nada, hubiera cambiado desde 1943.
X
HOY: DOCTRINA Y MOVIMIENTO
Hay que aprender las lecciones de la batalla perdida. Muchos entre nosotros, pero no todos, han sabido hacerlo a través de diez años de persecución y de lucha. Sin embargo, nuestro movimiento sigue siendo gregario, cuando sólo las minorías operantes, expresión legítima del pueblo, son capaces de hacer revoluciones. Tenemos a millones de electores; no tenemos a los pocos miles de militantes organizados que nos son imprescindibles para dar victoriosamente el asalto al poder burgués.
No se puede organizar a fuerzas revolucionarias sin darles previamente la formación doctrinaria sin la cual no hay disciplina ni conciencia de los objetivos a alcanzar. Mucho se ha hecho, en los últimos años, para precisar las grandes líneas ideológicas del justicialismo. Nuestros historiadores revisionistas ya han ganado la batalla, en su campo, y la mitología liberal ya no engaña a nadie entre nosotros. Nuestros sociólogos y economistas han profundizado científicamente nuestra doctrina, especialmente en sus aspectos estructurales. Hoy, la Escuela Superior de Conducción Política del Movimiento está dando a esta tarea una orientación orgánica y normativa y empieza a formar nuestros militantes.
Queda por constituir, en el seno del Movimiento, una milicia combatiente que sepa encarnar, con espíritu heroico, al pueblo revolucionario todo, al margen de la estratificación clasista que nos impuso el capitalismo burgués y que sueñan en hacer perdurar los ideólogos marxistas, fieles a esquemas superados.
XI
MAÑANA: EL ESTADO COMUNITARIO
Volveremos, muy pronto, a liberar el Estado. No deberá, entonces, permanecer ningún resabio institucional de la ocupación burguesa. El Estado debe responder a nuestra realidad y a nuestras necesidades, no solamente en sus intenciones y sus obras, sino también en sus estructuras.
La nueva Constitución Justicialista asegurará la unidad y continuidad del Estado en la persona de su Jefe, situado por encima de los tres poderes institucionales. Garantizará una auténtica representación popular a través de las comunidades intermedias y cuerpos constituidos de la nación: provincias, gremios, Iglesia, universidades, fuerzas armadas, etc. Respetará y fomentará la autoconducción y los fueros de los grupos sociales y comunidades intermedias.
Así el Estado estará en condiciones de desempeñar satisfactoriamente sus funciones: todas sus funciones, y sólo sus funciones.
Esto supone, naturalmente, la supresión total y definitiva de los partidos políticos que constituyen los instrumentos del engaño demoliberal. Ni la Comunidad está hecha orgánicamente de partidos, ni una parte de la nación, en pugna con las demás, puede expresar validamente la intención histórica del todo, unitario y complejo a la vez. Sólo en Estado soberano, librado de la ocupación clasista y partidista, tiene por misión conducir a la Comunidad con vistas a su cada vez mayor afirmación.
XII
MAÑANA: LA EMPRESA COMUNITARIA
Considerada en su aspecto funcional, la empresa es una comunidad jerarquizada de productores, diversamente especializados, que aúnan esfuerzos para fabricar determinado artículo o prestar determinado servicio, valiéndose para ello de las herramientas o máquinas que impone la técnica moderna.
Considerada, por el contrario, en su aspecto legal, esta misma empresa no pasa, hoy en día, de ser un mero capital que compra máquinas, materias primas y trabajo. Pura ficción. Pues si con un golpe de varita mágica se suprimieran los dueños del capital, la empresa seguiría funcionando sin la menor perturbación, mientras que pararía y desaparecería si se eliminasen los productores.
No basta, por lo tanto, mejorar el nivel de vida del proletariado. No basta dar al productor el lugar que le corresponde en la Comunidad. No resuelve nada cambiar el capitalista sustituyendo la oligarquía burguesa por una oligarquía burocrática. Lo que hace falta es suprimir el salariado, devolviendo a la empresa, aprehendida en su realidad orgánica, la posesión y, de ser posible, la propiedad de su capital, así como la libre disposición del fruto de su trabajo.
