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Identidad y Comunidad

Política

Democracia liberal y democracia real

DEMOCRACIA" LIBERAL Y DEMOCRACIA REAL
Existe una hermosa definición de democracia que la explica como "la participación de un pueblo en la determinación de su destino". Sabido es que democracia significa etimológicamente "poder del pueblo". En su nombre se han legitimado o condenado gobiernos, regímenes y movimientos políticos. Pero, las sociedades autoproclamadas democráticas, ¿lo son realmente? ¿No serán las democracias liberales un fraude antidemocrático como lo fueron las llamadas democracias populares?

Y la conclusión es obvia. Detrás de las democracias formales del Sistema (*) existen élites concretas y bien definidas que son las que de hecho lo dirigen: son las élites económicas. Ellas tienen en sus manos la financiación de los partidos y el control, directo o indirecto, de los medios de comunicación. Ejerciendo este control hacen de la política un coto cerrado: sólo los políticos que no amenazan los intereses del Sistema y las opiniones que no resultan peligrosas para los intereses o dogmas dominantes pueden salir a escena con probabilidad de éxito. Esto significa en la práctica que los ciudadanos no tienen control real sobre el poder y que determinadas opiniones y determinados candidatos no llegarán siquiera a existir para el público, por el solo hecho de estar privados de los medios de financiación y difusión.

El predominio de las élites económicas internacionales y el servicio a sus intereses explica, para quien sepa verlo, muchos aspectos de la política actual: las políticas monetarias de altos tipos de interés, las campañas a favor de la inmigración supuestamente antirracistas, los planes de creación de grandes mercados internacionales que sacrifican a amplias capas de la población —los campesinos, por ejemplo—, etc. La constatación de que las actuaciones políticas de los gobernantes de los países occidentales contradicen sistemáticamente los intereses de sus pueblos, es la mejor prueba de que las supuestas democracias no son tales.

En general, el Sistema está controlado por una alianza entre las élites económicas y las élites políticas. Las élites económicas financian a las políticas y estas, a cambio, realizan políticas económicas favorables a los intereses de aquellas. Las élites políticas tienen a su vez la posibilidad de enriquecerse con el control de los caudales públicos. Las élites intelectuales consiguen cierto dinero y prestigio como creadoras del discurso que el Sistema necesita como cobertura ideológica y que luego es difundido por los medios masivos de comunicación. Todo esto se realiza en un circuito cerrado que deja fuera a los ciudadanos y los convierte en espectadores y votantes mecánicos y pasivos. Esta élite tripartita tiene sus representantes en la llamada Trilateral, organización internacional creada por los Rockefeller a principios de los años setenta.

Esta situación hace que la sedicente "democracia" liberal sea incapaz de afrontar los problemas que la crisis del Sistema plantea: la corrupción de los políticos y el funcionamiento a corto plazo y al servicio de intereses particulares, tienen como consecuencia que el Sistema político sea incapaz de solucionar grandes problemas como el paro, la degradación medioambiental, la crisis sanitaria, la droga y el narcotráfico, la delincuancia, el SIDA, el hambre y las guerras en determinados países, etc. Es fácil deducir de ahí que las "democracias" liberales se hallan en una crisis política, a la vez que sus representantes pierden más y más credibilidad a los ojos del pueblo. No será posible salir de esta situación más que rompiendo el cerco que impide la existencia de un verdadera democracia. Para ello habría que tomar medidas como las que enumeramos:

a) control riguroso del gasto y financiación de los partidos políticos;
b) democratización y mayor pluralismo de los medios de comunicación;
c) sistemas electorales de representación proporcional que no deformen, a favor de los grandes partidos, la pluralidad de los votantes;
d) listas electorales abiertas;
e) igualdad de oportunidades para todos los candidatos y propuestas electorales;
f) combatir la degeneración del sistema de partidos o partitocracia, haciendo que la participación política y social no quede monopolizada por los mismos, es decir, abriendo nuevas vías participativas que devuelvan protagonismo a la sociedad civil —el pueblo— en sus diversas formas de agrupación.

Es inevitable que un pueblo esté dirigido por minorías destacadas. La esencia de la democracia está en que al pueblo se le den medios reales para que pueda designar a los gobernantes que mejor representen sus aspiraciones materiales y espirituales. Las minorías dirigentes del Sistema, por el contrario, no se representan más que a sí mismas. La esencia de la partitocracia reside en que los partidos no representan al pueblo sino que se representan a sí mismos y a quienes los financian.
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(*) Por Sistema entendemos las estructuras sociopolíticas y económicas dominantes en el mundo actual, así como, la ideología y los valores culturales en que se apoyan.

La diversidad es riqueza

La diversidad es riqueza
(La globalización destruye identidades arraigadas y crea otras)
Alain de Benoist
La globalización unifica el mundo pero no a cualquiera. Ella unifica mediante la distribución de todo lo que se vende y compra y también mediante el intercambio de bienes o del desarrollo del mercado financiero. Procede así a partir de aquella tendencia presente en el capitalismo liberal que no conoce más frontera que la del dinero y que no reconoce otra ley que el crecimiento continuo del máximo beneficio.

En vista de la nivelación que la globalización produce a nivel mundial, es tentador esgrimir las identidades culturales, populares y colectivas como argumentos para dominar este gigantesco movimiento de desenrraizamiento de culturas en favor de un único movimiento dominante. Es esta una postura totalmente lícita, condicionada a que se ponga en claro tanto la verdadera naturaleza de la globalización como la definición misma de identidad.

En primer lugar, debe comprenderse que la globalización, como la mayor parte de la irrupciones históricas, no es un fenómeno unidimensional. Es un verdadero desarrollo dialéctico. En la medida en que se enfrenta a poderes más grandes, provoca reacciones inversas que van en dirección contraria. Cuanto más se hace realidad la globalización, tanto más produce ella a su contrario. Se puede afirmar categóricamente que destruye por igual las identidades colectivas y las vuelve a construir. El problema es que ya no son las mismas identidades. La globalización destruye las identidades con raíces, los diferentes modos de vida, las estructuras orgánicas y las construye de nuevo pero solo en una forma puramente reactiva, interdependiente y forzada. La progresiva unificación del mundo va acompañada de una nueva demolición social, un nuevo desencadenamiento del fundamentalismo político y religioso. Ambos fenómenos no se contradicen en modo alguno. Son dos caras de la misma moneda.

La identidad es lo que nos diferencia de otros y al mismo tiempo lo que nos hace idénticos a algunos. Además, la identidad no viene dada siempre, todas las veces y a todos. No describe lo esencial sino un lento proceso de desarrollo del yo que siempre supone una relación con los otros. Identidad no es lo que nunca cambia sino lo que en el interior de esos cambios permanece inmutable.

Otra cuestión importante es que las identidades tradicionales de Occidente son esencialmente identidades "diferenciadoras". En otras palabras: todos nosotros hemos nacidos como franceses, italiano, alemanes, flamencos, etc., y en este sentido ya nos precede una parte de nuestra identidad. No obstante, en la medida en que el modo de vida de un país se asemeja al de otro, pierde la conciencia de sí mismo su natural evidencia. Nos gustaría tomar conciencia de las raíces pero estas no quedan determinadas más que cuando nos dejamos determinar por ellas. En otras palabras: las identidades de hoy no son seguramente una quimera pero sí son algo que nosotros elegimos sin estar a priori obligados por ellas. Las sociedades tradicionales eran sociedades dependientes, ante todo determinadas por su pasado, por su tradición. Las sociedades modernas se construyen de manera autónoma y es, ante todo, el futuro el conduce al progreso. En las sociedades posmodernas que han alcanzado ya una autonomía individual no hay otra limitación que el momento presente. Las tradiciones existen por eso, porque nosotros de vez en cuando queremos que existan. Las tradiciones dependen en verdad de nosotros como nosotros de ellas. Esto mismo sirve también para las identidades: solo tienen sentido cuando nosotros nos reconocemos en ellas o las reconocemos a ellas. Esto, que una vez fue algo ligado a la esencia de manera natural, hoy se ha perdido.

La globalización es en primer lugar algo que no es ni bueno ni malo: simplemente es. Ella es el espacio de nuestra actualidad histórica y la idea nacida de la utopía de que podemos dejar desaparecer el marco. Además la pregunta más importante es menos cómo luchar contra la globalización y más como hacer que el resultado de esta globalización no sea el desenrraizamiento de las culturas y el debilitamiento de la diversidad.

El principio de la diferencia es por definición un principio general. A la unificación del mundo se le contrapone una deformación etnocentrista, a saber, un autismo político o geopolítico de acuerdo con el lema "vivimos en nuestro bunker y no queremos saber nada del resto del mundo". De hecho se trata de dar a la globalización un nuevo contenido. Se trata de preocuparse por que no desemboque en un mundo planeado y normalizado de manera centralizada, sino por que éste surja a partir del principio de que la diversidad del mundo es su verdadera riqueza, y esto nos impone el deber de no dejar a nuestros hijos menos riqueza, menos diversidad étnica de la que nosotros hemos heredado.

Como defenderse de la TV

Cómo defenderse de la televisión
Conferencia de José Javier Esparza, Vitoria, 16 de noviembre de 2000


Yo quisiera contarles cómo defenderse, cómo defendernos, de la televisión. Desde luego, hay mucha gente que considera este aparato como una amenaza y otra mucha gente que no. Para la mayoría, es sólo un instrumento de ocio, por lo que nunca hay que temer gran cosa, sólo es un entretenimiento; sin embargo, sobre todo en los últimos 10 años, coincidiendo con la aparición de las cadenas privadas, se oye cada vez más que la televisión tiene la culpa, o por lo menos parte, de casi todo: de la delincuencia infantil, del retroceso de la cultura escrita, de los índices del fracaso escolar, de la pérdida de valores morales ... Todo esto hace que adoptemos una actitud defensiva, qué duda cabe, así que me gustaría contestar a unas cuantas preguntas que pudieran aclarar si la televisión es verdaderamente una amenaza, porqué lo es, si es preciso defenderse de ella y cómo hay que hacerlo.
No me quiero referir a ella sólo como mensaje, es decir, a los contenidos, a lo que habitualmente comentamos los críticos, sino que quiero referirme también a la misma como medio, el aparato en sí, el lenguaje que emplea. Por tanto, podremos ver por qué la televisión es una amenaza tanto en su concepción de medio como en el de mensaje y, simultáneamente, resolveremos cuáles son los mecanismos de defensa ante dicha "amenaza".
Uno de los reproches que se dirige con más frecuencia en contra de este aparato es que atonta. Esto es muy visible en el caso de los niños; se ponen delante de la tele y da la impresión de que rompen todo contacto con el mundo real al meterse dentro de ese mundo ficticio que les ofrece. Pues bien, lo del atontamiento no es sólo una percepción subjetiva o una intuición irracional de padres preocupados, sino que también corresponde a una definición bastante exacta del efecto que la imagen móvil causa en los más pequeños: verdaderamente les atonta.
El porqué es una cuestión que no tiene tanto que ver con el mensaje como con el medio; es decir, no tiene que ver tanto con lo que vemos en la tele como con el propio hecho de estar viendo un aparato que emite señales permanentemente. Podemos resumir el problema del siguiente modo: la televisión hace que nuestro cerebro baje la guardia; la imagen televisada tiende a suprimir las barreras racionales críticas que el individuo suele poner ante cualquier mensaje que recibe del exterior.
Hay muchos estudios sobre el impacto de la imagen móvil en el espectador, y, para la mayor parte de los autores que han hecho estos análisis, todo el problema está en el tipo de imagen ¿Por qué?, porque nuestro cerebro no está biológicamente capacitado, digamos, para desarrollar una resistencia suficiente al impacto de esa imagen en movimiento. Cuando usted escucha una conferencia o admira un cuadro, su cerebro puede trabajar al mismo tiempo; la razón es que la barrera crítica funciona mientras usted hace todas esas cosas, y, así, puede poner en todo momento una resistencia a lo que está viendo, ya sea poniendo en duda lo que el conferenciante le dice, buscando argumentos contrarios automáticamente, mostrando repulsa hacia lo que un artista ha hecho, etc. Sin embargo, nuestro cerebro no está diseñado biológicamente para hacer todo eso; frente a la sucesión de impactos de imagen en movimiento, a nuestra maquinaria racional le cuesta un esfuerzo extra, suplementario, el ser capaz de ponerse al paso de la imagen móvil y discriminar críticamente los impactos que nos envía.

Para entender mejor este proceso, el porqué de no ser capaces de ofrecer esa resistencia, debemos tener en cuenta que el cerebro humano, como todo el mundo sabe, es una complejísima red de neuronas a la que, todavía, estamos muy lejos de definir. Un Nobel decía que el sistema nervioso central humano era, probablemente, la única frontera inalcanzable de la ciencia esto lo digo para advertir de que lo que voy a explicar ahora es una metáfora, no una descripción física exacta del cerebro; explicó que podemos entender nuestro cerebro como una sucesión de esferas que se habían ido acumulando en el curso de la evolución. Tenemos una primera masa cerebral, una primera esfera, que es el paleocortex, elemento que compartimos con los reptiles, por ejemplo, y que es donde anidarían los impulsos más elementales: el frío, el calor, el miedo, la euforia, el sexo ... Sobre esta esfera, se habría superpuesto otra, el cortex, que es la que compartimos con los primates, que nos permite hacer operaciones un poco más "elaboradas" como, por ejemplo, asistir a El Bus, de Antena 3, y otras operaciones de ese género. Por último, está la tercera esfera, la propiamente humana, la neocortex, donde radica nuestra inteligencia, la capacidad de pensarnos a nosotros mismos como objeto, por ejemplo, que es una cosa que sólo nosotros podemos hacer. Todas estas características nos permiten poner una serie de barreras racionales a todo mensaje exterior y discriminar datos de eso que estamos recibiendo.
Se dice que la imagen televisada debe su fuerza, exactamente, a que es capaz de saltarse esa barrera que pone el neocortex. La sucesión de impactos visuales a toda velocidad "perfora", por así decir, esta esfera; el raciocinio se salta las barreras y actúa directamente sobre el paleocortex, sobre el fondo instintivo, nos "masajea" los instintos. Los mensajes que la televisión nos envía no activan un diálogo lógico con el medio, sino una reacción primaria; no despiertan un comportamiento racional, sino un comportamiento instintivo y afectivo; no son propiamente mensajes, sino lo que otro gran teórico de la comunicación llamaba "masajes". Así pues, la televisión no es un mensaje: es un masaje.
Ésta es la razón por la cual los mensajes subliminales (Sublime significa por debajo de la frontera) abundan especialmente en este medio. Ya saben que consisten en deslizar impresiones de modo tal que el cerebro no sea capaz de filtrarlas y racionalizarlas aunque sí nos hayan impresionado. Nuestro consciente recibe un mensaje como, por ejemplo, "tengo hambre", o "me apetece esta tarta", o "me apetece esta mujer", y, antes de pasar por él, el cerebro sabe que lo ha recibido aunque ustedes mismos no se enteren de haberlo "procesado". En las facultades de Ciencias de la Información se estudiaba por lo menos cuando yo era estudiante; no sé qué se hará ahora el caso de la película El exorcista, donde el director, para aumentar la impresión de miedo en el espectador, había incluido ciertos fotogramas invisibles y ciertos sonidos inaudibles que sí actúan, en cambio, sobre el fondo instintivo del cerebro y acentúan esa sensación de pavor.

Concretamente, se trataba de una calavera en descomposición o una imagen bastante poco grata, incluida como fotograma imperceptible dentro de la cinta y, dentro de la banda sonora, del zumbido de una colmena de abejas furiosas. Dichas impresiones no pueden ser distinguidas conscientemente por el espectador, pero están ahí mezcladas, dentro de lo que el espectador recibe sin saberlo, para aumentar el efecto de miedo que el director quería lograr.

La palabra 'subliminal', aunque creo que sería más correcto decir ´subliminar', se ha rodeado, ciertamente, de una especie de fama fúnebre, como si fuera una especie de magia negra, pero tampoco es para tanto. Hay muchos tipos de comunicación subliminal; por ejemplo, cuando un escritor se vale de su dominio de la sintaxis para crear una atmósfera de sensualidad repitiendo ciertas estructuras gramaticales 'Marcell Proust lo hace muchísimo', eso es un mensaje subliminal que opera perfectamente en el lector. Otro caso muy evidente es el de la fotografía publicitaria: se quedarían ustedes estupefactos si supieran la cantidad de siluetas femeninas que aparecen camufladas en los anuncios de whisky o de automóviles, que son productos que el mercado considera como esencialmente masculinos. La diferencia es que, en una página de un libro o en una fotografía, el elemento subliminal, aunque, de entrada, no lo veamos, podemos llegar a verlo si nos detenemos a estudiarlo. Esto no ocurre con el mensaje en un soporte audiovisual; es un ejercicio prácticamente imposible para un espectador convencional: hay que sacar la cinta y mirar fotograma a fotograma para ver lo que hay allí. Por eso es el que goza de peor fama, aun injustificadamente, porque la trampa es total, porque aquí el "crimen" es perfecto.
A propósito de los subliminales, quiero recordar dos experiencias que me parecen muy significativas: la primera vez que se usaron fotogramas subliminales con la imagen de una apetitosa tarta insertados en una película cómica fue en los Estados Unidos. El resultado fue un éxito porque, en el intermedio de la película, la gente en masa consumió dicho dulce en el bar del cine en cuestión. La segunda gran experiencia guarda relación con uno de los episodios menos conocidos de la Segunda Guerra Mundial. Rusbelt quería organizar una guerra contra los japoneses por el dominio del Pacífico y no sabía muy bien cómo hacerlo; sobre todo, era muy difícil movilizar a la opinión norteamericana. Entonces, entre las iniciativas adoptadas para preparar a la opinión en torno a dicho objetivo, se elaboró un documental lleno de mensajes subliminales antinipones que fue exhibido, por primera vez, ante los soldados de un cuartel en Arkansas. Imagínense ustedes; fue un éxito total: los soldados salieron del cine llenos de ardor guerrero contra los japoneses.
Todas estas cosas son conocidas, se han publicado hace muchos años y se siguen publicando, si bien es cierto que la industria de la comunicación, por lo general, tiende a dejar de lado estas experiencias porque forman parte de su leyenda negra. Esto de los subliminales lo he contado porque es, quizás, la manifestación más palpable de cómo la imagen actúa en nosotros sin que lo sepamos. Es la capacidad de acción de la imagen en movimiento, sea en el cine o en la televisión, lo que supera la capacidad crítica del espectador; la resistencia racional del sujeto se fractura, se abre, por así decirlo, y la imagen nos llega a nuestros instintos para estimularlos a placer 'a placer del estimulador, no necesariamente del nuestro'.
¿Qué ocurre cuando nos exponemos a una catarata de mensajes que llega directamente a nuestro inconsciente, a nuestros instintos, sin pasar por el filtro de la conciencia o consciencia? Tampoco hay que dramatizar porque, en general, la mayor parte de los seres humanos adultos son capaces de sobreponerse al bombardeo. Uno enseguida puede empezar a calar qué es lo que le está pasando ante una película; aunque quizás no lo sepa de entrada, puede percibir, por ejemplo, que algo le repugna; aunque no sepa exactamente el porqué, hay un instinto estimulado pero también un "contrainstinto" que actúa. Eso sí, esto pasa en los adultos porque los adultos tienen plena madurez racional; en los niños no ocurre lo mismo: sus barreras racionales, críticas, son muy endebles, muy frágiles, y para ellos no resulta tan fácil racionalizar ese "contrainstinto" si me permiten ustedes la jerga ante el mensaje de estímulo que hemos recibido.
En California, se experimentó el impacto de la televisión en los niños: se sentó a varios niños ante la pantalla y se les colocó unos electrodos en el cerebro (esto debió de ser entre los años 50 y mucho 60 y pocos). Aquellos sensores que tenían los pobres niños en el cráneo servían para medir la actividad neuronal mientras veían la televisión, y el resultado fue muy curioso: los niños, a partir de un periodo de una media hora, aproximadamente, empezaban a emitir unas ondas (creo que las ondas se llamaban Alfa; no lo sé porque estoy citando de memoria) que son exactamente las mismas que los adultos emiten cuando hacen yoga, es decir, cuando están en un estado de relajación total ¿Que significa esto? Que los niños, por el contrario, en un estado en el que los adultos se relajan completamente, bajan completamente su guardia ante una cosa que están viendo en la tele. Entran en un estado de receptividad absoluta; todo les entra y todo se queda grabado en su cerebro. Hablando en plata: los niños se tragan los mensajes de la tele con una voracidad mucho mayor que la de los adultos, y, por lo mismo, el efecto de la tele en ellos es mucho más intenso.
Esta constatación hay que tenerla en cuenta cuando recibimos noticias sobre ciertos comportamientos infantiles realmente patológicos y aparentemente provocados, desencadenados o sugeridos por la televisión. Todos hemos leído, en los últimos años, sucesos horripilantes que hablan de mocosos de 6 años convertidos en asesinos o de niños que se tiran por la ventana para imitar a Superman. Es verdad que estos sucesos, por fortuna, son escasos, pero el mero hecho de que existan ya es un signo preocupante. Los casos de violencia infantil inspirados por la televisión son la manifestación patológica de un fenómeno psicológico; ese fenómeno es el poderoso impulso emulador que despierta la televisión en las mentes infantiles. El niño tiende a imitar lo que ve en el mundo real, y, en el caso de la televisión, esta imitación presenta una particularidad: esa realidad es mentira. No es una realidad viva; es virtual, es una ficción. Por seguir con el ejemplo de la violencia (insisto en que es extrema, minoritaria, tal vez marginal, como toda patología, pero no deja de ser un síntoma), lo que nos transmite la televisión es una falsa violencia.

