Identidad y Comunidad

Identidad y Comunidad es un espacio virtual cuyo fin es promover la lucha por la identidad de los pueblos y la justicia social.

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Se muestran los artículos pertenecientes a Septiembre de 2005.

03/09/2005

Carta de Kropotkin a Lenin

Cuando Pedro Kropotkin regresó a Rusia después de la revolución, Lenin concibió la esperanza de atraerlo a la causa bolchevique, para lo cual le demostró amistad y respeto. En los primeros momentos, como la mayoría de los anarquistas rusos, Kropotkin abrigó algunas esperanzas sobre la decencia de los bolcheviques, pero bien pronto, a la par que los demás compañeros, pudo apercibirse de lo infundadas que fueron aquellas esperanzas. Y así, alarmado por el giro dictatorial que tomaba la Revolución en manos de los comunistas autoritarios, escribió a Lenin las siguientes consideraciones:

“Viviendo en el centro de Moscú, no puede conocer usted la situación verdadera del país. Tendría que encontrarse en provincias, en estrecho contacto con las gentes, participando de sus anhelos, sus trabajos y sus calamidades: con los hambrientos –adultos y menores-, soportando los inconvenientes sin fin que se presentan incluso para proveerse de una miserable lámpara de petróleo... Y las conclusiones a que llegaría, podrían resumirse en una sola: la necesidad de abrir el camino hacia unas condiciones de vida más normales. Si no, esto no tardará en conducirnos a una sangrienta catástrofe. Ni las locomotoras de los aliados, ni la exportación de granos, de algodón, lino, cobre u otras materias de las cuales tenemos gran necesidad, podrán salvar a la población.

“Hay, en cambio, una verdad: aunque la dictadura de un partido constituyese un medio útil para combatir al régimen capitalista –de lo que dudo bastante-, esa misma dictadura es completamente nociva en la creación de un orden socialista. Necesariamente, el trabajo tiene que hacerse a base de las fuerzas locales, y eso, hasta ahora, ni ocurre ni se estimula por ningún lado. En su lugar, se encuentran a cada paso individualidades que no han conocido nunca la vida real, y cometen los mayores errores, ocasionando la muerte de millares de personas y arruinando regiones enteras.

“Sin la participación de las fuerzas locales, sin la labor constructiva de abajo a arriba, ejecutada por los obreros y todos los ciudadanos, la edificación de una nueva vida es imposible.

“Una obra semejente podría ser acometida por los soviets, por los consejos locales. Pero Rusia, hay que decirlo, no es ya una república soviética sino de nombre. La influencia y el poder de los hombres del partido, que son frecuentemente advenedizos en el comunismo –los devotos de la idea están, sobre todo, situados en el centro-, han aniquilado la influencia verdadera y la fuerza de aquellas instituciones prometedoras: los soviets. Ya no hay soviets, repito, sino comités del partido que hacen y deshacen en Rusia. Y su organización adolece de todos los males del funcionarismo.

“Para salir del desorden actual, Rusia tiene que volver al espíritu creador de las fuerzas locales, que, se lo aseguro, son las únicas capaces de desarrollar los factores de una vida nueva. Y cuanto antes se comprenda, mejor será. Las gentes se dispondrán a aceptar más fácilmente las nuevas formas de organización social. Pero si la situación actual se prolonga, la misma palabra socialismo se convertiá en una maldición, como ha ocurrido en Francia con la idea igualitaria durante los cuarenta años que siguieron al gobierno de los jacobinos.

Pedro Kropotkin
Dimitrov, 4 de marzo de 1920.
Tomado de la Enciclopedia Anarquista, editada en 1971 en México D.F. por el grupo Tierra y Libertad.
03/09/2005 20:33 Enlace permanente. Tema: Política

El sueño del centro comercial

Vicente Verdú

En los mall, el tiempo no existe. En estos templos del comercio, ningún reloj debe distraer la pulsión consumista.

Concebidos como galaxias de iluminación perenne, los centros comerciales desempeñan en la cultura de nuestro tiempo la función múltiple de un paraíso sin Dios, un ámbito sin tiempo, una estancia absoluta o sin referencias. El centro comercial es el punto central del entretenimiento y su éxito más alto consiste en promover la fantasía de haber dejado de existir en alguna parte sin llegar a morir nunca. Con su hilo musical que no alcanza a ser música, con su ambientación que no alcanza a ser clima, con su horario interminable, este espacio bruñido es la metáfora del viaje feliz a ningún destino, la vacación perfecta.
Frente al escenario de la ciudad laboral, el centro comercial actúa como un paraje donde se reproduce incesantemente el universo de la vacación, recinto donde el tiempo nunca adquiere una dimensión de castigo y las sensaciones actúan en el sentido de la seducción, la oferta, el halago, la recompensa y nunca de la penitencia, el castigo, el deber. Las calles de los centros comerciales son circuitos orientados al entretenimiento o al placer, tal como se trata que suceda en las vacaciones. El mayor centro comercial del mundo, el West Edmonton, en Canadá, ocupa un terreno equivalente a 100 campos de fútbol y su estructura cubierta alberga, según Jeremy Rifkin (La era del acceso)1 al mayor parque de atracciones del mundo, el mayor parque acuático del mundo, un campo de golf, 800 tiendas, 11 grandes almacenes, 110 restaurantes, una pista de patinaje sobre hielo, 13 clubes nocturnos y 20 cines (ver recuadro).