Cualquier ente social –individuo, grupo o comunidad- tiene el derecho natural de poseer los bienes que le son imprescindibles para subsistir y realizarse plenamente. El municipio, por ejemplo, tiene naturalmente derecho a la propiedad de la vía pública o de la red de alumbrado. El municipio en sí, no la suma de sus habitantes. Cuando alguien viene a instalar en una ciudad, no tiene que comprar su parte de calle ni de usina; ni la vende cuando se va. La empresa es también un ente social independiente de sus integrantes individuales del momento. Es ella la que tiene que ser dueña de su capital, al que encontrará y usufructuará el productor entrante y dejará para su sucesor el productor saliente. Esto vale tanto para la empresa industrial como para la empresa agropecuaria. Los reformistas pequeños burgueses que quieren lotear las unidades orgánicas de nuestro campo fomentan el minifundio y la miseria. La tierra debe ser de quienes la trabajan, como las máquinas de quienes trabajan en ellas. Tal principio no supone, en absoluto, el parcelamiento de la propiedad de los instrumentos de la producción, sino la supresión de las propiedad individualista de bienes que otros –individuos o grupos- necesitan. O sea la supresión del parasitismo en todas sus formas.
Eliminado el parasitismo capitalista, las clases desaparecerán ipso facto. No habrá más burgueses ni proletarios, sino productores funcionalmente organizados y jerarquizados en sus empresas.
El gremio perderá entonces el carácter clasista que le ha impuesto una lucha necesaria cuya responsabilidad no lleva y volverá a convertirse en una federación de empresas comunitarias, con el patrimonio asistencial que necesita y los poderes legislativos y judicial que definirán sus fueros. En cada gremio, un banco distribuirá el crédito entre las empresas, dentro del marco de la planificación y conducción económica del Estado Nacional.
La revolución justicialista no busca, pues, llegar a una componenda entre capitalismo individualista y capitalista estatal, ni “mejorar las relaciones entre capital y trabajo”. Repudia íntegramente cualquier forma de explotación del hombre por el hombre y quiere volver, en todos los campos, al orden social natural. Es éste el sentido de nuestra TERCERA POSICIÓN.
Escuela Superior de Conducción Política
del Movimiento Nacional Justicialista
Decano: Tte. Gral. JUAN PERON
Secretario Nacional: Licenciado Hugo Petroff
DEPARTAMENTO DE DIFUSIÓN
ESCUELA CENTRAL
Juan Carlos Arroyo González
(Artículo publicado en el Boletín n.4, 1997)
Sin duda alguna la cuestión de la Identidad cultural es uno de los temas pendientes de este fin de siglo, y una de las ideas centrales sobre las que girará el debate intelectual y político del próximo milenio.
No es de ninguna manera una cuestión que se haya planteado por primera vez en nuestra época, sino que indudablemente ha consituido un fenómeno constatable a lo largo de los tiempos históricos.Todos los pueblos han conocido una etapa de expansión cultural, de difusión de sus modos de vida y valores, y todos los pueblos también han pretendido en todo momento mantener su peculiaridad, sus formas, su contenido vital y cultural como garantía de su pervivencia en la historia, cuestión además paralela-y no excluyente-a un proceso de simbiosis con otros contextos culturales.
Pero lo que caracteriza esos otros momentos históricos del presente, es la dimensión que toma el problema cultural en nuestras sociedades. Una dimensión que no se reduce a continentes y lugares geográficos determinados, sino que toman el cariz de mundial, global, y por tanto total.
La cuestión de la Identidad se plantea cuando entran en contacto-pacífico o violento-grupos humanos de muy distinto origen étnico y cultural, y que se han visto en la necesidad de desplazarse buscando nuevas tierras, mejores climas, en definitiva, mejores condiciones de vida.
La diferencia reside en que la emigración o inmigración de los Pueblos se ha convertido hoy en una "cuestión política" y que al estar sometida a los dictados de los intereses ideológicos y económicos, pierde, en su análisis, toda objetividad llenandose de cargas subjetivas y pasionales.
Ésto es justamente lo que, en gran medida, ha ocurrido con el fenómeno de la inmigración hacia Europa, ya que su tratamiento informativo en los medios de comunicación, ha resaltado el dramatismo sensacionalista en detrimento de las causas y problemática de fondo de la inmigración.
La identidad es, por definición, la cualidad de lo idéntico, pero en un mundo en constante evolución, donde la realidad tiende hacia una constante diversificación, lo "idéntico" puede resultar un concepto equívoco y más bien habría que hablar de afinidades y no de igualdades.
El análisis de la Identidad ha ido parejo con dos cuestiones culturales y sociales de plena actualidad.