Es frecuente que un niño actual haya visto muchos más asesinatos que cualquier niño en cualquier otra época de la Historia; no obstante, desde mi punto de vista, esto no es tan preocupante como que toda esa violencia que hoy ve el niño, que hoy está a su alcance, sea una violencia falsa, privada de su carga de dolor, de sus manifestaciones físicas y anímicas. Imaginemos a un niño español de la época de la Guerra de la Independencia, por ejemplo, o, si quieren ustedes, a un niño actual de Palestina. Este niño ve horribles crímenes, vive en un clima de violencia permanente, pero esos crímenes y esas muertes que está viendo son de verdad; los cadáveres huelen, la gente llora de dolor, los golpes duelen, el bien y el mal se perciben con bastante nitidez y, desde luego, como nociones brutales, todas estas muestras van acompañadas de fenómenos físicos primarios, directos, que erizan la piel, que crispan los sentidos. En cambio, las infinitas muertes violentas que vemos en la televisión a todas horas no tienen realidad física; los cadáveres de las películas no huelen, la sangre no impresiona, a los oídos no llega el llanto del dolor. Toda esta violencia televisiva es de mentira, pero, al no existir otro tipo real y al no estar acompañada de las manifestaciones físicas primarias, el niño puede terminar recibiendo una imagen trivial, banal, del acto violento. En fin, como no quiero amargarles la vida, dejamos parado este tema de momento.
Me interesa decir, sobre todo, que la realidad que la televisión transmite es incompleta. Y podemos imaginar el resultado que obtendrá quien trate de comportarse en la realidad según los patrones de lo que ve en la tele; parece bastante probable que aquí estén algunas de las razones de ciertos casos inexplicables de violencia juvenil.
Por decirlo en términos más clásicos, estaríamos ante un ejemplo de inversión de las categorías del conocimiento. Ya saben ustedes aquello de Aristóteles sobre la forma y la materia: toda cosa tiene su forma y tiene su materia; este micrófono tiene la forma que ustedes ven y la materia es lo que hay dentro. Pinillos, psicólogo, a propósito de esto, dice que la televisión hace magia porque nos enseña las cosas sin su materia. Así pues, estamos viendo espectros, de tal forma que las categorías del conocimiento normales, naturales, se alteran por completo. Alguien que ve forma sin materia, alguien que ve fantasmas, tiene que pensar, forzosamente, que su mente no va bien; aquí es donde está el carácter psicopatológico del problema de la tele: cuando la realidad televisiva se toma por realidad viva, estamos ante una disfunción psíquica, y eso es exactamente lo que pasa cuando un niño con problemas de entendimiento actúa en la vida real como si se hallara inmerso en ese mundo de forma sin materia de la televisión. Todo este análisis, como ustedes verán, se puede aplicar también a la realidad virtual; no voy a entrar en este tema (nos iríamos lejísimos), pero queda dicho: la técnica nos está enseñando a imaginar realidades ficticias, es decir, una pura contradicción, ya que una realidad ficticia o no es realidad o no es ficticia. No puede ser las dos cosas a la vez, pero en ésas estamos. Eso es lo que no da la televisión y, ante ello, hay que estar, por lo menos, vigilantes.
Vamos a recapitular un poquito: tenemos impulsos que llegan a los instintos saltándose la barrera racional, tenemos la suspensión del juicio crítico, tenemos la eventual exposición a impresiones subliminales, tenemos la especial capacidad de acción frente a las mentes infantiles, tenemos la confusión de las esferas de la realidad ... Todo eso lo puede hacer la televisión considerada sólo como medio, como aparato técnico, al margen de lo que nos cuente, al margen de sus mensajes ¿Hay o no hay razones para considerarla una amenaza? Bueno, yo creo que la amenaza no es grave, pero haberla la hay (como dicen los gallegos). Y digo que no es grave porque el espectador, en último término, siempre puede parapetarse detrás de su juicio crítico, detrás de su razón, de su voluntad. Un ejemplo muy concreto de esto que señalo son todas las personas que han estudiado a fondo el efecto de la televisión en los niños; aconsejan vivamente que nunca se deje a un niño solo frente al televisor, que se esté junto a él. Y no sólo eso, sino también que se le lleve a dialogar continuamente sobre lo que está viendo en la pantalla; es decir, no es tanto el quitarle a un niño tal contenido (ésa es otra cuestión) como el estar con él salga lo que salga en la pantalla ¿Por qué?, porque, estimulando el diálogo, el niño activará sus barreras racionales. No va a caer en el estado ése de las ondas Alfa que decía anteriormente ni tampoco en el de excesiva receptividad hacia todo lo que le entra; además, va a poner, continuamente, un discurso propio al discurso de la televisión, estableciendo una dialéctica frente al mensaje televisado, frente al aparato. Por supuesto, lo mismo se le puede aconsejar al espectador adulto, lo que pasa es que éste, por lo general, lo hace de forma autónoma. Al niño, qué duda cabe, hay que ayudarle; necesita un estímulo exterior para tratar de racionalizar lo que aparece en pantalla, es el mejor modo de evitar que la imagen televisada le gane la partida a nuestra razón.
Y, en efecto, racionalizar lo que aparece en pantalla no siempre es fácil. Con frecuencia, los mensajes televisivos son tan simples, tan soeces, tan molestos o tan bobos que nos resistimos a racionalizarlos y optamos por despotricar contra el mundo entero. Por ejemplo, es difícil racionalizar a Tamara y a Paco Porras (ahora que están de moda); éste es otro problema con el que entramos en el concepto de televisión como mensaje, que, dicho sea de paso, es en el que más inciden críticos de televisión y espectadores y el único que interesa a los programadores. En materia de mensajes, de contenidos, es muy fácil probar que la televisión es una amenaza; no hay más que ponerla, no hay más que leer la correspondencia del público televidente o, más fácil aún, pegar el oído a cualquier tertulia de barra de bar al día siguiente de que un programa de televisión de gran audiencia haya irritado la sensibilidad de grandes mayorías; irritación, conste, que no es óbice para que esas mismas mayorías hayan engrasado la audiencia del programa en cuestión, cosa muy divertida que nos pasa a los críticos. La cantidad de cartas que recibimos de gente diciendo ¡este programa es infumable, yo lo veo todos los días y me parece muy mal! Si a usted le parece muy mal, no lo vea más, no lo vea todos los días.
Que hay programas nocivos desde el punto de vista de la ética social o de la estética es indudable, pero también es indudable que esos mismos programas suelen ser, con mucha frecuencia, los más vistos, los más exitosos, los que más dinero ganan y, por esa razón, los que más tiempo están en pantalla. Indudablemente, no todos los programas de éxito son malos, hay muchos programas que cosechan excelentes cifras de audiencia y que muestran un perfil ético y estético muy aceptable, pero el hecho es que los programadores, cuando se proponen conquistar grandes audiencias, tienden a crear productos que deliberadamente rebajan, y de forma ostensible, este umbral artístico-moral de la programación. En las actuales circunstancias de nuestra televisión tanto pública como privada, es absolutamente inevitable que esto sea así ¿Por qué?, porque así funciona la comunicación de masas, y la comunicación de masas es la televisión.
Para explicar esto que acabo de decir, me van a permitir ustedes una breve indicación que a lo mejor llega a parecerles un poco enojosa pero que, como luego veremos, nos va a dar la clave del funcionamiento de la tele, la razón de que sea como es y no de otro modo (al menos, dentro de un régimen de mercado, de competencia abierta). Los niveles de exigencia ética y estética del espectador, por lo general, tienen mucho que ver con la formación cultural del ciudadano; cuanto más completa es la formación de uno, más calidad exige, y, al contrario, cuanta menos formación, mayores tragaderas. Esto es así de toda la vida, y, por eso, siempre se ha considerado que la educación, la formación, la instrucción, son cosas buenas en sí pero no es un bien equitativamente repartido: los hay que tienen mucha, los hay que no tienen ninguna.
También es normal que los cultos sean pocos y los incultos sean muchos. Si miramos un grupo social cualquiera desde el punto de vista de su nivel cultural, por ejemplo, y luego tratamos de reproducir los resultados en un gráfico les invito a que lo reproduzcan mentalmente, lo más probable es que obtengamos una figura en forma de pirámide: en la cúspide, hallaremos una minoría llamada ´culta, que es la capaz de comprender los argumentos más complejos, las piezas musicales más perfectas, los cuadros más audaces, los libros más ricos ...; en el centro, una ancha franja de ciudadanos de formación ascendente, que, seguramente, es la gente más interesante de cualquier sociedad, ya que suelen ser personas culturalmente competentes con ganas de aumentar esa formación y de participar ó no en vano, es la gente que suele constituir el grueso de los lectores de periódicos, libros, etc, y, en la base de la pirámide, vamos a tener una gran mayoría menos culta, menos formada, incapaz de entender un matiz en un cuento de Borges, por ejemplo, pero dispuesta a devorar con rapidez un culebrón.
En el siglo pasado, cuando aparecieron los primeros medios de comunicación escritos, los periódicos, se partía del principio de que el objetivo de la comunicación era hacer llegar a la base las ideas de la cúspide (conviene recordar que la comunicación de masas nace y asciende al mismo tiempo que las reivindicaciones democráticas). Ellos jugaron un papel esencial en la transmisión de dichas ideas, bien para acelerar el proceso democratizador, bien para retardarlo. En todo caso, y como ya he adelantado, se trataba de elevar la base de la pirámide para hacerla participar en las ideas de las minorías creadoras, tanto en materia política como estética o económica. Sin embargo, esta filosofía vertical de la comunicación, cambio de sentido cuando el objetivo no fue ya propagar una ideología sino hacer negocio; a partir de ese momento, la comunicación empezó a hacerse horizontal y afrontó, como primer objetivo, el llegar a mucha gente (y no digo "convencer" sino "llegar"). El caso de la prensa amarilla norteamericana, a finales del siglo pasado, fue, quizás, el más notorio; su finalidad era únicamente vender, cuestión por la que se organizó incluso una guerra como la del 98.
En líneas generales, hoy día, la prensa escrita, sobre todo en Europa y de manera muy particular en España, Francia e Italia, ha compaginado el sentido horizontal con el vertical; es decir, se ha sumergido en la lógica comercial de vender sus productos, por supuesto, pero ha conservado el objetivo ilustrado de formar y de informar. Esto, al final, es elevar la base de la pirámide hacia arriba. No obstante, los medios audiovisuales, tal vez por la época en que han nacido o porque lo llevan dentro de sí, tampoco lo sé, han ido caminando, poco a poco, hacia una concepción exclusivamente comercial del trabajo comunicativo, y el comunicador de una cadena de televisión no quiere elevar a nadie, quiere retener, punto.
En la Facultad de Ciencias de la Información de Madrid, como en las de toda España, me parece a mí, nos decían, cuando yo estudiaba, que un periodista tiene que informar, formar y entretener; bueno, pues eso se acabó: en la televisión, todavía hay quien informa, pero son espacios confinados a una franja horaria muy concreta. Actualmente, lo que interesa es entretener y punto ¿Cuál es la forma de conseguir que ese entretenimiento sea rentable, que llegue a la mayor cantidad de gente posible y dónde está la mayor cantidad de esta gente?: en la base de la pirámide. Hay que dirigir la comunicación a la base de la pirámide si queremos obtener grandes resultados de audiencia, y como nuestro objetivo es entretener, tampoco podemos exigirle a este público grandes esfuerzos; al contrario, hemos de procurar que nuestros mensajes sean lo más simples posible. Así es como los mensajes televisivos han ido convirtiéndose en una especie de baremo de la simpleza, que es lo que hoy tenemos ante nosotros.
Por otra parte, es toda esta lógica la que ha llevado a mucha gente a criticar la cultura de masas de forma muy severa. El objetivo inicial de la cultura de masas es elevar, como ya he dicho, la base de la pirámide, aumentar su formación desde un punto de vista ilustrado, crear ciudadanos capaces de intervenir en la vida pública. Aun así, lo comercial es lo que ha llegado a dicha cultura; inhibe la formación y genera cierta pasividad intelectual, confusión, amnesia colectiva.
Y lo peor es que el problema no tiene solución, o, al menos, no dentro del mercado. Imagine usted que un programador de televisión consciente del problema decide producir programas encaminados a estimular la reflexión del espectador. Esos programas, por su propio objetivo, exigen del espectador un cierto esfuerzo, van a hacerle pensar, pero si, al mismo tiempo, tenemos un espectáculo que nos procura impactos simples y estimulantes, como los paseos de señores en bañador, en otra cadena, la mayoría de los televidentes preferirá esto último, y las casas comerciales, a la vista de los resultados, invertirán toda su publicidad en el programa más visto (el otro, claro está, se quedará a dos velas). El programador puede morir con las botas puestas y con la satisfacción de haber intentado elevar el nivel de compromiso de la sociedad, pero su cadena le pondrá de patitas en la calle porque le paga para ganar dinero, no para salvar su conciencia. Por el contrario, el programador de la competencia, el de los desfiles en bañador, deleznable desde el punto de vista intelectual y social, se habrá llevado todo el beneficio al emitir mensajes cada vez más simples, además de los grandes parabienes de su empresa, y quizás le fiche otra cadena pagándole todavía más
¿En qué consiste lo simple?: como ya hemos visto, en estimular los instintos y bloquear la barrera racional del espectador. Lo que me interesa subrayar es que el programador no tiene otra opción desde el punto de vista del negocio, desde el punto de vista de la rentabilidad; se encuentra atenazado, por así decirlo, entre la naturaleza piramidal de la cultura social y la lógica comercial de su trabajo. Es como un náufrago que, de repente, se encuentra en medio del mar furioso y tiene dos opciones: o hacer un poema a Poseidón o agarrarse al salvavidas para flotar. Y se agarra al salvavidas.
Juan Cueto, que de esto sabe muchísimo, director de Canal Plus en cierta época y que se retiró enseguida, dice algo que me parece que es muy interesante: "el discurso sobre la televisión es una permanente lucha contra la naturaleza de la televisión".
No hay salida ¿Qué pueden hacer las instituciones responsables de la televisión pública o privada para invertir esta corriente, para cambiar las cosas? Por desgracia, solamente pueden hacer una cosa, que es arriesgarse a perder dinero, y eso, en nuestro mundo, es pecado mortal. La amenaza de la televisión, desde el punto de vista de los mensajes, reside en esto que acabamos de explicar, en esa lógica comercial de la cultura de masas; por eso, siempre será mucho más interesante sacar a Paco Porras que sacar al último biólogo que haya seccionado la última parte de un gen.
Para invertir esta lógica, habría que cambiar la sociedad, nada más y nada menos, y nosotros podríamos estar dispuestos a ello; pero la perspectiva cambia un poco cuando uno es consejero delegado de una cadena. No hay que pedir peras al olmo, aunque a uno le den ganas de dar el olmo. Lo que sí podemos hacer es cavar algunas trincheras para defendernos de esa amenaza que es la banalización creciente de los mensajes. En primer lugar, yo creo que hay que llamar a la profesionalidad de los programadores. Un teórico de la comunicación decía que los programadores se han convertido en intermediarios entre el hombre y su entorno.

Crean cultura social y le explican a la gente lo que hay. Por desgracia, no todos los programadores son conscientes de ese papel, y por ello creo que hay que recordárselo sin cesar, tarea que no sólo compete a los críticos sino también a los profesionales de la televisión. A estos hay que indicarles que son comunicadores, no vendedores. Los profesionales de la prensa o de la radio en general, quizás porque ganamos menos, no lo sé, conservamos esa conciencia de la función de nuestro trabajo y nos peleamos, con cierta frecuencia, con nuestros empresarios cuando piden cosas que, profesionalmente, no son aceptables. Sin embargo, todo esto se ha perdido en la televisión; quien manda es el dinero.
Yo creo que es importante que quienes hacen materialmente la televisión recobren su conciencia profesional. Para eso, han de empezar a comportarse como profesionales y no como simples subordinados de los estrategas económicos y financieros de los canales. La prensa escrita es buen ejemplo de cómo estos intereses, junto con las vocaciones profesionales, pueden caminar juntos ¿Por qué en la televisión no habría de ser posible una convivencia semejante?
Por otro lado, a mi parecer, el público también debería tener algo que decir. Hasta el momento, las asociaciones de espectadores han jugado un papel muy limitado ¿A qué se debe?, pues a que son tres gatos. No hay afiliación. Algunas de ellas han acometido iniciativas muy ruidosas, como aquella huelga de mandos caídos que no sirvió para gran cosa (de más ha servido otro género de iniciativas como, por ejemplo, el boicot a determinadas marcas comerciales o a determinados productos anunciados con publicidad engañosa). En todo caso, es un fenómeno muy marginal. Creo que es recomendable estimular la participación en estas asociaciones, pero sería ingenuo pretender que todo el mundo se fíe de ellas. Las asociaciones pueden y deben contar en las decisiones sobre la televisión, aunque nunca deben salir de su situación más o menos secundaria. Es mucho más importante, desde mi punto de vista, apelar a la responsabilidad del público en sí, de los ciudadanos, de la persona singular. Las cadenas son muy sensibles, muchísimo más de lo que parece; a una carta de un espectador, por ejemplo.
La resistencia, si me permiten utilizar la palabra, tiene que empezar en el propio ambiente familiar; hay que acostumbrarse a ser un ciudadano activo ante el televisor. Yo ya sé que esto es poco viable, y, cuando uno llega a casa, por lo general, lo último que quiere es empezar una guerra nueva, porque bastantes guerras nos da la vida cotidiana. Lo más común es sentarse ante la tele con el único objetivo de pasar un rato, dejar volar la mente, buscar un refugio; para eso está. Las cadenas lo saben, faltaría más, y abusan de eso, pero, sinceramente, no se me ocurre otra manera para que uno pueda seguir siendo ciudadano también ante la caja de luz.
Creo que hay que aprender a dialogar con la pantalla, combatirla cuando es preciso y, por supuesto, esgrimir siempre ese arma infalible que es el mando a distancia. Un gran politólogo, para definir al soberano, decía que éste es quien decide el estado de excepción. En casa, de puertas adentro y ante la tele, soberano es quien decide sobre el uso del mando a distancia. Esta soberanía en zapatillas me parece que es irremediable; tal y como están las cosas, hemos de aprender a decidir qué entra en nuestra casa y qué no. El dedo es y seguirá siendo nuestra principal fortaleza para defendernos de la televisión.

La Colonización sutil

La colonización sutil: "American Way of Life" y Dinámica Social
Marco Tarchi

Marco Tarchi, colaborador en el Doctorado de Investigación de Ciencias Políticas de Florencia, autor de la obra Partido único y dinámica autoritaria y de numerosos artículos y ensayos, es uno de los más inquietos animadores culturales de la floreciente vida intelectual italiana: director de las revistas “Transgresioni”, (de cuyo número 3 procede el artículo que aquí presentamos) y “Diorama Letterario”, así como de la cooperativa editorial “La Rocía de Erec”, Tarchise ha distinguido en la iniciativa de reaproximar una cierta nueva derecha y una cierta nueva izquierda de cara a revitalizar el debate político y social.