El primer mall abierto fue proyectado en 1924 por J. Nichols, en Kansas City y se convirtió en el prototipo de los que se inauguraron después de la Segunda Guerra Mundial, con su arquitectura mediterránea, sus fuentes de azulejos y sus balcones de hierro forjado. En la actualidad, en todos los centros comerciales cunden las fuentes y las cascadas, las plantas tropicales, los enlosados marinos, los horizontes de mármol, las melodías de moda. Una red de correlaciones entre la vacación y el centro comercial alivia la desesperanza de un tiempo reglamentado.

En los centros comerciales no hay relojes, no existe la impaciencia del tiempo productivo. A la profundidad espacial de la naturaleza libre, el mall responde con una cavidad iluminada sin principio ni fin, articulada como una cinta de Moebius. En su interior el tiempo se pulveriza y todo lo que queda es sustancia espacial amenizada.
El estadounidense medio, explica el sociólogo William Kowinski en The malling of America, visita un centro comercial cada diez días y pasa allí más de una hora y cuarto; la razón que más a menudo arguye para realizar esta peregrinación es el deseo de “entretenimiento”. De hecho, se habla de los centros comerciales del futuro como de “destinos de entretenimiento” en los que la gente se deshace del peso de la identidad. Al centro comercial de Minessota Mall of America, hasta hace poco el mayor del mundo, acuden cada año más de 45 millones de visitantes con excursiones organizadas incluso desde Australia y el lugar se ha convertido en una suerte de recinto sagrado al estilo de los que trataba Mircea Eliade. Atrae a la manera de La Meca o el Vaticano, a donde es preciso acudir al menos una vez en la vida.

Ser trabajador es la parte prosaica de la existencia, pero ser consumidor es su parte más potencialmente poética o simbólica. Mientras en el trabajo común se reclama ser realista y pragmático, el consumo estimula todos los sueños. Incluido, por tanto, el sueño de la salvación: la liberación del espacio y del tiempo.

Nada parece acechar contra ese mundo amurallado; su realidad se encuentra cercada por servicios de seguridad y vigilada por la multiplicación de las videocámaras. La misión de los arquitectos y diseñadores, escribe otro sociólogo, Peter Hemingway, ha consistido en ofrecer “un sueño acaramelado donde se pueda comprar, jugar y experimentar sin necesidad de salir al exterior; y donde se pueda cambiar de experiencia como de canal de televisión siendo la tarjeta de crédito el ábrete sésamo para todo”.
Altavoces, videocámaras, magnetoscopios y monitores participan de un entramado que tiene como objetivo presentar un universo que ha alcanzado la total autonomía. Entre sus muros puede ser primavera independientemente de la gran nevada callejera, otoño al margen de la temperatura estival a la intemperie. El tiempo carece de valor real y es sólo un signo o pretexto de la moda. Sus diferentes parcelas pueden parecer Tailandia, el Tirol, China o Canadá, porque su espacio se ha convertido en un universo travestido como lo es, en síntesis, el mundo del paraíso. En Scottsdale (Arizona) el Borgata reproduce al aire libre del desierto el pueblo toscano de San Gimignano y en Connecticut, el Olde Mistic Village es el duplicado de la calle principal de una localidad de Nueva Inglaterra a principios del siglo XVII. La cultura de la copia, propia de la sociedad global, se emparenta con el centro comercial en su estrategia de hacer desaparecer la topología y la cronología. En la ceremonia inaugural del mall canadiense de West Edmonton, uno de sus promotores, Nader Ghermezion, dijo: “Nuestro proyecto significa que ya no tenéis que ir a Nueva York, París, Disneylandia o Hawai. ¡Os lo podemos ofrecer todo aquí!”.

Todo lo allí reunido, mimetizado, es réplica de lo mejor de todos los mundos, es selección global de lo mejor de lo global. Si cualquiera de los pequeños comercios de la ciudad debe escoger su lugar más conveniente en el mapa urbano de acuerdo con unos mandatos de la historia y de la geografía, el centro comercial prescinde de la historia espacial y de toda la historia. La inspiración de su emplazamiento obedece sólo a la velocidad con que se puede acceder a él.