En primer lugar la mundialización y standardización del patrón cultural occidental-o lo que se entiende hoy dia por occidental-ha dado lugar a una abierta actitud de rechazo de otros pueblos ante el temor de ver una tradición secular absorbida por valores radicalmente distintos a los suyos, y cuyo resultado radicará en su mayor o menor capacidad de respuesta. Evidentemente el peligro de desaparición de culturas practicamente "testimoniales" (caso de las tribus del Amazonas y el Orinoco por poner un ejemplo) es inmensamente mayor que el de enclaves culturales "disidentes" y de gran fuerza ideológica como es el Islam.
En segundo lugar los fenómenos migratorios que han ocurrido en las últimas décadas, migraciones realizadas desde paises en vias de desarrollo (de subdesarrollo más bien) a los paises industrializados del norte, ha puesto sobre la mesa el problema-aparte de la pobreza y el hambre-de las características culturales, nacionales, étnicas, etc., tanto de las poblaciones emigradas como de las autóctonas.
Esta situación ha despertado un debate social e intelectual en el seno de la sociedad europea que va desde el planteamiento de la asimilación igualitaria de los inmigrantes, a posiciones que ponen en cuestión la viabilidad de la sociedad multicultural y los peligros de disolución de las identidades culturales que puede suponer.
Ámbas manifestaciones han dado lugar a posiciones radicales entre los partidarios de un cosmopolitismo nivelador que sostiene una abierta defensa del mestizaje (cultural, étnico) y la actitud de sectores xenófobos que defienden mediante la violencia la exclusión social de los inmigrantes. Sin embargo la integración no es una cuestión que afecte en cuanto a sus resultados finales a la población autóctona, sino que implica de igual manera a la población recién llegada. Sin ir más lejos el caso de los inmigrantes norteafricanos en Francia, es un ejemplo;su oposición a la idea de la asimilación cultural contraria al mantenimiento de sus tradiciones(como la conocida polémica sobre el velo de las niñas musulmanas en las escuelas), ha desembocado incluso en abiertas críticas contra las asociaciones antirracistas del país vecino.
Una sociedad en crisis.
El debate sobre la xenofobia y la xenofilia esconde una realidad más profunda en la que radica la disgregación social que viven las sociedades humanas del fin de este milenio. Sin duda la pérdida de unos referentes culturales claros, de unos valores tradicionales, la sustitución de un comunitarismo social por la idea de una sociedad de masas anónima, la extensión del "modo de vida" norteamericano, constituyen las notas esenciales que definen el momento actual en una perspectiva social y cultural.
El individualismo que informa la sociedad occidental desde la Revolución Francesa, la primacia de la técnica como garante del bienestar social, el consumismo como único estímulo social, el poder de las élites económicas y políticas, son las claves para entender los cambios sociales que han ocurrido en las últimas décadas, cambios que han incidido en una mayor desestructuración de las sociedades, donde las relaciones interpersonales se miden en términos puramente contractuales. La desorientación de las masas, alienadas de su pasado y carentes de un futuro cierto, han creado episodios de violencia social de las cuales han sido en parte víctimas los inmigrantes.
Hablando en propiedad, habría que decir que el fenómeno de la inmigración ha sido el revulsivo que ha mostrado a "Occidente" su propia decadencia como civilización y como rector del mundo, si se me permite utilizar la terminología de Spengler. Lo que hoy conocemos como civilización occidental no tiene absolutamente nada que ver con los orígenes: aquella extraordinaria, fecunda y tolerante cultura pagana de griegos, romanos o celtas. Realmente Occidente es el resultado final de la soberbia del pensamiento ilustrado, de aquel racionalismo totalitario que pretendía ser universal, del mito del progreso ilimitado.
La alteridad, la vista del "otro", ha hecho que nos demos cuenta de este auténtico "desarme cultural" en que vive Europa. La pérdida de una Identidad, no por la venida de gentes de otros paises, sino por el olvido de una Tradición propia. La comparación entre culturas, con vistas a sentar nuestra propia diferenciación, no ha resistido la prueba.
El arraigo.
Ante todo la Identidad colectiva no puede ser definida en términos de exclusión o
marginación del otro, sino de reencuentro con uno mismo. De igual manera no puede ser entendida como algo inmutable, invariable, que resiste todos los cambios, sino como un contenido vivo que se renueva constantemente, aceptando y enriqueciéndose con el entorno, pero a la vez manteniendo su peculiaridad. Es una circunstancia perfectamente histórica que se evidencia en el contacto entre los Pueblos y la perduración de su idiosincrasia.