“Los Estados Unidos nos han colonizado el alma”. Con esta frase, ahora célebre, el director de cine alemán Wim Wenders bautizaba hace algunos años, el estado de subordinación psicológica que hoy en día, y de forma permanente, aflige a la cultura y a las sociedades europeas frente al Gran Hermano del otro lado del Atlántico. Al pronunciarla, quizás confesaba también el propio contagio contraído por este creativo artista, con sus repetidas incursiones en el inquieto caleidoscopio de los States. Recientemente se ha hecho eco de los mismo y con mayor énfasis, su amigo y colega Werner Herzog quien, al justificar la ambientación de su último film entre los aborígenes de Australia —quienes ven amenazada la supervivencia de su identidad debido a la invasión del “modelo occidental” —ha comentado: “Me temo que en el plazo de algunos años, no quedará sobre esta tierra, otra cultura que la de los Mac Donald’s”.
El hecho de que sentencias tan implacables y sutiles hayan sido emitidas por dos maestros del cine, dos hombres del espectáculo, y no por científicos, historiadores o literatos, no debe sorprendernos, ya que ha sido apoyándose sobre el espectáculo, sobre el terreno de las imágenes, como la tarea de exportar el American Way of Life ha ganado su más enconada batalla.
Echemos la vista atrás. Han transcurrido poco más de diez años desde que, a mediados de los 70, el modelo de sociedad americana atravesara su punto más bajo de aceptación por parte de la opinión pública y de los media. Las televisiones de todo el mundo transmitían imágenes de la nada gloriosa figura del último embajador estadounidense en Saigón, del arriar la bandera, del desesperado apiñamiento de quienes intentaban salvarse como prófugos, y que eran expulsados por los marines con brutalidad. Camboya y Vietnam desaparecían del dominio estadounidense. Dos años antes, la explosión del Watergate había lacerado la hipócrita imagen de transparencia de la puritana democracia de Washington. En 1972, el dólar zozobraba hasta sus mínimos históricos en el mercado de divisas. En aquel entonces, nadie habría apostado por una rápida y fortalecedora recuperación del coloso herido.
Sin embargo, en este decenio, el proceso se ha invertido, ha cambiado íntegramente de signo, y hoy, resurgiendo de sus propias cenizas, el american dream (sueño americano), resplandece con más atractivo que nunca a los ojos del europeo medio. Pero con una diferencia significativa: los que hoy aplauden y celebran sus méritos, son los mismos que ayer pretendieron y conmemoraron frenéticamente su muerte.
Muchas veces, uno se ha preguntado el por qué de este cambio brusco, y no han faltado respuestas: reacciones patrióticas frente a la humillación militar, relanzamiento económico, desarrollo de la tecnología, nueva orientación política. Muchas hipótesis se han encontrado frente a otras tantas contradicciones, porque la América del decenio pasado ha conocido y conoce tensiones raciales y miseria, altas tasas de desocupación, fracaso de proyectos científicos como los del sector aeroespacial, escándalos y descalabros militares como los de Irán o los del Líbano. La respuesta apropiada a la cuestión es otra: la imagen norteamericana en el mundo ha recuperado su posición y capacidad de expansión gracias a su omnicomprensividad y a su impermeabilidad frente a cualquier crítica, a su hegemonismo pacientemente construido y consolidado. En el momento en el que aparentemente se derrumbaba, celebraba, en realidad, su triunfo, porque había hecho firmemente suyo “el centro” de todo proceso de comunicación. No olvidemos una cosa: la “pasión indochina” de tantos estudiantes europeos durante los años del conflicto vietnamita era, a su vez, de importación norteamericana; se trataba, más bien, de un signo de hegemonía estadounidense sobre el imaginario colectivo de sus supuestos “opositores”: de esta forma, en los albores del movimiento de Mayo del 68, se produjo un estímulo emulativo, una reacción de emulación respecto a las revueltas de los campus de Berkeley de un par de años atrás.
Puede afirmarse sin miedo a exagerar, que en el período de siglo que estamos viviendo las clases dirigentes norteamericanas han preparado cuidadosamente el ascenso de su país a la categoría de escenario ejemplar, de laboratorio experimental de modelos sociales, psicológicos y culturales para exportar a escala planetaria, en lo que les favorecería esa mentalidad universalista y niveladora que les fue legada por los fundadores Pilgrim Fathers y que ratifica la inviolable Constitución. Después de haber borrado prácticamente el recuerdo del genocidio piel roja sobre el que construyeron su poder (sirviéndose ya en esta fase del poder de la imagen, porque son pocos los instrumentos que han alcanzado la eficacia de la epopeya western, rodeando de un halo de extraordinareidad el estilo de vida norteamericano), los EE.UU. han asumido en dos ocasiones el papel de árbitros y vengadores de las injusticias sufridas en el otro hemisferio: en 1917 y en 1941. Tomaron parte en los conflictos pero se atribuyeron la pretensión —poco más o menos desde una posición de nación extranjera superior— de juzgar moralmente a sus enemigos. Enmascarando la tutela de embarazosos intereses particulares con el aparente papel de paladines; amenazando constantemente con retirarse si sus deseos no eran satisfechos (recuérdese el caso Wilson-Sociedad de las Naciones); aprovechando la debilidad de sus más temidos rivales potenciales —los europeos desangrados entre dos guerras fraticidas y la inmadurez de los países del Tercer Mundo, que seguían siendo un botín en una fase “clásica” del dominio colonial; erigiéndose, en fin, en “guías del mundo libre” creado por el duopolio por ellos querido y suscrito en Yalta, los gobernantes de la Unión de las barras y de las estrellas han conseguido hacer de América una especie de tabú con una presencia permanente y obsesiva en el primer plano de cualquier ámbito de la información.
A los ojos de América nadie es inferior, maldito o incurable. Lo que les pasa a los otros es que aun no han encontrado la única fórmula válida para la felicidad. Salvar a la humanidad de sus oscurantismos, de sus guerras, de sus revoluciones y de sus miserias es la misión de América.
Un sistema para matar los pueblos
Un dato esencial para nosotros, es que esta vocación hegemónica no se manifiesta sólo o principalmente en el plano de las relaciones internacionales. Por el contrario, el paradigma de las dependencia se ha transferido al interior de cada nación (empezando por las europeas, domesticadas con el incesante uso del calamitoso concepto de “civilización occidental”) y ha incidido profundamente en las respectivas dinámicas sociales. La idea de un mercado mundial, perseguida y promovida por una sociedad mercantil, de la que los EE.UU. son la encarnación más perfecta y refinada, no podía, efectivamente, ir separada de la de la uniformidad de comportamientos de sus clientes-consumidores potenciales, lo que estimulaba automáticamente al American Way of Life a convertirse en el standard de toda la concepción de vida colectiva, como de hecho ya ha ocurrido.
Actualmente se experimenta cierto apuro a la hora de lanzar una crítica de ese modelo existencial, de la pérdida de sentido y de gusto que la americanización ha traído consigo, a la hora de promover su caída, porque se tiene la sensación de que todo lo que se ha dicho contra este proceso ha sido en vano. A diferencia de las colonizaciones clásicas, fácilmente perceptibles por las numerosas diferencias (étnicas, lingüísticas, religiosas, incluso alimenticias o de indumentaria) existentes entre dominadores y dominados, la colonización sutil de la era norteamericana se basa en efectos de ósmosis, en la asimilación total, en un ciclo psicológico que activa en los dominados una búsqueda preventiva de bienes —materiales o inmateriales que corresponde a la oferta programada, de modo que se garantiza la credibilidad de la comedia del consenso.
Los media son la clave de este sistema, y le aseguran su estabilidad, cumpliendo, a veces, el papel de suministradores de imágenes pedagógicas ejemplares; en otras ocasiones, por el contrario, hacen las veces de válvula de escape. Los media están en el centro de esta “koiné cultural transnacional”, con núcleo irradiador en los EE.UU., como ha detallado uno de los intelectuales más perspicaces que ha recorrido un camino en absoluto insólito: desde la izquierda contestataria del 68 hasta las alabanzas al neoliberalismo occidental: Ernesto Galli de la Logia. En su ensayo Il Mondo Contemporáneo (Il Mulino, Bologna, 1982), Galli describe el semblante de este gigantesco “lobby” que detenta el monopolio de la información, de las telecomunicaciones y de otros instrumentos de la cultura de masas. En sus manos está el “imperio de la antropología y del imaginario de los hombres de la Tierra” y, gracias a ello, nuestra época se encamina hacia la “unificación cultural del mundo” (1).
Es esta una triste realidad que actualmente condiciona todos los aspectos de la dinámica social de las naciones denominadas “desarrolladas” (y que afecta, aún más insidiosamente, a la evolución de las llamadas “en vías de desarrollo”). La unificación del “imperio del imaginario” ha alcanzado una perfección tal, que sus mensajes ya no necesitan adecuación o manipulación alguna que no sea de índole lingüística, para llegar a los distintos destinatarios. Los seriales, los cómics, las películas y los spots son idénticos en todas partes, y crean en el público las mismas sensaciones. “Dallas” o “Dinastía” gozan de similares índices de aceptación en países situados en continentes distintos; el sistema para matar los pueblos denunciado por Guillaume Faye, funciona por automatismos y produce, hoy en día, un fenómeno de “subarriendo”: directores, diseñadores, técnicos publicitarios y músicos de los territorios colonizados ofrecen un nuevo estímulo al modelo, reproduciéndolo en sus territorios de forma “más auténtica que el modelo original”. De esta forma se hace posible santificar el polivalente complejo cultural “occidental”, declarándolo basado en los mismos valores vitales, desde el preciso instante en que la renuncia a la creatividad, por parte de las culturas autóctonas y la dependencia respecto a los parámetros dominantes, han acabado con todo antagonismo.
Y todo ello en lo que concierne al proceso de influencia del modelo norteamericano sobre los comportamientos sociales en el escenario “occidental”, a su reducción a forma de mercancía y a su exportación a través del ciclo de producción-publicación-distribución. Pero nuestra atención ha de fijarse en los contenidos de este modelo.
Los defensores del American Way of Life, esos intelectuales que tan ufanadamente se definen como de tendencia liberal y que se irritan ante la denuncia del “mito” del imperialismo cultural estadounidense —tildando de provincianismo toda reivindicación de autonomía nacional o continental— no cesan de asegurar que su “Tierra Prometida” goza de una variedad poliédrica y vivaz, que es más bien el “Paraíso del pluralismo”, el lugar donde cualquiera puede ser —o llegar a ser— “lo que quiera”. Lo que se les olvida decir, es que esta libertad de expresión —puesta en tela de juicio con ocasión de cualquier “eclipse” de la imagen oficial de los States para legitimar la idea de “otra América”— sólo puede dar sus frutos cuando se aplica en el interior del campo cerrado de una concepción bien determinada del hombre y del mundo, cuyos fundamentos son irrenunciables. La dialéctica entre las diversas expresiones de este monolítico paradigma, es indiscutiblemente amplia, y contiene formas que en apariencia están extremadamente en contraste: Woody Allen y John Wayne, Herny Miller y Judith Kranz, los Peanuts de Shulz y los personajes de Disney, el ascetismo progresista de Jimmy Carter y el populismo conservador de Ronald Reagan. Fuera de las coordenadas dictadas por el modelo, existe, sin embargo, el vacío, la sospecha, la marginación; como ha denunciado Soljenitsin —víctima ejemplar de este estado de cosas— existe el “corte del micrófono”, la asfixia en la lunatic fringe, el desinterés absoluto de los media, versión mórbida y contemporánea del mecanicismo orwelliano de designación de las “no-personas”. Tanto más peligrosa en la medida en que reprimiendo la diversidad sin violencia aparente, anulando toda posibilidad de vida pública sin impedir la prosecución de una existencia privada, se pone a la defensiva frente a las corrientes y ambiguas críticas al dominio autoritario.

El imperio del imaginario
El narcisismo, el culto individualista al Yo y la promoción del egoísmo social más desenfrenado, que se traduce en el imperativo del éxito (computable en dólares: “tanto tienes, tanto vales”), y en la asimilación de la relación de los otros a una insidiosa jungla de competencias exasperadas y entrecruzadas, son sólo los aspectos más superficiales del “típico” esquema de comportamiento norteamericano que el “Imperio del imaginario” se preocupa por reproducir en todos los rincones del planeta. Debajo de la reducción economicista que obsesiona a la sociedad mercantilista, subyace una labor de desarraigo sistemático de la identidad colectiva funcional, con vistas a conseguir los objetivos de una modernización capitalista cada vez más atrevida.
El proceso es complejo pero coherente. En una sociedad sin historia como la norteamericana, entregada al culto del self made man, se considera negativo todo vínculo no utilitario. La escatología secularizada del ideal de felicidad, la cancelación de la memoria y del sentido del tiempo y del espacio, a la que cada vez tienden más directamente las aplicaciones de la tecnología “avanzada”, la adopción de un estilo de relaciones impersonales y burocrático, convergen en el mismo objetivo: la total racionalización de la vida colectiva, la evacuación de las exigencias espirituales, afectivas o simplemente no-materiales dentro de la programada esfera de la vida privada. No habiendo conocido jamás, contrariamente a cualquier otra cultura del mundo, una fase comunitaria —habiéndola, por el contrario, rechazado desde el comienzo de su creación como un “defecto de origen” de Europa, respecto a la cual los primeros colonos quisieron marcar la mayor distancia posible—, la Way of Life del otro lado del Atlántico no considera como motivo de interés a los grupos primarios, no concibe la noción de Pueblo (para la cual su idioma no posee ni tan siquiera un término específico: el pueblo y la gente son la misma cosa...), no basa su confrontación social en la selección de valores, sino exclusivamente en conflictos de intereses, susceptibles de mediaciones y manipulaciones continuas.
Una sociedad de individuos privados de todo sentido de solidaridad, que no sea aquel que produzcan las convergencias ocasionales de los hechos expuestos en una crónica (consumidos y reemplazados a un ritmo continuo), es, en efecto, la más funcional desde una concepción de la vida pública como un inmenso mercado, que las ciencias sociales americanas con sus técnicas cuantitativas, desde hace al menos treinta años, se esfuerzan por imponer a las élites intelectuales de cada país (mientras el aparato multimedia y económico gestionado por las multinacionales del capital estadounidense, se encarga de vender la versión vulgarizada a las masas europeas, asiáticas, africanas o latinoamericanas).
En cualquier caso, no debe creerse que los instrumentos empleados para transportar esta óptica antropológica al plano de la realidad, se restrinjan sólo al ámbito de la cultura en sentido estricto, y al de la sugestión publicitaria; el proyecto se desarrolla sistemáticamente, y con el concurso de las más variadas disciplinas. Entre éstas, juega un papel de primera importancia la urbanística, que priva a las ciudades “modernas” de un centro, y que sustituye los tradicionales lugares de reunión —como las plazas—, con las arterias más “funcionales” y fluidas para el tránsito humano. Los interminables boulevards de Los Ángeles son un lugar de llegada, pero no debe pensarse que la “lógica” occidental se descuide en Europa: ya es un hecho corrientemente constatado, el ver los centros de las mayores ciudades europeas desprovistas de todo hábitat “habitable” e invadidas por sedes de oficinas y servicios; el desalojo de ese antiguo recinto urbano coincide con la irrupción de las ciudades satélites periféricas, cada vez más anónimas y mercantilistas, donde la familia mononuclea celebra su forzado y melancólico triunfo. La destrucción de la red de vínculos interpersonales ajenos a la esfera del contrato social, se completa así.
Privado de toda vinculación y, por el contrario, agobiado por una pluripertenencia basada en lealtades entrecruzadas y frecuentemente contradictorias (a la profesión, a la Iglesia, a un partido, a una serie de grupos de intereses, a asociaciones del tiempo libre, etc.), que le imposibilita al hombre cualquier identidad bien definida, el individuo-tipo del American Way of Life es el destinatario ideal del mensaje homogeneizador. El único recurso que le queda para distinguirse, para no caer en la marginación, es el de homologarse, el de seguir las pautas del modelo, aprovechándose de los canales obligados de la movilidad social, sintiéndose, siempre y necesariamente, cada vez más sólo en la lucha con todos sus semejantes y potenciales competidores.
El auténtico enemigo de este modelo, a menudo definido como igualitario, no es la disparidad de condiciones sociales —por el contrario, éstas, al asegurar el mecanismo de satisfacciones simbólicas y psicológicas vinculadas a una movilidad ascendente, le son esenciales—, sino la especificidad, la irreductibilidad a lo idéntico, la alteridad respecto a los standards que el sistema ha legitimado. Esto explica por qué la empresa de colonización cultural norteamericana confía, en sus ejemplares mensajes, en la figura del héroe solitario, de la que Rocky o Rambo son las últimas o más eficaces (en la medida en que son rudas) encarnaciones: el hombre solo cuya situación en un determinado contexto de relaciones es puramente casual.
Este es el tipo humano que está captando por otra y gracia del “Imperio del imaginario”, el favor de las jóvenes generaciones europeas, asiáticas, africanas y latinoamericanas. El hecho de que su éxito haya sido fomentado desde tan lejos, ha llevado a pensar a algunos comentaristas de lo que ha sido denunciado como el “mal americano”, que en realidad se trata un “mal europeo”, o de ámbitos culturales y humanos que empiezan a manifestar sus primeros síntomas; que lo que se quiere considerar como una insidiosa colonización con fines hegemonistas, no es en realidad, sino una autocolonización a la cual recurrirían culturas embotadas y agotadas, para asegurarse una continuidad y un porvenir.

Lucha por la identidad
Indudablemente, esta observación tiene algo de cierto, ya que el nivel de creatividad cultural y de originalidad de los modelos sociales de áreas como la europea, marcan la pauta frente a la agresiva competencia made in USA, y raramente oponen resistencia a los invasores. La fuerza de sugestión del American Way of Life posee, sin embargo, bien poco de la vitalidad bárbara que fue fatal para los Imperios de la Antigüedad: se trata, más bien, del resultado de una obra de condicionamiento planificada y cerebral, que basa su propia fuerza en la marginación sistemática de los competidores potenciales y en la repetición obsesiva de la Leitmotiv. En este caso, la responsabilidad primaria de las clases dirigentes políticas y económicas del complejo “occidental” no puede ser denunciada, porque de su abdicación en todos los campos (desde la educación a la política social, desde la formación de la conciencia cívica hasta la producción cultural de cualquier sector: cinematográfico, radiotelevisivo, editorial, musical, artístico, etc.) deriva, en gran parte, el malestar actual.
Por consiguiente, ¿está perdida la partida? ¿Tenemos que aceptar por tiempo indefinido, un condicionamiento a través del modelo norteamericano, de todas las formas de nuestra dinámica social, y acoger el dominio colonial de la “koiné internacional” como el menor de los males?
Decididamente, pensamos que no; y, por el contrario, consideramos que algunos signos confortantes de renovación y de evolución de la dinámica social se están manifestando en Europa y en otros lugares. Signos consistentes, si bien a veces contradictorios y difíciles de interpretar. Para centrarnos en la realidad europea, que es la que nos afecta de más cerca, podemos constatar, al igual que los sociólogos más avisados, el avance de una sensibilidad de masas, especialmente entre las jóvenes generaciones, en torno a los temas relativos a la “calidad de vida”, (lo que equivale a decir a la dimensión cualitativa de la vida individual y colectiva). Aquellos a los que se ha convenido en llamar “mundos vitales” (un espectro bastante vasto de “nuevos movimientos”, que abarca las Bürgerinitiativen y las iniciativas regionalistas y de defensa de las especificidades étnicas y lingüísticas, la ecología, el neutralismo y el pacifismo, las formas de renacimiento de la atención por lo sagrado y las corrientes de pensamiento con vocación metapolítica), expresan toda una necesidad de comunidad que, aunque sea de manera un tanto confusa, constituye un indicio de una inversión decisiva de la tendencia respecto a los paradigmas de la sociedad mercantil.
Hay que dirigir la más viva atención hacia estos “mundos vitales”, porque a ellos se vincula la esperanza de un retorno de los valores en el centro de la dinámica social, en sustitución de los intereses que hoy nos tiranizan. Sobre todo, debe favorecerse la discusión más abierta y continua posible, con el fin de evitar cualquier repliegue puramente defensivo hacia temáticas particulares, o la caída en la trampa del folklorismo. En efecto, es cierto que su equilibrio inestable les expone a diversos riesgos, debido a una precaria capacidad para institucionalizarse y a la todavía reciente manifestación de su polo de agregación.
Un primer peligro acecha más de cerca de aquellos movimientos que tienen como motivación principal una movilización de las masas en apoyo de una única y determinada causa: el hogar, la ecología, el uso del idioma, la reivindicación regionalista, etc... Ese peligro es que tienden a cristalizarse en torno a este único problema, y a convertirlo en un obsesivo leitmotiv, incapaz de ser conjugado con aspiraciones de miras más elevadas; así, estos one issue movements, pueden terminar transformándose en catalizadores de comportamientos egoístas y convergiendo en la oleada de sectorialismos que afecta a las sociedades complejas, como factor de disgregación de la identidad colectiva. Un clásico recurso de manipulación de las clases políticas occidentales es el que tiende a reducir las exigencias de valores que no se pueden expresar sintéticamente, a cambio de un movimiento de rebelión cultural (en sentido antropológico) en aras de intereses materiales que son tratados a través de los procedimientos normales de los que dispone cualquier sistema, y que por ello resultan compatibles con un proyecto de colonización sutil. Todo nuevo asunto político suscitado por el “malestar de la modernidad”, tiene ante sí dos caminos: uno el que conduce a la creación de un polo de representación más dinámico y móvil que el manifestado por el subsistema de partidos, capaz de competir con ellos, y de ahondar en la deslegitimación en nombre a una reconquista del derecho-deber a la participación política popular; y el otro, el encerrarse entre los límites utilitaristas del grupo de presión.

Postmaterialismo y antimodernismo
No por casualidad, algunos exponentes de la sociología norteamericana, han intentado reducir el florecimiento de los “mundos vitales” al simple indicio de una “revuelta contra la modernidad”, ligada a imágenes neorrománticas y precapitalistas, a una suerte de nostalgia conservadora por un mundo en decadencia, en lugar de reconocerle el profundo y motivado rechazo de esa inclinación universal de las civilizaciones hacia el monomodelo norteamericano- Seymour Martín Lipset, en una reciente obra en colaboración con otros autores, y titulada de forma significativa Los límites de la democracia (2) ha reunido dentro de una única categoría constituida, a su entender, por movimientos políticos que tienden “a una visión romántica de la armonía, de la comunidad, de la simplicidad y del orden de un mundo perdido desde hace tiempo”, todo el frente del “postmaterialismo”, incurriendo en una paradoja. Convencido de encontrarse frente a “movimientos de derecha, es decir, conservadores”, comprometidos en la reacción contra los éxitos secularizantes de la modernización, Lipset ha comenzado por señalar entre los artífices de este alzamiento de escudos, a las fuerzas “nostálgicas” y a la Nueva Derecha pero todas las tentativas por dar consistencia a sus hipótesis, le han llevado a enfrentarse con temas de la “nueva izquierda postmaterialista”: “movimientos regionales étnicos por una parte, y (...) movimientos antitecnocráticos por otra, (ecologistas, grupos contra la energía nuclear, feministas y numerosos grupos que se ocupan de un único problema)” (3), y se han atraído las críticas de Archille Ardigó, que, en las experiencias de movilización política no institucionalizadas, ve una alternativa no destructiva a una democracia absorbida por la lógica del mercado tan a fondo, que no tolera “insurgencias de una búsqueda de sentido” (4).
Difundida entre “sectores de alta escolarización”, la propuesta de una nueva política con gran capacidad de identificación que aclare la travesía de las lógicas de formación ligadas a los esquemas mentales de la postguerra, prefigura las “nuevas síntesis” que siempre necesita una cultura caída en el dogmatismo (5). Reducir un fenómeno tan vasto e inquietante a explosiones de conservadurismo, o limitarse a afirmar, como lo hace Lipset, que la consecuencia más evidente de la “oleada antimodernista” que ha abatido en el último decenio a los sistemas políticos occidentales “ha sido la de reducir el vínculo existente entre la clase social y la adhesión a políticas de izquierdas o de derecha”, significa no comprender el alcance, por lo menos potencial, del proceso desencadenado por esos nuevos temas políticos que no se adecuan al supuesto racionalista-utilitario de las formas institucionales de la vida pública.
La enseñanza que se puede extraer de todo este gran acontecimiento, aún no totalmente comprendido por muchos observadores, pero ya en adelantada fase de desarrollo, es, providencialmente (y coincidiendo con la crisis que la imagen de América sufrió en el mundo a mediados de los años setenta), las ilusiones del marxismo cultivadas por la intelligentzia se hicieron añicos, la cultura liberal se puso a patrullar por los confines de los territorios europeos del imperio de las barras y de las estrellas obrando —no siempre con mala fe— como una verdadera y única “quinta columna”. Frente a ella, el período de la “nueva política” puede contraponer el frente —abigarrado en sus expectativas pero solidario—, en el espíritu de la acción, un no-conformismo que, superando los esquemas inactuales de la oposición derecha-izquierda, rompa la hegemonía del modelo occidental. El emblema unificador de este vasto espectro de fuerzas podrá ser la noción de especificidad de los pueblos y de las culturas, en torno a los cuales adquiere vigor el ideal de una solidaridad orgánica y dinámica de los miembros de una colectividad, en contraposición a los mitos del individualismo egoísta.
El problema, para quien desee combatir el proyecto de homologación implícito en la colonización sutil que, hoy en día, están padeciendo todos los países de “tercera categoría” con relación a los dos Grandes sistemas de Yalta, no es pues el de desencadenar una caza de brujas contra un país (los EE.UU.) o contra una cultura (la norteamericana) o el de condenar en bloque sus manifestaciones en nombre de un nuevo maniqueísmo. En vez de esto, se trata de detener la hegemonía, de bloquear los recursos de dominio, de disminuir la conquista sofocante de “otras” culturas. Y esto sólo sucederá cuando la causa del derecho de los pueblos haya despertado en las conciencias la atención que merece.
Trad.: Manuel Domingo y Á. Castro de la Puente.

