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Identidad y Comunidad

Los socialistas franceses

Alain de Benoist

[Traducción: Santyago Rivas]



"Entre el socialismo proudhoniano o blanquista y el socialismo marxista, existe un desacuerdo más grave que una simple querella política o una rivalidad de escuela. Son dos temperamentos los que se enfrentan, más aun: dos concepciones de la vida las que se oponen".

El sujeto ha sido tratado, especialmente, por Camile Bouglé (El socialismo francés, 1932), Máxime Leroy (Los precursores franceses del socialismo, 1948) y, sobre todo, por Robert Aron (Los socialistas franceses frente al marxismo, 1974).

El libro de Robert Aron, resultado de una investigación de cuarenta años, se presenta como una historia de la cuestión social, desde la "prehistoria del proletariado" hasta la actualidad.

El antiguo régimen distinguía dos grandes sectores de producción: la pequeña industria organizada en corporaciones y en cuerpos de oficios, cuyos miembros disponían de una cierta independencia, y las grandes fábricas, estrechamente vinculadas a la autoridad real. La Revolución hizo desaparecer a las unas y a las otras. Al mismo tiempo, la semana fue ampliada a diez días, y los trabajadores no disponían mas que de tres días de reposo al mes. Antes de 1789, disfrutaban, por media, de 84 por año.

"La ley Chapelier, en 1791, abolió las corporaciones, sometiendo las instituciones obreras a la tutela del Estado. En el nombre de la libertad, se gestaba una nueva forma de opresión".

Al alba de la era industrial, el "socialismo francés" hizo su aparición con Babeuf (1760-1797). Enseguida vinieron Saint-Simon, Fourier, Leroux, pensadores generosos, utópicos, de imaginación desbordante o calenturienta, según se vea.



Las víctimas de la Comuna de París de 1871

Los teóricos de la segunda generación, Blanqui (1805-1881), Louis Blanc (1811-1882), Constantin Pecqueur (1801-1887), son hombres de coraje e invención. Pero no son políticos. "Ignoraban –escribe Robert Aron–, por evoluciones oscuras, tortuosas o divergentes, que un pensamiento debe evolucionar antes de insertarse en la práctica".

Abarcando todos los problemas desde el principio, planificaron al detalle inmensos edificios teóricos, de forma inmutable y perfecta, en el esfuerzo por construir una doctrina que nada podría mermar. Fourier declara: "Nos enfrentamos a 5.000 años de malentendidos entre el Creador y la criatura". "Dios es el mal" afirma Proudhon. Pero Pierre Leroux comenta: "Creíamos que todo edificio religioso debería desaparecer porque logramos probar la caducidad del sistema católico. Si este se derrumba, la religión no desaparecerá del mundo, solamente se transformará".

Aron dedica su libro "A los comuneros de 1871, víctimas de la reacción versallista y de la falsificación marxista".

El suceso fue, en efecto, decisivo. Lejos de ser un movimiento "premarxista", la Comuna fue "una revolución inflamada por el patriotismo, hostil a la centralización estatal, y en la cual Marx y Engels, conjugando sus esfuerzos con la burguesía versallista, desearon su fracaso para asegurar la hegemonía de su doctrina en el socialismo naciente".

En el comité del movimiento insurreccional no figuraban más que tres marxistas, frente a una inmensa mayoría de blanquistas y proudhonianos.

Las contradicciones de la época encontraron su ilustración simbólica en el rostro trágico del insurgente Louis Rossel, fusilado a la edad de 27 años. Edith Thomas escribió sobre él: "Rechazado por los admiradores de la Comuna, que le abandonaron, odiado por los herederos de Versalles, de los que se mofaba, Rossel no pertenece más que a su sola persona. Esa es su grandeza" (Rossel, 1967).