Así la Identidad vendría marcada por la existencia de una tensión y equilibrio entre un factor de permanencia y un factor de cambio, factores que, más que diverger en direcciones opuestas, suponen presupuestos necesarios para la pervivencia de las realidades culturales de los pueblos.
En efecto, todo cambio cultural sería-o debería ser-no la pérdida de una Tradición
originaria como conjunto de costumbres, leyes o visión del mundo, sino la adecuación de una manera de ser a un determinado momento histórico. Es por ello que el concepto de Identidad englobaría estabilidad y dinamismo a la vez. Todo proceso de cambio parte del núcleo mismo de toda cultura como un reflejo adaptativo.
Aferrarse por tanto a la "originalidad" de una realidad cultural, supone conducirla a un camino sin salida, a una via muerta. Lo contrario, es decir, la necesidad de buscar "fuera" un estímulo, un patrón, que haga posible un cambio cultural, puede suponer a la larga la destrucción de la Identidad propia. Es éste el dilema al que se enfrentan las culturas minoritarias, "atrasadas" y, en diferente medida, las culturas "civilizadas" aquejadas de mala conciencia por un pasado de imperialismo colonial.
El arraigo por tanto supone el proceso de aprehensión y transmisión constante de los contenidos vivenciales que hacen que un pueblo, nación o étnia se definan como una Identidad diferenciada. Y ese arraigo se presenta tanto con más fuerza, cuanto que se quiere revalorizar o recuperar esa Identidad.
Es por eso que el próximo milenio se nos aparece marcado por el signo del deseo del hombre de buscar su Identidad. Ahora que la aldea global nos amenaza con convertirnos a todos en esclavos de las multinacionales;que los medios de (des)información pretenden convencernos de que seamos idénticos consumidores globales;cuando quieren presentarnos como sociedad ideal lo que no es más que un agregado masificado de individuos dominados por intereses individualistas, ahora, digo, es necesario que llegue la hora de los Pueblos.
El lúcido pensador italiano Marcello Veneziani comienza un bello artículo sobre el antiglobalismo con la siguiente observación: "Si te fijas en ellos, los anti-G8 son la izquierda en movimiento: anarquistas, marxistas, radicales, católicos rebeldes o progresistas, pacifistas, verdes, revolucionarios. Centros sociales, monos blancos, banderas rojas. Con el complemento iconográfico de Marcos y del Ché Guevara. Luego te das cuenta de que ninguno de ellos pone en discusión el Dogma Global, la interdependencia de los pueblos y de las culturas, el melting pot y la sociedad multirracial, el fin de las patrias. Son internacionalistas, humanitarios, ecumenistas, globalistas. Es más: cuanto más extremistas y violentos son, más internacionalistas y antitradicionales resultan". [1]
Se da cuenta que la oposición desde la izquierda a la globalización es sólo una postura que se agota en una manifestación. Seattle, Génova, Nueva York, Porto Alegre, pero no pasa nada, "el mundo sigue andando" como decía Discepolín. Es que la política del " progresismo" como ha observado agudamente el filósofo, también italiano Massimo Cacciari, ordena los problemas pero no los resuelve [2]
De esto mismo se percata el sociólogo marxista más significativo de Iberoamérica, Heinz Dieterich Steffan quien en un reciente artículo señala: "Si la tarea actual de todo individuo anticapitalista es, por lo tanto, absolutamente clara: ¿Por qué "la izquierda" y sus intelectuales no la encaran? ¿Por qué repiten en foro tras foro la misma letanía sobre la maldad del neoliberalismo y se contentan con sus ritualizadas propuestas terapéuticas inspiradas en Keynes, Tobin y Stiglitz? ¿Por qué no convierten la realidad capitalista en objeto de transformación antisistémica, en lugar de mantenerla como muro de lamentaciones?" [3].
El fracaso rotundo de la izquierda, hoy rebautizada "progresismo", es que, además de no haber elaborado, deglutido sería el término exacto, la derrota del "socialismo real" con la implosión soviética y la caída del Muro, no reelaboro sus categorías de lectura, y se quedó anclado al mundo categorial de Marx, Engels, Lenín, Rosa Luxemburgo y eventualmente Trotsky, haciendo arqueología política.
Lo más significativo del si