Notas:
(1) Cfr. La entrevista concedida por Galli della Logia a Alessandro Campi y publicada en ELEMENTI, año II, nº 3/6, mayo-diciembre 1983 con el título “No, propio non esiste il vostro “male americano”, pp. 28.32, donde los temas que indicamos son planteados nuevamente y desarrollados con mayor amplitud. Cfr. También, en el mismo fascículo, pp. 33-37, la réplica de Piero Visani, “Siamo spiacenti, ma l’America è un ‘altra cosa”.
(2) Ricardo Scartezzini, Luis Germani, Roberto Gritti, I limiti della democracia, Liguori, Nápoles, 1985. La intervención de Lipset, titulada “La rivolta contro la modernità”, está en las pp. 117-157.
(3) La cita en Lipset, op. cit. pág. 133, remite a W. Zaph “Political and Social Strains in Europe Today”, manuscrito no publicado que se encuentra en el Departamento de Sociología de la Universidad de Mannheim.
(4) Cfr. Achille Ardigó, “A proposito della rivolta contro la modernità: un ritorno depotenziato?”, en I limiti della democracia, cit., pág. 169. Hemos tratado más ampliamente la obra en el informe publicado en DIORAMA LETTERARIO, nº 98 noviembre 1986, pp. 9-11.
(5) Cfr. nuestras intervenciones en la discusión, entre las cuáles “Quando Schmitt encuentra a Karl Marx”, en ELEMENTI nueva serie, año I, nº 1, noviembre-diciembre 1982, pp. 6-8, “Passagio a Nord Ovest”, ibidem, año II, nº 1, enero-febrero, 1983, pp. 4-7: “Quando lo Stato è sotto tiro”, ibidem, año II, nº 2, marzo-abril, 1983, pp. 18-22 y sobre todo “Dinamica della trasgresione: dal “nè destra né sinistra” all’ “e destra e sinistra””, en TRASGRESSIONI, nº 1, mayo-agosto 1986, pp. 5-24 r.

El arraigo

Alain de Benoist

La mayoría de los seres vivos se hallan en un estado de dependencia ecológica; es decir, que hay una íntima relación entre sus logros, sus posibilidades de desarrollo y la presencia (o ausencia) de un entorno específico al que se encuentran adaptados. Fuera de ese medio natural, al que deben sus modalidades de inserción en la cadena evolutiva, y en el que generan sus potencialidades hallan modo de actualizarse, las especies degeneran o perecen. Esta dependencia puede ser, por supuesto, más o menos acentuada. En la esfera del comportamiento se traduce, no obstante, de forma bastante general por un instinto (en el animal) o una disposición instintiva, pulsional (en el hombre), que algunos etólogos, siguiendo a Robert Ardrey, denominan «imperativo territorial» (territorial imperativo).

La existencia de este «imperativo» es hoy bien conocida. Se sabe, por ejemplo, que no son posibles las relaciones ordenadas entre los miembros de un grupo sin una clara definición del territorio de cada uno (véase Edwad T. Hall, La dimensión cachée, Seuil, 1971). Se sabe también que la indiferenciación de los hábitat deteriora las relaciones sociales y provoca el aumento de la delincuencia y de los actos de violencia sin objetivo material concreto,(véase Gerald B. Suttles, The Sociat Ord*r, of the Slum, Chicago, 1966). Robert Ardrey llega incluso a decir que «las investigaciones actualmente en curso no dejan la menor duda en cuanto, a la realidad de la existencia de un lazo fisiológico entre el comportamiento territorial y el instinto sexual» (La loi naturelle, Stock, 1971, págs. 216).

El imperativo territorial es esencialmente defensivo, y en eso se distingue (sin por ello serles extraño) de las tendencias agresivas y expansionistas. A él se debe que una intrusión sea siempre rechazada con mayores probabilidades de éxito que las que se tienen en cualquier otro tipo de conflicto. «El hombre posee un instinto territorial, y si defendemos nuestro hogar y nuestra patria es por razones biológicas; no porque decidamos hacerlo, sino porque debemos hacerlo.» (Robert Ardrey, op. cit.). De ahí el vigor y el sabor de las guerras de liberación y los levantamientos coloniales, que son los legítimos por excelencia. Su fuerza se debe a que tienen raíces profundas, a que movilizan los resortes de la desesperación.

La actualidad ofrece mil ejemplos de puesta en acción del imperativo territoriai: guerra de Biafra, secesion de Pakistán, separación de los dos Congos, conflicto del Cercano Oriente... En todo el mundo, las etnias plantean reivindicaciones y bullen inquietas las regiones. La tendencia al policentrismo cuartea las Internacionales. Durante la última guerra, el Ejército Rojo sólo se hizo verdaderamente ofensivo a partir del día en que Stalin, renunciando a apelar a su «conciencia de clase», pidió a sus tropas que defendiesen la patria rusa. Al proclamar ayer su derecho a disponer de sí mismos, los pueblos colonizados expresaban ante todo el deseo de ser dueños en su propia casa. En Vietnam, el himno del FNL se titulaba: La llamada del país natal. Mañana, cuando suene la hora del conflicto chino-soviético, los escritores del partido hallarán inspiración en el azul horizonte de los confines siberianos.

Despertar de las regiones y eterno renacer de los nacionalismos. Sean o no fundadas tales aspiraciones, algo permanece: quienesquiera que sean y vivan donde vivan, los hombres sienten apego por una tierra que consideran suya y están dispuestos a luchar por su independencia e integridad. Si la humanidad no formase más que una gran familia indistinta, ¿qué les importaría vivir aquí o allá? Los mismos que hoy pretenden que no existan fronteras, sino sólo unos «seres humanos» tan impalpables como las entidades escolásticas, han llamado a la lucha contra el ocupante y apoyado a los nacionalismos más inquietos. Esa edad lírica de la vida de los Estados que fue la época de las «liberaciones nacionales», época que está a punto de terminar (para renacer en seguida, bajo formas más sutiles), ¿les habrá conmovido más de lo que se atreven a confesar?

Como animal social, el hombre tiene una disposición instintiva a identificarse con quienes se le parecen. Ella le hace en una primera etapa supervalorar el grupo al que pertenece, y en otra segunda intentar racionalizar los fundamentos psicosociales de esa asociación preferente. Pero el hombre no se contenta con identificarse con respecto a su grupo. Necesita también hacerlo dentro de ese grupo; es decir, puesto que es a la vez semejante y único, determinar su sitio y su personalidad. El doble sentido del verbo identificarse viene a resumir esa doble disposición, sólo en apariencia contradictoria: «Parecerse a» y «distinguirse de». Es preciso, pues, que el individuo sea miembro de un grupo (y consciente de su pertenencia), pero también que esté claramente situado dentro de ese grupo (y consciente de su personalidad). De la misma manera, el grupo ha de integrarse en un conjunto mayor, que puede ser la especie, pero también debe estar claramente situado con relación a él. Diversidad en la semejanza, diferencia en la repetición (véase la distinción entre repetición parada, o repetición estribillo, y repetición en movimiento o repetición diferencia (Clément Rosset, Logique du pire, PUF, 1971, página 65).

Un doble peligro acecha a quien trata de liberarse de ese equilibrio: excesivamente semejante, no podrá imponerse; demasiado diferente, se verá excluido. Muy adaptado (masificado) y muy inadaptado (desarraigado) son extremos que se tocan. Precisamente porque se siente excesivamente heterogéneo con respecto a su medio, heterogeneidad que le desconcierta y que su sistema neurosíquico ya no controla, el individuo desarraigado aspira a una homogeneidad, juguete del instituto de la muerte.

Ya no cabe dudar de la existencia de un nexo entre el paisaje y la personalidad. Es un hecho, extraño sin duda y difícil de abarcar, que los hombres están atados carnalmente a la tierra que los ha visto nacer y con la que se fundirán cuando, eslabones que han desaparecido pero no faltan, sólo sobrevivan por las cosas grandes que hayan hecho, y de las que sus descendientes hayan conservado y más tarde transmitido el recuerdo. Ha podido afirmarse que el psiquismo de la estepa segrega de un modo natural la idea de Absoluto, y que el psiquismo del desierto no incita a la organización social. Según el padre Lammens, la Arabia Saudí está «abocada a la disgregación política desde el momento en que la retirada de una mano de hierro la abandone a su temperamento». No otra cosa decía Ibn Jaldum en sus Prolegómenos: «La historia del califato pertenece a otros climas.» La autoridad debe venir de fuera cuando no nace del -fondo del corazón, pero entonces mata la verdadera libertad. El equilibrio de lo mental, el sentido de la medida y los matices, florecen mejor en los paisajes eminentemente variados de los climas templados.

Cada romano lleva a Roma consigo. Movidos por el espíritu de aventura, los hombres de Europa no han cesado de emprender viajes, de explorar el mundo, de lanzarse al descubrimiento de tierras desconocidas, pero siempre con la preocupación de instalarse, de fundar algo que les perteneciese y que pudiesen llamar suyo. Sólo aspiraban a lo nuevo para recrear en ello lo familiar: «cierto calor de hogar, que designa tanto el entorno próximo como el yo íntimo, y que, más allá de la inutilidad de cualquier discurso a su propósito, se define precisamente por su carácter inefable» (Clément Rosset, op. cit., págs. 61 y 62).

«El lugar desempeña un papel en la identificación: piénsese en el sudista borracho que llora su whisky con acentos de Dixie, en el perro que vuelve a la casa de la que le ha echado su amo, en el salmón del Pacífico que regresa, tras pasar años en el mar, al arroyo donde nació, e incluso en Leonardo tomando el nombre de su ciudad natal: Vinci.» (Robert Ardrey, op. cit., pág. 199.). Cuando llega a adulto, el adolescente vuelve a sentirse solidario de la generación de hombres hechos a la que ayer se oponía, cuando de lo que se trataba para él era de personalizarse; se solidariza después de haberse insolidarizado. Igualmente, por lejos que haya ido, el hombre experimenta un día la necesidad de volver a casa. El perro, el salmón, y el hombre vuelven. El pueblo judío, al que en la época de los ghettos se suponía de natural vagabundo, ha dado al mundo una admirable lección de energía al volver a la tierra que tenía por suya (título del editorial del International Herald Tribune de 6 de abril de 1971: Israel's Territorial Imperatives), y al resucitar una lengua, el hebreo, en la que se reconocía. El 14 de mayo de 1948, día de Pessah, David Ben Gurion proclamaba la Ley del retorno y declaraba abolida la diáspora. Esta ley tiene un valor ejemplar. Los hombres, como los acontecimientos, vuelven eternamente a sí mismos. De ese modo se realizan.

Hay, en La ley natural, una bella página en la que Robert conjuga la critica antiigualitaria con la de la sociedad de consumo. «Lúgubre será la mañana -dice- en la que al despertarnos ya no estén ahí los leopardos, en la que ya no gorjeen las bandadas de gorriones en los plátanos, no vuelva el gato solitario de sus aventuras nocturnas y los pardillos no emitan su grito de desafío hacia los matorrales que hay más allá del césped; cuando ya no haya alondras en el cielo ni conejos en el monte, cuando los halcones dejen de describir sus giros y las rocas de resonar con el grito de las gaviotas, cuando la diversidad de las especies no iluminen ya el amanecer y se haya borrado la diversidad de los,-hombres. ¡Si tal es la mañana que nos aguarda, quiera Dios que muera durante el sueño! Y, sin embargo, tal es la mañana que, a sabiendas o no preparamos, vosotros y yo, capitalistas, socialistas, blancos, amarillos y negros. Es la mañana que reclaman profesores y policías, que los filósofos llevan dos siglos exaltando, la mañana de la uniformidad, del reflejo condicionado, del mejor de los mundos, del orden absoluto, de la realidad igualitaria, de lo gris, de la reacción uniforme a unos mismos estímulos, la mañana en que sonará la campana que hará tomar al rebaño el camino del pasto. Es también la mañana por cuyo advenimiento rogamos en nuestras organizaciones sindicales, nuestras granjas colectivas, nuestros concilios eclesiásticos, nuestros sistemas de gobierno, nuestras relaciones entre Estados, nuestras nobles peticiones de un gobierno mundial. Es la mañana a que aspiramos cuando rezamos para que llegue el día en que seamos los mismos siempre. Es la mañana contra cuya venida, lo sepan o no, alzan los jóvenes su protesta. Y es una mañana que esperemos no llegue nunca.»

Cuando el hombre queda desconectado de sus orígenes, cuando vive a un ritmo que ya no es el suyo, inmerso en estructuras que no le van, persiguiendo objetivos carentes para él de sentido, cuando ya no logra reconocer su herencia entre la niebla tenaz que forman el aturdimiento y las obsesiones, cuando se convierte en un extraño en su propio mundo, es cuando está, en el verdadero sentido, alienado.

La mayor parte de las enfermedades mentales, si no todas, se reducen a alteraciones de la personalidad y es sin duda una enfermedad mental lo que provoca el desarraigo. Inestabilidad permanente (política, económica, social) de las regiones y de los pueblos alienados, a quienes han robado su alma, y que vacilan a todas horas entre su propio ritmo, del que sólo les llega un eco sordo, y el que les han impuesto. Comunidades cuyo ego no es ya lo -bastante fuerte para volver a quedar encima en la lucha y cuya constitución, aunque robusta, se hunde ante unas agresiones que ya no sirven para fortalecería. Poblaciones parapáticas, que oscilan sin tregua entre la insuficiencia del yo y su excesiva afirmación, compensadora de la personalidad; entre la amnesia y la provocación, la autohumiIlación y el desafio.

En sus Nuevas conferencias sobre el psicoanálisis, Freud observaba que entre los colonizados abundan los impulsos «masoquistas». Más tarde, otros muchos autores han descrito los estragos de la colonización en el equilibrio mental de los pueblos conquistados (véase Albert Memmi, Robert Jaulin). ¿Cómo no ha de sentirse el hombre alienado, desarraigado, inclinado a rechazar una existencia con la que ya no puede identifícarse? En ciertos pueblos llamados «primitivos», la aculturación ha provocado un debilitamiento de la energía que equivale a un deseo de morir. Es entonces cuando entran en acción los inmunodepresores del psiquismo, cuando interviene la ilusión dualista con el consuelo de los «trasmundos», cuando surgen las visiones deseantes que tienden a la homogeneidad definitiva. ¿Qué es la muerte sino el instante en que, al no actualizarse ya los potenciales biológicos, el organismo cae en la materia que, siempre presente de manera potencial, era hasta ayer tenida a raya por la actividad energética del sistema viviente? «A lo que aspira el candidato al suicidio -dice Sthéphane Lupasco- es precisamente a la paz, a la desaparición de una existencia presa de las vicisitudes; es decir, de unas heterogeneidades que han llegado a serle insoportables, a las que ya no puede adaptarse por múltiples razones, que, a fin de cuentas, se reducen a la imposibilidad de aceptar la agresión, el conflicto, lo contradictorio. A lo que aspira, de una u otra forma, es a la homogeneidad. Si quiere morir, es porque no puede seguir viviendo. Desea la homogeneidad, en la que todo, él y el mundo, se borrará, porque es ya presa de esa homogeneidad» (Du réve, de la matémathique et de la mort, Christian Bourgois, 1971, pág. 181). También los pueblos, como los individuos, pueden llegar a ser «candidatos al suicidio».

En nuestros días falta un marco para la afirmación del individuo. La patria es el territorio de un pueblo y la tierra de los padres. El pueblo no es un concepto abstracto, ni la patria una escuela filosófica. Se trata de realidades concretas. Pero en Francia, para las minorías étnicas, la patria no puede identificarse por entero con una nación que a lo largo de la historia les ha robado tantas veces su alma. Esta evidencia es la que, desde fines del siglo pasado, encarna el regionalismo. «La palabra región -dice Eric Le Naour- marcha hoy en vanguardia de las ideas renovadoras de Europa.» (L’Avenir de La Bretagne, marzo de 1971.) Esto se debe a que la región es en concreto algo que la nación no essiempre: el marco en que se afirman las culturas minoritarias. Regionalismo y etnismo son los nombres modernos del eterno renacer de las patrias carnales.

Soy muy partidario del regionalismo, e incluso del autonomismo (que no hay que confundir con el independentismo), pero les asigno unos límites. Ante todo, la región no es un fin en sí. Lo es sólo en la medida en que permite un verdadero arraigo; aunque este arraigo puede adoptar Múltiples formas, que en último extremo se reducen a cierta autenticidad. Una región que toma conciencia de sí misma tiende a volver a encontrar, por definición, su personalidad; es decir, sus rasgos distintivos y sus afinidades. A este respecto, cualquier política, cualquier vía de acceso puede ser buena. Excepto, por supuesto, la que contradice por su propia naturaleza tales intenciones.

Y, sin embargo, como nuestra época no repara en contradicciones, a veces asistirnos a ese curioso espectáculo. Movimientos que dicen buscarse a sí mismos se entregan a corrientes ideológicas que les son extrañas. Los mismos rupos que proclaman el derecho a la diferencia y hacen de su región un caso particular, se alienan con segundas intenciones o sin ellas, a ideologías igualitarias, niveladoras, cuyos principios se oponen radicalmente a las ideas de diferencia y autenticidad. Hay en esto algo tan chocante como inadmisible. Regionalismo y marxismo, más que concordar, se dan de patadas. No es posible arraigar en el desarraigo. Se me dirá: las ideologías ponen en marcha un proceso que pronto no podrán ya dominar y que se volverá contra ellas. Y también: más valen marxismo y región que marxismo a secas. La verdad es lo contrario: vale más el jacobinismo más obtuso que un marxismo regionalizante. Y no es difícil comprenderlo. Cuanto más contra natura es un sistema, menos probabilidades tiene de durar, y viceversa. Das Kapital sigue siendo Das Kapital, aunque se traduzca a la langue d'oc. Otro tanto ocurre con La Internacional, aunque la interprete una gaita bretona. Siguen siendo lo que son, pero no como son: se hacen más nocivas al ser en apariencia más aceptables. En otras palabras, el «regionalismo marxista» es «mejor», y, por tanto, es peor. Desde una perspectiva marxista, el peor patrono es el buen patrono, pues suscita la aprobación, y esta aprobación recae sobre el sistema que representa. Por el contrario, el mal patrono justifica las críticas al capitalismo; es, a contrario, el «aliado objetivo» de sus adversarios, quienes se regocijan por ello. Lo temible no es la ideología violenta, provocadora, que se desacredita por sí misma y crea las condiciones para su reemplazo, sino la sutil y epidémica, que juega con la ambigüedad y se sirve de lo aceptable para hacer pasar de contrabando lo perjudicial. Una ideología así es irreprimible, puesto que se disfraza. No muerde, sólo roe lentamente.

Confiar en la inevitable «reacción» es de una gran ingenuidad. Sólo las situaciones claras producen efectos definidos. Las demás van trampeando a base de medias tintas, de compromisos. El paganismo sufrió al verse desafiado, pero murió cuando fue asimilado. La evangelización le habría delibitado, el sincretismo lo mató. También Luis XVI jugaba a la política de lo peor, y acabó bajo la cuchilla de monsieur Guillotin. Hoy hay quienes apuestan por un apocalipsis. Olvidan que la decadencia no es una plaga que acomete súbitamente, sino un cáncer que va royendo. La vieja historia del león devorado por las pulgas.

La riqueza de la humanidad está en la personalización de los individuos en el seno de su comunidad; la riqueza de Europa, en la personalización de las regiones en el seno de la cultura y la civilización de que son hijas. Unos y otras sólo existen en relación: la pluralidad es necesariamente dialéctica. Podríamos ampliar el paralelismo. Una comunidad se encuentra siempre amenazada a un tiempo por el individualismo y el colectivismo. De igual modo, el repliegue total sobre una región no es menos nefasto para Europa que el estatismo a lo Richelieu, ese absolutismo jacobino que tanto mal ha hecho a Francia. Hay, a este propósito, una relación evidente entre autonomismo y personalización, de una parte, y separatismo e individualismo, jacobinismo y colectivismo, de otra. El genio de Europa es esencialmente comunitario. Una Europa «unitaria», enfrentada a las diferencias de temperamento, mentalidad y costumbres de las regiones, sería tan perjudicial como sería utópica la coexistencia (puramente provisional, no lo dudemos) de mininaciones «independientes, supuestamente ignorantes unas de otras. Nunca ha sido menos posible que hoy, para cualquiera, la secesión.

Reencontrar su personalidad supone para un individuo o una región tomar conciencia de lo que es, pero también de cómo y dónde está situado. La pertenencia forma parte de su definición. Demasiados individuos y grupos parecen creer hoy que para conocerse les basta con buscar en qué difieren radicalmente de los demás, con determinar en qué son acomunitarios, anacionales o asociales. Semejante individualismo nada tiene que ver con la personalización. Por el contrario, la enmascara y la borra. Así, ciertos «nacionalistas occitanos», en su afán de distinguirse de los «francianos», han acabado, en aras de su «antinordismo», por exaltar de manera exclusiva (o poco menos) su pasado mediterráneo. Se trata de una actitud muy peligrosa, pues conduce con la mayor naturalidad a arrojar a las tinieblas exteriores a todos los demás, ya sean individuos o regiones. Sería inadmisible que el movimiento regional se emancipase del nacionalismo jacobino para llevar sus taras a una escala menor. La revuelta es quizás una etapa inevitable; pero tras ella viene la hora de las realidades, de las actitudes adultas. Es preciso que, resueltos los «complejos de Edipo geográficos», las diferentes personalidades se afirmen dentro de la tolerancia y el mutuo respeto. Es no sólo normal, sino necesario, exaltar los caracteres de cada región; pero esta exaltación sería intolerable a partir del momento en que condujese a un enfrentamiento. No otra cosa expresa Eric Le Naour cuando escribe, desde su punto de vista bretón: «Hay una Europa del Norte y una Europa del Sur, la una vuelta hacia el canal de la Mancha, el Atlántico Norte y el Báltico, la otra hacia el Mediterráneo. Pero esta realidad, que no podemos subestimar, no debe cegarnos hasta el punto de hacernos olvidar que el Norte y el Sur constituyen las dos caras de un mismo conjunto, de una misma unidad de civilización: Europa. Bretaña pertenece a la Europa del Norte. Debe, pues, tener en cuenta sus afinidades. Pero ¿por qué habríamos de imponer a los demás el dogma de un “nordismo” obligatorio? Si fuésemos occitanos, si hubiésemos nacido en Nimes o en Martigues, en el país de la cigarra y el olivo, “ser latino” significaría mucho para nosotros. Pero somos hijos del país de las landas y los manzanos. Seremos europeos a nuestro modo, a nuestro ritmo, y encontraremos muy natural que los sardos, los catalanes y los noruegos lo sean también al suyo. Eso es todo No hay peor deficiencia mental que la incapacidad para concebir a los demás como diferentes de uno. Esto es algo tan cierto en el plano individual como en el étnico. El interés superior de Europa exige una mutua tolerancia. Tal es el precio de la libertad de nuestros pueblos.» (L’Avenir de la Bretagne,. febrero de 1971).