En 1866, Karl Marx describía con estas palabras a los obreros parisinos: "Obreros de lujo, sobreasalariados, felices, sin duda, de pertenecer a la vieja basura. Ignorantes, vanidosos, pretenciosos, babosos, inflados de énfasis". El 20 de julio de 1870, en las vísperas de la guerra, declara: "Los franceses tienen necesidad de una buena paliza". Todo se explica cuando Marx precisa: "La preponderancia alemana en Europa transportará el centro de gravedad del movimiento obrero de Francia a Alemania. Esto significará, al mismo tiempo, la preponderancia de nuestra teoría sobre la de Proudhon".

Robert Aron divisa en Marx el "defecto metafísico", que consiste, como en Descartes, en creer que "las leyes de la mecánica son las mismas que las leyes de la naturaleza". Pero la verdad no es de naturaleza intelectual. El intelecto se contenta con poner el orden que más le conviene en los hechos naturales constitutivos de la realidad. Antes de ser construido, el mundo es percibido –y el modo en que se percibe determina el modo en que se construye.



Sorel y Proudhon

Los dos principales adversarios de Marx son dos franceses: un saboyano P.J. Proudhon, y un normando, Georges Sorel. Precursor del federalismo y de la "revolución europea", Proudhon propone un nuevo equilibrio de fuerzas sociales. Oponiendo "una dialéctica de la vida a la dialéctica de la muerte, a lo que se reduce en definitiva el sistema marxista" define el socialismo como la aplicación del antiguo axioma suum cuique, "a cada uno lo que le corresponde" –según su capacidad (Memorias de un revolucionario). En 1850, escribe: "El hombre es ante todo un animal guerrero: es por (medio de) la guerra que se manifiesta en lo sublime de su naturaleza". En sus Cuadernos, precisa: "Aquello que los pueblos de la Edad Media odiaron por instinto (el amor al dinero y el cultivo de la vida muelle), yo también lo odio con reflexión, irrevocablemente".

Louis Dimier, quien fuera uno de los profesores del Instituto de la Acción Francesa (y que, a iniciativa de Georges Valois y Henri Lagrange, fue incluido en el "Círculo Proudhon", quizás el primer grupo que unió a militantes socialistas y nacionalistas), le cita en 1907 entre sus Maestros de la contrarrevolución durante el siglo XIX.

Teórico de la "violencia proletaria", que le parece "algo muy bello y muy heroico", Georges Sorel concebía el socialismo como una "filosofía de las costumbres". Contesta la división de la sociedad en clases y brama contra los "intelectuales parisinos" del movimiento obrero.

"El sindicalismo revolucionario –escribe–, debería asemejarse a los ejércitos napoleónicos, en donde los soldados realizaban proezas extraordinarias a sabiendas que seguirían siendo pobres".

En 1840, los niños de diez años trabajaban de 12 a 14 horas por jornada en los telares industriales. Era la época del "capitalismo salvaje". En la actualidad, en Occidente, el nivel de vida del mayor número es, de lejos, es más elevado. De este modo, en adelante, la cuestión implica menos la cantidad como la calidad de la existencia.

Cada vez que ha capturado el poder, el "socialismo" ha tenido que renegar de sí mismo, cuando no se transforma en un "panzercomunismo" (según la expresión de Pierre Teruel). El Estado soviético, que debería "automarchitarse" para dar lugar a la ciudad fraternal, se convirtió en el más frío de los monstruos fríos, en la "gran cachiporra" de la que hablara Lenin en El Estado y la revolución.

En 1933, Robert Aron y Arnaud Dandieu habían constatado: "Cuando el orden ya no es orden, es necesaria la revolución. Y la única revolución que consideramos es la revolución del orden" (La revolución necesaria).

El 17 de mayo de 1846, dos años antes de la aparición del Manifiesto comunista, Proudhon escribía a Karl Marx: "¡No podemos ejercer de líderes de una nueva intolerancia! Acojamos, alentemos todas las protestas. Mancillemos todas las exclusiones y todos los misticismos. Con esta condición yo entraría en vuestra asociación. De otro modo, no".

Y fue no. Y la querella todavía permanece.
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