El mismo centro se renueva y cambia de fisonomía sin cesar, en un proceso de presente continuo o en un sortilegio por el cual elude la dureza de la muerte. El centro comercial se comporta así como un espacio extraorbital: alveolo o esfera de alto poder en el imaginario social, tan alto en el simbolismo social y político que los terroristas buscan asestar un golpe directo contra la paz cuando eligen el centro comercial como objetivo. Con su bomba en él atentan contra la síntesis contemporánea del sueño ciudadano. En esta “nave espacial” se han condensado todos los elementos benévolos y ociosos de la gran ciudad. El mundo del trabajo, de la enfermedad o de la represión ha sido extirpado de ella, y sólo queda el ocio ungido, la facultad de comprar.
Independiente, extraorbital, sin limitación horaria, sin cárceles, aromatizado, tropicalizado, abrillantado, el centro comercial remeda el país perfecto. La mañana se intercambia con la tarde, los domingos con los lunes, China por Argentina, Roma por Nueva York, los artículos abundan y no dejan de renovarse en una rueda de progresión constante mientras se exhiben como objetos óptimos. Ante ellos, el visitante es invitado a participar en esta copiosidad como si se zambullese en el mar de las vacaciones. Comprar, sumergirse, desaparecer, olvidarse, olvidar, se confunde con la última pasión de nuestro tiempo.

1. La era del acceso - La revolución de la nueva economía, Paidós, 2000.
03/09/2005 20:34 Enlace permanente. Tema: Política

06/09/2005

Quienes somos

“Identidad y Comunidad” es un espacio de reflexión política. Su intención es provocar el debate de ideas, tanto en el hombre de la calle como en los círculos intelectuales, los cuales, salvo pequeñas escepciones, se encuentran en un estado de quietismo absoluto por miedo a desviarse de los dogmas "políticamente correctos”.
Por lo tanto aclaramos que este espacio no es un grupo político. No busca atraer a las masas ni aspira a llegar al poder.
Identidad y Comunidad no apoya ninguna ideología en particular y menos aún partido político alguno. Aquí se podrán encontrar textos de todas partes del mundo y de las corrientes ideológicas más diversas. Creemos que ceñirse a una ideología es atarse a una estructura cerrada, dogmática, que dificulta el libre pensamiento, si bien de todas las ideologías existentes se puede sacar algo bueno. Nosotros preferimos basarnos en valores y principios generales que nos ayuden a interpretar el mundo sin imponernos esquematismos o soluciones simplistas.
Nuestros prinicipios básicos son:
- Identidad: El tema de la identidad surge de la pregunta ¿quiénes somos?, o ¿de dónde venimos?
El ser humano no nace de la nada, por generación espontánea, sino que tiene una historia detrás. Recibe una herencia (biológica, cultural, étnica, nacional) que junto con el medio ambiente van formando su personalidad. Cada persona se podrá sentir más identificado con uno u otro aspecto de lo que ha heredado pero no se puede negar la existencia de ninguna de ellos.
Justamente, hacer que perdamos la noción de identidad colectiva, es una de las formas que tiene el sistema de desunirnos y hacer de nosotros una masa de simples consumidores intercambiables e indiferenciados.
- Comunitarismo: El hombre es un ser social, o como dijo Aristóteles un “animal político”, lo cual resalta mejor el sentido de dignidad humana diferenciándonos del animal gregario, de colmena o de hormiguero.
Por lo tanto, como animal social o político no puede desinteresarse del bienestar y destino de su comunidad. La vida egoísta es antinatural, además de suicida. Es de la comunidad que recibimos todo los que sabemos y es en la comunidad donde nos hacemos verdaderamente personas. Por consiguiente, es lógico y justo que devolvamos a los miembros de la comunidad lo que ella nos dio. Por eso consideramos fundamental el trabajo, la solidaridad y el interés por la vida política, no en el sentido partidario sino en el sentido de preocuparse por los temas que son asunto de todos.
Como comunitaristas reconocemos la importancia de comunidades más pequeñas que las naciones o los estados, como la familia, los sindicatos, los poblados pequeños, los clubes barriales, las asociaciones deportivas, ámbitos en donde se desarrolla efectivamente la vida de la comunidad. Son los integrantes estos cuerpos intermedios, los que deben orientar la vida política de la comunidad, dejando al Estado sólo los temas más técnicos. Esto se resume en el principio de subsidiariedad, o sea "que las decisiones políticas en todo lo posible deben ser adoptadas por las personas e instituciones que están mas cerca de los problemas, y en los asuntos que requieran otro nivel de decisión, deben ser consultadas y tomadas en cuenta." Por lo tanto, la opción comunitarista implica un reconocimiento de la dignidad del ser humano, que se traduce en su derecho a la participación, o sea, la verdadera democracia. Este respeto a la dignidad de la persona nos recuerda otro principio fundamental: que el deber con nuestra comunidad no nos habilita a hacer cualquier cosa o a creer que cualquier medio es justificable para conseguir su bienestar. La dignidad del hombre, su Honor, está por encima de la comunidad, así como el respeto a la dignidad de los otros aunque sean nuestros adversarios.

En resumen, nuestra labor tiene los siguientes objetivos:
- la preservación de las identidades de los pueblos
- el lograr una sociedad justa, solidaria y participativa, realmente democrática

Debido a todo esto, nos manifestamos en contra de:
- el individualismo y el colectivismo
- el autoritarismo y el totalitarismo
- la globalización y su sueño de un mundo culturalmente homogéneo y dominado por el capital
06/09/2005 01:55 Enlace permanente. Tema: Quienes somos


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