(Marzo de 1971)

El antiglobalismo de derecha

Marcello Veneziani

Si te fijas en ellos, los anti-G8 son la izquierda en movimiento: anarquistas, marxistas, radicales, católicos rebeldes o progresistas, pacifistas, verdes, revolucionarios. Centros sociales, monos blancos, banderas rojas. Con el complemento iconográfico de Marcos y del Ché Guevara. Luego te das cuenta de que ninguno de ellos pone en discusión el Dogma Global, la interdependencia de los pueblos y de las culturas, el melting pot y la sociedad multirracial, el fin de las patrias. Son internacionalistas, humanitarios, ecumenistas, globalistas. Es más: cuanto más extremistas y violentos son, más internacionalistas y antitradicionales resultan.

O sea, que cuanto más se oponen a la globalización, más comparten su meta final. Por lo demás, el Manifiesto de Marx y Engels es un elogio total de la globalización, a cargo de la burguesía y del capital, que rompe los vínculos territoriales y religiosos, étnicos y familiares, y libera de la tradición. Y en las cumbres anteriores, los presidentes de los países más industrializados eran casi todos de tendencia progresista y provenían del 68, desde Clinton a nuestros propios líderes, que soñaban con transformar el G8 en un coalición de izquierdas planetaria. Todos optimistas del G8.

¿Dónde están entonces los verdaderos enemigos de la Globalización? Están en la derecha, queridos amigos. Allí, no sólo desde hoy, se combate el mundialismo y el internacionalismo, la muerte de las identidades locales y nacionales. Si es verdad, como sostienen muchos pensadores, que la próxima alternativa será entre el universalismo y el particularismo, entre globalidad y diferencias, entre cosmópolis y comunidad, entonces el antagonista de la globalización está en la derecha. Con los conservadores y los nacionalistas, con los tradicionalistas y los antimodernos, pero también en el ámbito de la nueva derecha de Alain de Benoist y de Guillaume Faye, y de los movimientos localistas y populistas.

Hay una rica literatura de derecha que hace tiempo critica radicalmente la globalización y sus consecuencias: el dominio de la técnica y de la economía financiera en detrimento de la política y de la religión. Es en la derecha donde se reúne la respuesta populista a las oligarquías transnacionales. Es en la derecha donde las tradiciones se oponen a la sociedad global sin raíces. Es en la derecha donde se teme la imposición de un pensamiento único y de una sociedad uniforme, y se denuncia la globalización como un mal en sí mismo; mientras, en la izquierda, se denuncia que la globalización no extiende sus beneficios economicos a la humanidad sino sólo a unos pocos. O sea, que no se denuncia su efecto de desarraigo sobre las culturas tradicionales y sobre las identidades, sino sólo que no vaya unida a la globalización de los derechos humanos.

En Génova, pues, se consuma una paradoja: unos pocos hombres de derecha, entre agricultores, artesanos y tradicionalistas, se opondrán al G8 de modo débil y marginal pero con propósitos fuertes y radicales. Y mucha gente de izquierda se opondrá de modo vistoso y radical a una globalización que en el fondo comparte. En Génova la maldición de Colón golpea a la inversa: él zarpó para las Indias y descubrió América, éstos sueñan con un mundo nuevo pero descubren las viejas Indias

El Sorelismo en España

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RAMIRO LEDESMA Y ÁNGEL PESTAÑA: EL SORELISMO EN ESPAÑA


En este número pretendemos dar a conocer la figura de Ángel Pestaña y la posición de Ramiro Ledesma ante éste y la CNT. Pestaña era un sindicalista de gran honradez, entregado a la causa obrera; lo que coincide con el pensamiento nacional-revolucionario. Pero ¿sólo era un revolucionario?, ¿le faltaba lo nacional?. Ya le dijo Ramiro: «¡Hay que entrar en lo nacional! ¡Hay que luchar por España y por su salvación, único medio de luchar por la salvación de todo el pueblo!». Pero, ¿llegó Pestaña a dar este paso?. Quizás si la Guerra Civil hubiese estallado más tarde la historia hubiese sido otra.
Este número comenzaremos con una pequeña biografía de Ángel Pestaña, seguida de la presentación que aparece en la página web TREINTA (KAINEUS) dedicada a los treintistas y que pertenece a la RED VÉRTICE (http://www.red-vertice.com/). Para terminar con textos de Ramiro sobre Pestaña, la CNT y algunos sobre el nacional-sindicalismo.


ANGEL PESTAÑA

Nació junto a Ponferrada en un hogar obrero. Sus padres se separaron y él quedó con su padre. Con él trabajó en las minas de Vizcaya y Santander hasta que murió cuando Pestaña tenía 14 años. Pestaña llevó una vida profesional muy variada ejerciendo de peón, maquinista...Su primer contacto con el movimiento obrero fue en Vizcaya con los anarquistas. Fue detenido por primera vez en 1905 tras una protesta en Sestao. Pasó a Francia y a Argel donde trabajó como relojero. En 1909 comenzó a colaborar con tierra y libertad. En 1914 volvió a España (a Barcelona). Entre 1915 y 1916 se lanza Pestaña a la arena pública y se consagra como periodista, primero en medios específicamente anarquistas y luego cenetistas. En 1916 fue nombrado administrador de Solidaridad Obrera y en 1918 director del mismo. En 1916 fue secretario de la Confederación Regional del Trabajo de Cataluña. En el Congreso de Sants de 1918 mostró cierta reticencia respecto de los sindicatos Únicos. Seguí manifestaría una misma actitud. Ambos se convierten en la personificación directiva de la C.N.T. y con frecuencia Pestaña es preferido por los sectores más radicales, aunque sus coincidencias de posturas vayan haciéndose crecientes. En 1920 Pestaña va a Alemania y a Rusia. Escribió 3 folletos sobre Rusia que contribuyeron a cortar el entusiasmo que en los medios cenetistas había despertado desde sus inicios la revolución soviética. Como fue detenido en Milán estas publicaciones no vieron la luz hasta 1921-1922.

Olvidando antiguas discrepancias su colaboración ahora con Seguí es cordial y sincera, con una identificación absoluta en lo que respecta a los objetivos. El primero de éstos era la independización del anarcosindicalismo de los sectores procomunistas que se habían hecho con su dirección. Desde mediados de 1921 un giro hacia posiciones sindicalistas es apreciable y se ve facilitado por la ausencia de Andrés Nin y Maurín. En 1922 en Zaragoza se proclamó la separación de la CNT y el Komintern.

Pestaña que insistirá en la condenación del pistolerismo sindical, dos meses después de la conferencia de Zaragoza sufrió un atentado en Manresa que casi le cuesta la vida. En Marzo de 1923 Seguí fue asesinado. A este le sigue inmediatamente una nueva crecida en los sectores más radicales en el seno de la CNT.

Con la dictadura de Primo de Rivera la primera declaración pública de la CNT es de espectativa y promesa tácita de neutralidad (las autoridades gubernamentales no persiguen a los sindicatos sólo les exigen la publicidad en sus actuaciones, en su administración y en su economía. La reacción en el seno del anarcosindicalismo es inmediata y plural. Para los sectores más proclives al empleo de la violencia la situación merece un inmediato pase a la clandestinidad. Pestaña y Peiró, cuyas posturas parecerán muy semejantes hasta 1927, se rebelan “contra aquellos individuos, sea quienes fueren y se llamen como les plazca, que a falta de condiciones para trabajar y actuar a la luz del día, prefieren imponer el terror por medio de amenazas, de golpes de audacia y de exhibiciones de pistolas”. Aunque ambos se siguen declarando anarquistas, Pestaña defiende con mayor nitidez el principio de independencia e incluso de neutralidad sindical. El enfrentamiento entre las dos tendencias se hace cada vez más agudo.

Los sindicalistas acaudillados por Pestaña y Peiró editarán Solidaridad Proletaria y practicarán una revisión del tradicional anarcosindicalismo español desde la óptica de rechazo de métodos violentos, la defensa del sindicalismo y la vuelta a la legalidad. Las tesis de los que ya entonces empezaban a ser definidos como “pestañistas” insistían de nuevo en la legalización de los sindicatos confederales y se expresaron a partir de 1926 en el semanario Vida Sindical. Se muestra partidario de una cierta intervención en la política, en esta línea de actuación inicia la posterior evolución de Pestaña cuando crea el Partido Sindicalista.

El sector más partidario de la violencia creaba la FAI, que habría de establecer la trabazón entre la organización sindical y el movimiento anarquista específico. La FAI nacía con el propósito de marginar a Pestaña.
En 1928 se constituye el grupo Solidaridad en el que militarán los dirigentes sindicalistas más conocidos y entre ellos, por algún tiempo también Peiró. Éste cuando vio amenazada la pureza del ideario cenetista se separó del grupo que como es lógico constituye también un precedente del Partido Sindicalista.
La legalización de los sindicatos fue un hecho en Abril de 1930. Para dar contenido ideológico a la reconstrucción de la CNT a base de criterios puramente sindicalistas, el grupo Solidaridad creó las revistas “Acción” y “Mañana”; también reaparecerá en la misma línea “Solidaridad Obrera”. La propuesta sindicalista de Pestaña en estos momentos parte de la necesidad de rechazar una clandestinidad que aúpa a individuos de mentalidad inferior y de que el anarquismo deje de ser lo que ha sido hasta ahora. Pestaña puede ser ya definido más como un puro sindicalista que como un anarcosindicalista. Su interés por la política se vuelve creciente.

El advenimiento de la segunda República se produce cuando Pestaña por un lado es cada vez más reformista y al mismo tiempo goza de un prestigio que le hará convertirse en secretario interino de la CNT. El congreso de 1931 en Madrid es una verdadera ofensiva contra la postura de Pestaña. El enfrentamiento se hará cada vez más grave en los meses sucesivos cuando la FAI convierta en realidad su propósito de ejercer una verdadera gimnasia revolucionaria. Pestaña y el grupo sindicalista condenan las “precipitaciones excesivas”. La expresión más significativa de esta oposición por parte de los círculos sindicalistas al creciente poder de la FAI se encuentra en el llamado manifiesto de los 30, cuyo contenido es un violento ataque contra el concepto “pelicurero” de la revolución que practicaban los faístas.

En 1932 la derrota del sector sindicalista se hizo patente. Ya en 1931 perdió el control de Solidaridad Obrera. En Marzo de 1932 perderá la secretaría de la organización confederal y en Diciembre será expulsado del sindicato. La polémica ideológica dentro de la CNT adquirió gran fuerza. Cuando la FAI propugne la consigna del exterminio contra los treintistas éstos responderán que por cada uno de ellos que caiga caerán diez de los faístas.

La expulsión de los líderes sindicalistas de sus puestos de poder en el seno de la CNT obligó a éstos a crear una organización vinculada a la defensa del sindicalismo. Así surge en 1933 la Federación Sindicalista Libertaria de oposición a las tendencias preponderantes en el movimiento cenetista por entonces. La FSL tendrá como órgano Sindicalismo, sustituto de Cultura Libertaria, que había expuesto las tesis sindicalistas en los meses precedentes y animará la vida de los sindicatos de oposición de la CNT. En 1934 la FSL se convierte en el Partido Sindicalista. Pestaña no logró la colaboración ni de Peiró, ni de Juan López, ni de Eleuterio Quintanilla, quienes por su postura sindicalista se hubiera esperado que le siguieran.

En Febrero de 1936 el Partido Sindicalista obtuvo dos escaños (Pestaña por Cádiz y Pavón por Zaragoza), al mismo tiempo en la CNT triunfaba la FAI. Con la Guerra Civil, Pestaña vuelve a la CNT y muere en 1937. Durante la contienda criticó duramente la infiltración comunista en los puestos claves de la administración y del ejercito.
Sobre los contactos de Pestaña con José Antonio Primo de Rivera en los meses anteriores al 18 de Julio Ximenez de Sandoval en su libro “José Antonio. Biografía apasionada”(Editorial F/N) decía: Encauzada la propaganda jonsista hacia los núcleos obreros puramente sindicalistas, pareció inminente varias veces el ingreso en nuestros Sindicatos de lo elementos apartados de la C. N. T., al unirse ésta a los terroristas de la F. A. I, acaudillados por Angel Pestaña. José Antonio que no llegó a hablar nunca directamente con este líder auténticamente obrero, sentía vivas simpatías por su persona, en la que reconocía cualidades poco comunes de honradez y convicción revolucionaria. Los últimos días de Pestaña y la actuación en el Madrid rojo de su Partido Sindicalista, donde ingresaron cientos de camaradas nuestros, demuestran la buena visión de José Antonio. Sin embargo, por razones que ignoro, nunca hablaron directamente ni se pudo realizar la fusión de ambos sindicalismos. Quien sí había estado al habla con él antes de nacer la Falange y quien animaba a José Antonio a captarle era Julio Ruiz de Alda. No me ha sido posible averiguar por qué no hablaron nunca José Antonio y Pestaña. Como me consta que José Antonio lo deseaba, pienso si la entrevista se frustraría por temor de Pestaña o por la actuación de intermediarios poco hábiles o de mala fe.
Nota de la 3ª edición – en un artículo titulado “La verdad entera”, publicado en Arriba por Miguel Primo de Rivera, se decía que el fichero de la Falange que revisó por última vez a principios de 1936, protegido por la palabra “reservadísimo” y con una nota “para prestar la más consciente colaboración”, había otro nombre: Angel Pestaña (18 de Julio de 1961).


¿Qué es «Treinta»?

«Treinta» es un anexo de «Kaineus» y tiene, entre otros objetivos, el de recuperar la memoria del líder obrero Ángel Pestaña Núñez (1888-1937) y difundir las claves de la corriente sindicalista revolucionaria conocida como "treintismo"; esto es, la alternativa que, opuesta al aventurerismo irresponsable de la Federación Anarquista Ibérica (FAI) en el seno de la Confederación Nacional del Trabajo (CNT), trató de conformar en la España de la década de los años treinta una fuerza de izquierda de amplia base obrera, resueltamente anticapitalista y con una irrenunciable componente nacional.

Ángel Pestaña fue, junto a Ramiro Ledesma —nacional-sindicalista—, Andreu Nin y Joaquín Maurín —nacional-trotskistas—, una de las escasas figuras auténticamente revolucionarias de la España del siglo XX. Miembro del ala maximalista de la CNT en su juventud, irá decantando su discurso y su actuación con el transcurso de los años hacia posiciones más pragmáticas, lo que le llevará a fundar los Sindicatos de Oposición —Federación Sindicalista Libertaria— y, sobre la base de éstos, el Partido Sindicalista (PS). De extracción social muy humilde, relojero de profesión y autodidacta, llegó a ser director del diario anarco-sindicalista Solidaridad Obrera —Barcelona—, diputado por Cádiz en las elecciones generales de 1936 y uno de los miembros fundadores del Frente Popular.
El "treintismo" tuvo especial importancia en Barcelona y su cinturón industrial, Valencia, Alicante, Cartagena y algunas zonas de Andalucía, sobrepasó la cifra de 69.000 militantes y llegó a contar con órganos de expresión como Sindicalismo, Cultura Libertaria, Combate y El Combate Sindicalista.

Paradójicamente, lejos de calar en la izquierda española, en general, y en la CNT, en particular —donde se le ha considerado siempre de forma despectiva como "reformista" o "político"—, el "treintismo" tuvo su proyección tardía en la década de los setenta en facciones radicales del nacional-sindicalismo, tales como el Frente Sindicalista Revolucionario (FRS) y, con posterioridad, la llamada Falange Española de las JONS (Auténtica). A principios de 1977, empero, durante el período de la transición democrática, llegó a refundarse el PS, hubo una episódica presencia electoral en las elecciones generales de 1979 e incluso se editaron algunos ejemplares de El Sindicalista.
«Treinta», la denominación de este anexo, hace referencia al número de firmantes —entre ellos Pestaña— del llamado "Manifiesto de los Treinta", redactado a finales de agosto de 1931 y en el que no sólo se ponen de manifiesto las diferencias sustanciales con el "concepto caótico e incoherente de la revolución" de los dirigentes extremistas de la FAI, sino que prefigura cuáles deben ser las claves de una transformación radical de la sociedad como consecuencia de la acción de un "movimiento arrollador del pueblo en masa, de la clase trabajadora, caminando hacia su liberación definitiva".

Lejísimos ya del marco social, económico, político y cultural de los años treinta y en un tiempo en el que el concepto de "clase obrera" apenas si queda una vaga sombra en unos sindicatos domesticados por los aparatos partitocráticos y el poder ejecutivo, el "treintismo" se nos muestra como una estrategia —claramente influida por el sorelismo francés, superadora del racionalismo decimonónico y sustancialmente comunitarista— por la conquista de la justicia social abierta y sustancialmente antitético del cínico igualitarismo de fachada, tanto del liberalismo de la época, como del marxismo en sus diversas variantes. Con la inclusión en la red de «Treinta», quienes hacemos posible «Kaineus», estamos seguros de contribuir no sólo una necesaria reparación histórica, sino de aportar elementos para la disidencia frente al "pensamiento único"; esto es, el instrumento predilecto del rabioso y anestesiante neocapitalismo dominante.


PESTAÑA

Profecía admirable de Ángel Pestaña

La democracia burguesa, dijo a un periódico este gran camarada sindicalista, no tiene ya nada que hacer. Esa es nuestra creencia desde el primer día, y por eso somos antiliberales y antiburgueses. Las palabras de Pestaña demuestran también que los sectores del proletariado son más sensibles que otros para percibir la verdad social y política de estos tiempos, y viven en más cercano enlace con la eficacia del siglo XX que los núcleos burgueses de la izquierda, de la derecha y del centro.

Ángel Pestaña habla en nombre de una fuerza obrera de indudable vitalidad. Y con afanes revolucionarios absolutos. Su verdad es legítima frente a la concepción mediocre que hoy triunfa, de burgueses arcaizantes que adoran las ideas, los gestos y los mitos de sus abuelos.

España sólo se salvará rechazando la blandura burguesa de los socialdemócratas y encaminando su acción a triunfos de tipo heroico, extremista y decisivo. Es necesario que lleguen a nosotros jornadas difíciles para utilizar frente a ellas las reservas corajudas de que dispone el pueblo hispánico en los grandes trances.

Las fuerzas sindicalistas revolucionarias se disponen a encarnar ese coraje hispánico de que hablamos y a actuar en Convención frente a los lirismos parlamentarios de los leguleyos. Hay, pues, que ayudarles. En esta batida fecunda contra los pacatos elementos demoliberales de la burguesía, les corresponde el puesto de honor y la responsabilidad de dirigir el blanco de las batallas. Todos los grupos auténticamente revolucionarios del país deben abrir paso a la acción sindicalista, que es en estos momentos la que posee el máximum de autoridad, de fuerza y de prestigio. A ella le corresponden, pues, los trabajos que se encaminen a la dirección de un movimiento de honda envergadura social. No a las filas comunistas, que venden a Moscú su virginidad invaliosa. El sindicalismo revolucionario está informado por un afán fortísimo de respetar las características hispanas, y debe destacarse como merece este hecho frente a las traiciones de aquellos grupos proletarios que no tienen otro bagaje ideológico y táctico que el que se les da en préstamo por el extranjero.

La democracia burguesa nos lleva a algo peor que a la catástrofe. Nos conduce a un período de ineficacias absolutas. Parece que hay derecho a pedir que nuestro pueblo entre en el orden de vigencias que constituyen la hora universal. Un régimen liberal burgués es la disolución y el caos. Si la sociedad capitalista no tiene suficiente flexibilidad y talento para idear e imponer un anticapitalismo como el que nosotros pedimos, debe desalojar los mandos y entregar sin lucha sus dominios a las nuevas masas erguidas que los solicitan. Pues, ¿qué se cree? Sería, desde luego, muy cómodo que los que discrepamos de modo radical de las estructuras vigentes nos aviniéramos a una discusión parlamentaria y libre. ¡Oh, la libertad!

La declaración escueta y terminante de Pestaña, negando beligerancia y posibilidades a la pimpante democracia burguesa de que disfrutamos, nos llena de optimismo y de alegría. Por fin, será posible articular en España una acción eficaz que busque dar en el blanco exacto.

Nosotros ayudaremos al sindicalismo revolucionario, y lo proclamamos, hoy por hoy, el único capacitado para dirigir un ataque nada sospechoso a las instituciones mediocres que se agruparán en torno a la política demoliberal de los burgueses.
(«La Conquista del Estado», n. 13, 6 - Junio - 1931)


Nosotros decimos al grupo disidente de la C.N.T., a los treinta, al partido sindicalista que preside Angel Pestaña, a los posibles sectores marxistas que hayan aprendido la lección de octubre, a Joaquín Maurín y a sus camaradas del bloque obrero y campesino:

Romped todas las amarras con las ilusiones internacionalistas, con las ilusiones liberal-burguesas, con la libertad parlamentaria. Debéis saber que en el fondo ésas son las banderas de los privilegiados, de los grandes terratenientes y de los banqueros. Pues toda esta gente es internacional porque su dinero y sus negocios lo son. Es liberal, porque la libertad les permite edificar feudalmente sus grandes poderes contra el Estado Nacional del pueblo. Es parlamentarista, porque la mecánica electoral es materia blanda para los grandes resortes electorales que ellos manejan: la prensa, la radio, los mítines y la propaganda cara.

Cantando, pues, las delicias del internacionalismo, de la democracia, de las libertades, fortalecéis en realidad los poderes de los privilegiados, debilitáis las posiciones verdaderas de todo el pueblo y entregáis a éste indefenso en manos de los grandes poderes capitalistas, de los grandes terratenientes y de los banqueros. Frente a ese formidable peligro, nosotros os decimos nuestra consigna:

¡Hay que entrar en lo nacional! ¡Hay que luchar por España y por su salvación, único medio de luchar por la salvación de todo el pueblo!

Nosotros creemos esto con firmeza y esta creencia es en realidad lo que nos sostiene en pie. Queremos el concurso de todo el pueblo para que ponga sobre sus hombros la tarea de hacer de España una gran Patria libre y justa y así desalojaremos de esa tarea a la reacción, a los falsos patriotas de las grandes rentas y a todos los especuladores que hacen de España y de su servicio una trinchera para sus privilegios.

Ahí queda nuestra palabra, dirigida a todos los españoles, pero especialmente a los grupos antes aludidos y citados.
(«La Patria Libre», n. 3, 2 - Marzo - 1935)


CNT

Los Consejos obreros en las fábricas

Es legítimo el afán interventor de los obreros en la marcha de las industrias. Ahora bien, el hecho de que asuman una función de esa índole les obliga al reconocimiento de unas finalidades económicas, a cuyo logro cooperan con sus decisiones y estudios. Porque es inútil engañarse: mientras predomine la economía capitalista, cuyo fin último no trasciende de los intereses de un individuo o de un trust, los Consejos obreros carecen de sentido. Comienzan a poseer un vigoroso carácter en cuanto la economía adquiere una modalidad sistemática, de Estado, sujeta a una regulación nacional, a una disciplina. A esto equivale una intervención superior, estatal, en las economías privadas, que al dotar a éstas de una casi absoluta seguridad de funcionamiento, les arrebata a la vez el libre arbitrio en las decisiones industriales.

Los Consejos obreros son entonces colaboradores eficaces de los fines económicos a que están adscritas las correspondientes industrias. Por eso, los únicos países donde actualmente alcanzan eficacia unos organismos así son Italia y Rusia. En Italia, los Sindicatos obreros viven en el orden oficial del Estado fascista, y su misma existencia les vincula a la prosperidad de los fines económicos que el Estado reconozca. En Rusia, esa interdependencia es aún más patente.

Pero el problema en España no es de este género. El régimen político de nuestro país impide, hoy por hoy, que los obreros reconozcan y se identifiquen de un modo total con la articulación económica. Les importa, por el contrario, que se acelere el proceso capitalista y sobrevengan coyunturas favorables. De ahí que los Consejos obreros tuvieran una mera función de avance social, como reivindicaciones de clase, y no aquella otra más fecunda de auxiliar un sistema económico articulado en una disciplina nacional.

De ahí que Solidaridad Obrera, periódico de la gran fuerza sindicalista, adscribiese los Consejos obreros a misiones de orden interior, solución de conflictos, corrección de abusos, etc. En su número de 24 de abril ampliaba, sin embargo, la influencia de estos organismos, señalándoles como campo de acción todas las cuestiones que se relacionen de alguna manera con la producción. Estudio de los mercados, estadísticas de precios, organización del trabajo, etc.

Nos adherimos, desde luego, a la petición de que se establezcan los Consejos obreros. Nosotros propugnamos un cambio social radicalísimo en la estructura del Estado, que lleva consigo, naturalmente, reformas de esta índole. Pero sometidas a un orden de totalidad que les asegure eficacia y grandeza.
(«La Conquista del Estado», n. 9, 9 - Mayo - 1931)


En España existe una organización obrera de fortísima capacidad revolucionaria. Es la Confederación Nacional del Trabajo. Los Sindicatos únicos. Han logrado la máxima eficiencia de lucha, y su fidelidad social, de clase, no ha sido nunca desvirtuada. Ahora bien: su apoliticismo les hace moverse en un orden de ideas políticas de tal ineficacia, que nosotros -que simpatizamos con su tendencia social sindicalista y soreliana- lo lamentamos de veras. Pero la realidad desviará su anarquismo, quedando sindicalistas netos. De aquí nuestra afirmación de que la burguesía liberal que nos gobierna tiene ya un enemigo robusto en uno de sus flancos. Lo celebramos, porque los Sindicatos únicos representan una tendencia obrerista mucho más actual y fecunda que las organizaciones moribundas del socialismo
(«La Conquista del Estado», n. 11, 23 - Mayo - 1931)


Unos minutos con el camarada Álvarez de Sotomayor, de los Sindicatos Únicos

La fuerza revolucionaria hay que buscarla donde la haya. Por fin, en nuestro país sonó la hora de que la Revolución circule, y hay que saludar a los estrategas animosos dondequiera que estén.

Nosotros nacemos a la vida política con entusiasmo revolucionario, felices de que coincidan nuestras preferencias de acción con las necesidades actuales de nuestro pueblo.

Los Sindicatos Únicos -la Confederación Nacional del Trabajo- movilizan las fuerzas obreras de más bravo y magnífico carácter revolucionario que existen en España. Gente soreliana, con educación y formación antipacifista y guerrera, es hoy un cuerpo de combate decisivo contra el artilugio burgués.

Cuando llegue el momento de enarbolar las diferencias radicales, nosotros lo haremos; pero mientras tanto, los consideramos como camaradas, y en muchas ocasiones dispararemos con ellos, en afán de destrucción y de muerte, contra la mediocridad y la palidez burguesas.

Aquí está Álvarez de Sotomayor, explicándonos la estructura interna de sus organizaciones sindicales. Hombre joven, de pocas ideas, las precisas, justas y firmes como músculos.

-La realidad inmediata -nos dice- es el Sindicato. La pujanza radical de éste nace de que la clave y raíz de la vida humana la constituyen los hechos económicos. El Sindicato es la entidad única que puede enfrentarse con las exigencias de la producción y del consumo.

-Los Sindicatos son apolíticos, ¿no?

-En efecto. Pero tenga en cuenta que eso de «política» es un concepto de la civilización capitalista, y somos apolíticos en tanto somos anticapitalistas y antiburgueses.

-Pero mientras la sociedad y el Estado capitalistas imperen...

-¡Ah! Los Sindicatos no colaboran con él. He ahí su carácter apolítico. La no colaboración con el Estado capitalista. Frente a frente. Le diría a usted más: un Estado frente a otro Estado.

-Sin relaciones diplomáticas.
-En absoluto.

-¿Y los Sindicatos darán la batalla al Estado? ¿Es uno de sus objetivos la suplantación del Poder actual?

-Indudablemente. Nuestras ideas nos permiten una incautación absoluta, total, del país. Formaremos cuadros de combate, armados, que den la batalla y consigan la victoria del proletariado. Es claro que preocupa e interesa a los Sindicatos ese triunfo.

-Una vez dueños del Poder, ¿no surgirían dificultades insuperables? Ustedes no son comunistas; por tanto, no les sirve ni seguirán la experiencia rusa.

-No creemos en esas dificultades. Los Sindicatos aseguran y garantizan la producción, y eso basta. Todo lo demás es pura y fácil consecuencia.

-¿No habrá tiranía del Sindicato?

-No. Imposible. Sus funciones no son coactivas sino en lo que afecta a la organización económica. Desde que alguien traspasara la frontera, no tendría más remedio que ingresar en un Sindicato. Es el único medio de que tuviese derecho a garantías de seguridad de subsistencia. Pues formando parte de un Sindicato, el de un ramo cualquiera, daría una prueba de su cooperación a una tarea productiva. En cambio, fuera de un Sindicato, el hombre, el trabajador, no ofrecería garantía ni valor alguno a la sociedad. Ahora bien, finaliza la intervención del Sindicato cuando se trata de otras cuestiones que las económicas. El hombre, pues, será libre.

-Sí, claro. El hombre es libre, pero dentro del Sindicato. Si en vez de Sindicato ponemos Estado, nos encontraremos con el fascismo.

El camarada Álvarez de Sotomayor se sonríe, y niega. Hemos de continuar el diálogo en otra ocasión. Pues se precisan, como se ve, muchas aclaraciones. Y con toda cordialidad las haremos. Uno y otro.
(«La Conquista del Estado», n. 11, 23 - Mayo - 1931)


Congreso extraordinario de la C.N.T.

1919-1931

Junto al mundo que muere tenemos la compensación y el júbilo del mundo que nace.

Desde el 10 de diciembre de 1919, cuando la C.N.T., después de un período álgido de luchas y triunfos, se remansó un poco en el Congreso del Teatro de la Comedia de Madrid, antes de lanzarse como una pantera sobre el capitalismo español, hasta ahora -mes de junio del año 1931 republicano-, ha transcurrido mucha historia. Cayeron militantes audaces y valerosos. Surgió la estúpida Dictadura de don Miguelito. Hubo cárceles y destierro para el Sindicato Único. Vinieron las dictablandas de Berenguer y Aznar. Llegó la republiquita medrosa y burguesa, con su cortejo de frailes, banqueros y generales. Por encima de tales mostrencos sucesos, ha crecido y se ha granado la nueva generación hispánica, que es muy nacional y muy revolucionaria, que viene acuciada por Europa, y que pretenderá imponerse a la Europa cobarde, parlamentaria y ramplona.

Nosotros tropezamos ahora mismo con el casi millón de adheridos a la C.N.T., con el fenómeno sindicalista, y entonces nuestro interés más fecundo converge en las faenas de su Asamblea actual. Vamos forzosamente a buscarla y a comprenderla y a interpretarla con ojos amigos. Trae cerca de medio millar de delegados de los cuatro puntos cardinales de la Península; trae la fiebre ibérica por la creación y el ensueño futuros; trae los enormes problemas de la Tierra, de la Sindicación forzosa y del porvenir del país. Viene repleta de denuedo y de afán juvenil.
Hemos de estar junto a la C.N.T., en estos momentos de inmediata batalla sindical, en estos instantes de ponderación de fuerzas sociales. Así creemos cumplir con nuestro deber de artífices de la conciencia y de la próxima y genuina cultura de España.
(«La Conquista del Estado», n. 14, 13 - Junio - 1931)


Nos unimos a los sindicalistas para sabotear la farsa electoral
(«La Conquista del Estado», n. 15, 20 - Junio - 1931)


El predominio de los anarquistas en la C.N.T.

No nos asusta ni nos pasma la actuación espectacular de la F.A.I. Desde el primer número venimos exaltando la necesidad de la violencia para toda política joven y española de hoy. Creemos que la revaloración de nuestro país dependerá de una temperatura cálida, de una serie de actuaciones enérgicas y heroicas. Pero la violencia que aquí se defiende ha de ir controlada por un plan, por una rigurosa intervención de los supremos intereses hispánicos; y nunca podrá ser la solitaria, cobarde -quien después de disparar huye- y desparramada puntería del pistolero. Por otra parte, tampoco quedamos estupefactos y perplejos ante la apostura estrafalaria e inactual de los anarquistas.
Hombres medianamente normales y de ningún modo contemporáneos. Que se anudan con frecuencia en el cuello una chalina y que acostumbran a nutrir su cerebro con residuos de don Ramón de Campoamor y candideces de artículo de fondo de 1885.

Sin embargo, lo cierto es que esta gente tan anacrónica y energuménica se ha adueñado por sorpresa de los mandos de una Central obrera de la importancia de la C.N.T. y, por lo tanto, forzosamente ha de gravitar sobre el porvenir de España. El resultado de la reciente Asamblea regional de Sindicatos únicos catalanes, ha dado la victoria a Alaiz, a García Oliver y a Durruti; es decir, a la fracción más irresponsable y al mismo tiempo la que mejor maneja las trampas y los ardides de entre bastidores, a los que saben amañar -como ha acontecido ahora- un ruidoso triunfo político. Lo cual es una paradoja tragicómica, puesto que ellos presumen a cada instante de su apoliticismo y de su estrategia opuesta a las trapisondas de las pandillas burguesas. Claro es que en el fondo no son otra cosa que una extremosidad pequeño burguesa, y esta condición suya nos explica sus contradicciones y sus absurdos, tanto teóricos como prácticos.

Constituyen el último grado de la sandez demoliberal, el pantano a donde desembocan todos los desenfrenos del individuo, del pequeño ciudadano de los derechos inalienables y soberanos. Una prueba de tal suposición nos la presenta su actitud sobre el problema religioso. Y esta vez se empeñan, junto con el comunismo, en no querer lo que les conviene. A pesar de los consejos de un Sorel o de un Lenin -nada sospechosos de agentes de la reacción-, nuestros anarquistas y comunistas caminan del brazo de la burguesía radical, masónica, por la senda del anticlericalismo, olvidando o despreciando sus propias reivindicaciones. Por ejemplo, cuando se discutió en las Constituyentes el artículo acerca de la propiedad, nadie, ningún comunista ni anarquista, se preocuparon de organizar mítines y manifestaciones de protesta. Seguramente, para su opinión, aquello no interesaba a las masas. Pues bien; la mayor parte de la masa de trabajadores -la C.N.T.- será conducida en adelante por un criterio tan mezquino y tan poco coherente como el representado por Alaiz y compañía. Desde este momento denunciamos esta desviación pequeño burguesa de la C.N.T., que la llevará fatalmente a la dispersión y a la derrota. ¡No son los hombres de mente liberal o superliberal quienes han de regir el mundo! Mucho más eficaces para la C.N.T. han sido los viejos militantes: Pestaña, Peiró, Clará, etc., que en los años de verdadera batalla sindical y societaria consiguieron construir un organismo potente y robusto. La única meta constructiva, creadora de los anarquistas de la F.A.I., afirman los interesados, será el comunismo libertario. Nosotros conocemos muy bien cuánto valen esas dos palabras: NADA. Sabemos que se forjaron en Francia como transacción con los marxistas con el fin de permanecer en sus sindicatos. El anarquismo se confesaba comunista -aunque comunista libertario- para satisfacer algunas exigencias socializantes de sus enemigos y que lo dejarán vivir en paz.

Los anarquistas -dueños actuales de la C.N.T.- nos ofrecen la nada, siguen la trayectoria liberal, egoísta y panzuda de los políticos gobernantes. La grandeza imperial y futura de nuestra Patria nos exige que los combatamos implacablemente.
(«La Conquista del Estado», n. 22, 17 - Octubre - 1931)


Ahora bien, esa imposibilidad revolucionaria, histórica, de que las fuerzas demoliberales desplazaran al marxismo, puso ante España el peligro, notoriamente grave, de una plenitud socialista de franco perfil bolchevique. Si ello no ha acontecido aún se debe a que las etapas de la revolución española, que ha tenido que ir pasando por una serie de ilusiones populares, se caracterizan por una cierta lentitud. A la vez, porque, afortunadamente, el partido socialista no posee una excesiva capacidad para el hecho revolucionario violento, cosa a que, por otra parte, no le habría obligado aún a realizar la mecánica del régimen parlamentario y, además, que existen grandes masas obreras fuera de la disciplina y de la táctica marxistas. Por ejemplo, toda la C.N.T.
(«J.O.N.S.» n.1 - Mayo 1933)


Las organizaciones sindicales hoy existentes en España —la Unión General de Trabajadores y la C. N. T sirven, más que a los intereses de los trabajadores, a los intereses de los grupos que los utilizan, bien para obtener ventajas políticas, como los socialistas, o bien para realizar sueños vanos y cabriolas revolucionarias, como los faístas. Esa política de los dirigentes de la Unión General de Trabajadores y esa actuación, ingenuamente, catástrofe y pseudorrevolucionaría de los fístas dirigentes de la Confederación no se emplea en beneficio de los trabajadores ni siquiera en contra de la gran plutocracia, sino que hiere y perturba los intereses morales, materiales e históricos de nuestra Patria española. Por culpa de las tendencias marxistas, permanece hoy la clase obrera de nuestro país desatendida de la defensa de España, abandonando este deber a las clases burguesas, que acaparan el patriotismo, utilizándolo para sus negocios e intereses, para ametrallar a las masas, considerándolas enemigas del Estado, de la Sociedad y de la Patria, y para reducir la fuerza y el prestigio de España a la lamentable situación en que hoy la hallamos.

Las JONS creen que es el pueblo, que han de ser los trabajadores, quienes se encarguen de vigorizar y sostener la vida española, pues la mayor garantía del pan, la prosperidad y la vida digna de las masas, radica en la fuerza económica, moral y material de la Patria. Y son los trabajadores los que deben hacer suya, principalmente, la tarea de crear una España grande y rica, y no los banqueros y los capitalistas, a quienes les basta con su oro, sin que les preocupe lo más mínimo que España sea fuerte o débil, esté unida o fraccionada, cuente o no en el mundo.
Las JONS ofrecen a los trabajadores españoles una bandera de eficacia. Acogiéndose a ella se liberarán de sus actuales dirigentes y conquistarán de un modo seguro y digno, en colaboración con otros sectores nacionales, igualmente en riesgo, como los pequeños industriales y funcionarios, el derecho a la emancipación y a la seguridad de su vida económica.

Si ello no lo han conseguido todavía los trabajadores, aun disponiendo de organizaciones y sindicatos poderosos, se debe a los errores y traiciones de que les hacen objeto los grupos que los dirigen. Hay que impedir que las cotizaciones de los obreros de la U. G. T. sirvan para encaramar, políticamente, a dos centenares de socialistas, que no persiguen otro fin que el triunfo personal de ellos, dejando de ser asalariados, y sin que los auténticos obreros perciban la más mínima mejora en su nivel de vida. Y hay que impedir que la C. N. T. sea el cobijo de los grupos anarquistas que conducen esta Central obrera a la inercia y a la infecundidad revolucionaria.

No creemos nosotros, sin embargo, que convenga a los trabajadores ni a nuestro ideal Nacional-Sindicalista la creación de una Central sindical competidora de la U. G. T. y de la C. N. T. No. No debemos debilitar ni desmenuzar el frente obrero. Ahora bien, dentro de todos los Sindicatos, de la U. G. 1. y de la C. N. T. fomentaremos la existencia de «Grupos de Oposición Nacional- Sindicalista» que, democráticamente, influyan en la marcha de los Sindicatos y favorezcan el triunfo del movimiento jonsista, que será también la victoria de todos los trabajadores.

Os invitamos, pues, camaradas obreros, a fortalecer nuestro frente de lucha, bien perteneciendo a las JONS, en vanguardia liberadora y nacional-sindicalista, de carácter revolucionario y patriótico, bien formando en los «Grupos de Oposición Nacional Sindicalista», dentro de los Sindicatos hoy existentes, para una lucha de carácter profesional y diario.
(J.O.N.S. nº 7 Diciembre 1933)


Su actitud nacionalista y revolucionaria

El periódico estaba vinculado a dos consignas: era profundamente nacionalista y era profundamente revolucionario, social y subversivo. Conste que su filiación fascista se la damos ahora, al situarlo en la Historia, y, sobre todo, tanto por su posición patriótica y sindicalista de entonces como por las derivaciones finales del grupo. Pero ellos, en el periódico, nunca se llamaron fascistas ni se definieron como tales.

No hay que olvidar el momento de España en que apareció: marzo de 1931. Cuando culminaban las campañas electorales contra la Monarquía y ésta se tambaleaba radicalmente. El periódico, sin embargo, mostró en sus primeros números un soberano desprecio por la ola del republicanismo, aun sin defender, desde luego, para nada a la Monarquía agónica, basándose en que el movimiento republicano ligaba por entero su destino a las formas demoliberales más viejas.

LA CONQUISTA DEL ESTADO pretendía representar un espíritu nuevo, y tenía necesariamente que chocar con el republicanismo de 1931, en cuyas redes veía además caer a toda la juventud, generosa e inexperta. En realidad, la contraposición del periódico al espíritu predominante en los grupos triunfadores de abril era, y tenía que ser, absoluta. Pues quien recuerde sin pasión aquellas fechas -después de todo bien cercanas- advertirá que toda la propaganda del movimiento antimonárquico se hizo a base de ofrecer a los españoles las delicias de un régimen burgués-parlamentario, sin apelación ninguna a un sentido nacional ambicioso y patriótico, y sin perspectiva alguna tampoco de trasmutación económica, de modificaciones esenciales que satisfacieran el deseo de una economía española más eficaz y más justa.

Con formidable ímpetu, el periódico aceptó su destino en aquella hora, que consistía en estar frente a todo y frente a todos, dando aldabonazos para despertar una nueva conciencia juvenil, que por entonces no aparecía más que en el grupo redactor y en un centenar escaso de simpatizantes. Apenas proclamada la República, inició una oposición violentísima contra el Gobierno provisional, atacándole por su espíritu demoburgués, antimoderno, y por su indiferencia, por su insensibilidad ante los problemas históricos de signo nacional verdadero. A la vez, naturalmente, el periódico era anticomunista, si bien escrutando con toda fijeza las líneas que postulaban una salida social subversiva -por ejemplo, la C.N.T.-, en busca apasionada de coincidencias que le permitiesen enlazar con alguien sus esfuerzos.

El Gobierno provisional de la República no era capaz siquiera de conservar la adhesión entusiasta de sus mismas filas. Júzguese cómo se situaría ante él un grupo como el de LA CONQUISTA DEL ESTADO, que ambicionaba raer de toda la juventud las ilusiones liberal-burguesas, precisamente las que sustentaban y representaban aquellos gobernantes.

El periódico reflejó su profunda significación nacional y patriótica en una tenacísima y violenta campaña contra los separatistas catalanes. Y mostró asimismo sus afanes revolucionarios, su tendencia a una revolución social económica, vinculándose en muchos aspectos a la actitud de la C.N.T. y exaltando las actividades subversivas del comandante Franco.

Es importante fijar este doble perfil de LA CONQUISTA DEL ESTADO, donde radica su originalidad histórica, su carácter de primera publicación española que trata de nacionalizar el sentido revolucionario moderno, a la vez que de sustentar una bandera nacionalista sobre los intereses social-económicos de las grandes masas.

Con la C.N.T. de flanco

En el verano de 1931, la única fuerza disconforme con el Gobierno provisional, que podía representar para éste un verdadero peligro, era la Confederación Nacional del Trabajo, la C.N.T. Del 10 al 14 de junio de ese año, a los dos meses de proclamada la República, celebró la C.N.T. un Congreso extraordinario en Madrid, en el antiguo teatro de la Princesa. Muchos asignaban a ese Congreso trascendencia decisiva para la revolución. La verdad es que, efectivamente, la C.N.T. representaba entonces y polarizaba entonces la ascensión revolucionaria; pero ese Congreso se realizó de un modo atropellado, y puso a la vez al desnudo la penuria táctica de ese formidable organismo. LA CONQUISTA DEL ESTADO, cuyo norte social y nacional difería en absoluto de las directrices cenetistas, vio, sin embargo, en la C.N.T. la palanca subversiva más eficaz de aquella hora, libre asimismo de influjos bolcheviques por la oposición anarcosindicalista a la doctrina del marxismo.

En muy variadas ocasiones demostró el periódico su afán de ayudar de flanco las luchas y las consignas diarias de los sindicalistas.

Así, por ejemplo, dedicó planas enteras a las sesiones del Congreso, publicó interviús con sus líderes más destacados, etc., etc. El número de LA CONQUISTA DEL ESTADO aparecido el día 13 de junio, en pleno Congreso sindical, estaba dedicado, por mitad, a la campaña antiseparatista y a la difusión y comentario de aquella asamblea.
Los redactores del periódico tuvieron ese día la satisfacción de asistir desde uno de los pisos altos a la sesión, y ver en la mayor parte de las manos de los congresistas ejemplares de LA CONQUISTA DEL ESTADO, que se vendía a la entrada. Ese hecho fue advertido por muchos, y comentadísimo en Madrid.

El propósito táctico de enlazar por su flanco, de un modo transitorio, las luchas del grupo con las desarrolladas por la C.N.T. era, pues, una realidad. Hay que advertir que por esta época el grupo redactor inicial había quedado reducido a la mitad, y se mantenían firmes en torno a Ledesma los de mejor temperamento y más alta calidad de luchadores políticos, entre ellos, el que durante toda la publicación del periódico fue su eficacísimo secretario de redacción, Juan Aparicio.

El incremento social del periódico era evidente, y esa evidencia llegaba también a la Dirección General de Seguridad, que forzó al mismo ritmo la acción gubernativa contra el semanario.
Interferencia con la huelga telefónica

Entonces, primera semana de julio, tuvo lugar la famosa huelga telefónica, primera acometida revolucionaria que se desencadenó contra el timorato Gobierno provisional. Pudo ser, en efecto, el camino de la toma del Poder por los Sindicatos y el ensayo, a fondo, de la revolución social española. LA CONQUISTA DEL ESTADO encontró en la huelga motivo de agitación contra el pulpo capitalista yanqui, aposentado en la Compañía Telefónica. De ahí que no ahorrase esfuerzo alguno en favorecer la huelga, aun sabiendo de sobra el director que tras de ella existía un propósito y un plan subversivos para derribar al Gobierno provisional. Este, tanto por miedo a las represalias del capitalismo estadounidense como por miedo a dicha subversión revolucionaria, se encontraba nerviosísimo ante el desarrollo de la huelga.

Los sindicalistas que formaban el Comité encargado de dirigir el conflicto, tenían la seguridad de que su misión histórica era servirse de él como palanca revolucionaria. A estos efectos, buscaban colaboraciones, armamentos, y recibían y aceptaban los ofrecimientos múltiples que se les hacían desde los más variados sectores, no el menor el de la misma Policía.

Pero la C.N.T. no contaba con un equipo de diez o doce hombres con capacidad de conductores ni de organizadores triunfales de la revolución, entonces ya casi madura, pues se daban las circunstancias favorables de un régimen sin constituir, ingenuo y con defensas fáciles de vulnerar por múltiples puntos. La C.N.T. no contaba más que con esa capacidad elemental y primitiva, muchas veces heroica, de sus militantes; pero sus hombres, por vicio o por defecto inexorable de la ideología anarcosindicalista, eran entonces, y lo han sido siempre, en absoluto incompatibles con una técnica revolucionaria eficiente.

El fracaso de la huelga telefónica marca el descenso o, por lo menos, la paralización revolucionaria de la C.N.T. en 1931. Muchos de sus dirigentes se convencen entonces de la impotencia cenetista para vencer al Gobierno provisional. Así lo confesaron, en la redacción del periódico, dos o tres de ellos.

Para LA CONQUISTA DEL ESTADO, dicha huelga supuso, asimismo, un grave quebranto. No de lectores ni de eficacia, que eso aumentó, sino económico y represivo. Económico, porque diversas acciones y actividades, con motivo de la huelga y de la campaña contra Telefónica, debilitaron la caja del periódico en unas cinco mil pesetas. Y represivo, porque, en vista de la violencia con que se efectuó esa campaña, enlazándola, naturalmente, con la traición del Gobierno, que favorecía de un modo lacayuno los intereses yanquis, se dispuso la Dirección de Seguridad a acabar con el semanario.

A más del encarcelamiento de Ledesma, lo que es lógico supusiese grave contratiempo, se recogía el periódico de una manera sistemática, llevándolo la misma Policía al fiscal. Cinco semanas seguidas fue procesado el director por diversos artículos, siempre relacionados con la Telefónica o con los separatistas.
(-Los orígenes: La publicación de LA CONQUISTA DEL ESTADO- «¿FASCISMO EN ESPAÑA?»)


Al regresar a Madrid, y en vísperas de reanudarse, después del verano, la acción política normal, los jonsistas se dispusieron a incrementar la extensión del Partido. En el mes de septiembre puede decirse que todos los focos de la organización estaban a punto para desarrollar una actividad intensa. Fue entonces cuando ingresó en las J.O.N.S. un grupo compacto de sindicalistas, desilusionados de la C.N.T. y deseosos de una disciplina nacional, de una bandera nacional-sindicalista.

Madrid

En Madrid, según ya dijimos, entró en las J.O.N.S. un grupo de antiguos militantes de la C.N.T. Entre ellos, algunos significados, Sotomayor, Salaya, Olalla; otros de la base, combativos, como Pascual Llorente, que luego se distinguió por su jonsismo violento, siempre amigo y partidario de la trifulca armada. La sección madrileña había adquirido el aire y la solera propios de esta clase de movimientos. La formaban estudiantes inquietos y patriotas, sindicalistas deseosos de un orden nacional firme, pequeños burgueses y empleados con una esperanza española en el corazón y profundos afanes sociales de justicia.
(-La expansión jonsista- «¿FASCISMO EN ESPAÑA?»)



NACIONALSINDICALISMO

El reconocimiento de los Soviets

España debe reconocer el Gobierno ruso. Nosotros, enemigos radicales del Estado comunista, podemos expresar esta opinión con todo vigor y autoridad. Es inútil obstruir un hecho triunfante, como es el hecho ruso, y no comprendemos qué clase de temores impide a España llegar al reconocimiento ese.

Hoy la Rusia soviética es un pueblo donde se realizan experimentos económicos y sociales de gran radio. Conviene tenerlos muy a la vista. De otra parte, se ha convertido en un Estado nacional, atento a sus preocupaciones de orden interior, y nadie cree ya que a los Soviets interese hoy otra cosa que el éxito nacionalista de su tarea. Quizá uno de los nacionalismos más fervorosos de Europa sea éste de los rusos, recluidos en sí mismos, cultivando la empresa optimista de la prosperidad rusa. Como cualquier otro pueblo.

A más de esto, en la Rusia actual se tiende a un tipo de Estado que se apartará cada día más del patrón comunista. Hay que esperar en breve que surjan las aristocracias de la revolución, las minorías inteligentes y dominadoras que con un poco de cinismo y un mucho de visión histórica se apoderen con todas las formalidades que se quieran de los medios de producción y de todos los resortes políticos del Estado.

Es el tránsito del Estado comunista incipiente que surgió con la Revolución de octubre al Estado nacional, eficaz y poderoso, que la Europa postliberal comienza a adoptar también. Véase como ejemplo el Estado fascista.
Llega, pues, la fase crítica del Estado soviético, y la dictadura de Stalin garantiza la trayectoria que señalamos.
España debe reconocer a los Soviets. Dialogar y establecer relaciones comerciales. No volver la espalda mediocremente a ese orbe por ellos descubierto.

Rusia, repetimos, ha abandonado sus sueños primeros de revolución universal y permanente. Podrá algún día superar el estadio nacionalista que hoy atraviesa y convertir sus afanes en afanes de imperio. Mas esto pertenece ya a las posibilidades legítimas de los pueblos.

España es fuerte y posee bien arraigadas sus esencias hispánicas. No creemos muy airosa su posición actual, de ser débil que vuelve la cara por no recibir contagios de los aires que llegan. No es un gran pueblo aquel que elude las dificultades, sino el que va hacia ellas y las vence.

Prometemos insistir en este punto. Deseamos y pedimos relaciones diplomáticas y comerciales con los Soviets. Y para ello daremos a nuestras notas aires de campaña.

Sólo el viejo espíritu liberal burgués puede asustarse de la presencia en Madrid de una bandera soviética. Como se asusta de las camisas negras fascistas. De todo lo que huela a eficacia y a violencia creadora.

Pero si algo sucumbe de modo definitivo en España es el viejo espíritu liberal. Los que todavía se llaman liberales, o son unos cucos que obran, desde luego, como si no lo fueran, o son unos ingenuos ateneístas.

Precisamente las polarizaciones de fuerzas que deseamos para España son las que se realicen en torno a una idea nacional, hispánica, de legítima ambición española, con todas sus consecuencias de Estado fuerte y auténtico, o bien de una idea comunistizante, desertora de los destinos de España y al margen de los valores eminentes del hombre. He aquí los dos polos. Todo lo demás, vejez, escombros y abogadismo liberal burgués.

¡Pedimos y queremos relaciones diplomáticas con Rusia!
(«La Conquista del Estado», n. 4, 4 - Abril - 1931)


Queremos y pedimos la subordinación de todo individuo a los supremos intereses del Estado, de la colectividad política.

Queremos y pedimos un nuevo régimen económico. A base de la sindicación de la riqueza industrial y de la entrega de tierra a los campesinos. El Estado hispánico se reservará el derecho a intervenir y encauzar las economías privadas.

Queremos y pedimos la más alta potenciación del trabajo y del trabajador. El Estado hispánico debe garantizar la satisfacción de todas las necesidades materiales y espirituales del obrero, así como un amplio seguro de vejez y de paro.

Queremos y pedimos la aplicación de las penas más rigurosas para aquellos que especulen con la miseria del pueblo.

Queremos y pedimos una cultura de masas y la entrada en las Universidades de los hijos del pueblo.

Queremos y pedimos que la elaboración del Estado hispánico sea obra y tarea de los españoles jóvenes, para lo cual deben destacarse y organizarse los que estén comprendidos entre los veinte y cuarenta y cinco años.
(«La Conquista del Estado», n. 5, 11 - Abril - 1931)



El Bloque Social Campesino

Nuestras organizaciones

Llevamos unos tres meses auscultando la capacidad revolucionaria de nuestro pueblo. Una certeza es indiscutible: la de que se hace preciso movilizar revolucionariamente al español de los campos. Inyectarle sentido de protesta armada, afanes de violencia. El campesino español tiene derecho a que se le «libere» del señorito liberal burgués. El derecho al voto es una concesión traidora y grotesca que no sirve absolutamente de nada a sus intereses.

Hay que legislar para el campesino.

Hay que valorizar sus economías, impidiendo la explotación a que hoy se le somete.

Hay que saciarlo de tierra y permitirle que se defienda con las armas de la opresión caciquil.

LA CONQUISTA DEL ESTADO organiza con entusiasmo su propaganda entre los campesinos. Hemos creado el «Bloque Social Campesino», que se encargará de estructurar eficacísimamente a nuestros afiliados de las aldeas. Todas nuestra fuerzas de los campos engrosarán ese Bloque, que actuará completamente subordinado a la dirección política de nuestro Comité.

En Galicia cuenta ya el Bloque con miles de campesinos entusiastas, y en breve saldrán para Andalucía los camaradas Ledesma Ramos y Bermúdez Cañete en viaje de propaganda a esa región.

Nuestro gran deseo es lanzar la ola campesina contra las ciudades decrépitas que traicionan el palpitar vitalísimo del pueblo con discursos y boberías.

Nunca con más urgencia y necesidad que ahora debe buscarse el contacto de los campesinos para que vigoricen la Revolución y ayuden con su rotunda expresión hispánica a darle y garantizarle profundidad nacional. El campesino, hombre adscrito a la tierra, conserva como nadie la realidad hispana, y tiene en esta hora a su cargo la defensa de nuestra fisonomía popular.

Nuestro «Bloque Social Campesino» tendrá una meta agraria diversa en cada región española. De acuerdo con la peculiaridad del problema en las diferentes comarcas. Si bien le informará un común anhelo de nacionalización y de entrega inmediata de la tierra a los campesinos.

Ahora bien: junto a esa meta de eficacia y de justicia en la explotación, nuestro «Bloque Social Campesino» enarbolará una plena y total afirmación revolucionaria que le obliga a colaborar con nuestras organizaciones puramente políticas en el compromiso de apoderarse violentamente del Estado.

No debe olvidarse que nuestra fuerza se ha formado con estricta fidelidad a la hora hispánica, que requiere y solicita una exclusiva actuación revolucionaria. Quien logre hoy movilizar en España el mayor impulso revolucionario, alcanzará el triunfo. No, en cambio, las voces pacifistas, de buen sentido si se quiere, que se asustan de los gestos viriles a que acuden los hombres en los decisivos momentos de la Historia.

Hay que armar a los campesinos y permitirles ser actores en la próxima gran contienda. El «Bloque Social Campesino» no pretende sólo situar ante ellos la meta de redención, sino que también educará su germen revolucionario para garantizar la victoria. A la vez, pues, que descubrirles el objetivo, lanzarlos briosa, corajuda e hispánicamente a su conquista. He ahí su enlace con la totalidad de nuestra política, de nuestra fuerza, de la que el «Bloque Social Campesino» será una filial de primer rango.
(«La Conquista del Estado», n. 14, 13 - Junio - 1931)


La semana comunista

El feudo de Bullejos

En España hay una media docena de grupos comunistas. La meta actual de todos es controlar el posible movimiento comunista de nuestro país, apoderándose de su dirección. Batallan, pues, entre sí, como podrían hacerlo los caciques de un villorrio. Eso les condena a infecundidad absoluta, y les despoja de influencia en el proletariado, que es la base de toda organización de tipo comunista.

El domingo último se celebró en Madrid la consolidación de uno de esos grupos, el ortodoxo de la Internacional Comunista, que acaudilla José Bullejos. Le distingue de otros grupos el que se le premia su fidelidad a esa Internacional con unos billetes mensuales. Representa la ciega dependencia de Moscú, la enajenación de la peculiaridad nacional, sometiendo la ruta revolucionaria a fórmulas bolchevistas.

No es tiempo aún de conocer la mecánica de estos grupos, hoy dedicados a la tarea de desprestigiarse mutuamente. No controlan el extremismo social -hoy a cargo de la C.N.T., de los Sindicatos únicos- ni el extremismo político -que realizan con toda fidelidad las organizaciones de LA CONQUISTA DEL ESTADO. No obstante, la reciedumbre comunista es de tal linaje que una inexperiencia política prolongada en los Sindicatos pueden permitirle el acceso a la dirección revolucionaria.

Estos son los sueños, al parecer, de José Bullejos, el minúsculo Stalin que ha cabido en suerte a nuestro pueblo. Su agrupación en Madrid es irrisoria y sus intervenciones se reducen a bravatas infecundas que le transmite el teléfono ruso.

En su periódico Mundo Obrero piden un Gobierno obrero y campesino, y esto, lógicamente, debía llevarles a fundirse en las organizaciones obreras y campesinas ya existentes. Pues si no cuenta con la clase obrera y campesina, ¿no es absurdo que solicite para ellas el Poder?

Desengáñese el camarada Bullejos. Su actitud en las filas revolucionarias es contraproducente, abstracta e ineficaz.

La pirotecnia de Maurín

El comunista catalán Joaquín Maurín ha dado una conferencia en el Ateneo. Tuvo momentos felices, que aplaudimos. Tuvo otros de catástrofe, que hubieran justificado incluso una agresión personal. Pierde a Maurín su baile perpetuo sobre los hechos y las cosas reales, consecuencia de un intelectualismo perturbador de perturbado. A un esquema rotundo sacrifica la rotundidad de un hecho.

Su acierto máximo consistió en plantear la necesidad de que nuestra Revolución sea eminentemente hispánica, sin copiar ni seguir las rutas ya trazadas por los revolucionarios de otros pueblos. Pero entonces, decimos nosotros, no podía ser una Revolución comunista.

Ahora bien: su crítica de lo hasta aquí hecho por la Revolución democrática fue endeble y quisquillosa, pues no se le puede ocultar a su perspicacia que en el fondo razonaba como un «pequeño burgués» herido. Maurín demostró en su conferencia una preocupación absurda por victorias de tipo democrático burgués. Así su declaración criminal de separatismo catalán que fue oída con una impavidez más criminal aun por los pollos del Ateneo. La tesis no pudo lograr mayor grado de falacia. Declaró que era preciso desunir para volver a unir. El equívoco es patente: si la unidad nacional es falsa, artificiosa, según afirman los separatistas de campanario, esa prueba de desunir para volver a unir conduciría a la separación radical. Pero si no es falsa ni artificiosa, como creemos nosotros, es absurda la protesta que hoy se mantiene. La haya hecho el Estado, la haya hecho la libre manifestación nacional, si la unidad es necesaria, discutir sobre ella denuncia tontería plenísima.

La presión de Andrés Nin

En la misma tribuna que Maurín, habló al día siguiente Andrés Nin. Sus palabras dejaron atónitos a los «pequeños burgueses» del Ateneo. Nin expuso con certerísima claridad la ruta comunista. La implacable desnudez con que presentó sus tesis, el desprecio tan exacto a las preocupaciones democráticas de la burguesía, su defensa terminante de la dictadura del proletariado, todo, en fin, contribuyó a que su conferencia ostentara un auténtico y ortodoxo carácter comunista.

El aparente paseo triunfal de la acción comunista nace de la victoria rusa. Allí, en efecto, ha surgido una eficacia política y económica frente a las impotentes democracias europeas. El brinco de Rusia la sitúa en la legitimidad de nuestro siglo, dotándola de medios robustos para conseguir los valores de esta época. Ha eliminado la bobería demoliberal e instaurado una disciplina de tal índole en la producción, que sus batallas económicas están por completo libres de peligro.

Pero es cobarde y ruin abandonar la salvación política y económica de nuestro pueblo a la hazaña de un pueblo extranjero. Las propagandas comunistas son en España traiciones imperdonables a nuestra originalidad revolucionaria.

Andrés Nin, en su conferencia, presentó con exactitud el problema: la revolución democrática es hoy puro anacronismo, y la burguesía tratará de entontecer al proletariado, señalándole como metas las libertades políticas.
Ahora bien, ¿olvidan los comunistas la posibilidad de que surja un bloque político-económico que enarbole la rota definitiva de la democracia liberal, haga por sí la revolución económica y presente a los pueblos como resorte de eficacia la grandiosa furia nacionalista?

Contra las fuerzas retrógradas demoliberales admitimos conexión y enlace con los comunistas. Pero impediremos con nuestras propias vidas que el comunismo se apodere del timón revolucionario.
(«La Conquista del Estado», n. 14, 13 - Junio - 1931)


El Estado nacional-sindicalista se propone resolver el problema social a base de intervenciones reguladoras, de Estado, en las economías privadas. Su radicalismo en este aspecto depende de la meta que señalen la eficacia económica y las necesidades del pueblo. Por tanto, sin entregar a la barbarie de una negación mostrenca los valores patrióticos, culturales y religiosos, que es lo que pretenden el socialismo, el comunismo y el anarquismo, conseguirá mejor que ellos la eficacia social que todos persiguen.

Es más, esa influencia estatal en la sistematización o planificación económica, sólo se logra en un estado de hondísimas raigambres nacionales, y donde no las posee, como acontece en Rusia, se ven obligados a forjarse e improvisarse una idea nacional a toda marcha. (Consideren esto y aprendan los marxistas de todo el mundo.)

¡VIVAN LAS JUNTAS DE OFENSIVA NACIONAL-SINDICALISTA!
(«La Conquista del Estado», n. 21, 10 - Octubrte - 1931)


Hay que abatir el actual sistema liberal-burgués, que con sus hipócritas deslealtades mantendría al pueblo en una funesta predisposición al comunismo. Las huelgas reivindicatorias nos merecen respeto, pues es la única posibilidad de actuación social que admite la fracasada economía vigente. Pero nosotros aspiramos a un régimen económico donde las huelgas sean innecesarias e inútiles, donde la producción adquiera el rango supremo de ¡servicio a la Patria! y donde el elemento prestador de trabajo no sea «a priori» un sector rebelde a los deberes
(«La Conquista del Estado», n. 23, 24 - Octubre - 1931)


La capacidad económica del Nacional-Sindicalismo

Algo hay indiscutible en nuestra época, y es la crisis capitalista. Ya hemos dicho alguna vez que esta crisis es para nosotros mas bien de gerencia capitalista. Han fracasado las estructuras de la economía liberal, indisciplinada, y también los grandes «trusts» o «cartels» que trataron de suplantarla. Pero ha de entenderse que las dificultades económicas tienen hoy un marcado carácter político y que sin el hallazgo de un sistema político es imposible toda solución duradera a la magnitud de la crisis económica.

Sólo polarizando la producción en torno a grandes entidades protegidas, esto es, sólo en un Estado sindicalista, que afirme como fines suyos las rutas económicas de las corporaciones, puede conseguirse una política económica fecunda. Esto no tiene nada que ver con el marxismo, doctrina que no afecta a la producción, a la eficacia creadora, sino tan sólo a vagas posibilidades distributivas.

Esto del nacional-sindicalismo es una consigna fuerte de las Juntas. El Estado liberal fracasará de modo inevitable frente a las dificultades sociales y económicas que plantea el mundo entero. Cada día le será más difícil garantizar la producción pacífica y contener la indisciplina proletaria. La vida cara y el aumento considerable de los parados serán el azote permanente.

El nacional-sindicalismo postula el exterminio de los errores marxistas, suprimiendo esa mística proletaria que los informa, afirmando, en cambio, la sindicación oficial de productores y acogiendo a los portadores de trabajo bajo la especial protección del Estado.

Ya tendremos ocasión de explicar con claridad y detenimiento la eficacia social y económica del nacional-sindicalismo, única concepción capaz de atajar la crisis capitalista que se advierte.
(«La Conquista del Estado», n. 23, 24 - Octubre - 1931)


Lo sindicalista: el Pan

Dos realidades inmediatas llevan hoy de la mano a los españoles a encararse con el problema de la organización social de nuestra Patria. Una, la conmoción marxista de Asturias. Otra, la crisis de trabajo, el paro obrero y la anormalidad notoria con que se desenvuelve la economía nacional.

Se trata de organizar la vida de la producción y del consumo de modo que todos los españoles útiles y capaces tengan garantizada una subsistencia normal y digna, sin entrar a saco en las economías privadas ni perturbar en el más mínimo grado la producción nacional. Basta con un Estado en línea de rendimiento, un pueblo disciplinado en su propio beneficio y unas organizaciones, unas estructuras sociales vigorosas.

En octubre hicieron crisis las organizaciones obreras de base marxista. Sus sindicatos eran nidos de agitación, trincheras al servicio de los intereses políticos de las burocracias socialistas. Parece que lo más urgente ahora es destruir hasta la más profunda raíz esas madrigueras rojas y presentar a las masas ingenuas y desilusionadas el panorama de una vida sindical a extramuros de la preocupación revolucionaria bolchevique.

Nosotros estamos convencidos de que sólo los Sindicatos nacionales, es decir, los Sindicatos obreros identificados con la ruta nacional de España y, por tanto, constituidos en sus propios defensores, pueden desarrollar entre las masas la atmósfera que se precisa para desplazar definitivamente a las organizaciones marxistas.

El problema de las estructuras sociales está ligado íntimamente a la existencia nacional de España y a la subsistencia material de los españoles. No hay posibilidad de vida económica si se carece de unos instrumentos sociales que representen y disciplinen los factores diversos que intervienen en el proceso económico. Esos instrumentos son los Sindicatos.

El Estado que en nuestro tiempo no advierta y, por tanto, no utilice a los sindicatos como poleas imprescindibles de su acción, es un Estado ficticio, enclenque y sin vigor. España, pues, necesita orientar su vida social hacia el plano de la sindicación de todos cuantos elementos intervengan de algún modo en la producción nacional. Sindicatos nacionales y obligatorios en todas las ramas. Eso queremos.

Los Sindicatos, como células reales de la vida social, son la mejor garantía contra el paro, las crisis y la anarquización de la vida económica.

Nosotros desarrollaremos gran actividad -toda la que nos sea posible- en la tarea de llevar a los españoles la convicción nuestra de que es preciso sustentar la vida de la Patria sobre bases sindicalistas, como paso a las grandes corporaciones reguladoras de toda la economía.

Es nuestra angustia por el vivir diario de los españoles, la preocupación por sus patrimonios, el afán de evitar la ruina de los pequeños industriales y labradores, el exterminio definitivo del hambre y de la miseria, lo que nos conduce a señalar y a insistir en la creación de Sindicatos amparadores, responsables y ligados de modo auténtico a los intereses de todo el pueblo que trabaja.

No concebimos el Estado y la sociedad misma sin esas formidables instituciones que son los Sindicatos, así como la necesidad imperiosa de sustraer esos organismos a toda influencia internacional y todo servicio a las grandes encrucijadas revolucionarias del marxismo.

Lo nacional y lo sindicalista, es decir, la Patria y el Pan.
(«La Patria Libre», n. 1, 16 - Febrero - 1935)


El desplazamiento de las masas

Los trabajadores españoles, traicionados por el marxismo, desilusionados de la revolución bolchevique y necesitados de defensa, deben fijar su atención en el Nacional-Sindicalismo Jonsista

Las J.O.N.S. han contraído al nacer un solemne compromiso: el de no hacer nada sin el concurso y la ayuda del pueblo laborioso. Nuestras metas han sido fijadas teniendo siempre en cuenta los intereses de las zonas españolas más extensas, y parece, por tanto, lógico que recabemos su entrada directa en las organizaciones jonsistas.
Nosotros tendemos la vista hacia el panorama social de la Patria, y encontramos en todas partes gentes y núcleos que reclaman con urgencia una bandera intrépida y justa.

Eso nos ocurre contemplando el campo español. La vida agobiante y difícil de todos los labradores, de todos los campesinos.

Nos ocurre asimismo examinando el sector numeroso de los pequeños industriales y comerciantes, que se debaten despedazados por los grandes poderes económicos y el descenso vertical de la capacidad de consumo entre las masas.

Y, por último, el mismo fenómeno, agravado y envenenado hasta el supremo límite por la insurrección marxista de octubre, aparece en todo el ancho y enorme sector social que forman los trabajadores, las grandes masas de asalariados, que han visto derrumbarse sus ilusiones últimas y se encuentran hoy en la desorientación mayor y más trágica.

En una situación así, las J.O.N.S. aspiran a ser esa bandera intrépida y justa a que antes nos hemos referido.
Y por eso decimos a todos los trabajadores:

Hay que tener el valor de una rectificación. Si no queréis que os aplasten los poderes más reaccionarios de la sociedad, debéis someter a revisión las bases de la doctrina antigua y abandonar las tácticas y los dirigentes que han fracasado.

Nosotros sabemos que los trabajadores, todos los asalariados, tienen una batalla común que dar con otros sectores de españoles igualmente numerosos y en situación crítica. Cuando el marxismo dice a los trabajadores que sólo se fijen en batallas de clase, y no consideran como suyas otras conquistas, los engaña y traiciona del modo más miserable.

Los trabajadores tienen que luchar al lado de todos los labradores y campesinos, al lado de todos los modestos industriales, funcionarios, y no para conseguir victorias políticas demoliberales o liberal-burguesas, según predicó falazmente el socialismo en 1931, sino para establecer en España un Estado de justicia; para hacer de España la Patria auténtica de todo el pueblo.

Hay una tarea común: esa de hacer de España la gran Patria histórica que siempre ha sido, la garantía suprema y segura de que no habrá en ella explotaciones sociales ni injusticias.

Y hay también un enemigo común: el que forman los especuladores, acaparadores y prestamistas, que agarrotan las economías y los patrimonios modestos.

Parece que es llegado el momento de que los trabajadores españoles más avisados e inteligentes inicien con vigor la nueva era. ¡¡¡Sobre todo, ruptura decidida y valiente con el marxismo!!! El marxismo español debe quedar definitivamente enterrado en la sepultura de sus propias traiciones, de sus ineptitudes y de sus errores.

El nacional-sindicalismo jonsista es el auténtico guía de las masas desorientadas. Venimos precisamente a ser para los trabajadores la nueva esperanza tras de la desilusión, la tristeza y la derrota. Tenemos también otra característica: la de ser profundos patriotas; la de haber descubierto que la redención de todo el pueblo está ligada a la conquista plena de una Patria fuerte, libre y enérgica.

¡Con nosotros, pues, los trabajadores! A nacionalizar la banca parasitaria; a nacionalizar los transportes; a impedir la acción de la piratería especuladora, y a exterminar a los grandes acaparadores de productos.
El nacional-sindicalismo jonsista unirá, repetimos, en un único frente a todos los labradores, pequeños industriales, funcionarios, y a todos los obreros. Es decir, unificará la acción y la eficacia de todos los españoles que trabajan, sufren y padecen.
(«La Patria Libre», n. 5, 16 - Marzo - 1935)


¿Un nacionalismo obrero español? Textos del líder revolucionario Joaquín Maurín

Aludimos en páginas anteriores a nuestra creencia de que en la entraña popular española encontrarían eco las voces nacionales. Está por hacer una llamamiento así, que ligue la defensa nacional de España, su resucitación como gran pueblo histórico, a los intereses económicos y políticos de las grandes masas. Casi por entero, como también hemos dicho antes, se encuentran éstas bajo el influjo directo de los aventureros.

En un libro reciente de Joaquín Maurín, conocido jefe revolucionario (Hacia la segunda revolución, Barcelona, 1935), hay, al lado de la hojarasca standard propia de todo autor marxista, o que se cree tal, unas magníficas y formidables incitaciones para lograr la salvación nacional española. Maurín supera el sentido clasista a que, al parecer, le obliga su educación marxista, en él aún vigente, y presenta a los trabajadores el panorama de una posible acción revolucionaria, entre cuyos móviles u objetivos figure la vigorización nacional española. Para ello invoca y convoca a los proletarios, considerándolos como el sector de la Patria mejor provisto de abnegación, capacidad y brío. No dudamos en conceder a la actitud de Joaquín Maurín importancia extraordinaria, y quizá suponga el comienzo de un cambio de frente en las propagandas a los trabajadores, que, al descubrir la ruta nacional, y al disputarla incluso a una burguesía ramplona y sin vigor, puede llevar en sí el secreto de las victorias del futuro. A continuación presento citas literales del libro mencionado e invito a que se me diga qué otro líder revolucionario de la izquierda más subversiva, como lo es Maurín, ha escrito cosas parecidas a éstas:

La Segunda República española constituye un fracaso casi espectacular, más rápido aún, más fulminante, que el de la misma dictadura de Primo de Rivera.

La burguesía española ha tenido un destino trágico. Colocada en una situación geográfica admirable, se ha visto obligada a contemplar cómo la burguesía de los otros países sumaba victorias, mientras que ella vivía raquítica, pudriéndose en la inacción (pág. 9).

La aspiración de un español revolucionario no ha de ser que un día, quizá no lejano, siguiendo su impulso actual, la Península ibérica quede convertida en un mosaico balkánico, en rivalidades y luchas armadas fomentadas por el imperialismo extranjero, sino que, por el contrario, debe tender a buscar la libre y espontánea reincorporación de Portugal a la gran unidad ibérica (pág. 40).

España tiene proporcionalmente menos población que Portugal y tres veces menos que Italia, país cuyas condiciones naturales son muy inferiores a las de España. Tomando los 132 habitantes que tiene Italia como punto de comparación con los 44 de España, se puede afirmar que la España de la decadencia ha enterrado en cada kilómetro cuadrado de terreno a 88 españoles (pág. 214).

Costa podría repetir que la mitad de los españoles se acuestan sin haber cenado. Hay una minoría que nada en la abundancia, que despilfarra, que vive espléndidamente, y una mayoría aplastante atormentada por el hambre y por la miseria. "Los que no son felices no tienen patria", había dicho Saint-Just. España -hoy- no es una patria (pág. 215).

Lo reaccionario en nuestros días sería el disolvente de España, la anti-España (pág. 224)

Un partido fascista necesita ser nacionalista rabioso, anticatólico, en el fondo, y partidario del capitalismo de Estado. El partido de Gil Robles no es nacionalista. Es agrario-católico, que es muy distinto.

El nacionalismo como fuerza, en un país como España, cuya unidad fue impuesta coactivamente por la Monarquía y la Iglesia, sólo puede alumbrarlo el proletariado (pág. 230).

La España de la decadencia, en la política internacional, se encuentra encallada entre dos escollos: Inglaterra y Francia. No puede salir de ahí. Francia e Inglaterra tienen encadenada a España desde hace largo tiempo, durante la Monarquía como en el período de la República (pág. 233).

A nuestro proletariado le corresponde llevar a cabo una tarea ampliamente nacional. ¿Estrechez nacionalista? ¿Contradicción con el internacionalismo socialista? Es posible que se pregunten los idólatras de las frases, eunucos ante la acción revolucionaria (pág. 240).

Libertadores de la juventud, atada hoy a un régimen moribundo que impide poner a prueba su fuerza expansiva, su intrepidez y su heroísmo.
La revolución no ha de ser para un partido, ni aun para una clase, sino para la inmensa mayoría de la población, que ha de considerarla como la aurora de un nuevo mundo más justo, más humano, más ordenado, más habitable, en suma (pág. 241).

El languidecimiento de la España burguesa, entre otras razones, es debido a que Inglaterra y Francia, cada una por su lado, han procurado que no resurgiera en la Península una nación poderosa, una gran potencia, que, de ocurrir, hubiera sido un rival peligrosísimo.
La monarquía absoluta, la monarquía constitucional, la dictadura y la República han seguido sin interrumpir una política internacional, no según las conveniencias de España, sino de acuerdo con los intereses de Francia e Inglaterra (pág. 247).

Los aliados naturales de España no son Francia e Inglaterra mientras estos países sean capitalistas. La línea lógica de alianzas sigue otro meridiano. Y es: Portugal-España-Italia-Alemania-Rusia. Un bloque tal sometería a Francia y a Inglaterra (pág. 248).

Ahí quedan esos textos. Nadie dudará de que respiran emoción nacional española. Maurín, aunque todavía es hombre joven, tiene una experiencia de veinte años de lucha en el movimiento obrero marxista. Aún sigue en sus filas como jefe de un partido no muy amplio, pero que dio luchadores destacados en Asturias, como el dirigente de Mieres, Manuel Grossi. El marxismo tiene en sus garras a españoles como Maurín, que sin sujeción a los lineamientos dogmáticos marxistas prestaría a España formidables servicios históricos. Pues es lo que aquí urge y falta: arrebatar la bandera nacional al grupo rabón que hoy la pasea sobre sus hombros y satisfacer con ella los anhelos de justicia que laten en la entraña de la inmensa mayoría de los españoles. Sin lo nacional, no hay justicia social posible. Sin satisfacción social en las masas, la Patria seguirá encogida.
(LOS PROBLEMAS DEL FASCISMO EN ESPAÑA «¿FASCISMO EN ESPAÑA?»)


Los jonsistas movilizan a los parados

Mientras se desarrollaban en el seno del movimiento las incidencias a que terminamos de referirnos, los jonsistas, que no agotaban su atención en seguir de cerca tales problemas, a pesar de su gran interés en ellos, se decidieron a impulsar la creación y desarrollo de Sindicatos, iniciando así la captación de los trabajadores para el Partido.

Esa tarea les corresponde por entero. Coincide, pues, con las semanas agitadas de agosto el momento en que la organización fascista inició, con éxito, la atracción de los obreros, mediante la creación de Sindicatos y la puesta en marcha de la Central Obrera Nacional-Sindicalista, filial del Partido.

A pesar de realizar los primeros trabajos en circunstancias difíciles y con poquísimos medios, los resultados fueron rápidos y fulminantes. A los quince días, los locales que el Partido había puesto a disposición de los Sindicatos eran insuficientes para contener a los trabajadores que llegaban. Estos llenaban todas las dependencias, los jardines y se acumulaban junto a las puertas de la calle. La cosa parecía milagro, pero el milagro no era otro que la actividad, el celo y la «técnica de agitación y organización» de los jonsistas.

A la vista del éxito, el Partido dedicó toda la atención posible a esos trabajos sindicales. Grupos de obreros nacional-sindicalistas, con la colaboración de los demás camaradas del Partido, iban a los barrios proletarios y repartían profusamente hojas de propaganda, invitando a todos los trabajadores a ingresar en estos Sindicatos y a abandonar la disciplina roja.

El propósito era arduo. Y más cuando culminaba la preparación revolucionaria marxista. El día 30 de agosto se produjo en Cuatro Caminos un choque violento entre los que distribuían hojas nacional-sindicalistas en esa glorieta, dirigidas a los parados, y un nutrido grupo de marxistas. Los dos bandos hicieron uso de las armas y resultó muerto uno de los dirigentes del partido comunista, Joaquín de Grado, que tomaba parte en la pelea.

Los jonsistas que dirigían los trabajos de organización sindical, decididos a obtener en el sector obrero una victoria resonante, que diese al Partido la base proletaria que necesitaba, urdieron, con audacia, un plan gigantesco de movilización de los parados.

A costa de un trabajo intensísimo, hicieron una especie de censo de todas las obras y talleres. Después de un examen técnico de las características de cada uno, procedieron a asignarles un número mayor o menor de parados, teniendo en cuenta las jerarquías profesionales.

A la vez, por todo Madrid circularon gran número de hojas y llamamientos a cuantos se encontrasen en paro forzoso, ofreciéndoles trabajo, e invitándoles para ello a inscribirse en los Sindicatos nacional-sindicalistas de la Falange de las J.O.N.S.

Los trabajadores acudieron a los locales del Partido y de los Sindicatos, en la calle del Marqués de Riscal, en número extraordinario. La Dirección de Seguridad se vio obligada a montar un servicio de orden. La calle estaba casi totalmente llena de obreros, que impedían o dificultaban la circulación.

Tal espectáculo dejó extrañado a todo Madrid, expectantes a las autoridades y atónitas a las directivas de las Centrales sindicales rojas. Nadie se explicaba qué resorte, qué varita mágica habían tocado los fascistas para que, en menos de una semana, más de 30.000 obreros acudiesen con rapidez y diligencia a sus organizaciones.

Para el día 3 de septiembre se organizó la primera irrupción de los parados en las obras. Fueron distribuidos unos diez mil volantes a otros tantos obreros de la construcción para que ese día, lunes, a las ocho de la mañana, se presentasen a trabajar en el lugar que indicaba el propio volante.

No hubo obra en Madrid, grande o chica, donde ese día no se presentasen a trabajar los parados nacional-sindicalistas. Se produjeron incidentes en gran número. En varios sitios fueron recibidos a tiros por los demás trabajadores, no por considerarles enemigos políticos o sociales como pudiera creerse, sino en nombre de un concepto de rivalidad profesional, defendiendo su propio trabajo.

No pudo continuarse la operación en días sucesivos, aun estando preparada también la movilización de otros gremios. Las autoridades lo impidieron, clausurando locales y defendiendo las obras y talleres contra la presencia violenta de los trabajadores parados.

Pero fue aquélla una magnífica jornada revolucionaria para el nacionalsindicalismo, y de la que salió con verdadero prestigio entre los trabajadores. Estos pudieron advertir que la organización fascista no era una frivolidad, una flor de artificio y engaño, nacida al calor de los patronos, sino una bandera social noble, que señalaba a los trabajadores un camino de lucha, ayudándoles y orientándoles en su batalla diaria por el Pan y la Justicia.

A mediados de septiembre, tras la agitación de los parados y de los esfuerzos para la puesta en marcha de los Sindicatos del Partido, disponían éstos de unos 15.000 trabajadores. Victoria tal, arrancada a las filas sindicales rojas en quince días, era inaudita en campos de signo antimarxista.
(La lucha por el nacional-sindicalismo «¿FASCISMO EN ESPAÑA?»)


Imperativos de una batalla en el orden sindical

Una vez que la oportunidad insurreccional pasó y que el Gobierno normalizó, puede decirse, sus resortes oficiales, el Partido no tenía más que un camino para extraer de la revolución de octubre consecuencias positivas: la captación de los trabajadores. Fue la hora de vigorizar los Sindicatos —tan oportunamente creados, como vimos, dos meses antes—, la hora de una lucha a fondo, en el terreno sindical, contra el marxismo.

Todos saben con qué angustia y con qué preocupación los dirigentes políticos y sindicales del partido socialista y de la U. G. T. creían, durante las semanas posteriores a octubre, que los cuadros de sus Sindicatos iban a ser materialmente trasplantados a las organizaciones de F.E. de las J.O.N.S. Creían de veras en una fuga arrolladora de las masas, provocada de modo inevitable si el fascismo ponía las redes de una táctica sindical inteligente. Pues recordaba la movilización de los parados, hecha en septiembre por los jonsistas, y en la que éstos demostraron gran capacidad para la agitación y la organización de los trabajadores.

Estos temores de los marxistas fueron, por desgracia, infundados. Los obreros permanecieron fieles a sus antiguas organizaciones o se retrajeron de ellas, pero no pasaron a nutrir los cuadros de los Sindicatos nacional-sindicalistas, afectos al fascismo.

Ese fracaso tenía un origen de orden político más que sindical. Evidentemente, los Sindicatos de carácter fascista no tienen por qué basarse en un riguroso sentido profesional, apolítico. Todo lo contrario. Pues les informa en el fondo un sentido de pelea y de rivalidad contra el marxismo, precisamente en lo que éste tiene de tendencia política bien marcada y clara. Sólo un partido fascista vigoroso puede dar vida a unos Sindicatos fascistas que estén asimismo dotados de vigor. Si el Partido vacila y no desarrolla una línea política eficaz y briosa, sus Sindicatos siguen igual suerte.

Y ya hemos dicho que, después de octubre, F.E. de las J.O.N.S. no demostró la decisión necesaria ni encontró su verdadero camino. Es decir, ni se decidió a la insurrección; ni luego, pasada la oportunidad de ella, pudo encontrar el secreto de las masas españolas. De hecho, hubo en el Partido una incomprensible debilidad y falta de visión para la única consigna que entonces era justa y podía tener éxito: la de hostigar y hostilizar al Gobierno Lerroux-Ceda.

Pues la desilusión y la desconfianza con que el país asistía a los modos, tanto por exceso como por defecto, con que el Gobierno desarrollaba la represión y orientaba la política liquidadora de los sucesos, era de tal magnitud que la estrategia más cándida exigía utilizarla como plataforma. Además, y ello es lógico, las masas populares tenían tal odio y repugnancia al equipo lerrouxista que cualesquiera acción iniciada con talento y brío contra él encontraba fuerte resonancia y simpatía entre los trabajadores.

Falange de las J.O.N.S. debió recoger y aprovechar esa situación de ánimo de las masas, sabiendo que la hostilidad contra el Gobierno radical-cedista, dijese lo que dijese el sector más ruin, bobo y cobarde de la burguesía nacional, era lo que menos podía parecerse a un delito de lesa patria.

De las filas marxistas al nacional-sindicalismo

Es bien conocido el hecho. Tanto en Italia como en Alemania, la expansión fascista arrebataba con frecuencia al marxismo buen número de combatientes revolucionarios. Estos descubrían el sentido social verdadero y la emoción nacionalista, profundamente popular, del fascismo. En España, donde desde hace incontable número de años sólo el izquierdismo subversivo y las organizaciones rojas aparecían como las únicas preocupadas o informadas por una inquietud social justiciera, la idea nacional, el patriotismo revolucionario, estaba del todo inédito entre los trabajadores. Esa situación favorecía que cuando dispusiese de una bandera y de una organización eficaz y limpia, se produjesen vacilaciones en un sector más o menos restringido de las filas revolucionarias.

Las J.O.N.S., en su primera época, anterior a la unificación con Falange, percibieron con optimismo cómo ese fenómeno era una esperanza real. Grupos de antiguos revolucionarios rojos se unieron a las tareas jonsistas. Todo el mundo en España asignaba al movimiento fascista como una de sus mejores perspectivas la posibilidad de nacionalizar un determinado sector obrero, desgajándolo de las organizaciones rojas. Esa tenía que ser, efectivamente, una de sus justificaciones. La forma en que nació Falange Española y su adscripción —en el sentir de las masas— a rutas de poquísima garantía popular, dificultó, por desgracia, esa meta espléndida.

La revolución de octubre era de suponer que actualizase de nuevo ese fenómeno. Tanto las enseñanzas que se podían deducir de los sucesos, como la claridad con que éstos hicieron que se dibujase en el horizonte politico-social, junto a la catástrofe marxista, la inanidad e hipocresía de las formas demoliberales, deberían producir en gran número de luchadores honrados una decisión favorable a la bandera nacional-sindicalista del fascismo.

Las esperanzas resultaron fallidas. Sólo grupos aislados procedentes del comunismo hicieron su aparición. Esto ocurrió en Sevilla, un poco en Asturias y también en la región gallega, tratándose, en general, de muy buenos militantes. Su presencia entusiasta, a pesar de la ruta impropia y tímida que cada día era más visible en el Partido, revela las enormes posibilidades que en esa dirección encontraría una auténtica actitud nacional-sindicalista.
(Octubre y después de octubre «¿FASCISMO EN ESPAÑA?»)